Latinajos: ¿erudición o pedantería?


latinajo

         De todos es sabido que el arte es un lenguaje universal. Desde el principio de los tiempos, los hombres se entendían y comprendían percutiendo instrumentos, aún de lo más rudimentarios, o emitiendo sonidos con su voz. Por eso, aunque alguien desconozca por completo un idioma, a buen seguro es capaz de distinguir en un instante un canto fúnebre del himno de una celebración. Como dijo Bogart, “Tócala otra vez, Sam…”

           Pero nuestra función es el reino de la palabra, oral o escrita, pero palabra al fin y al cabo. Y por más que reforcemos la expresión verbal con expresión gestual –confieso que no me resisto a la tentación de enarcar una ceja o hacer ojitos y hasta chiribitas- necesitamos un idioma en el que expresarnos. Y ha de ser el idioma que entendamos todos, aunque sea inevitable hacer un guiño a esa lengua donde se gestó el Derecho, el latín. Y si no, pensemos por un momento, y nos daremos cuenta que no hay informe que no contenga algún latinajo, por interiorizado que éste esté.

         Cuando una era estudiante, y más aún cuando era opositora, aquellas definiciones y brocardos en latín me miraban desde el papel esperando a ser aprendidos. Algo me decía que aquello podía marcar la diferencia, la difusa línea entre estar entre los elegidos –beati, como decía mi profesor de Derecho Romano-. Y, abducida por los rayos que aquellas palabras me enviaban desde el folio, me los aprendía al dedillo. Tanto, que todavía soy capaz de recitar de carrerilla en latín la definición de usufructo, de contrato o de ley según San Agustín o Santo Tomás. Lo juro, y soy capaz de demostrarlo en cualquier momento. Aunque me abstendré a hacerlo aquí no vaya a ser que los espectadores decidan abandonarme para siempre. Y eso sí que no.

          Pero, aparte de las taras que nos deja la oposición, hay una serie de principios que forman parte de nuestro acervo y que usamos con pretendida soltura. Aunque, a veces, más valiera pensárselo dos veces.

          ¿Quién no ha usado el famoso in dubio pro reo, casi una abracadabra que parece poderlo todo? ¿Y quien no ha pensado en sus versiones más pedestres: in dubio, pro arreo, in dubio, aporreo… o, como decía un Magistrado que conocí en mi primer destino, in dubio, pro estudio?

        Y es que usar el latín puede estar bien, pero usarlo mal puede ser un desastre, aunque algunos parezcan ignorarlo. Por eso, decir motu proprio para referirse a algo que uno hace por sí mismo puede ser correcto y quizás hasta adecuado, pero convertirlo en de motu propio ya es hacer el ridículo, y, como he oído alguna vez, decir “de su propio motu” supera los límites de lo soportable.

          Pero las ganas de impresionar al personal a veces nos pueden, y parece más culto emplear un grosso modo” que un castizo “en líneas generales”. Pero pase. Lo que no tiene pase es transformarlo a la española y meterle una preposición o, como oí una vez, reinterpretarlo en un “a Mato Groso” que casi me hace saltar a propulsión de mi silla, toga y tacones incluidos.

       Pero es inevitable. Debe venir en un chip incorporado de una manera secreta en algún Código o en las costuras de la toga, pero es ponérnoslas, y empezar a usar una caterva de a priori, a posteriori, de lege data, de lege ferenda, obiter dicta y demás. Pero ¿cómo no hacerlo, si las propias leyes, aún hoy en día, recurren a ello? Veáse si no el recién reformado Código Penal, aún calentito, que nos llena de quater y quinquies muy evocadores. ¿Cuánto tardarán en convertirse en cuatreros y quinquis de los de toda la vida? Y si no, al tiempo.

         No obstante, la existencia de los latinajos estaría justificada solo para hacernos vivir ciertas escenas. Como alguna a la que ya me he referido y la que voy a referir ahora, mi preferida. La de una señora, algo dura de oído, que dijo indignada que menudo Letrado le había tocado en suerte, que no se había aprendido su nombre ni el de su hija, la otra denunciante. Porque ellas eran María y Araceli, y no Pura ni Nuria, que no sabía quiénes eran ésas y por qué las nombraba ese señor. Ni que decir tiene que el atribulado letrado había esgrimido el principio iura novit curia. Y la verdad es que no creo que vuelva a hacerlo.

            Así que ahí estamos. Entre la erudición y la pedantería. Pero ¿no es cierto que es mucho más bonito decir eso de “prior tempore potior iure” que “tonto el último”? Pues eso. Que bien están las cosas en su justa medida, pero sin pasarse. Así que a aplicarse el cuento. Y a distinguir, sobre todo, a quien se dirige uno, si a un profesional o a alguien ajeno a nuestra secta, que no tiene por qué entender esas palabrejas.

       Por eso, hoy el aplauso ha de ir por fuerza para aquéllos que saben pero no presumen de ello. Y que desde este principio interpretan su papel. Porque la sabiduría ha de servir para solucionar, no para impresionar. Y quienes lo consiguen merecen la ovación en ese lenguaje universal que todos conocemos. ¿Se lo damos?

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10 pensamientos en “Latinajos: ¿erudición o pedantería?

  1. La definición de usufructo vale, pero…¿la de contrato y la de ley?, ¿cuáles son? Como me caigan esos temas en los orales y no te lo haya preguntado no me lo perdonaré nunca (que aunque no decidan el aprobado…pues oye, quedan muy bien).
    Enhorabuena por el blog. Tus actualizaciones coinciden siempre con mis días de cante, así que me amenizan los viajes hasta el preparador. Un saludo.

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  2. Me encantan, tus comentarios. Humanizas la justicia.
    Gracias por tu cercanía.
    Una pregunta: ¿A quien tuviste en Derecho Romano?

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