
El deporte está presente en nuestras vidas cada día, y de eso se hace eco el mundo del cine. Sn muchas las películas sobre deportes, sobre todo los que son especialmente seguidos en cada país, como el baseball de Campos de sueños y tantas otras en Estados Unidos, o el fútbol en nuestro país, con películas como Días de fútbol, Llenos de gracia y tantas otras. Pero también hay filmes más allá de estos, como los que se refieren deportes minoritarios, Los aitas respecto a la gimnasia rítmica de base, Yo, Tonya respecto al patinaje profesional o El método Williams respecto a las exigencias de entrenamiento en deportes de élite. Sin olvidar, por supuesto, Campeones y su secuela CampeoneX, que trata del deporte inclusivo y valores en clave de comedia.
En nuestro teatro, el deporte parece quedar al margen, más allá de la afición de quienes habitamos Toguilandia a practicar unos u otros, o a permanecer ejercitando el famoso sillón-bol. Pero, a poco que escarbemos, descubriremos que tiene más implicaciones de las que imaginamos.
No obstante, empezaré por el principio. Cuando yo era opositora, existía la creencia de que como tocara examinarse un día de fútbol, las eventuales prisas de los miembros de tribunal por llegar a verlo podían hacer que desdeñaran la calidad de nuestras exposiciones, por decirlo de algún modo. Pero no tengo ninguna prueba de ello, más allá de la leyenda urbana. Yo misma me examiné la última de un día en que había un encuentro Real Madrid-Valencia de gran importancia entonces, y fui escuchada con la máxima atención y puntuada de modo que desde entonces formo parte de este nuestro teatro.
También existe una maledicencia parecida para los casos en que hay partidos de fútbol o de cualquier otro deporte de trascendencia mientras permanecemos de guardia, pero yo tampoco lo he notado. No sería justa de decir otra cosa.
Lo que sí estamos notando cada día más es la incidencia de la violencia en el deporte, especialmente en el fútbol, y, en los últimos tiempos, los juicios por delitos de odio de este cariz.
Por desgracia, desde hace tiempo venimos notando una enorme violencia en el campo del deporte donde, paradójicamente, deberían reinar los valores contrarios. Quizás ha tenido que ver la estrecha relación que ha habido entre grupos ultra que apoyaban a determinados equipos y extremismo, que ya hace tiempo que se intentó parar, pero cuyos efectos aun colean.
Pero la violencia y la discriminación en el deporte vienen de antiguo. Fue hace más de veinte años que el entrenador del Valencia CF Gus Hiddink retiró una pancarta nazi del estadio de Mestalla, impidiendo el comienzo del partido hasta que no se retirara. Pero también es cierto que ese gesto no tuvo su reconocimiento institucional hasta más de dos décadas después en las Cortes Valencianas,
Así las cosas, y no obstante que la violencia era conocida, hasta el punto de haber tenido lugar varias muertes de aficionados en encuentros importantes, dentro y fuera de nuestras fronteras, no ha sido hasta hace poco en que no se condenaba por delito de odio a espectadores por proferir insultos discriminatorios contra un jugador. El primero de los casos fue el del jugador Vinicius jr. En el estadio de Mestalla, que acabó con la condena de tres personas por proferir insultos racistas. Este caso no hizo sino abrir camino y a este le han seguido otros, como del mismo jugador en Baleares o de lo sucedido con Iñaki Williams en Barcelona. Esperemos no desviarnos de esta senda.
Pero no solo el fútbol es objeto de estos comportamientos lamentables. De hecho, el temor por el antisemitismo provocado por el genocidio de Gaza ha dado lugar a celebración de partidos de baloncesto a puerta cerrada. Y, en deportes más minoritarios, la violencia verbal sufrida por algunos deportistas ha sido terrible. Recordemos los insultos homófobos padecidos por el nadador artístico Dennis González o la gordofobia padecida por la jugadora de waterpolo Paula Leitón.
Más lamentable es, si cabe, cuando estas situaciones se dan el deporte base, sobre todo si hablamos de deporte infantil y juvenil. Pero hemos visto insultos machistas a una árbitra en un partido infantil hasta hacerla plantearse la retirada. Y, según me cuentan algunos conocidos, hay padres y madres que berrean auténticas barbaridades en los partidos de fútbol disputados cada fin de semana por sus criaturas de corta edad.
Y hasta aquí estas pequeñas reflexiones sobre violencia y deporte. Ojalá no tuvieran que hacerse, pero es lo que hay, Y, mientras tanto, dediquemos el aplauso a quienes luchan contra ello cada día. Porque no es fácil.