Lenguaje: hacerse comprender


diccionario (1)

                Cada profesión tiene su propia jerga. Una suerte de lenguaje que solo entienden los iniciados y que marca la diferencia entre los que son y los que no son. Palabras técnicas algunas, y otras pertenecientes al argot, que simplemente cambian su significado empleadas en el contexto de ese ámbito. Del teatro, casi todos conocemos eso de “desear mucha mierda” o el “que te rompas una pierna” en vez de desear suerte, como el resto de los mortales.

                Y si eso es así en la farándula, estoy segura de que en nuestro escenario ganamos por goleada. Manejamos un montón de conceptos y expresiones jurídicas, muchas ellas venidas del latín (lLatinajos: ¿erudición o pedantería?) que a veces hacen francamente incomprensible cualquier conversación a aquellos que no formen parte de la secta de los togados, y todavía más de la logia de los puñeteros. Y a veces olvidamos que lo que es de recibo entre los iniciados, es inconveniente entre quienes no lo son. Porque, como sabemos, nuestro público es la sociedad, y ésa ni sabe Derecho ni debe saberlo.

                Que la justicia emana del pueblo es algo que sabemos todos, que no en vano lo dice nada menos que nuestra Constitución. Pero, como decía, hay veces que olvidamos que es el pueblo su destinatario, y que mal puede entenderla si no entiende nuestro lenguaje, sea el empleado en las sentencias y dictámenes, o sea el usado en el juicio oral que, como también dice la Constitución, es público. Y muchas veces, se encuentran con unos galimatías que ni siquiera a los iniciados nos resultan fáciles de entender.

                Pero la pedantería no es patrimonio de la logia de los puñeteros, vaya que no. Dentro de la secta de los togados, también los Letrados caen en ello. Y, muchas veces con el deseo de impresionar a sus clientes, los impresionan tanto que creen que están oyendo a su abogado en un idioma más próximo al swuajilii que al español castizo –o a la correspondiente lengua cooficial, que nadie se me enfade-. Con diferentes resultados, eso sí. A algunos clientes hasta les gusta, como aquel que decía de su abogado que debía ser muy bueno, porque no había entendido ni una palabra de lo que dijo en su horita y media de informe. A otros, sin embargo, les desconcierta, como al que tuvo una amiga mía que acabó enfadadísimo con ella porque hasta el juez había visto que no lo hacía bien, y la había llamado “impertinente”. Y, por más que se esforzó en explicarle que lo que era impertinente era la pregunta, no hubo quien le bajara del burro. U otro que, atendido por una letrada de oficio que intentaba explicarle lo que más le convenía, preguntó delante de todos: “¿Y cuando me traen a un abogado de verdad?”

                Pero claro, hay clientes y clientes, que de todo hay en el justiciable. Y entre éstos, los hay que se creen en posesión de la verdad universal, y de la verdad jurídica en particular. Y no se cortan un pelo a la hora de aconsejar al propio letrado y hasta al juez o al fiscal llegado el caso. Y algunos, con su propia interpretación del lenguaje jurídico. Y entonces –¿o debería decir “a la sazón”?-, nos dicen muy serios que van a repelar la sentencia, porque su señoría lustrosísima se ha equivocado, que ya les dijo el vecino de su prima Mari Puri que eso era lo que había que hacer. Y mientras tanto, lo que tienen que ponerles es un auto de escarmiento, que de eso el vecino de Mari Puri también sabe un rato largo. Y ojito con lo que hacemos, no nos vayan a poner un corpus cristi, que eso se lo contó Francisquito el secretario, que no había manera de explicar que el secretario en cuestión se llamaba Antonio y en el papel lo que ponía era “el infrascrito”. Pero claro, doctores tiene la Iglesia.

                Y es que de aquellos polvos, estos lodos. Si no hablamos en un lenguaje comprensible, no se nos comprende. Y se nos reinterpreta al gusto del consumidor. Y, como me dijeron una vez, tenía que hacer preguntas sugerentes y cadenciosas, curiosa lectura de la prohibición de preguntas sugestivas o capciosas de las que habla la ley.

                Eso sí, otra cosa es lo que hablemos entre nosotros. Y ahí, además del lenguaje técnico, tenemos nuestro propio argot. Cuentan que hubo un tiempo en que se hacían PELOS, que era como se llamaba al procedimiento urgente de la ley que precedió a la del actual procedimiento abreviado, PALO para los amigos. Y hasta hace apenas unos días, íbamos a juicios de flautas, aunque a partir de ahora estamos yendo a los levitos (juicios de faltas, adiós pequeños, adiós) o, si se quiere, delititos. También decimos tranquilamente que nos vamos a sala a hacer una media pena, refiriéndonos a las prórrogas de prisión preventiva de aquellos condenados cuya sentencia pende de un recurso. Y en cuanto a las penas, todos sabemos lo que es la pena de banquillo o el traje a medida. Aunque esa es otra historia que ya revelaré en su momento. O tal vez no, que en el teatro siempre conviene mantener la intriga.

                De todos modos, agucemos nuestro ingenio, porque al ritmo desenfrenado que va el legislador, tendremos que seguir inventando nombres para todas aquellas cosas que se le ocurran. O, como sugiere mi compañero José María, cantar, a ritmo de merengue, eso de “Suavemente, derógame…” o el más movidito “Derógame otra vez..”, mientras sacudimos nuestras togas con donaire sin igual.

                Pero mientras tanto, cuidemos nuestro lenguaje. Y cuidarlo no es hacerlo tan alambicado que nadie lo entienda sino hacerlo tan comprensible que lo entienda todo el mundo. Porque de nada sirve servir al ciudadano si se habla en términos que éste no entienda ni tenga obligación alguna de hacerlo.

                Así que ahí va el aplauso de hoy. Para todos los que, teniendo el conocimiento que pocos tienen, lo hacen comprensible para todos. Porque la justicia es de todos y así debe ser siempre.

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4 pensamientos en “Lenguaje: hacerse comprender

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