Sufrimiento:  togas con cicatrices


 

 

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 El sufrimiento es un de los sentimientos más humanos que existen. Y además,de los que más metraje de filmes y de páginas en la literatura han ocasionado. Tanto, que hay géneros que se centran en él: la tragedia griega, el drama, el melodrama y similares, incluso en mezclas con el humor en la tragicomedia. ¿Quién no ha oído hablar de esos folletines de la radio cuyas protagonistas, como Lucecita, no hacían otra cosa más que sufrir? ¿O los culebrones, con títulos tan expresivos como Los ricos también lloran? ¿O aquella serie ya mítica, donde se sufría tanto que el gracejo popular sustituyó su nombre original de La casa de la Pradera por el de La casa de la plorera –”plorar” es llorar en valenciano- Por supuesto,dar un lista de películas en que se sufre sería  La historia interminable, pero no puedo dejar de nombrar alguna de las que más me hicieron padecer, como Campeón, La lista de Schindler, El paciente inglés o West Side Story, a pesar de sus cánticos y bailes fabulosos.

En nuestro teatro el sufrimiento está a la orden del día. Como quiera que en cualquiera de nuestras jurisdicciones no hacemos otra cosa que gestionar el fracaso –nadie va al juzgado si todo va bien- nuestro escenario está cuajado de grandes y pequeños dramas. Que, por supuesto, pueden  contraponerse a grandes alegrías, cuando nuestra pretensión acaba de un modo exitoso, o quien es nuestro contrario no se sale con la suya. Como en muchos otros ámbitos, la alegría de unos es el sufrimiento de otros y viceversa.

El sufrimiento,  como dicen de la risa, va por barrios también en Toguilandia. Pero nadie se libra de él. De  un lado, los y las profesionales, que sufrimos con y por nuestros representados, patrocinados o defendidos y justiciable en general. De otra, demandados y demandantes, víctimas e investigados, testigos o público. Quien esté libre de las lágrimas que arroje el primer pañuelo.

En cualquier caso, lo que no podemos olvidar nunca es que quien tiene la medalla, el récord absoluto del sufrimiento en Toguilandia son siempre las víctimas y más todavía cuando se trata de algunos delitos especialmente dolorosos. Vaya por delante que me refiero al concepto de víctima en sentido amplio, englobando en él a quienes padecieron en sus carnes o en sus derechos el delito y a quienes son perjudicados por ello, como huérfanos de las personas asesinadas o sus seres queridos. También podríamos incluir en esta categoría a quienes, sin llegar a ser víctimas de un delito, lo son de un acto no delictivo, pero igualmente doloroso o deleznable. Me acuerdo especialmente de una señora que demandó haber sido víctima de esa despreciable maniobra depredatoria que se hizo con las acciones preferentes, y que lo vivió con tal presión que no llegó a conocer su victoria ante los tribunales: murió de un infarto fulminante en las instalaciones del propio juzgado cuando fue llamada a declarar.

Algo que hay que dejar claro es que interponer una denuncia ya supone de por sí un sufrimiento, más aun si a quien se denuncia es a una persona a la que se conoce. Puede ser un socio traidor, un político corrupto o alguien tan cercano como el padre de tus hijos –también la madre, aunque en muchísima menor medida- Sin intención de desanimar a nadie, el camino que sigue a la denuncia no es precisamente un camino de rosas. Hay que pasar por un rosario de declaraciones y comparecencias –nuestro proceso penal está anclado en unos esquemas decimonónicos- que hacen que, cuando se está a punto de empezar a olvidar lo sucedido, se recuerde una y otra vez, como el dia de la marmota. Y todavía es peor cuando se cuestiona a la víctima, cuando se la somete a juicios paralelos, cuando le reduplican una vez y otra el sufrimiento en eso que se ha dado en llamar victimización secundaria y que yo bautizaría como eternización del sufrimiento. Lo explicaba muy bien  la vícitma de La Manada, una vez recaída sentencia firme. Y, recordemos, denunciar no es un paseo en barca, y no se hace por gusto. Algo que deberían comprobar quienes hablan alegremente de denuncias falsas sin conocer de la misa la media, más allá de lo que les han contado los cuñados de turno.

Por cierto, en estos días en que se ha vuelto a poner de moda el horrendo crimen que nos marcó a muchas personas, el de las niñas de Alcásser, me permitiré recordar a los sres y Sras periodistas y especialmente a los responsables de las cadenas de televisión que la insistencia en los detalles escabrosos
y la patrimonialización del morbo no hace sino reduplicar el sufrimiento de las víctimas, en este caso, de las familias de estas pobres criaturas que ya han tenido suficiente.

También me quiero referir, aunque sea un poquito, al sufrimiento de quienes ejercemos como profesionales en Toguilandia. Aunque no lo crean, aunque disimulemos, aunque pongamos cara de póker o nos disfracemos con una máscara de impasibilidad, sufrimos. Y mucho, a veces. Yo confieso que me llevo a más de una víctima pegada a mi piel y que alguna me visita en sueños, incluso después de pasados varios años. Algo que hay que contar para quien frivoliza sobre nuestra profesión.

Y, como me temo que me he puesto demasiado intensa, acabaré haciendo referencia a otros pequeños sufrimientos que amargan nuestra existencia del día a día. Esos señalamientos que coinciden el mismo día y a los que es imposible llegar a tiempo, esa ruedita que parece de pasapalabra y no nos deja enviar el documento, ese calor que achicharra nuestros toguitaconados cuerpos o ese frío que amenaza con congelarnos.¿ A que después de lo que he recordado, nos hace sufrir menos?. Pues eso, que no hay mal que por bien no venga.

Y como no quiero convertirme en una plañidera, me pongo ya en la cuestión del aplauso. Hoy destinado, sin duda alguna, a todas las personas que sufrieron o sufren en nuestro mundo, Ojala nunca tuviéramos que hablar de las que sufrirán.

Ovación extra esta vez la que dedico a mi hija Lucía, autora de la ilustración que acompaña este estreno

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