Ocio y negocio: la frontera


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         Hay mucha gente que dice que el espectáculo hace ya tiempo que dejó de ser un arte para pasar a ser un negocio. Sí y no. Ni blanco ni negro. Pero no deja de ser paradójico un negocio para el ocio. Porque, como sabemos, negocio no significa otra cosa que no-ocio. Lo que viene siendo trabajo, vaya. Y a un artista le es difícil separar su arte como inspiración que como medio de vida. Y tampoco es preciso hacerlo, ni ponerse más papistas que el Papa. Porque igual que el panadero hace panes para ganarse la vida y para darnos de comer, nada obsta a que los artistas hagan otro tanto. Pero con una diferencia: el artista no puede dejarse su arte en el obrador. Cosas de la vida. Ay ese plus de La Boheme

         ¿Nos pasa eso también a nosotros? ¿Nos dejamos la toga en el obrador imaginario, como la harina del panadero? Pues, como dije antes, ni sí ni no, ni blanco ni negro. Aunque algunos no lo crean, mucho tiene de vocacional eso de dedicar la vida –o gran parte de ella- a la defensa de los derechos, aunque alguno que otro lo vea unicamente como un modo de ganarse la vida. El Money Money de Cabaret, al que dediqué el anterior estreno

         Pero una cosa es que una lleve a su jurista interior aún cuando vaya sin toga y con tacones, y algo muy distinto que tengan a ese yo interior en todo momento y a todo rendimiento. Eso sí que no. Aunque visto lo visto, para algunos sí que sí.

         Me explico. Vivimos tiempos difíciles para los protagonistas de nuestro teatro Malos tiempos para la lírica, como decía la canción. Y las sucesivas, enormes, inexplicables y abundantes reformas nos obligan a ocupar el tiempo de ocio en el negocio. Una contradictio in terminis –perdón por el latinajo– en toda regla. Porque no nos queda otra que estudiar y estudiar a contrareloj para poder aplicar lo reformado a causas presentes y futuras. Y ahí está el problema. En que tengamos que ocupar el tiempo en mirar hacia atrás y no podamos mientras ir hacia delante. Con la falta que hace.

         Comentaba un compañero lo duro que se hacía tener que pasar el tiempo de asueto de cara al BOE, o los expedientes, mientras su hijo juega a la pelota en el pasillo en lugar de en el parque. Y no le falta razón. Por más que estas reformas sean agobiantes, nuestra responsabilidad no es otra que tratar de que ello no afecte a los derechos de los ciudadanos. Es decir, que el público pueda disfrutar exactamente igual de nuestro teatro, aunque los ensayos y los cambios de guión nos hayan dejado sin dormir. Y aunque lo haya pagado la pelota del niño, confinada a un pasillo.

         Y al final, ni los tacones. Se desdibujó la frontera entre ocio y negocio. Me veo en bata de guatiné y zapatillas para dar abasto con todo esto. En perjuicio de mi vida personal que, lo crean  o no, también existe. Y que nadie piense que es una pataleta de unos privilegiados, que lo que no queremos es trabajar más. De eso nada. Somos unos privilegiados, en efecto, pero nuestro privilegio es poder vivir de nuestra vocación. Ni más ni menos que les ocurre a los artistas. Y, como ellos, necesitamos nuestro tiempo de desconexión para poder darnos por completo a nuestro público. Y así no hay quien pueda. Aquí no hay quien viva, como la serie de televisión. Y no La que se avecina, si no la que ya está aquí.

         Así que hoy, de nuevo, flores y tomates por partes iguales. Flores para todos los que sacrifican su tiempo para que la calidad del espectáculo no decaiga. Y tomates, por supuesto, para los que se lo ponen difícil. Al gusto del espectador dejo la furia con los que los arrojen.

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