Historia y justicia: de nuevo sin toga y con tacones


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         Ya dije otras veces que los artistas son artistas las 24 horas del día, estén sobre las tablas del escenario o no. El gusanillo se mete dentro y no sale ni de día ni de noche, como le pasaba al niño de Cinema Paradiso o a ese otro de Los chicos del Coro. Y es algo que marca la vida.

         En cierto modo, en nuestro particular teatro también pasa algo así. Y los juristas siempre somos juristas aunque estemos lejos de la sala de vistas. Lo admitamos o no. Sin mi toga y con tacones , como ya conté en otro momento.

         Y volvió a pasar. Me tomé un kit kat y tuve la suerte de asistir a un estreno, el de Cabaret esta vez. Disfrutar de un gran espectáculo, de buena compañía y de un ambiente excepcional, el de un estreno, es todo un placer. Alfombra roja incluída, que no nos falte de nada.

         Pero como me pasa siempre, la fiscalita de toga y tacones se empeña en acompañarme, aunque vaya de incógnito y fuera de horas de servicio. Y se pone de acuerdo con mi Pepito Grillo interior y se vuelven un tándem imbatible, inasequibles al desaliento, para ponerme unas lentes que miren más allá del disfrute del espectáculo.

         Como todo el mundo sabe, la acción de Cabaret se desarrolla en la Alemania de un Hitler emergente, poco tiempo antes de esos acontecimientos que desembocaron en el más espantoso de los genocidios, y que tantas veces hemos visto en películas como La lista de Schindler, La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, por citar algunas de mis preferidas. También en Rebeldes del Swim o en la serie Música para Sobrevivir, muy relacionadas con el mudo del arte, además.

         Pero no voy a tratar aquí de contar la historia del nazismo. Ni siquiera de hablar de lo importante que es la lucha contra los crímenes de odio, a la que dediqué otro estreno. Me quedaré con otra idea. Que no es sino la sensación que transmiten al espectador todos esos personajes extremos, disfrutando de una vida al límite sin saber la que se les está viniendo encima. O sin quererlo ver, pensando en voz alta que el peligro pasará y que todo al final quedará en nada. Haciendo incluso esfuerzos para convencer de ello a los demás y a sí mismo, como hace uno de los personajes. O fingiendo que el atropello de los derechos no va con uno, como si no fuera con la humanidad entera, como hace otro. O apostando a caballo ganador traicionándose a sí mismo. Y, lo más inquietante, no haciendo nada.

         La pasividad. Esa es la que lleva a muchos de los mayores desastres de la humanidad, la que permite que los tiranos avancen y acaben aplastándonos, cuando ya el miedo ha anulado toda capacidad de reacción. Y eso es algo que vale para esa época, pero también vale para cualquier otra. Y para cualquier atropello de derechos, o cualquier casa justa.

         Vemos la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio. Quizá por eso se defienda con tanta claridad la persecución de los crímenes nazis, pero todavía existan tantas reticencias respecto a nuestra propia memoria histórica, y, sin ir más lejos en el tiempo, se haya limitado de un modo imperdonable a la justicia universal.

         Así que viendo el espectáculo, sin mi toga y con tacones –los tacones que no falten- no dejé de pensar en que no hay que dejar de alzarse contra cada pequeña injusticia, porque si no no hacemos acabará haciéndose grande y entonces será tarde. Aunque por supuesto, no diré más por no hacer spoiler.

         Por eso, hoy mi aplauso también va a ser doble. Uno muy grande para todos aquellos que sobre las tablas del escenario, o detrás de ellas, consiguieron a la vez que gozáramos y también pensáramos. Y otro, no menos fuerte, para los que en nuestro propio teatro de la justicia, desde dentro o desde fuera, desde detrás o desde delante, siguen dando la cara contra todo aquello que impide que nuestra obra tenga un final feliz.

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