Novelas: no tanta ficción


Un-libro-es-un-libro

Como sabemos, en todos los premios cinematográficos de cierta enjundia, llámense Goya, Oscar, César o el que se precie, existe un premio al mejor guión adaptado. Novelas que se llevan al cine y cobran nueva vida. En general, suele decirse que “era mejor el libro”, muchas veces porque es verdad y otras porque queda bien y es una manera de decir que lo has leído, aunque no hayas pasado de la primera página. Y, aunque hay adaptaciones que me han dejado fría, hay otras cuya transposición al cine es francamente buena, como ocurre con El nombre de la rosa o La lista de Schindler. A veces, pasa lo contrario, la novela cobra nueva vida después de su paso por el cine, algo que pasó, por ejemplo, con La voz dormida tras su triunfo en la gran pantalla. En esos casos, además, se hace una nueva edición con las caras de los o las protagonistas de la película y todo el mundo lo relaciona con ello. Es inevitable, aunque resta la magia que supone para quienes leen imaginar el aspecto de los personajes

Hoy no pretendo hacer un repaso de las películas que tratan de juicios o justicia, porque me dejaría muchas y tampoco es cuestión. No puedo, sin embrago, dejar de citar algunas maravillosas como La costilla de Adán, Vencedores o vencidos o Aquellos hombres buenos. Sin embargo, la cosa va más bien de lo que tienen que ver las novelas con nuestro teatro, en viaje de ida y vuelta. Hay asuntos que parecen novelas y hay novelas escritas sobre asuntos.

Dicen, y con razón, que la realidad supera la ficción. Y creo que uno de los mejores sitios para comprobarlo es, precisamente, Toguilandia. Allí vemos con frecuencia verdaderos dramas, pero también dejamos sitio a la comedia, al surrealismo, a la tragedia y hasta, más veces de las que quisiéramos, al esperpento. Ríase señor Beckett, pero el teatro del absurdo debió inventarse en estrados, y, más de una vez, Esperando, no a Godot sino a la celebración del juicio, pasan todo tipo de cosas.

Pero empecemos por el principio. Que levante la mano quien no haya sentido que algún procedimiento, nada parecido a El proceso de Kafka -¿o tal vez sí?-, se convierte en La historia interminable, y que ha invertido tantas horas en él que pasará mucho tiempo En busca del tiempo perdido.

También más de una vez hemos tenido la sensación de que de nada servía quejarse, si es que puede hacerse, porque llega un momento procesal que no es otra cosa que Tiempo de silencio. Una nunca sabe si se encuentra ante Angeles o demonios, pero cada nuevo recurso y contestación se convierte en una verdadera Odisea, en que como tengas un solo Día de cólera y la pifies, la puedes haber fastidiado para siempre.

Por supuesto, podemos ejercitar una Acción civil o una denuncia o querella con todas sus consecuencias, pero aunque siempre deberíamos quedarnos con la idea de que hay Crimen y castigo, no siempre ocurre así. Como fiscal, más de una vez me he quedado con Cara de Póker cuando ha llegado una sentencia absolutoria de un asunto en que me he empeñado a fondo, y supongo que ocurrirá igual con quien lleva la acusación particular. Sin embrago, en esos casos, la defensa llega a creer, y con razón, que ha llegado a Un lugar llamado milagro y, para celebrarlo, monta un Fiesta. Comprensible, desde luego.

Hay otra cosa que ocurre con frecuencia sobre todo a quienes escribimos además de toguitaconarnos casi a diario. Siempre llega alguien que te dice eso de que podrías escribir una novela de su vida, o que del argumento de tal o cual asunto daría para escribirla y nos anima a hacerlo. Hay veces que tienen razón, aunque no se puede escribir sobre casos reales sin atar todos los cabos de El consentimiento y los derechos, pero hay otros que una no sabe como decir que su historia es infumable, más larga que toda la saga de Los pilares de la tierra pero sin el mínimo interés. Y por descntado, son llegar a construir no La catedral del mar sino ni siquiera La Barraca 

En otros casos, sin embargo, los personajes piden novelas a gritos, y viceversa. Me he encontrado individuos que se parecían tanto al protagonista de Un tipo encantador que no sabía qué era antes, si el huevo o la gallina. También he pensado cuando tenía un asunto de menores en lo que les ocurría en Smokers, y si de casos de protección se trataba, que no tuvieran la vida de los personajes de Las cenizas de Ängela Y confieso que a veces, me gustaría toparme por los pasillos con El caballero de Moscú, con la protagonista de Criadas y señoras, con cada una de los Modelos de mujer de que habla el libro o con la mismísima Escarlata O´Hara, de Lo que el viento se llevó -o al menos oir Sus pasos en la escalera– pero me he de conformar con personas que defienden sus ideas como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, u otras como el mismísimo Sancho Panza, que, por cierto, nunca dijeron eso de “ladran, luego cabalgamos” ni nada parecido, sino que fue Goethe en el poema Ladrador. Como me decía mi madre siempre de pequeña, no te acostarás sin saber una cosa más. Y a mí me encanta ponerlo en práctica.

También hay quien se cree protagonista de una película cuando viene al juzgado, y nos cuenta sus Cincuenta Sombras de Grey sin ningún tipo de rubor. Incluso a veces hemos de decirles que no hace falta descender al nivel de detalle de El kamasutra. Y también hay quien nos cuenta sus andanzas como si fuera el mismísimo Don Juan Tenorio o un Giacomo Casanova redivivo. De todo hay en botica. Y más en nuestro escenario,

Y hasta aquí, el Divertimento de hoy. He de decir que me quedan miles y miles de novelas por introducir entre nuestras bambalinas, pero que no seré El egoista y las dejaré para otro estreno, siempre que haya petición de bis, claro está. Mientras tanto, como dice mi amiga Fani Grande, un aplauso a quienes leen. Y, de propina, otro a quieneas escriben, aunque muchas veces coinciden.

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