Macrojuicios: el tamaño importa


cola de gente

A veces una cree que es cierto eso de “caballo grande, ande o no ande”, pero no siempre es así. El tamaño es una cuestión importante en el mundo del espectáculo, y, aunque no siempre las grandes producciones son sinónimo de éxito -que se lo digan si no a los productores de Cats-, no cabe duda que es más fácil triunfar cuando el despliegue de medios es mayor, por más que existan gloriosas excepciones para contradecirlo, esas películas de bajo presupuesto que cautivaron al público y multiplicaron por mil lo invertido. Entre ellas me quedo con Slumdog Millonaire, por lo que supone, Full Monty, porque el humor es lo más grande, Pequeña Miss Sunshine, por su ternura y mensaje, o Rocky, porque, vistos sus frutos, hoy resulta increíble. Y es que en el escenario Todo es posible, Las pequeñas cosas, las cosas de tamaño Gigante y hasta las Pequeñas grandes cosas.

En nuestro teatro el tamaño sí importa, aunque de la máxima de que todos somos iguales ante la ley podría desprenderse lo contrario. Y ojo, que nadie me malinterprete, que no pretendo decir que se trate de manera distinta a unas personas que a otras, sino que, más de una vez, las características del proceso, sea por el tema, por las personas que intervienen, por el número de afectados o por cualquier otra razón, hacen que sean precisas medidas diferentes que para las de cualquier otro juicio.

Que conste que no pretendo ser exhaustiva con todos los macrojuicios y/o juicios mediáticos porque, tras lo sucedido en los últimos años con temas de corrupción, necesitaría una saga de estrenos más largos que Los pilares de la tierra para nombrarlos todos. Pero me tiro a la piscina con unos cuantos, que siempre cabe una continuación, que en nuestro teatro segundas partes sí que son buenas.

Hay juicios que llaman a la gente por la temática que abordan, sea por su importancia o, por desgracia, por el morbo que suscitan, o por una mezcla de ambos. Ya conté al hablar de los delitos de odio que cuando aterricé en mi primer destino me encontré con el juicio por el asesinato de Guillem Agulló, que tuvo muchos meses ocupado a mi compañero y que, dadas sus características, hubo de ser celebrado en local diferente al juzgado -si mal no recuerdo, cedido por una entidad bancaria- y con condiciones extremas de seguridad. Por desgracia, no hemos avanzado mucho en esta materia, a pesar de que han transcurrido más de 25 años y que los condenados ya están en la calle.

También era la materia, aunque en este caso algo diferente, la que hacía que cada día verdaderas hordas de personas, entre ellos multitud de prensa, se presentaran en las inmediaciones de la Audiencia Provincial de Valencia, para presenciar el juicio por uno de los más horrendos crímenes de que se tiene recuerdo, el de Las Niñas de Alcácer. Acababa yo de llegar a Valencia -me empiezo a preguntar si tengo poder para atraer estas cosas- cuando veía cada día a mi entonces Fiscal Jefe entrar en sala teniendo que haber soportado el día anterior toda clase de teorías conspiranoicas y juicios paralelos en la televisión, que también dieron lugar a sus correspondientes juicios por los insultos vertidos. No quiero ni pensar que hubiera pasado de existir entonces las redes sociales.

A este mismo esquema responden, como si el tiempo no hubiera pasado, juicios por asuntos igual de horrendos como fue en su día en de Rocío Waninkof -mejor dicho, los juicios, que hubo varias anulaciones y acabó con una absolución que daba para mucha reflexión-, el de Diana Quer, el de José Bretón, Sandra Palo, la niña Mari Luz o el del niño Gabriel, además del inconcluso caso de Marta del Castillo, cuyo cuerpo todavía no ha aparecido. También podemos incardinar en esta categoría de juicios mediáticos por la materia el de La Manada de Pamplona, hace apenas nada. Da mucho que pensar que, a pesar de que cada vez parece existir el firme propósito de no caer en el juicio paralelo, algo a todas luces rechazable, no hay modo de evitarlo, y a día de hoy, la dura competencia por las audiencias fomenta un “vale todo” en que las grandes sacrificadas son las víctimas y sus familias.

Aunque, si de temáticas hablamos, acabamos de asistir a un juicio, televisado además, de una materia sobre la que pensaba que jamás presenciaría un juicio: la rebelión y/o sedición. Como quiera que el 23 F me pilló niña y no era consciente de la trascendencia de estos procesos, para mí el Procés ha resultado algo jurídicamente inesperado e increíble. Y he de decir que, aunque yo no seguí demasiado el desarrollo de las sesiones, tengo varias compañeras que estaban más enganchadas al juicio que al más popular de los culebrones. Hasto podíamos ponerle un nombre de tal, como Los políticos también lloran. E intuyo que aún quedan cosas por decir.

 

Otra cuestión viene, por cambiar a un tema más amable -o no- cuando la razón de el carácter mediático viene dada por la condición del sujeto activo o pasivo, especialmente si el famoso es el presunto delincuente. Contaba una compañera que las medidas tomadas cuando se juzgó a una famosa folklórica en Sevilla fueron de órdago, incluida sala, puerta de entrada y mobiliario especial. Y ni que decir tiene cuando los juzgados han sido políticos de postín y hasta miembros de la realeza pero, pese a la seriedad de algunos temas, hay cosas inolvidables. Me contaba una compañera que estaba ella en sus prácticas en la escuela judicial de Madrid cuando se juzgó a Lola Flores por delito fiscal, y que tuvo la experiencia de presenciar varias de las sesiones con quien era su tutor. Contaba que las respuestas de La Faraona eran para escribir un libro y que, además, cuando en algún programa remember salen imágenes de este juicio, sale mi compañera en prácticas, recién toguitaconada, sentada en estrados por primera vez y pasando a la posteridad.

Por lo que a mí respecta, recuerdo el divorcio de una cantante que guardaba cosas en El baúl de los recuerdos y lanzaba Flechas del Amor a diestro y siniestro con quien se encargaba de hacerle la permanente, que era un verdadero espectáculo cada vez que entraban o salían en los juzgados. O el de un futbolista, acusado por una algarada en un bar, que resultó, supongo que aleccionado por su defensa, ser la persona más educada del mundo, a pesar que su juicio se retrasó más de cuatro horas. Nada que ver con los Messi y compañía, respecto de los cuales lo peor es la gente en la puerta que les alentaba como héroes cuando eran acusados de delitos cometidos con el dinero de todos.

Y la última clase de macrojuicios, por lo que a este estreno respecta, vendría constituida por aquellos que, sin imputados ni víctimas conocidas, afectan a tantas personas o producen tales efectos que es imposible que se celebren en las condiciones de cualquier otro. En esta categoría entrarían las grandes catástrofes como el metro de Valencia -de proximísima celebración-, el Prestige,  o la intoxicación por aceite de colza. En mi memoria quedó en particular el contagio masivo de hepatitis C, conocido popularmente por caso “Maeso” cuya logística era tan compleja que las salas que se habilitaron para su celebración siguen disponibles para cosas similares con el nombre popular de “la sala de Maeso”  También los grandes juicos por terrorismo, entre los que acuerdo en especial del 11 M, aunque haya que incluir también las masacres de la Banda terrorista ETA.

Precisamente de estos juicios con múltiples afectados son de los que tengo algunas anécdotas para acabar el estreno, de ser posible, con una sonrisa. Ya conté en otro estreno la reacción de un labrador cuando deponía como testigo por la Pantaná de Tous, que dijo con toda naturalidad eso de “Ché, el Ebro·”. Y me cuenta un compañero, que en un juicio con mútiples perjudicados por daños, se encontró con que uno de ellos era citado como LODVGSL, lo que suscitó la curiosidad de todos los presentes, pensando que se trataba de alguna sociedad o grupo de capital importancia. El enigma se resolvió al saber que era, ni más ni menos, el grupo La Oreja de Van Gogh y su guitarrista, afectado en el caso, que reclamaba daños. Algo que me recuerda una ocasión en que un compañero citó a Juan Luis Guerra porque ”a él pertenecía el CD sustraído” que, por supuesto, abogaba por una tormenta masiva de café en el campo. Tal vez en juicio mediático tendría lugar si tal cosa ocurriera.

Con esto, bajo el telón por hoy. Seguro que me he dejado muchos juicios mediáticos habidos y por haber, y no descarto, de tener sugerencias, volver a ponerle este cascabel al gato. De momento, dedico el aplauso a todas las personas que han tenido que soportarlos, de uno u otro modo, y lo han llevado adelante con dignidad y sensatez. Al resto, ni que decir tiene que tomates a tutiplén,

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