MÉDICOS FORENSES: MÁS VIVOS QUE MUERTOS


forenses

                Nuestra particular representación sigue adelante, que ya sabemos que pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Y así lo hace. Con un personaje peculiar, que suele despertar el morbo del público, aunque generalmente más por desconocimiento que por otra cosa. Y el interés, por descontado.

                Se trata del médico forense. Confieso que con sólo teclear estas dos palabras, mi cadena de ADN se pone a dar saltos como loca. Porque la coincidencia de apellido con el de uno de los padres de la Medicina Legal en España no es casual. Y quisiera, de paso, brindarle mi particular homenaje dando un papel de relevancia en la obra a nuestro personaje de hoy, que bien se lo merece.

                El médico forense es un técnico cualificado. Su función es auxiliar al juez, y al fiscal, en aquella parte de su trabajo en que son necesarios los conocimientos médicos de los que nosotros carecemos. Como nosotros, sirven al ciudadano y, también como nosotros, sólo logran acceder a este puesto tras una dura oposición. Y añadiré que son los únicos integrantes de la comisión judicial que no lleva toga, sino bata blanca. Y no siempre. Antes estaban adscritos a uno –o varios- juzgados como el juez y el secretario judicial, pero desde hace un tiempo, con el advenimiento de los Institutos de Medicina Legal, tienen una organización propia, tal vez más parecida a la que tenemos los fiscales, con especialización y sin un puesto “oficial” en el juzgado sino en el propio Instituto.

                En realidad, todo el mundo sabe lo que es un médico forense. O cree que lo sabe, que el “CSI” y otras series de televisión han hecho mucho daño a la cultura judicial española. También es un personaje con un tinte romántico, no en vano es el personaje principal de algunas exitosas novelas de Robin Cook o de Patricia Cornwell y su afamada Doctora Scarpetta. Pero, si preguntas a cualquiera en la calle, seguro que la respuesta es que el forense es el médico de los muertos. Sin más.

                No voy a negar que algo de eso hay. Hasta el punto de que una médico forense muy muy cercana a mí suele bromear diciendo que son los únicos médicos que no tienen el problema de que se les puedan morir los pacientes. Pero, aparte de esa tan conocida labor en la sala de autopsias, los forenses tienen muchas más funciones que, además, afectan más a vivos que a muertos. Y que son mucho menos conocidas.

                En cualquier caso, no podemos obviar el momento estelar que en la función representa el forense: el levantamiento de cadáver y la práctica de la autopsia. Ese momentazo en que roba todo el protagonismo a la estrella de la función y que hace que los focos se centren en él. El momentazo que le puede valer el Oscar, vaya, porque los datos que aporte en la investigación por una muerte son los que en última instancia pueden determinar la condena o no del culpable. Ahí es nada.

                Eso sí, todo dentro de un orden. Probablemente por influencia de películas y series, la gente suele creer que con sólo un vistazo y un par de tajos bien dados, el forense los sabe todo: la hora exacta de la muerte, con minutos y segundos, el arma homicida, incluida marca y fecha de fabricación, y la identidad del autor, con sus huellas dactilares y su ADN. Y claro, cUando no es así, que no es nunca –o casi nunca- por razones obvias, el público puede sentirse defraudado. Por eso hay que explicar muy bien que un cadáver no siempre ofrece todos esos datos, y depende de mil cosas, como el tiempo transcurrido o el estado de conservación, lo lejos que puedan llegar en sus conclusiones. Como me dijo una vez un forense recién llegado, es una lástima que no salga un gnomo del cerebro del difunto para decirte cómo, quién o dónde acabaron con él. Pero no lo hay.

                Pero además de muertos, los forenses se las tienen que entender con vivos, y con vivos nada fáciles, por cierto. Ellos son quienes nos dicen si éste o aquél sospechoso está en sus cabales, y hasta qué punto. Y quienes determinan si las personas están en su sano juicio o necesitan que se les nombre un tutor, venido el caso. O si el estado de salud permite a una persona hacer un trabajo, por poner algunos ejemplos Tarea imprescindible sin duda alguna.

                Y otra gran parte de su trabajo consiste en ver y valorar los lesionados, o a los que pretenden haberlo sido. Y subrayo lo de valorar porque a veces ha dado lugar a equívocos, algunos de ellos francamente hilarantes, ya que hay quien cree que el forense es algo así como el médico del juzgado, y le puede consultar cualquier cosa como si fuera el médico del barco en “Vacaciones en el mar”. Y así, hay imputados que, informados de su derecho a ser vistos por el médico forense, se empeñan en que les mire porque les ha salido un lunar que igual es malo o porque tiene anginas, ignorando que el objeto de esa diligencia es, precisamente, valorar si está en condiciones de declarar, si es o no drogadicto o alcohólico, o si ha sufrido lesiones, y no recetarle una aspirina o un antiácido. Aunque no siempre es fácil de explicar.

                Además, son los encargados de hacer el seguimiento de la evolución de las lesiones en casos de accidentes de tráfico, accidentes laborales o de haber sido víctimas de hechos delictivos. En este último caso, su dictamen es fundamental a la hora determinar si el autor trataba de matar o no, con las consecuencias penales que ello supone. Y en este orden de cosas, su dictamen es la piedra angular de la indemnización que habrá de darse –o no- al lesionado. Y, cómo no, en la determinación de la existencia de violencia de género o doméstica.

                Un buen forense es esencial en cualquier procedimiento en que intervenga. Porque, aunque muchas veces se desconoce, su labor no acaba con la investigación y el consiguiente informe, no. Porque los médicos forenses acuden como peritos a los juicios, y han de explicar a un puñado de leguleyos las cosas en palabras que nos sean comprensibles –no olvidemos que somos “de letras”- O, lo que todavía es más difícil, explicárselo a un jurado popular, que carece por completo de ningún conocimiento técnico. Incluso recuerdo una forense que tuvo que decir que aquello era “como cuando un niño se hace pupa” para hacerse entender. Y muy bien que hizo, dicho sea de paso.

                Así que nada, hasta aquí mi particular semblanza de ese personaje imprescindible si queremos tener un buen reparto en nuestra función. Más allá de leyendas urbanas, muchas veces alimentadas por intereses ajenos al ciudadano y la justicia. Sólo espero que esos genes míos a los que hacía referencia hayan quedado satisfechos con el papel que he dado a nuestro protagonista. Un papel muy lucido, porque no puede ser de otra manera. Y que bien le puede hacer ganar el Oscar.

 

 

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7 pensamientos en “MÉDICOS FORENSES: MÁS VIVOS QUE MUERTOS

  1. Como se notan los genes….. En cualquier caso está muy bien dejar de lado las leyendas y aclarar el daño que muchas veces hace CSI … Hay que poner en valor el papel de este gran desconocido

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  2. Excelente presentación, que da una idea realista y completa de la importante labor que desarrollan los médicos forenses en España. Por si eso fuera poco, esos profesionales (muchos de ellos grandes amigos) cumplen también otros importantes servicios a la sociedad, auxiliando también a quienes trabajamos en el ámbito de la Salud Pública a monitorizar y prevenir problemas tan importantes como las “sobredosis” de drogas, las lesiones de tráfico, las conductas suicidas, la violencia interpersonal, los accidentes infantiles…

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  3. Muy completa la semblanza del médico forense y, como tu misma dices muy necesaria. Gracias por acordarte de nosotros. El perito de parte ¿saldrá también en la función?

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