Erratas: lo que cambia una letra


parte diapositiva

El lenguaje es importante, y el buen uso del mismo es preciso en todos los ámbitos, y esencial en la literatura, el cine o el teatro. Un error puede desembocar en un fracaso clamoroso, y un equívoco bien utilizado pude ser un recurso fantástico. Un pequeño cambio en una palabra, y se abre un abanico de posibilidades, como en Víctor o Victoria. Aunque a veces se emplea el erro como parte del título con fines de humor, como en el Robobo de la jojoya. Eso sí, si consiguen o no su objetivo, es harina de otro costal. Y en cualquier caso, una sola letra puede ser muy importante, que le digan si no a la protagonista de La letra escarlata

Las erratas también forman parte de nuestro teatro, dándole color -¿o será calor?- a nuestro muchas veces aburrido mundo. Porque a veces eso de que de lunes a martes poco te apartes no se hace realidad, y una letra de diferencia supone un cambio como del día a la noche. Y si no, basta recordar aquella errata histórica con la que se publicó una de las más importantes leyes de Toguilandia .La ley orgánica del joder judicial, como salió en el BOE, por más que se corrigiera al día siguiente

Empezaré por dos erratas que han pasado ya a formar parte del repertorio de clásicas pifias toguitaconadas. La primera, cómo no, el habeas corpus, y sus distintas interpretaciones magistrales, desde la recatada corpus christi a la más echada p´alante ave escorpio. La segunda, reciente pero incorporada con fuerza al top ten de éxitos, la de las notificaciones por vía telepática que, como sigan así, van a hacer a más de un médium forrarse.

Las medidas cautelares dan mucho de sí para esto. Una de las erratas que hemos visto más de una vez es la de la orden de alojamiento, que si nos descuidamos nos toca buscarle cobijo al investigado. A no ser, claro está , que se encuentre en panadero desconocido, en cuyo caso habrá que poner en marcha a las fuerzas y cuerpos de seguridad. Y, por supuesto, hacerlo en el mayor tiempo posible, como ponía en un atestado del que me da cuenta un compañero, que ya sabemos que las prisas no son buenas consejeras.

No obstante, si de darse prisa se trata, recordemos aquel viejo consejo de Steve Wonder en el anuncio de la DGT, “si bebes no conduzcas”. Porque como te pare la Guardia Civil, en el atestado por delito contra la seguridad vial nos podemos encontrar con una descripción como la que me cuenta una compañera, que decía que el interfecto estaba “haciendo heces”. Prefiero abstenerme de imaginar que aquello fuera otra cosa que un error ortográfico, y que las haches  y las eses se hubieran venido arriba en el teclado. Por si acaso, no olvidemos mirar por el espejo mirapatrás, que nunca se sabe.

A veces son los temas médicos los que causan más de un error curioso. Sobre todo si el médico que te atiende es el médico florense, que no sé exactamente si es porque se dedica a la esgrima con florete o a las flores del jardín. Pero encontrarse con alguien que dicen sufrir VHS por VIH no deja de tener su punto.

Y ojo, que hay delitos que parece que atraen a la errata. Hace nada, un periódico reflejó mi reciente nombramiento como fiscal delegada de tutela penal de la igualdad como fiscal de delitos de ocio. Ni que decir tiene que más de una compañera dijo que si le hubieran avisado, se pide esa especialidad tan atractiva. El error fue subsanado al cabo de un rato, pero quedó en la memoria y en las bromas que me siguen gastando.

No son los únicos delitos con los que ocurre. He visto pedir pena por tenencia ilícita de almas -no comprobé si era Belcebú el acusado-. Aunque, para Expedientes X, el de los delitos perseguibles a instancia de Marte, que la jurisdicción universal puede dar mucho de sí y llegar hasta los confines de la Vía Láctea. Esto sí que es ir hasta el infinito, y más allá.

Otras veces las pifias tienen relación con el mundo animal. Una compañera relataba una estafa cometida con una tarjeta de cerdito, lo cual hubiera venido bien al cuidador de marranos, que era como se le presentó un testigo a otro compañero. Aunque la mejor es la que me contaron de una señora que llegó con su perro dispuesto a declarar en juicio y que, apercibida de que no era lugar para el animal, contestó que en la citación decía que viniera con los testigos y perritos de que se fuera a hacer valer .

También la proposición de prueba tiene su aquel. Yo misma, sin ir más lejos, me percataba el otro día de que había pedido como prueba la explotación del menor, que debieron pensar que no tengo corazón, aunque la culpa la tenga más de una vez el corrector, a quien también le atribuyeron la responsabilidad de pedir como prueba la hoja histérica penal. El mismo corrector que, en un día gamberro, cambió el “imputadio” que por error tecleó el funcionario por “imputadito”, y ahí se quedó todo el procedimiento, con un diminutivo que hacía imaginarlo siempre como si fuera El pequeño Ruiseñor y fuera a arrancarse por los Doce cascabeles

Y es que los propios hechos pueden cambiar mucho por una sola letra. No es lo mismo dar patadas a otro, que dar patatas, porque en el segundo caso muchas le tendríamos que dar para causarle daños en su integridad física, aunque fuera por indigestión y poder calificar el hecho de delito de lesiones. Y tampoco es lo mismo que te llamen “niñito” que “niñato”, desde luego.

Para concluir,  algunas erratas de las que quedan en los  anales de las sentencias. Sin ir más lejos, en su parte diapositiva -ver imagen-. Debo delirar y declaro, decía otra, según me cuentan. Y, conforme vi en un periódico, el contenido no era cualquier cosa. Absorbía al acusado, como si en vez de una toga el juez tuviera un enorme aspirador.

Y por hoy, como decían en los dibujos animados, eso es todo amigos. El aplauso esta vez se lo dedico al sentido del humor de quienes con sus aportaciones han hecho posible este estreno. Mil gracias una vez más, sus Señorillas

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