Alcoholismo: más que un problema


lavadora

 

Hoy en con mi toga y mis tacones estamos de resaca tras la inolvidable presentación de Descontando hasta cinco, que pronto tendrá su propio estreno. Así que, mientras llega, aprovecharé para contaros un cuento, que ojalá haga pensar a más de uno y de una sobre un tema más frecuente de los que se piensa

 

Relato finalista del certamen de cuentos 2017 de Valencia Escribe

EL KARMA EN LA LAVADORA

 

No sé en qué maldito momento se me ocurriría consultar con ella. Ni sé en qué estaría yo pensando para acudir a aquello que siempre había considerado patrañas. Cualquiera que me conociera pondría el grito en el cielo. Yo, tan equilibrada, tan cerebral, tan ponderada siempre, dejándome llevar a un mundo de chacras, auras y buenas vibraciones. A buen seguro que pensarían que me había vuelto loca. Y tal vez no irían demasiado desencaminados.

El caso es que, aunque decidí, una vez recobrada mi supuesta cordura, hacer caso omiso de todas aquellas cosas, su frase no se me iba de la cabeza. Y así andaba, de un lado para otro, sin poder evitar que repiqueteara en mi cerebro. “Tienes el karma para meterlo en la lavadora”. Y no había modo de quitarme aquello de mi cabeza.

El karma en la lavadora. Me perseguía al ir al trabajo, al estar en casa, al jugar con mis hijas, al tratar con mis amigos y hasta cuando estaba dormida. El karma en la lavadora.

Tal vez eso fue lo que me hizo pensarlo dos veces antes de pegar un grito a aquella pobre chica de la ventanilla del Banco, que no tenía ninguna culpa del desaguisado en que me encontraba. O al encargado del puesto de frutas, que me dio más manzanas podridas que sanas. O al taxista que me había demostrado que el camino más corto entre dos puntos no era la línea recta. O a la teleoperadora que se empeñaba en venderme un producto que yo no quería porque aquél era su trabajo. O a mi hija pequeña, que no había sacado tan buenas notas como yo esperaba. La maldita frase me perseguía y me impedía desfogarme a gusto. Y mi legendario carácter explosivo se había convertido en una balsa de aceite casi a mi pesar.

Y la culpa de aquello no la tenía yo, ni siquiera aquélla que me perforó la meninge con la frasecita de marras. La culpa, en realidad, la tenía el destino, o lo que quiera que fuese, que me llevó a aquella mesa donde, con gesto reverencial, me habían entregado una sentencia de muerte. O tal vez de vida. Y posiblemente el quid de la cuestión estuviera desde siempre ahí, sin siquiera saberlo. En decidirme a poner de una vez el karma en la lavadora. Y no era tan facil como parecía.

Me había construido una buena vida. O, al menos razonablemente buena. Una situación económica bastante holgada para quien no tenía vicios caros ni caprichos excesivos, una par de hijas estupendas, un par de divorcios no tan estupendos pero no demasiado traumáticos y un trabajo que me gustaba. Unos pocos amigos y muchos más conocidos que contribuían a hacer agradable tanto el ocio como el negocio, y una ambición moderada que me permitía ascender en el trabajo sin pisar callos ni dejar cadáveres a mi paso. Una existencia aparentemente envidiable. O casi.

Pero un buen día algo pasó que dio la vuelta a mi vida como un calcetín. Y donde antes había orden empezó a reinar el caos. Empecé a olvidar cosas, a dejar tareas a medias, a perder el interés por todo. Le iba quitando importancia hasta que un día sonó una voz de alarma tan fuerte como la sirena de los bomberos en pleno incendio, Olvidé recoger a mi hija a la vuelta de una de sus asignaturas extraescolares. Y ahí se quedó la criatura varias horas hasta que un alma caritativa la trajo a casa.

Accedí a ir al médico, tras muchos ruegos de mis mejores amigas. Cuando, después de varios exámenes y muchas preguntas me espetó su diagnóstico, no podía creerlo. Me esperaba que me hablara de una depresión, de algún tipo de alteración e incluso de alguna enfermedad degenerativa e incurable. Pero nunca aquello. Y menos con aquella cara circunspecta, que parecía culparme de lo que me estaba pasando.

Yo era una alcohólica. Lo soltó tal cual, sin anestesia. Y de nada sirvió que yo replicara e intentara convencerle de lo contrario. Fue implacable. Era cierto que todas las noches me tomaba un par de copitas de whisky mientras veía la tele, y también que últimamente también lo hacía depués de comer. Y que a media mañana me gustaba almorzar con un par de cervezas y tomarme un par de vasos de vino con la comida. Y es posible que más de una noche hubiera tomado alguna copa de más cuando salía de fiesta, pero ¿quién no lo hacía?. Pero no hubo manera. Su sentencia era ésa.

A partir de ahí, mis amigas más íntimas comenzaron a darle la razón. Cuando se lo contaba indignada, me recordaban episodios que yo había olvidado, y me trataban con condescendencia. Nadie entendía que yo no podía tener ese problema. Eso les pasaba a otros. A esos borrachos que andaban arrastrando sus miserias de bar en bar, que se caían a la puerta de los portales y hasta dormían en cajeros. Yo no era una de ellos.

Por eso fui a hablar con aquella mujer. Y me soltó lo del karma en la lavadora. Y en ello andaba, cuando me di cuenta que, cada vez que pensaba en ello, mi impulso inmediato era ir a buscar una copa. De lo que sea. Pero el impulso era más fuerte que yo. Y cada vez necesitaba más cervezas, más copas de vino o más whiskys para acallar esa voz.

Hasta el día que aparecí allí. Sin saber cómo había llegado, me desperté en una cama de hospital hecha un asco, con la lengua convertida en una pedazo de papel de lija y el estómago tan revuelto que parecía que se iba a escapar de mi cuerpo. Y la cabeza llena de martillos pilones que, entre golpe y golpe, me seguían repitiendo aquello del karma en la lavadora.

Asumí la terapia, y también la vergüenza. Aunque seguía sin estar convencida de que aquello me estuviera pasando a mí. A pesar del dolor físico y a pesar de las ganas enormes de sumergirme en el sopor de un buen cóctel. Pero sería una buena chica y cumpliría, y a mi regreso a la vida desde aquel centro les demostraría a todos que podía controlar aquello. Yo no era una alcohólica. Solo tenía que encontrar la lavadora donde meter aquel maldito karma.

En el centro redescubrí mi afición por la pintura, algo que me gustó de niña y había dejado abandonado. Según decían, no se me daba nada mal. Por eso, comencé a regalar a mis hijas, y a los pocos amigos que venían a verme algunos de mis cuadros. Era lo único que me entretenía en aquel centro donde ni siquiera sabía muy bien qué pintaba. O sí. Porque pintar, pintaba. Y mucho. Y, aunque yo no quisiera creerlo, mucho más que cuadros. Y seguían pasando los días y los cuadros, los días y los cuadros. Y seguía oyendo una y otra vez aquello del karma en la lavadora.

Hasta que llegó aquel día. Por fin me dejaron salir, aunque solo fuera por unas horas, de aquel centro. Por fin me había puesto un bonito vestido y mis añorados zapatos de tacón, y me había maquillado. Y en el momento en que me ofrecían una copa de cava, noté una sacudida en mi cerebro, y la rehusé con elegancia, cambiándola por un refresco.

Ante mí, mi obra maestra, expuesta en una galería de arte de las más prestigiosas de la ciudad. Una de mis amigas la hizo llegar a un conocido, y ahora lucía mucho más orgullosa que su autora, a pesar de mi precioso traje y mis zapatos de tacón.

Mi cuadro, “el karma en la lavadora”, se vendió casi de inmediato. Y juraría que al llevárselo su nuevo dueño oí por fin centrifugar aquella dichosa máquina, coincidiendo con la sacudida de mi cerebro.

Jamás he vuelto a probar una sola gota de alcohol.

En cuanto al karma, no descarto pintar una lavadora de repuesto.

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2 pensamientos en “Alcoholismo: más que un problema

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