Independencia: la meta


independencia judicial 2

El mundo del arte siempre ha gustado de los temas románticos. Y pocos temas hay que lo sean tanto como la Independencia. Así, con mayúsculas. Casi siempre la identificamos con la lucha de un territorio por mantenerse libre de injerencias o de invasiones. Con más o menos matices, y más o menos estilos. Desde el Curro Jiménez de mi infancia luchando cada domingo contra los franceses, hasta los galos de Astérix y Obelix defendiendo la aldea gala, desde las mil versiones de un idealizado Garibaldi hasta la defensa terrícola de Independence Day, pasando por las luchas contra cualquier invasión paranormal, sean zombies, ultracuerpos o cualquier otra cosa. Sin olvidar, por supuesto, el filón de la Guerra de la Independencia americana, entre el Norte y Sur y Lo que el viento se llevó, o la descolonización, que ha dado metraje de sobra.

Pero no toda independencia es la territorial. La independencia es un concepto demasiado amplio para circunscribirlo a ello. La independencia es la personal, la institucional y cualquier postura que trate de mantenerse firme en su sitio frente a cualquier injerencia. Un concepto positivo, más allá de los matices políticos con los que se usa el término hoy en día, limitado a un espacio y tiempo determinado. Y en los que, desde luego, ni quiero ni debo entrar.

Nuestro teatro tiene su propia especialidad en los que a independencia se refiere. La independencia judicial. Un término del que se usa y se abusa, y una aspiración legítima de nuestro Estado de Derecho. Pero también un concepto en el que se mezclan y confunden otros, deliberada o inconscientemente. Independencia, imparcialidad o jerarquía son ingredientes de una misma ensalada que a veces se mezclan sin orden ni concierto y dan lugar a platos incomestibles. O no.

La independencia judicial es, como decía, una aspiración irrenunciable de todo estado democrático. Sin un poder judicial independiente, la separación de poderes se convierte en papel mojado y se nos desmorona el edificio porque cae una de sus patas. Montesquieu en Caída libre. Seguro que en eso todos estamos de acuerdo. El problema es saber en qué consiste esa independencia, y distinguirla de otros conceptos. Y no siempre es fácil.

La independencia supone, en esencia, que los jueces cumplan su papel de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado con libertad, basados en el principio de legalidad y que no sean perturbados ni influidos por otros elementos, esencialmente políticos. Algo que, se crea o no, hacen cada día la inmensa mayoría de los jueces españoles. Y en lo que coadyuvamos todos. Los fiscales, sin ir más lejos, máximos garantes de la independencia judicial según dice la ley y por más que muchos lo ignoren o lo pongan en duda. Pero claro, es comprensible. La propia ley no lo pone fácil, cuando dice que estamos integrados con independencia en el poder judicial. Un galimatías que deja rumiando a más de uno. Y no sin razón.

La cosa es que cada día más oímos que la justicia está politizada. No sin razón. Pero la razón no es tanta cuando nos colocan el sambenito a todos según la decisión que tomemos. No hay decisión judicial, o informe del fiscal, que afecte a responsables políticos sin que el comentarista o el todólogo de turno no achaque el sentido de tal decisión a la presunta adscripción política que supone a quien la firma, o a un telefonazo de las más altas instancias. Y de eso nada, monada.Al menos en el mundo de los mortales. Por éstas que son cruces.

Como diría aquél, puedo prometer y prometo que en gran parte de las investigaciones judiciales que involucran alcaldes, ignoramos a priori a qué partido pertenece. Y no es cuestión de ignorancia. Cualquiera sabe quién dirige el consistorio de Madrid, Valencia o Barcelona, pero es imposible conocer quién lo hace en Villaconejillos de Arriba. Salvo que sea el que aparece en el anuncio del detergente lavando con una gota la paella gigante, claro.

Y en cuanto a la llamada, también puedo prometer y prometo que en casi un cuarto de siglo toguitaconada, nunca la he recibido. Y no se crean que a veces no me gustaría, que aprovecharía para decirle cuatro cosas al responsable de turno. Y de paso, para pedirle pósits y bolis de punta fina, que está la cosa malica.

Quizá el quid de la cuestión esté en distinguir entre quienes nos mojamos las rodillas en salas de vistas y juzgados, y quienes tienen otras funciones. Y aclarando además que ni todos los miembros del Consejo General del Poder Judicial son jueces ni están ejerciendo funciones jurisdiccionales –aunque tras la última reforma algunos las simultanean-. A diferencia de los miembros del Consejo Fiscal, por cierto, que han de ser necesariamente fiscales en activo. Cosa que no ha de ser el Fiscal General del Estado, que ni siquiera tiene por qué pertenecer a la carrera fiscal –aunque así era en los dos últimos casos- Tal vez esta aclaración despeje la duda de que el modo de su nombramiento no tiene por qué afectar a la imparcialidad o no de quienes trabajamos día a día en cada juzgado.

Así que el sistema falla en la cúspide. Debería darse una vuelta de tuerca –o más de una- a ese sistema. Al modo de nombramiento y, sobre todo, a cómo se hace en la práctica. El papel es muy sufrido, y el mérito y capacidad para los nombramientos de una cierta enjundia son unos principios rectores objetivos. El problema, como siempre, está en cómo se interpreta. Y ahí en dónde la independencia puede empezar a tambalearse. Porque por más vueltas que se a un destornillador, poco se puede conseguir si el tope está pasado de rosca.

Y lo que ocurre en muchos casos es que se interpretan las decisiones según convenga al interpretante. Pondré un ejemplo. En un asunto que duró años y años, contra un alto cargo de una ciudad que tiene un aeropuerto sin aviones, se ha dicho hasta la saciedad que se cambiaban los jueces para que ninguno hurgara en la llaga. Desconociendo algo básico: que lo instruía un juzgado de entrada, mal dotado y peor retribuido, donde los jueces aterrizaban en su primer destino y huían como alma que lleva el diablo a un destino mejor dejando el juzgado tan vacío como lo estaba de aviones el aeropuerto en cuestión. Y ninguna culpa tenían de eso cada uno de los jueces que por allí cayeron.

Por supuesto, de todo hay en la viña del señor. Pero desde este escenario hoy quería romper una lanza por todos los que día a día hacen su trabajo con más ganas que medios y ajenos a llamadas e intrigas palaciegas, que ya tienen bastante con lo que tienen. Para ellos va el aplauso. Dirijan sus tomates hacia arriba. Así, igual, acertamos. Sólo es cuestión de puntería.

 

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8 pensamientos en “Independencia: la meta

  1. Me ha quedado muy claro el asunto, pero aun tengo en mis oídos y retinas un telediario de hoy en el que le caen a López Espejel (“le toca”, casualmente), los casos más sangrantes de corrupción del PP (Taula, Gürtel, lo de Cotino y el Papa y otra que no recuerdo) Por cierto, le toca tantas veces como al del aeropuerto de marras la lotería. Claro que lo que falla es “la tomatina” y la puntería. Ya sé que no puedes ni debes meterte en estos charcos pero ¿me está permitido opinar?, si no puedo, disculpa y no volverá a ocurrir (otro clásico)
    (Me están entrando unas ganas horrorosas de enviarte unos bolis de punta fina y unos cuantos tacos de post it)

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    • No solo te está permitido opinar sino que me encanta que lo hagais. Hay que cosas que yo no puedo decir pero sí las podeis decir otros, y la opinion enriquece y el debate más
      Y por supuesto los posits y los bolis de punta fina siempre son bien recibidos

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      • Gracias. Cuando los estimes oportuno facilita una dirección neutral y allí remito un paquete, encantado de contribuir con la justicia de tan particular manera 🙂

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  2. Pingback: Derechos laborales: casa del herrero.. | Con mi toga y mis tacones

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