Sueldos: ¿justo pago?


dinero

                Si hay algo que diferencia a una verdadera estrella de alguien que no lo es, es la posibilidad de exigir una cantidad astronómica, además de cualquier otra extravagancia, como un camerino lleno con rosas de pitiminí de color aguamarina o toallas de hilo egipcio bordadas a punto de sombra con el nombre de los siete hijos en sánscrito. Cosas de la fama, y del precio de la misma. Y cosas que, si bien se ven en algunos escenarios del mundo de la farándula, nunca vemos ni veremos en el nuestro.

                En nuestro escenario las cosas son bien distintas, y a nadie se le pasaría ni lejanamente por la cabeza que pidiéramos que nos bordaran las togas con nuestro escudo heráldico, si así nos place, o con un inspirado ramillete de lentejuelas doradas. Es más, nos las tenemos que pagar nosotros, por más que nos obliguen a llevarlas y que nos sancionarían si celebráramos juicios sin ellas. Porque es nuestro escenario el vestuario se lo paga el actor, como tantas otras cosas.

                No obstante, mucho se ha hablado y se habla de lo que cobramos, y generalmente, en términos muy mal informados. O quizás desinformados, o puede que desinformando. Pero que nadie se altere. No voy a dedicar este estreno a lloriquear por lo mal pagados que estamos, ni a decir lo que merecemos. Es más, ni siquiera me aventuro a afirmar que estemos mal o bien pagados, porque en términos económicos todo es relativo, según con quien se compare. Pero, desde luego, lo que no se puede afirmar es que la justicia sea como la mujer de la copla, La bien pagá. Porque de eso, nada de nada.

                Al margen de lo que cobren los abogados –salvo que actúen por el turno de oficio-, que depende de muchas circunstancias, el salario que percibimos la mayoría de personajes de nuestra función proviene de los presupuestos generales del estado y está legalmente predeterminado. Somos servidores públicos y cobramos del Estado, algo que ya sabíamos cuando nos metimos en esta jungla y que tenemos asumido. Pero de ahí a insinuar que cobramos una fortuna hay un mundo. Y hay veces que es conveniente aclararlo, por si las moscas, por más que me hayan dicho desde pequeña que hablar de dinero es de mala educación. Porque, entonces, por una vez y sin que sirva de precedente, conviene ser un poquito maleducada.

                No voy a negar que somos en cierto modo privilegiados. Si se puede considerar un privilegio tener un puesto de trabajo fijo con un sueldo que permite vivir con dignidad, cosa que muchos matarían por conseguir en los tiempos que corren. Pero tampoco voy a ocultar que para lograrlo pasamos sangre, dolor y lágrimas cuando estudiábamos la oposición, mientras muchos de nuestros conocidos empezaban a forjarse un nombre en el ámbito laboral, y podían permitirse pagar un café sin necesidad de pedir el dinero a sus padres. E incluso hay quienes, en un acto de heroicidad suprema, trabajaban para costearse los estudios, y tampoco podían pagar ese café porque debían guardar lo que ganaran para pagar apuntes, libros y preparador. Seguro que quienes pasaron por una oposición saben de lo que hablo, y más aún lo saben quienes están sumergidos en ellas. Pregúntenles si no.

                Pero lo que me indigna, y de ahí que me decidiera a escribir este guión de hoy, son las insinuaciones que se hacen por aquellos que no tienen ni idea. Reconozco que la inspiración me vino de un comentario de una compañera de la carrera hermana al respecto, a la que agradezco el copyright. Y es que tertulianos y todólogos varios, al tiempo que nos ponen verdes y nos llaman de todo menos guapos, se atreven a decir que ya nos vale, con lo que cobramos. Que, en muchos casos, no es ni más ni menos que la mitad de lo que ellos perciben por escupir sus tontunas en cualquier programa. Y por ahí no paso.  Como no paso tampoco por aceptar calladita esa leyenda urbana de que trabajamos unas horitas y ganseamos el resto, como si el Juzgado fuera un balneario donde una va a pintarse las uñas y tomar cafelitos.

                Nosotros decidimos sobre el futuro de las personas, sobre si van a pasar el resto de su vida entre rejas, sobre si tiene que prohibirse a una persona acercarse a otra, si puede o no ver a sus hijos, sobre internamientos, sobre si alguien ha sido injustamente despedido o puede recuperar su puesto de trabajo, sobre si el banco les quitó sus ahorros y ha devolvérselos y sobre mil cosas más que nos acompañan a casa e invaden nuestros sueños. Pero se nos cuestiona, aunque se nos congele el sueldo cada vez que al mandamás de turno se le ocurra, aunque nos retengan todo lo retenible y no siempre se respeten nuestros derechos laborales.

                Cobramos un sueldo digno –faltaría más- pero nadie de nosotros se hará millonario con él, puedo asegurarlo. Mientras pagan cantidades obscenas a otros cuya mayor responsabilidad es que la pelota se meta en una portería. Y también a los que van a programas a ponernos verdes, sin ir más lejos, o a poner verde a cualquiera que se ponga a tiro.

                Y por cierto, nosotros no sólo no recibimos sobres, sino que ni siquiera podemos aceptar ni siquiera una caja de bombones, ni un ramo de flores. Que aún recuerdo a una juez amiga que le devolvió a una señora las toallas que le había bordado primorosamente a punto de cruz con sus iniciales, con tremendo disgusto de la pobre mujer, por aquello de no incurrir en cohecho. Ni una cesta de Navidad, vaya.

                Por eso, conviene faltar a la regla de que no hay que hablar de dinero, y dedicar un estreno a ello. Que, como dijo Quevedo, Poderoso caballero es Don Dinero.

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