Enfermedades mentales: lo más delicado


locura 2

Cuántas veces el mundo del cine y el teatro ha tomado como tema central de sus historias las enfermedades mentales. Despertares, Rain man, Mi pie izquierdo, Forrest Gump, Campeones, Alguien voló sobre el nido del cuco, Joker o Una mente maravillosa, entre otras, son películas que abordan estos temas y, de paso, constituyen garantía de premio casi seguro. Y es que abren una ventana a un mundo cuya puerta no es fácil de franquear.

  No es exactamente lo mismo un enfermo mental que una persona con discapacidad psíquica, pero sí es cierto que nuestro Código Penal los mete en el mismo saco, el de la alteración psíquica. Ya dedicamos un estreno a las personas especiales, para el cual conté con la inestimable colaboración de una amiga y compañera que conoce bien el tema. Pero hoy quería dar un paso más, aunque no necesariamente hacia adelante.

En Toguilandia, como en cualquier otro ámbito, escuchamos la palabra “loco” o “loca” con más frecuencia de la que cabría desear. Ese término se ha trivializado hasta el punto de que cualquiera lo usa sin darse cuenta del terrible dolor que causa a quienes padecen enfermedades mentales. O siendo consciente de ello, que de todo hay.

Muchas veces oímos hablar de de víctimas, especialmente de mujeres, en términos despectivos diciendo que están locas. Están locas porque han denunciado a su marido, locas porque denuncian una violación o locas porque dicen cosas que no se espera de ellas. También se dice de ellos en algunos casos, pero para los hombres son más frecuentes otro tipo de expresiones peyorativas.

Lo que ocurre es que, como me explicaban en clase de Psiquiatría Forense, por alguna razón que se me escapa, se banalizan los términos que describían enfermedades según las clasificaciones oficiales, como el DSM, y acaban convirtiéndose en insultos mondos y lirondos. Y así una vez y otra cada vez que se cambia. Ahora puede que haya quien no lo recuerda, pero la idiocia y la imbecilidad aparecían en el catálogo de enfermedades mentales hasta que “Idiota” e “imbécil” se convirtieron en un insulto de uso común, y otro tanto pasó con términos como “oligofrénico” o “subnormal”, por no hablar de “psicópata” Hoy en día, cualquiera habla de esquizofrenia o bipolaridad con una ligereza que daría risa si no diera pena. Pero es como un bucle . Pensemos, si no, en toda esa gente que, como una gracia, dice eso de “cuidado, que estoy muy loko” -lo de la k parece que queda más chulo- acompañado de muecas burlonas.

Para que las enfermedades mentales tengan su efecto penal, deben tratarse de alteraciones psíquicas que impidan comprender y querer la trascendencia de ese acto concreto. Y tener, por supuesto, una base patológica, porque si se trata de algo transitorio o una mera ofuscación, hay que ir a otro número entre las .atenuantes. Esto quiere decir que el sujeto debe saber lo que hace y comprender que está mal. Aún recuerdo una estupenda explicación que dio un médico forense en un juicio sobre un chico cuyas pocas luces pretendía su defensa que le eximieran de responsabilidad. El delito era un atraco a punta de navaja y el forense, a mis preguntas, dijo que tal vez ese individuo no entendiera lo que es una exacción ilegal -que levante la mano quien lo entienda bien-, pero algo tan grueso o grosero como saber que no está bien atracar a alguien con una navaja estaba al alcance de su comprensión.

Pero las enfermedades mentales en Derecho Penal no son el todo o la nada. Hay zonas intermedias que el Código traduce como eximente completa o atenuante, si concurre alguno de los requisitos pero no todos. Algo fácil de decir en teoría pero muy complicado en la práctica

No obstante, no deja de ser curioso la cantidad de catedráticos y catedráticas de psiquiatría en el anonimato que hay por el mundo. Si me dieran un euro por cada vez que un denunciante dice del denunciado, sea mujer u hombre, que era bipolar o esquizofrénico, sería rica. Luego, mi gozo va a un pozo cuando, preguntado por si está diagnosticado el trastorno, las respuestas van desde “no, pero yo lo sé” a “ya se lo he diganosticado yo”. Hay, incluso, quien se atreve a medicar, valiéndose de mister Google o hasta a pelo, que mi prima del pueblo tomaba Diazepam y le sentaba de maravilla, oye. O, como me dijeron una vez, tomaba unas pastillas llamadas “hace pam”, figúrese lo fuertes que eran.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. El Derecho Civil tiene mucho que decir en esta materia, casi más que el Penal. Las personas con discapacidad pueden tener tal consideración en el ámbito laboral o administrativo, pero necesitan tenerlo en el civil para producir determinados efectos. Antes se llamaba proceso de incapacidad y también tenían ese nombre la sección de fiscalía y los juzgados dedicados a la materia. Ahora son personas con discapacidad -también podemos hablar de capacidades especiales o diversidad funcional, pero ese el término legal- y por fin han logrado que tal declaración pueda afectar a todas o solo algunas de sus facultades. A diferencia de lo que ocurría hasta no hace mucho, ahora, por ejemplo, pueden votar salvo que se distinga lo contrario.

Al hilo de esto está la importante función de jueces y fiscales a la hora de visitar los centros de internamiento y controlar la legalidad del mismo y las condiciones. Nada que ver con el concepto de “manicomio”, que despareció hace mucho tiempo. Aunque no hay que rasgarse las vestiduras para decir que en muchos casos falta un recurso legal. He visto a madres llorar en el juzgado pidiendo un alejamiento respecto de su hijo esquizofrénico y/o drogadicto -son muy frecuentes las toxifrenias- que les pegaba, y llorar más cuando se les explica que no los pueden tener en casa si hay alejamiento. El Derecho Penal no siempre es la respuesta.

Y por cierto, voy a desmontar un mito. Eso que se oye a algún todólogo de que el acusado se declara loco y no le pasa nada es una mentira como la copa de un pino. Lo primero, porque es más que difícil dársela con queso al forense, que tiene estudios en psiquiatría. Y, de otra, porque no se sale de rositas ya que hay medidas de seguridad como los psiquiátricos penitenciarios que les son aplicables. Otra cosa es que la medida acaba con la curación y no es una pena, pero eso es otro asunto para hablar largo y tendido en otro estreno.

Tampoco vale para cuando la enfermedad mental aparece tras haber sido juzgado. Es lo que la Ley de Enjuiciamiento Criminal llama “demencia sobrevenida” y, de acreditarse, dará lugar a las medidas que correspondan, pero nunca a la impunidad sin más.

Así que solo queda despedirme. Podría hacerlo con una reverencia con la toga, como hacía un interno que teníamos en un centro, que se creía el rey, pero mejor lo hago con un aplauso, como siempre. El que esta vez dedico a quienes tratan este delicado tema, uno de los más delicados que hay

2 pensamientos en “Enfermedades mentales: lo más delicado

  1. Me recuerda a una persona que ha fallecido hace poco sin que nadie supiera ( aunque todos sospechábamos) que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Ese estado intermedio en el que no estás ni para que se te incapacite pese a ser un verdadero peligro para una persona y para tu propia persona, ni para que andes a tus anchas. En tanto el legislador se decide a hacer algo seguiremos “soportando” las enfermedades mentales ajenas, que a las propias ya nos hemos acostumbrado. El uso de estas personas para fines ajenos o propios es otro cantar. Está bien seguir leyéndola por aquí.

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