Delitos de odio: cuando odiar es delito


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Por desgracia, el odio es un sentimiento tan antiguo como el mundo, desde que Caín matara a su propio hermano, allá en los tiempos de Adán, Eva y la dichosa serpiente que vino a fastidiarlo todo. Y el odio, cuando se manifiesta en delitos cometidos contra un grupo de personas por el solo hecho de su pertenencia a ese grupo –sea por razón de raza, religión, opinión, género u otra circunstancia personal o social- se convierte en lo que se bautizó como crímenes de odio de los que la historia nos deja demasiadas muestras, reflejadas desde siempre por el cine, el teatro o la literatura. Cuando hablamos de delitos de odio, los primeros que acuden a nuestra cabeza son los del nazismo, reflejados en tantas y tantas peliculas y series como La lista de Schlinder, Holocausto, La decisión de Sophie, Vencedores y vencidos y muchas más. Pero hay muchos más ejemplos, claro está. No olvidemos a Mandela y su lucha contra el apartheid, el racismo de Arde Mississippi  o la sempiterna discriminación contra las mujeres que dio lugar a episodios como el de Las  brujas de Salem.

  En nuestro teatro, como ya tuve oportunidad de contar en algún otro estreno íntimamente relacionado con el teatro el odio tiene su propio espacio en el Código Penal, fundamentalmente el delito de odio y la agravante de discriminación por motivos de odio, y también su ubicación especifica en el organigrama de cada fiscalía, reflejado en la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación que, por más nombre rimbombante que tenga, todo el mundo conoce por delitos de odio. Y cuidado, que no se deslice alguna errata como ocurrió hace poco en un rotativo con mi reciente nombramiento y lo llamen delito de ocio –ya me vale- o, según otro, de oído.

Pero bromas aparte y aprovechando la circunstancia de que el 22 de julio conmemoramos el Día Europeo en recuerdo de las víctimas de delitos de odio –en recuerdo de las 77 víctimas de la matanza de Utoya y Oslo, en 2011- he creído adecuado dedicarle un estreno. Sobre todo, porque se lo debía, desde que he tenido el privilegio de ser designada fiscal delegada para estos delitos en mi  fiscalía, como conté en su día  Eso sí, aprovecho para insistir, que la ocasión la pintan calva, que no he dejado la violencia de género.

Mi primer contacto con este tipo de delitos, más allá de lo que había visto en películas, sucedió nada más llegar a Toguilandia. Prácticamente a la vez que tomaba posesión en Castellón, mi primer destino, en abril de 1993,  tenía lugar en esa provincia un suceso escalofriante que ha constituido una de las manifestaciones más  importantes del crimen de odio: el asesinato del joven Guillem Agulló, un activista que fue asesinado por razón de su ideología política por varios neonazis. Como no me voy a colgar medallas que no me correspondan, aclararé que yo nunca llevé ese asunto –me hubiera dado un parraque, con apenas unos días como fiscal- sino que lo hizo de un modo exquisito el compañero que en la actualidad ostenta la Jefatura de la Fiscalía Provincial de Castellón, y al que aprovecho para enviar un cariñoso saludo, que sé que no solo es seguidor de este blog sino aportador de jugosas anécdotas en más de una ocasión.

La realidad de aquel asesinato me llevó de la teoría de libros y apuntes a la cruda realidad en un nanosegundo. Cuando una lleva mucho tiempo encerrada estudiando, pierde en cierto modo el contacto con la realidad hasta el punto de no ver los delitos sino preceptos que había que memorizar. Y de pronto, la realidad te pega una bofetada que te vuelve la cara del revés. Y te demuestra que todo aquello que estudiabas, todas aquellas cosa de las que hablaban las declaraciones internacionales existían a nuestro lado. No eran los juicios de Nuremberg, era el aquí y ahora.

    Como si de una premonición se tratara, abandoné aquel destino el mismo mes y año en que recaía sentencia. Una sentencia demoledora contra los asesinos que hoy, muchos años más tarde, ya han cumplido la pena. Sin dejar mi implicación personal, mi primer juicio en cuanto asumí el negociado de los delitos de odio, consistía en los gritos y amenazas consistentes en decir a los amenazados “acabaréis como Guillem”. Confieso que al leerlo, se me pusieron los pelos como escarpias. Y, aunque no sea supersticiosa, al final iba a ser una señal.

Y si de señales hablamos, ahí va otra. Mi primera colaboración en El Mundo fue una Tribuna dedicada, precisamente, al juicio de la operación Panzer, un tema también relacionado con neonazis y su barbarie, que acabó en una absolución por una cuestión de forma, ya hace también bastante tiempo.

Así que, de este modo tan personal, vaya desde aquí mi homenaje para todas las víctimas de delitos de odio. Y con ello no me refiero solo a quienes fueron asesinadas, como ese joven Guillem Agulló que representa todo el peligro de estos actos, sino a las personas que, cada día, se enfrentan a discriminaciones, desprecios y humillaciones solo por ser como son, por pensar como piensan, por rezar a quien rezan o por querer a quien quieren

A todas estas personas va dedicado el aplauso de hoy, sin olvidar una ovación extra para quienes cada día luchan para que estas cosas no vuelvan a suceder.

Y, cómo no, un guiño para el joven artista a  quien le debo la ilustración, una de las que debían ir en aquella exposición del instituto que nunca se hizo

4 pensamientos en “Delitos de odio: cuando odiar es delito

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  3. En mi tierra, y en calidad de profesional de la seguridad privada, tenemos suerte y no es normal observar grupos o individuos discriminadores (antaño si se observaban).
    Pero de vez en cuando suceden, a la vista de las atenciones de urgencias…….

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