Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Intrusismo: fuera de órbita


                Sentirse ajeno es una sensación que a nadie es ajena, valga la redundancia. Con más o menos frecuencia, todo el mundo ha sentido alguna vez la sensación de sobrar en algún sitio, de estar fuera de lugar o de ser un extraño. En definitiva, ser La intrusa o El intruso. Aunque esta no es la única manera de ver las cosas. Se puede ser intruso si se finge ser El especialista que no se es. Porque no todo el mundo puede ser El sabio. Y al final todo se sabe, como le ocurría a Barbara Stanwick -o a a Virginia Mayo, en una versión más moderna- en Bola de Fuego, encerrada entre un montón de catedráticos listísimos.

                En nuestro teatro no todo el mundo es listísimo como los profesores de la película, pero tenemos nuestros propios intrusos e intrusas, y también quienes pretenden serlo. Su mayor o menor éxito ya es harina de otro costal.

                El intrusismo es, en primer lugar, un delito. Lo comete quien ejerce actos propios de una profesión u oficio sin estar habilitado para ello. El anecdotario judicial y la hemeroteca nos muestran pintorescos casos de médicos que ejercían sin haber pisado una facultad en la vida, en alguna ocasión, durante muchos años y sin que nadie se percatara hasta que salta la liebre. Aunque no es la única profesión en que sucede, claro está. También se ha visto algún caso de abogados, de administradores de fincas o de asesores que carecían de título para asesorar. Y es que, como dice el refrán, zapatero a tus zapatos.

                Entre nuestras extintas faltas existía también la de uso indebido de uniforme, traje o condecoración, que daba mucho juego. Y es que la gente no podía pasearse por ahí impunemente con el pecho lleno de medallas como si fuera un general, o, en nuestro caso, con más raimundas que las que se le hubieran concedido, si era el caso. Porque no digo yo que ese collar tan mono que lleva el rey en las fotos oficiales no pueda quedarnos pintiparado, pero no se puede llevar lo que no nos corresponde. Así que a conformarse con la medalla de la Comunión o la insignia de la falla, de la casa regional o del cursillo de natación. Porque aunque ahora ya no es delito, puede ser sancionable en otra vía. Más vale no jugársela.

                Pero hay otro tipo de intrusismo al que, aunque ya hemos dedicado espacio en varios estrenos, siempre hay que tener presente, por su frecuencia. Me refiero al de opinadores y tertulianos varios que, haciendo uso de esa nueva ciencia llamada todología nos hablan de cualquier campo del Derecho sin despeinarse, a pesar de no haber visto un Código mas que en foto. El Derecho Penal es especialmente proclive a ese tipo de invasiones, y es tan sufrido el pobre que apenas se queja. Leyes que no existen, cuñadismo -sea en su versión analógica o digital– como fuente del Derecho y tertulias en medios como vehículo de transmisión son sus herramientas más importantes.

                En estos tiempos tan extraños, sin embargo, hay una profesión que se ha unido con fuerza a las huestes de las profesiones diana de la todología. Se trata de una profesión de la que nadie sabía antes, y que hoy es lo más de lo más. Y es comprensible, en su versión fetén, aunque no tanto en la sucedánea. Seguro que más de uno y de una sabe ya a qué me refiero. La profesión nominada no podía ser otra que la virología, la epidemiología o cualquier otra que suene igual de bien al tertuliano de turno y tenga relación con enfermedades, virus y vacunas. Hoy en día, todo el mundo parece conocer a alguien que se dedique a esto, o que, al menos, tenga un primo cuya novia es hermana de una chica que estudia para serlo. Y por eso aparecen por tierra, mar y aire supuestos expertos que dicen una cosa y la contraria para que cada cual se quede con la que más le gusta. Todo el mundo ha oído a esos supuestos expertos que recomiendan usar un tipo de mascarilla, a otros que otra, y hasta a alguno que ninguna. Todavía recuerdo cuando nos conminaban, al principio de la existencia de este bicho maldito, a desinfectarnos antes de entrar en casa como si fuéramos a operar a alguien a corazón abierto. Juro que jamás tendré una experiencia más parecida a entrar en la NASA que las medidas que se tomaban en mi primera visita a la peluquería tras el confinamiento. Todo esto, por supuesto, sin perjuicio de los científicos y científicas expertos de verdad, que tanta falta nos hacen además.

                Quizás hay un factor de distorsión que hace más difíciles las cosas. En España, desde hace tiempo, se llama “doctor” -o doctora- a todo el que tiene un título de Medicina en su poder. Sin embargo, doctor es quien tiene un doctorado, que pude ser en medicina, en física cuántica, filosofía o cualquier otra cosa. Pero, como en inglés “doctor” equivale a “médico”, hemos acabado asumiendo una terminología que no es nuestra. Como ocurre con las dichosas nominaciones, sean a los Oscar o a abandonar la casa de Gran Hermano, cuando “nominar” en castellano no era otra cosa que poner nombre a las cosas. Anglicismos que nos cambian la vida.

                Y es que ahora se entienden muchas cosas. Quienes transitamos por Toguilandia hemos experimentado más de una vez la creencia de que por tener u título de Derecho has de saber de todo el ordenamiento jurídico y de cualquier especialidad. Te encuentras a una prima segunda que hacía siglos que no veías, y te espeta que si le puedes hacer un favorcito que tiene un problema con la declaración de la renta, o con el alquiler, o con la pensión de su abuelo que fue a la guerra. Y por más que le digas que tú de lo que sabes es de Derecho Penal, o de Contencioso, o de lo que sea, lo mismo le da. Eres malaje por no resolvérselo así, a bote pronto y en la calle. Y gratis, por supuesto que, aunque jueces y fiscales no podamos asesorar, letrados y letradas no solo lo hacen, sino que cobran por ello. Y es que eso de comer cada día es una mala costumbre, sin duda.

                A este respecto, me acuerdo de una anécdota que siempre cuenta mi prima -médica y doctora, además- Cuando alguien le para por la calle y le pide que le diagnostique porque le duele la barriga, el tobillo o se le cae el pelo, ella le dice que se desnude, Cuando el incauto o la incauta le dice que cómo va a desnudarse en la calle, ella responde que, al fin y al cabo, es en la calle donde pretende que le dé una solución. Una buena táctica para tomar nota.

                En estas fechas, no podía bajarse el telón sin dar cuenta de un intrusismo especial, que llevamos ejerciendo padres y madres toda la vida y que no es delito. Será, en todo caso, delictivo, el no hacerlo. Me refiero al hecho de suplantar los papeles de Papá Noel y los Reyes Magos para repartir regalos a niños y niñas, y a quienes ya no lo son pero, pese a todo, esperan estos días con ilusión. Que sepamos poner todo de nuestra parte para que nos traigan eso que deseamos todas las personas del mundo: que se acabe esta maldita pandemia. Ojala fuera posible tener este regalo y tenerlo ya esta Navidad.

                No me olvido el aplauso que hoy dedicaré a quienes, pese a todo, siguen manteniendo la ilusión y se esfuerzan en transmitirla. Gracias. Ya queda menos.

Doña Nadie: protagonista de Navidad


      Cada Navidad, nuestras pequeñas y grandes pantallas nos sorprenden -o no- con obras sobre Navidad. La típica Que bello es vivir, la rompedora Pesadilla antes de Navidad o cualquiera de las de Santa Claus son buena muestra de ello.

Este inicio de Navidad en nuestro escenario queremos hacer un regalo e invitar a la reflexión con este relato. Un pequeño regalo toguitaconado para estas Navidades tan extrañas que nos ha tocado vivir

DOÑA NADIE

(Relato finalista del premio de narrativa de mujeres de la Generalitat Valenciana)

-No hace falta que venga, Señoría. Es una muerte natural

-¿Infarto?

-Hipotermia. Una indigente que dormía en la calle. Con la que está cayendo, es normal.

-Es terrible que en pleno siglo XXI pasen estas cosas. Terrible

-Lo es. Y aun pasa demasiado poco para lo que podría ser

Colgué el teléfono con una sensación de angustia enganchada al alma que no me abandonó en todo el día. La médica forense con la que trabajaba me había informado cumplidamente del estado del cadáver del que nos habían alertado y las causas probables de su muerte. Muerte natural. Tan natural, que ni siquiera hacía falta que acudiera la jueza de guardia. Sin embargo, esa muerte era de todo punto antinatural. Antinatural y evitable. Y por eso se me había enganchado la angustia al alma, clavada con unos garfios que dolían. Unos garfios de indiferencia e insensibilidad.

La noticia, y la forma en que me la contaron, me hicieron sentirme tal mal que decidí hacer caso omiso de la recomendación de la forense, y me planté allí. Ni siquiera pedí el coche oficial con el que nos desplazábamos para esos menesteres

-¿Qué haces aquí? -me dijo, sorprendida, la médica forense- ¿No te dije que no hacía falta?

-Sí, pero… -no sabía que decir, porque lo de los garfios en el alma no creo que convenciera a alguien tan pragmático como ella- No me quedaba tranquila

-Por dios -fingió ofenderse- ¿No te fías de mí, o qué? Son las seis de la mañana y hace un frío que pela. ¿O acaso vas buscando ponerte mala para pedirte una baja?

-Me has pillado -bromeé- Eres más sagaz que tus colegas de las series de televisión

-Al menos quédate aquí y no enredes -seguía con la broma- Voy hacia el cuerpo y te sigo contando. Pero ya te adelanto que la pobre mujer se ha muerto de frío, tal cual.

-¿Era muy mayor?

-No demasiado. A falta de confirmación, unos sesenta. Si llega

-Qué horror, María. No sé cómo puedes hacer este trabajo, la verdad

-Mira quién fue a hablar

Aquello no era del todo cierto. A mí no me agobiaba lo más mínimo mi trabajo de jueza, es más, disfrutaba haciéndolo. Por supuesto que había cosas desagradables y asuntos engorrosos que hubiera preferido no llevar, pero en general me parecía un trabajo apasionante. Me consideraba una privilegiada por ello. Sin embargo, lo de María era otro cantar. Aunque yo sabía de sobra que, por el contrario de lo que piensa mucha gente, solo una parte del trabajo de la medicina forense consistía en levantar cadáveres y hacer autopsias, esa parte me horrorizaba y me admiraba a un tiempo.

Por alguna razón, el hallazgo de aquella mujer muerta me había impresionado de una manera especial. Y no porque el cadáver tuviera un aspecto desagradable ni el escenario tuviera algo que alarmara en particular, sino, precisamente, por lo contrario. Parecía no importarle a nadie, que se asumía aquello como un mal inevitable, como un peaje a pagar por vivir en una sociedad como la nuestra.

No tenían ni idea de quién era, de cómo se llamaba ni de cuáles fueron las circunstancias que le llevaron a dormir al raso en plena ola de frío. No llevaba encima documentación alguna ni nadie había denunciado su desaparición. Según me aclaró María, podía llevar un par de días muerta, aunque fuera esa misma noche cuando se descubrió el cadáver. No entendía cómo podía no haberla visto nadie antes, tendida como estaba en la parte trasera de unos almacenes en el centro de la ciudad. Cuando lo pensaba, los garfios que me atenazaban el alma apretaban con más fuerza, hasta el punto de que tuve que disimular para no dar un grito allí mismo.

            La carpeta donde iría su expediente se identificó con un número, pero todas las personas que estábamos allí esa madrugada, la bautizamos como “Doña Nadie”. Una verdadera paradoja eso de darle un nombre, pero no darle ninguno. Pero más valía eso que nada.

            Doña Nadie resultó un problema casi desde el primer momento. Había varias cosas que no encajaban. Sus ropas distaban mucho de ser las propias de una indigente, y lo mismo cabía decir de su dentadura, que delataba a primera vista varias intervenciones odontológicas muy poco congruentes con una sin techo; o de sus manos, que denotaban que habían sido cuidadas, aunque hiciera mucho tiempo de su última manicura.

            No tardaríamos en conocer su identidad a través de las huellas dactilares, pero, mientras tanto, elucubrábamos sobre ella y las razones que la llevaron hasta un lecho de cartón en la parte trasera de aquellos almacenes. Siempre lo hacíamos como una especie de divertimento, pero en esa ocasión yo lo sentía como una necesidad. Y mientras, el garfio seguía apretando.

            A pesar de que llegué a casa, después de trabajar todo el día, muy cansada, no pude pegar ojo. Un duermevela denso hacía que se pegaran las sábanas del sudor, a pesar del frío que hacía en la calle. Doña Nadie se empeñaba en visitarme y repetirme que la sacara del anonimato, pero ni siquiera conseguía verle la cara. La mujer de mis sueños era escurridiza y veloz, y desaparecía en cuanto estaba a punto de descubrir sus rasgos. Solo llegó a enseñarme unas manos de cuidadas uñas esmaltadas en rojo.

-¿María? -contesté al teléfono, aun desde la cama- ¿Alguna novedad?

-Nada nuevo -me tranquilizó- Era sobre Doña Nadie. Te vi muy ansiosa por saber

-¿Y? ¿Sabemos quién era?

-Bueno -dijo María, enigmática- Conocemos su identidad. Saber quién era, no sé si lo sabremos alguna vez

Me intrigó la manera de hablar de María, pero no tardé en conocer el motivo, una vez tuve en mis manos el expediente de Doña Nadie. Sería difícil llegar a saber cómo alguien como Doña María de las Mercedes García de la Asunción y Galán-Medina había acabado en la más absoluta indigencia, durmiendo en la calle y sin que nadie la echara de menos. Aquella mujer había sido en otro tiempo asidua de la prensa del corazón, y, sin no me fallaba la memoria, había tenido, al menos, un marido y un hijo. Sin apenas darme cuenta, gruesos lagrimones empezaron a correr por mi cara.

En cuanto llegué al juzgado, me puse a hacer lo que tenía que hacer, es decir, ordenar la localización del hijo, familiar más directo, y la citación para que acudiera al juzgado. Era un trámite casi burocrático que, en este caso, me producía una ansiedad que no sabía muy bien a qué se debía. Si no fuera porque nunca creí en esas cosas, hubiera dicho que se trataba de una premonición.

-Señoría -una funcionaria llamaba a la puerta de mi despacho- ¿Se puede?

-Adelante, Dolores. Pase

-He localizado al hijo de…Doña Nadie

-¿Y? ¿Cuándo viene? Tenemos un cuerpo esperando a ser enterrado

-Pues, no sé no sé -me dijo, enigmática- Veo mal la cosa

-¿Cómo? ¿qué pasó? ¿La forense descubrió algo más? -me alarmé- Me lo hubiera dicho de inmediato

-Qué va -me interrumpió- Su hijo dice que no le molestemos con esas cosas que no piensa venir ni hacerse cargo de nada. Que él no tiene madre desde hace mucho tiempo

-¿Y el marido?

-Menos. Según el hijo está postrado en cama desde que tuvo un ictus

-Qué barbaridad. ¿Cómo es posible que nadie quiera hacerse cargo de esta pobre mujer? -estaba indignada- Imagino que le habrá dicho que ha de venir le guste o no

-Por supuesto Señoría. Le he citado para mañana y hasta le he dicho lo de los apercibimientos legales. Y, aunque de muy malos modos, dijo que vendría

“Lo de los apercibimientos legales” no era más que la fórmula legal de advertirle a alguien que debía obedecer o podía ser sancionado y hasta, en algunos casos, traído por la fuerza pública. Yo no dejaba de preguntarme qué pudo llevar a un hijo a abandonar así a su madre y no tener compasión ni siquiera cuando la han encontrado muerta de frío en la calle en la más completa miseria.

No tardé en empezar a desentrañar la historia. Doña María de las Mercedes, por matrimonio Marquesa de las Dunas, había sido en un tiempo poco menos que la reina del papel cuché. Aunque era una época donde Internet aun no había hecho su entrada triunfal en nuestras vidas, no era difícil encontrar imágenes de ella, sonriente y exquisita, en actos sociales. De pronto, su estela desaparecía de las revistas del corazón para pasar a la sección de “sucesos” de los periódicos, después a la de “tribunales” y de ahí a la nada. Los archivos de los juzgados, aun con la dificultad de tratarse de hechos anteriores a la digitalización, confirmaban el rastro de la caída a los infiernos de Doña María de las Mercedes García de la Asunción y Galán-Medina.

Según las crónicas sociales de la época, Merchi, como la llamaban, pertenecía a una familia de rancio abolengo y escaso pecunio, que recuperó al casarse con el marqués de las Dunas, un riquísimo empresario cuyo título nadie sabía muy bien de donde había salido. No parecía que ella tuviera familia propia porque ni siquiera en la foto en blanco y negro de su boda, publicada en la crónica social del “Hola”, parecía existir rastro de ellos. También en el “Hola” se anunciaba el nacimiento de su único hijo, Borja, en una crónica según la cual “los marqueses de las Dunas tenían el honor de comunicarles el próximo bautizo de su hijo, en la basílica de Santa María de los Lirios”. A ello seguían insulsas imágenes de la Primera Comunión de Borjita, de galas benéficas y bodas y funerales donde la flamante marquesa acudía con sus mejores galas. Y de pronto, el vacío del colorín y directa al precipicio del blanco y negro y de ahí a un fundido en negro para siempre.

Por los periódicos de la época supe que aquella mujer había tenido el coraje de denunciar, en la década de los 90, una violación. Pero no una violación cualquiera, sino una violación cometida por su marido. Aunque aquello ya estaba previsto en la ley como delito, el círculo social en la que se movía no estaba preparado para una convulsión así. Y, según lo que pasó más tarde, no solo el círculo en el que se movía sino la sociedad entera.

Nadie apoyó a la pobre Merchi, que para entonces ya había pasado a llamarse Mercedes, pero ella se empeñó en sostener la denuncia pasara lo que pasase. Yo había conseguido rescatarla del archivo y la tenía en mis manos mientras me ponía enferma de rabia y pena a un tiempo.

Reconozco que lloré a moco tendido mientras releía una declaración plasmada en papel a golpe de Olivetti, con las letras difuminadas hasta casi borrarse en una acción combinada de aquel papel carbón con el que entonces se hacían las copias y del paso del tiempo. Aun así, de sus cinco páginas se desprendía el dolor de la mujer que, tras mucho sufrir, ha decidido que ya no puede más. A través de aquellos renglones apretados se veía a una mujer joven que era insultada primero, humillada después, más tarde golpeada y apalizada, mientras un muro de aislamiento cada vez más alto se elevaba en torno a ella. Se leía cómo se sintió capaz de aguantarlo todo, incluso aquella golpiza que acabó con la pérdida de la niña que tanto tiempo anheló, hasta que le quebró la dignidad de un modo para ella intolerable. Después de todo lo que había aguantado en silencio, su esposo la había violado, aunque quizás sería más correcto decir que la había violado una vez más, pero que en este caso fue de un modo tan violento y humillante que fue el revulsivo para reaccionar como antes no lo había hecho.

Merchi había salido de casa a merendar con sus amigas, como hacía cada miércoles, pero en aquella ocasión tenían algo que celebrar y se les fue la hora de las manos. Por supuesto, por aquel entonces no había otro modo de avisar de su tardanza que el teléfono tradicional del bar que, según su relato, no funcionaba. Así que decidió dejarse llevar y no preocuparse más. Ya lo explicaría cuando llegara.

Aunque esperaba que su marido estuviera enfadado, no podía imaginar lo que le esperaba. La recibió fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre y comenzó a llamarla “puta”, “zorra” y a acusarle de serle infiel con cualquiera, algo que a la pobre Merchi no podía ni pasársele por la cabeza. La agarró con fuerza y le dijo que iba a castigarla, y que, si se comportaba como una prostituta, la trataría como tal en su propia cama.

Según su declaración, aquel monstruo la desnudó por completo y la ató a los barrotes de la cama con corbatas de seda, una por cada extremidad. Ella no ahorraba el detalle de explicar que cada una de aquellas corbatas había sido un regalo de aniversario que le hizo la propia Merchi. Mientras yacía vulnerable y aterrorizada amarrada a su propia cama, él sacó del cajón con parsimonia su máquina de fotografiar y la asaetó a disparos del flash que llegaron a deslumbrarla. Según contaba, ella solo quería que acabara con ella pronto, que la matara si tenía que hacerlo pero que no la hiciera sufrir más. Y así se lo dijo, pero él no accedió a su ruego. La mantuvo en aquella posición hasta que ella tuvo calambres y la penetró una y otra vez hasta que se cansó. Antes de desatarla, varias horas más tarde, trajo a su hijo Borja, de solo seis añitos, a la habitación, y dijo que mirara a la zorra que tenía por madre, que le gustaba hacerlo como las furcias.

Después, la desató entre carcajadas, y le advirtió que de ahí a entonces debería obedecerle en todo, pues de lo contrario las fotos acabarían en manos de todo el mundo. Y por supuesto, que ni se le ocurriera contar aquello a nadie o sabría quién era el marqués de las Dunas.

Pero ella no podía más y decidió arriesgarse. Decía que cualquier cosa que le pasase no podía ser peor que permanecer en aquella cárcel dorada y acudió a la policía a la noche siguiente, a escondidas, con una pequeña maleta como equipaje. Después de denunciar, y de ver la cara de incredulidad de uno de los agentes, se registró en un hotel, el mismo que facilitaba como domicilio y que suplicaba en la propia declaración que su marido no conociera.

Ahí acababa su declaración, que me puso el corazón en la garganta. El mismo garfio que me agarraba el alma desde que encontramos el cadáver, me apretaba sin piedad. Busqué con ansia en aquel expediente que se desmontaba por momentos, la declaración de él. Negaba los hechos tal conforme ella los contaba, y decía que la relación sexual existió, pero que fue ella la que le pidió que la atara y la fotografiara, porque siempre estaba ávida de sexo, y gustaba de probar todo tipo de perversiones. Que a él aquello no le gustaba, pero accedía por complacerla, porque era la madre de su hijo y por nada del mundo querría romper la familia. Apenas unas líneas transcritas a máquina daban fe de sus palabras.

Sin darme cuenta, había superado con mucho la hora en que solía marcharme del juzgado, pero seguía absorta en la historia de Mercedes, así que pasé con ansiedad las páginas hasta encontrar la sentencia.

Era, como temía, una sentencia absolutoria. Con pocas páginas se despachaba explicando que la versión de la víctima no resultaba en absoluto creíble, y que concurría lo que llamaba “vis grata puellae”, o fuerza grata a la mujer, en aquellas conductas sexuales que podrían parecer perversas, por lo que, existiendo consentimiento, no había violación alguna. Por si había alguna duda, añadía en el apartado de análisis de la prueba que las fotografías aportadas por la defensa confirmaban la versión del acusado.

No había presentado recurso, según pude comprobar. No quiero ni pensar cómo se sentiría aquella mujer de clase alta y modales exquisitos viendo su cuerpo expuesto y examinado ante desconocidos.

Me marché con una terrible sensación de impotencia unida a los garfios que ya se habían hecho fuertes en mi interior. Tras una tarde dando vueltas a la historia, afronté otra noche en blanco donde una Merchi ya con rasgos propios venía a verme y me pedía ayuda. Y desperté sin tener ni idea de cómo dársela.

La comparecencia del hijo fue terrible, una de las más desagradables de mi vida profesional

-Como le dije por teléfono, no quiero saber nada de esa furcia que, por desgracia, fue mi madre. Tuvo el final que se mereció

-¿Y su padre? -pregunté, tratando de ocultar las ganas de escupir a aquel niñato- ¿No puede venir? Todavía constan casados.

-No se atreva a citar a mi padre. Como consecuencia de todo lo que le hizo sufrir, tuvo un ictus del que no se recuperó nunca. Tiene paralizada la mitad de su cuerpo, y una grave depresión crónica. No pudo soportar todo lo que dijeron los periódicos de él por culpa de esta mujer

-¿Y hermanos? ¿Alguna otra familia?

-Su única hermana se fue al extranjero hace muchos años y no volvimos a saber de ella. Tampoco ella pudo soportar la vergüenza- me miró altivo- Pero dígame donde tengo que firmar, y ya se apañarán con el cuerpo. No quiero saber nada más.

Pocas veces en mi vida me había parecido alguien tan despreciable. Me había parecido tan real el testimonio de Mercedes, que aquello resultaba una nueva violación a su memoria. Estaba pensando en ello cuando una funcionaria interrumpió mis cábalas

-Señoría, acaban de llamar de Decanato. La comida homenaje por la jubilación del magistrado Esteban Antúnez se suspende

-¿Por?

-No han dicho nada

Me alegré. Aunque solía ir, por protocolo o por educación, a todas aquellas comidas, no me apetecía lo más mínimo. Ni siquiera tenía ninguna relación con aquel magistrado cuyo nombre, sin embargo, cobró nuevo significado ante mí. Esteban Antúnez era uno de los firmantes de la sentencia que absolvió, por unanimidad, al marido de Mercedes. El era uno de los que no la habían creído. O de los que no quisieron creerla. Y mientras tanto, el cadáver de Mercedes seguía sin ser reclamado. Si nadie lo evitaba, acabaría en una sepultura anónima.

Al día siguiente, la médica forense me llamó muy excitada. Me preguntaba cómo gestionar el hecho de que alguien sin ningún parentesco con Mercedes García de la Asunción quisiera pagar a la funeraria y hacerse cargo de las exequias. Me dijo que habían llamado por teléfono sin dar identidad alguna, así que pensé en un Borja arrepentido o en la hermana perdida. Al fin y al cabo, tenían corazón, aunque fuera pequeño. Y darían a Mercedes la dignidad en la sepultura que le negaron en vida.

Se tramitó con rapidez y al día siguiente fue enterrada en el cementerio general. Una sencilla lápida de mármol con su nombre y la fecha de su muerte guardaría por siempre su memoria. Lo comprobé cuando, de extranjis, accedí a la factura de la funeraria que se hizo cargo de su cuerpo. Cuando leí el nombre del titular de la tarjeta con la que se hizo en pago, me quedé de piedra.

Esteban Antúnez había pagado la factura, sin reparar en gastos. El magistrado debió luchar toda su vida con los remordimientos de no haber creído a aquella mujer. O de haberla creído y haber guardado silencio. Y hoy, después de conocer su triste muerte, quería acallar su conciencia a golpe de talonario. Justo el día que, por una pirueta del destino, le tendrían que haber homenajeado a él por su trayectoria.

Aquel hombre llegó, incluso, a encargar y pagar una misa por el alma de Mercedes. Y yo, aunque no soy religiosa, quise ir. En la iglesia, como no podía ser de otro modo, un Esteban Antúnez circunspecto estaba atento a las palabras del sacerdote. El y yo éramos el único público en la ceremonia. Cuando me descubrió en la última fila, me miró con cara de sorpresa. Más tarde me pareció vislumbrar una mirada de súplica en sus ojos. Y quise hacer lo que había ido a hacer.

Mi intención, al acudir a aquel inusual funeral, era acercarme al viejo magistrado y decirle unas palabras de ánimo que le permitieran disfrutar tranquilo de su jubilación. Pero, por un instinto incontrolable, me marché sin acercarme a él, sin dirigirle tan siquiera una mirada. Yo no era nadie para otorgarle un perdón que llevaba décadas esperando.

Si Mercedes le perdonaba o no, era cosa de ella y de nadie más. Tal vez le hubiera bastado con saber, aunque fuera con treinta años de retraso, que la habían creído. O tal vez no.

Justo en ese momento sentí que los garfios que apretaban mi alma se aflojaban por fin.

Lesiones: las mil posibilidades


                Dar o recibir golpes es uno de los temas más frecuentes en el cine. Desde los tiempos del cine mudo, en que Charlot o el Gordo y el Flaco recibían más que una estera, ha habido multitud de películas y géneros cinematográficos donde los golpes eran gran parte del contenido del filme. La emprendía a baser de artes marciales Bruce Lee en Operación Dragón y todas las que se le pusieran por delante, y la emprendían también a tiros, a sillazos o a lo que tocara El bueno, el feo, el malo y todos los protagonistas de spaghetti western. Y, por supuesto, no faltan golpes y tiros en la saga de James Bond, ni tampoco en todas las películas de acción de Van Damme , Swarzenegger y demás. Por no hablar, por supuesto de los Rambos y los Rockys de Silvester Stallone.

                En nuestro teatro, las lesiones son protagonistas de una buena parte de nuestras funciones. Y no solo en Derecho Penal, que es lo primero que se le viene a la cabeza a una -o al menos, a una penalista irredenta como yo- cuando le hablan de lesiones. El daño corporal puede ser objeto de debate también en la jurisdicción civil, en la laboral y hasta en la contencioso administrativa.

                Por lo que al Derecho Civil atañe, hay multitud de casos en que se pude entablar una reclamación por daños personales, o sea, lesiones. Desde una reclamación por responsabilidad extracontractual -ese cajón de sastre tan usado- por haberte caído en una zanja por obras o por una macha de aceite en el súper, hasta un accidente de tráfico o  o laboral o una responsabilidad profesional por negligencia. Y esto son solo algunos ejemplos. Las posibilidades son infinitas. Y todas, o casi todas ellas, pasan por atravesar la fina línea que divide el Derecho Penal y el Civil, que a veces es tan sutil y difusa que es imposible estar segura.

                Otras jurisdicciones tampoco son ajenas a la existencia de daños corporales y a la necesidad de aunarle consecuencias jurídicas, sea en forma de indemnización, de pensión o de cualquier otro modo. Pensemos, sin ir más lejos, en una pensión por incapacidad laboral o una reclamación referida a un accidente de trabajo, por lo que atañe a la jurisdicción social. También en la vía contencioso administrativo podemos encontrar pretensiones derivadas de daños corporales, como puede ser en el caso de mal funcionamiento de un servicio público cuyo resultado haya sido precisamente ese.

                Pero la guinda del pastel queda para el final, como debe de ser. Cuando las lesiones alcanzan sus más variadas formas y sus más variopintos resultados es el la jurisdicción penal, donde las posibilidades son tan variadas como variado es el mundo. Y, donde, por descontado, las anécdotas son más frecuentes. Es de mucha gente conocida la anécdota -no sé si leyenda urbana- de aquella testigo que, preguntada si resultó herida en la reyerta, dijo que no en la reyerta exactamente, sino más bien entre la reyerta o el ombligo.

                También hay otra que ha circulado por redes, y que cuenta la historia de alguien a quien, tras verterle aceite hirviendo, no respondió sino con un amable “¿no has visto que me estás quemando y resulta una sensación desagradable en exceso?”.

                 No sé si esta historia será cierta, pero sí recuerdo una que me ocurrió a mí, en relación con un partido de fútbol y unas lesiones al árbitro. Resulta que había habido una reyerta -esta de verdad, no la de al lado del ombligo- en un partido importante entre dos pueblos limítrofes y, por ende, rivales. Uno de los futbolistas había acabado propinándole un puñetazo tan fuerte al árbitro que le rompió la nariz y le dejó la cara hecha un cristo. Pues bien, preguntado por esta toguitaconada, tras su explicación según la cual solo protestó con educación, si entonces debía de entender que él, después de que el árbitro pitara una penalty injusto en el último minuto por el que bajaban de categoría le dijo “señor árbitro, creo que ha tenido usted un error de discernimiento” su respuesta no tuvo desperdicio. Exactamente, señorita -me dijo- ha acertado de pleno. Y de pleno acertó él con su repuesta con una condena como la copa de un pino.

                La verdad es que las faltas daban mucho juego, y muchas de ellas se celebraban por mal trato de obra o lesiones leves, con un anecdotario jugoso. De vez en cuando alguien se empeñaba en enseñarnos su cicatrices de guerra remangándose o incluso bajándose el pantalón o subiendo su falda para que apreciáramos bien el resultado. De poco servía que insistiéramos en que teníamos el dictamen del médico forense. “Déjese de florenses y florituras y mire como me puso el muslo, que aún me se nota la meretriz” Una frase que no he olvidado ni creo que olvide nunca. Los sucesores de aquellos juicios de faltas, lo juicios por delitos leves -o levitos, que me gusta más- no han conseguido aquel grado de emoción.

                Hay lesiones, sin embargo, que no son para tomarlas a broma. El tipo básico viene constituido por aquellas que necesitan, además de una asistencia, tratamiento médico o quirúrgico. Este criterio, que sustituyó al anterior -que yo no llegué a conocer más que de oídas- que se basaba en los días necesarios para la curación, tampoco resolvió las muchas zonas limítrofes entre el delito y la falta -o ahora, el delito leve- Todavía encontramos resoluciones contradictoritas en asuntos como el collarín cervical, el reposo o los puntos de sutura. Y es que, como me dijo una vez una forense y yo me grabé a fuego, para un profesional de la Medicina, tratamiento médico es todo lo que hacen, desde prescribir una aspirina a operar a vida o muerte.

                Por el límite superior están las lesiones que causen graves daños a la integridad corporal, esto es, las mutilaciones, que se distinguen según se trate de privación de sentido o de miembro u órgano y a su vez entre estos si son o no principales. Otra posibilidad de zonas difíciles de interpretar en cada caso. Y más aun cuando puede plantearse la duda de donde acaban las lesiones consumadas y donde empieza el homicidio intentado, un tema que ha dado para páginas y páginas de la literatura jurídica.

                No obstante, no cerraré el telón sin recordar un tipo penal de mis primeros tiempos toguitaconados, que nunca ví en la práctica y cuya formulación me dejaba de pasta de boniato. Se trataba de las automutilaciones para eximirse del servicio militar y aun me pregunto cómo podría ser de horrible la perspectiva de irse a la mili para que alguien prefiriera mutilarse que acudir a su cita con el ejército.

                Por último, no quiero olvidarme de las lesiones más difíciles de probar y puede que también de curar, las lesiones psíquicas. Un tema tan peliagudo que daría lugar para otro estreno, que ya llegará en su momento

                Y hasta aquí, la función de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todos esos médicos y médicas del cuerpo y del alma que devuelven su integridad a las personas tras un episodio de esta clase. Muchas gracias por estar ahí

Tono de espera: desesperando


                Cuando el mundo del cine empezó a dar sus primeros pasos, el teléfono no era de uso generalizado porque, aunque se inventara a mitad del siglo XIX, aún tardaría bastante en incorporarse a la vida común de los mortales. ¿Quién hubiera imaginado un mundo donde los teléfonos apenas ocuparan lo que la palma de la mano, y se convirtieran casi en una prolongación de la misma? Ni Julio Verne, aunque pudiera fabular con un Viaje al centro de la tierra o 20.000 leguas de viaje submarino. Tampoco se hubieran figurado Las chicas del cable que acabarían heredándoles unos teleoperadores que, desde los más recónditos lugares, amenazan con fastidiarte la siesta ofreciéndote las ofertas más peregrinas. Han quedado muy lejos los tiempos de aquel Teléfono rojo, volamos hacia Moscú , pero algo queda. Y ese algo no es otra cosa que el tiempo de espera. Y ya se sabe lo que dice el refrán: el que espera, desespera.

                Nuestro teatro no iba a ser una excepción, que de esto de esperar sabemos mucho. Y de desesperar, desde luego, también. Casi casi podríamos hacer un máster diario desde los distintos puntos del escenario, el público y las bambalinas.

                Pero hoy no me iba a referir a cualquier tiempo de espera, sino a uno muy particular, que todo el mundo conoce, tanto dentro como fuera de Toguilandia. Y no es otro que el tiempo que en cualquier teléfono, generalmente oficial, te hacen esperar hasta llegar a quien quiera que tenga que solucionarte la cuestión. Y eso si hay suerte. Ese tiempo viene amenizado –por llamarlo de algún modo- con una musiquilla que, tras repetirse una y otra vez, acaba clavándosete en la meninge como si fuera la más refinada de las torturas. Porque mucha música clásica, mucha pretensión cultureta y muchas gaitas, pero al finas de oír siempre los mismos compases una acaba hasta el gorro.

                A este respecto, recuerdo una experiencia que me ha marcado. Cuando estudiaba solfeo, allá por el Pleistoceno, tuve que aprenderme un famoso tema de Ana Magdalena Bach combinando las notas y la sintonía cantadas, el compás con las manos, y otro compás con los pies. Lo aprendí, desde luego, pero acabé aborreciéndolo. Y cada vez que en un hilo musical de tono de espera del teléfono aparece –es bastante frecuente- regresa a mí aquella pesadilla y cuelgo, bañada en sudor. Traumas de una infancia sin psicólogos.

                Pero ahora a Ana Magdalena la acompañan varios compositores más en mis neuras. Según les dé a quienes se encargan de elegir esos tonos de espera. Y no quiero ni pensar lo que será ya mismo con los villancicos. Acabaré con pesadillas donde caerá una campana sobre otra campana, que acabarán golpeando al pobre Tamborilero, entretenido como estaba mirando los peces en el río y perdiendo la pista a los pastorcillos, a la burra y a los Reyes que iban a Belén. Y hasta a las muñecas de Famosa, que no nos falte de na.

                Hoy me pasó otra vez. Tenía que hacer uno de esos absurdos  que nos obligan a hacer, los famosos estadillos, y cómo no, el sistema no reconocía mi contraseña. Aunque mejor sería decir que no reconocía una de las mil contraseñas que venimos obligados a memorizar. Paradojas de la vida, ha habido un cambio encaminado precisamente a que eso no ocurra, algo llamado Escritorio Integrado, que se supone que evitará la multiplicidad de contraseñas. Pues mira por donde, no reconoce la que tenía. Así que tengo que llamar al organismo correspondiente para que me faciliten una nueva o me restablezcan la antigua. Algo que parece fácil y que se ha convertido en una escalada al Everest porque llevo una semana llamando y escuchando el mismo tonillo en espera que se repite una y otra vez. Durante cinco, diez, veinte minutos. Y no soy la única. Y eso, por supuesto, después de las típicas opciones entre las cuales no sé cual elegir. Si quiere una cosa, pulse 1, si quiere otra, pulse 2, si quiere la de más allá, pulse 3 y así sucesivamente hasta que me dice que me espere a que me atienda la operadora, porque no identifico mi problema ni con 1 ni con 2 ni con 3, aunque también los he probado en balde. Puede resultar gracioso, pero cuando una tiene que calificar, hacer juicios, ir a la guardia o cualquier otra cosa, es bastante exasperante perder el tiempo de esa manera.

                Esto es solo un ejemplo, claro está. Cualquier ciudadano o ciudadana se ha topado con la musiquilla de espera para tratar de contactar con cualquier administración, más aun en estos tiempos de pandemia en que ya nada es presencial. El colmo de los colmos es el caso de que te den cita telefónica para atenderte por teléfono, pero es así en muchos casos. Juro que no invento nada.

                Además, no soy la única, y, aunque maldita la gracia que tiene el refrán de “a mal de muchos, consuelo de tontos” es una verdad como un templo. Una se siente menos sola en su desesperación pensando en cuantos compañeros y compañeras están oyendo el mismo tonillo desde distintos lugares de España con el mismo resultado. Ánimo.

                Solo me queda el aplauso que hoy voy a hacer en modo especial. Si le ha gustado el post, pulse 1, si no le ha gustado pulse @·”*+&# -tampoco lo voy a poner fácil- si le ha gustado muchísimo pulse 2 y si le ha gustado a rabiar, pues a dar ese aplauso con ovación que tanta ilusión me hace. Me dará fuerzas para seguir escuchando el tono de espera. Que no se diga

Todoelmundismo: las malditas generalizaciones


                Generalizar es un vicio común. Puede que incluso en algún caso se considere una virtud o, al menos, algo útil. De hecho, los términos “todos” y “todas” así como sus primos hermanos “todo el mundo”, “toda la gente” y similares son de uso común. Y el mundo de los escenarios no podía ser menos. Títulos como Todos los hombres del presidente, Todos a una (título que evoca a la inolvidable Fuenteovejuna) o Uno para todos (que a su vez recuerda el lema de Los Tres Mosqueteros) así lo atestiguan. Pero no todas las personas somos iguales, y eso también se refleja en títulos como Diferente o Tan distinto como yo. Y es que, como dice mi madre, cada cual somos hijos de su padre y de su madre.

                El todoelmundismo es moneda frecuente en nuestro teatro. Es frecuente meternos en el mismo saco a “todos los fiscales”, “todos los jueces” o “todos los abogados”, o sus equivalentes femeninos, que todavía no hemos interiorizado el lenguaje inclusivo ni siquiera en nuestros propios formularios oficiales -el sistema informático de Fiscalía sigue poniendo “El Fiscal” en los encabezamientos- Pero, sea cual sea el tema, no todos somos iguales, aunque, a veces, unos y unas seamos más iguales que otros y otras. Que por qué digo esto. Habrá que seguir leyendo para comprobarlo.

                Lo de generalizar, o tomar la parte por el todo no es algo nuevo. Incluso le hemos dedicado algún estreno, y también a esas personitas que creen saber de todo, esos terulianos y tertulianas que impregnan de todología los medios de comunicación sin que nadie les contradiga.

                La cosa, no obstante, ya tenía sus perendengues en nuestra infancia, incluso sin darnos cuenta. A ver quién no ha oído a su madre, cuando insistíamos en hacer algo porque Fulanita o Zutanito también lo hacía, decirnos eso de “y si se tira por una barranco, tú también lo haces, ¿verdad?”. La verdad es que a nuestra madre le importaba poco que contestáramos que sí porque ella, pionera en el lenguaje inclusivo, nos hubiera espetado un “Qué barranco ni barranca” que solía zanjar la cuestión, nos gustara o no.

                Y es que eran otros tiempos, los tiempos en que una de mis amigas dio tanto la lata con que toda su clase tenía el comediscos -un artefacto curioso que podría describirse como un bolso bandolera con tocadiscos incorporado- que consiguió que se lo compraran. Cuando la pobre comprobó que “toda la clase” era un eufemismo que en realidad quería decir “tres niñas” ya era tarde para devolver el aparatejo, pero no para confiscarlo -de nuevo el Derecho materno– hasta que mi amiga lo mereciera, a su juicio. Lo del comediscos, propio de una generación que ya estamos cerca ser de riesgo para el covid y alguna cosa más, podría traducirse en móvil, ordenador, tablet o cualquier otro artilugio, según la época. El espíritu permanece intacto.

                Como decía, en Fiscalía estamos más que acostumbrados a que nos metan en el mismo saco, como si eso de la dependencia jerárquica que recoge nuestro Estatuto Orgánico como principio de organización fuera una suerte de unifomación con chip incluido que hace que pensemos exactamente de la misma manera y que seamos responsables de los comportamientos de los demás. Y, por más que el Ministerio Fiscal sea único, sus miembros somos muchos y muy diferentes y hay de todo, como en botica. Ni todos somos hijos de papá -y mamá, supongo-, con apellidos compuestos  y cuentas corrientes saneadas, ni lo contrario. Por otra parte, tampoco el tener un apellido rimbombante o determinado nivel de ingresos te adscribe por fuerza a un lado del espectro político, por más que se empeñen en simplificar en ese ejercicio de frentismo que tan poco nos beneficia.

                Ciertamente, Sus Señorías de la carrera hermana no sufren tanto eso de la generalización porque, como son independientes como la república de su casa, no les ponen un chip por el que hayan de responder de las culpas ajenas. Pero no se libran, desde luego. Si a los miembros de la carrera fiscal nos etiquetan como hijos de papá, en su caso ya es una cosa superlativa. De nada sirve que nos empeñemos en probar que desde hace muchas promociones la mayoría no tienen ningún antepasado con puñetas -aunque seguro que los tienen puñeteros- que, en cuanto surge la oportunidad, alguien viene con el cuento. No obstante, tampoco pasaría nada. Si nada tiene de raro que el hijo del médico sea médico y la hija de la arquitecta también quiera construir casas como mamá, no tiene que extrañar que en nuestro mundo también pase. Al fin y al cabo, hay que ganarse el puesto por oposición, no se hereda como las empresas, y en ese caso tampoco nadie pone pegas.

                Reconozco que la idea de este estreno, aun cuando es un tema con el que siempre tropiezo, vino de una interacción -por no llamarla discusión- a través de redes sociales con un abogado. A propósito de algo que tuiteé sobre la violencia de género, afirmaba muy seguro que ”todos los abogados” sabían que se utilizaba para obtener ventajas en un pleito civil de familia. Con toda educación, le respondí que eso era una opinión, pero él insistía que eran “todos”, arrogándose la representación de toda la abogacía como si le correspondiera por mandato divino. Por más que traté de sacarle de su error diciendo que conocía abogados y abogadas que no pensaban así, y que una de ellas salió a confirmarlo, no hubo manera. Que si quieres arroz, Catalina. Y la pobre Catalina, empachada.

                Podría nombrar muchos más lugares comunes y generalizaciones que suelen, además, ir en contra del generalizado. Una de las que más me molestan es la que hacen con  el turno de oficio, cuando presuponen que por acudir a la justicia gratuita la atención va a ser peor que con un “abogado de pago”. Pues bien, he dicho varias veces y seguiré diciendo que mi experiencia con estos profesionales es la de una atención exquisita y entregada que no sé si sería igual pagando pero, desde luego, no podría ser mejor.

                La otra generalización que me fastidia, y esta personalmente, es la manía de que quienes vestimos puñetas tenemos un reloj distinto al del resto de la gente, y llegamos tarde porque nos da la gana. Desde luego, habrá jueces y fiscales impuntuales, pero igual que charcuteros, ferreteros o torneros fresadores. Al margen de que, cuando no llegamos a un sitio, probablemente es porque estemos en otro de la misma importancia. A este respecto, recuerdo a una famosa que salía en el magazine anarosísitico de turno indignada porque el juez de guardia, en vez de atender a su niño al que había mordido un perro, estaba levantando un cadáver. Ya ves tú que desconsiderado. Lo peor es que la entrevistadora y el público asentían con la cabeza dando la razón a la famosuela y a su rorro, que no tenía más que un rasguño que mostraba orgulloso a la cámara.

                Y hasta aquí, la ración de generalizaciones de hoy. El aplauso, para quienes las aguantan con gallardía y donaire que a veces no resulta fácil Confieso que más de una vez me he quedado con ganas de emular a Fernando Fernán Gómez en su famosa frase que no repetiré porque mi madre me lee y no le gusta que diga palabrotas. Y yo, claro está, no voy a darle un disgusto.

Color violeta: palabra de niña


                Si la infancia en general ha dado mucho de sí en el mundo de la creación artística, su visión de la igualdad y de las relaciones entre hombres y mujeres ha dado para un capítulo aparte. El arte no ha sido ajeno al ritmo de la sociedad, y los estereotipos y las ganas de cambiar las cosas también impregnan a las niñas. No todas iban a ser como la niña de El exorcista ni como las terroríficas gemelas ensangrentadas de El resplandor, desde luego. Niñas como la Pippi Calzaslargas que marcaron la infancia de toda una generación, como Matilda o como la inigualable Pequeña Miss Sunshine nos ofrecen diferentes caras de la misma moneda. Son olvidar, por descontado, a Lisa Simpson, esa pequeña gran filósofa que encarna tantas cosas y a Mafalda, la eterna niña que nos martillea la conciencia

                En nuestro teatro, niñas y niños merecen la misma atención y la misma protección, sin duda alguna. Pero dentro de él y, sobre todo, entre las bambalinas de nuestro escenario, nos encontramos verdaderas joyas en forma de frases o anécdotas que merecen su propio estreno. El feminismo y la lucha por la igualdad empiezan desde la cuna, aunque a veces no nos demos cuenta.

                Cuando mi hija mayor empezaba a llevar deberes del cole, solía pedirme ayuda y se sentía más segura si estudiaba a mi lado. Pero las necesidades de mi vida toguitaconada impedían a veces esa atención a tiempo completo que ella reclamaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando un buen día, al yo disponerme a marcharme a la guardia, mi hija me soltó una frase lapidaria. Mamá -me dijo muy seria- ya sé por qué existe la violencia de género. Ni que decir tiene que ante una noticia de tal trascendencia, volví sobre mis pasos y me dispuse a escucharla. Su respuesta no tuvo desperdicio. Según ella, los malos maltrataban a sus mujeres el día en que yo estaba de guardia para fastidiarla a ella y que suspendiera los exámenes. Estaba tan convencida que llegué a barajar la idea de llamar a su tutora para que no le pusieran exámenes a ver si iba a tener razón, pero descarté la idea, obviamente. Ojala las cosas fueran tan sencillas como las pinta una niña de siete años. La otra opción, que yo no hiciera guardias, tampoco coló, claro está.

                Ella misma tenía por aquel entonces un enorme lío con eso de los días temáticos. Como sabía por alguna razón que se celebraba un día contra el cáncer, contra el sida o contra la esclavitud, llegado el 25 de noviembre me preguntó si era el día contra las mujeres. Después de tardar un minuto en recuperarme de la sorpresa, conseguí salir del aprieto diciéndole que era el día contra los maltratadores. Prueba superada.

                Una amiga y compañera me cuenta una anécdota estupenda de su hija. Estaban preparando en el cole una canción para la celebración del día de la Comunidad Autónoma. Prepararon la letra, aprendieron las estrofas y la música y cuando ya estaba todo listo, la directora del coro infantil dijo: “ahora ya canten todos los niños”. La pobre debió quedarse de pasta de boniato al ver que las niñas no abrieron la boca. Ante su estupefacción, la hija de mi amiga, de seis años, le explicó que había dcho “los niños” y ellas eran niñas.. Y desde luego, tenía razón. Menuda lección dieron aquellas niñas a la maestra. Lo que no se nombra, no existe.

                Aunque no siempre interiorizan la igualdad del modo que hacemos las personas adultas, y no siempre sabemos entenderlas. La hija de otra amiga tiene muy claro que niñas y niños son iguales, pero algunas cosas tienen sus matices. Según ella, es un rollo tener vagina, y es mejor tener pilila para hacer pis porque apuntas, algo difícil de rebatir. Como es absolutamente irrebatible para ella que puede jugar a fútbol con sus amigos y sus primos pero las muñecas son solo suyas y no se tocan. Por supuesto, su madre tuvo que explicarle que la igualdad es para todo pero no sé si se quedaría muy convencida.

                Otro día, esa misma niña escuchó como su profe ponía la canción de Rozalén La puerta violeta en un día señalado.  Muy contenta, dijo que esa canción era de su mami y preguntó si se la había dado del coche. Y es que parece que tienen un don para poner en aprietos a las personas adultas.

                Por fortuna, día a día las niñas -y también los niños- interiorizan la igualdad y la lucha contra la violencia de género como una cosa natural. Me envía otra amiga la foto de su sobrina con un lazo enorme pintado de morado que ella misma se había hecho el día 25 de noviembre. Dijo que se lo pusieran porque era el que más le gustaba porque defendía a las mujeres. Y de nuevo, tenía toda la razón, además de estar preciosa con su lazo.

                Y es que las nuevas generaciones poco tienen que ver con la nuestra. Cuando veo y oigo estas cosas, todavía recuerdo algo que me decían mis compañeras de cole cuando veían que quien conducía en mi casa era mi madre y no mi padre, una pregunta que oí un montón de veces. “¿Qué le pasa a tu papá?”, me decían. Me costó entender que les pareciera raro algo que yo asumía como normal, pero más todavía les costó entender a ellas que mi padre no condujera y lo hiciera mi madre simplemente porque lo habían decidido así, sin necesidad de que le pasara nada malo a él. Así es como crecimos, algo que, por suerte, está superado. ¿O no tanto como pensamos? Ahí lo dejo.

                Ahora ya solo me queda el aplauso, que hoy es muy fuerte y muy grande. Dedicado a todas esas niñas que, desde su inocencia, nos dan ejemplo. Y, para susceptibles, no descarto dedicar otro estreno a los niños que también aporten su granito de arena a la igualdad. Espero con ansia esas historias.

Y, una vez más, con una ovación extra para @madebycarol por prestarme su ilustración…y algo más. Ella ya sabe..

Infancia: verdad verdadera


                Es bien sabido que los niños -y las niñas, claro está- siempre dicen la verdad. Aunque hay que reconocer que la dicen de un modo adorable- Tal vez por eso el mundo del espectáculo ha recurrido tantas veces a protagonistas infantiles, llegando incluso a explotarles hasta robarles la infancia. El rayo de luz de Marisol no brillaba tanto como quisieron que viéramos, los bucles de Shirley Temple no eran tan dorados como parecía, ni El pequeño ruiseñor era tan feliz como sus trinos hacían creer. Mucho se ha escrito sobre niños prodigio, pero, sea cual sea la historia de cada cual, su presencia en las películas suele funcionar. Es desternillante saber qué piensan los bebés de Mira quien habla, qué hace un niño que se queda Solo en casa, o conocer como crece Harry Potter película a película.

                En nuestro teatro la intervención de menores es tan frecuente como importante, y sus derechos han de ser objeto de especial protección, algo a lo que ya dedicamos más de un estreno. Pero hoy vamos a ponernos en su piel y saber que piensan de Toguilandia y de las cosas que pasan en el mundo.

                Cuando mi hija mayor tenía 5 años, su monitor de natación, un chico muy joven vino un día a hablar conmigo y, un poco azorado, me dijo que él no sabia en qué trabajaría yo, pero la niña le había dicho muy seria que si la volvía a obligar a tirarse de cabeza su madre -o sea, yo- le metería en la cárcel. Entre la risa y el bochorno, tuve que explicar a aquel chico que yo era fiscal y que ese era el modo en que mi hija interpretaba mi trabajo, barriendo, claro está, para casa. La verdad es que no sé si esto influiría pero años más tarde, estando en el Juzgado de guardia, un joven abogado me llamó, y en su cara pude reconocer después de un rato a aquel monitor de natación.

                Lo bien cierto es que entre nuestras hijas e hijos el tema de la prisión es muy recurrente, quizá porque es la manera más sencilla de explicarles nuestro oficio. Aunque no siempre piensan que es lo mejor. Entre nuestros vástagos, hay quienes quieren ser como mamá o como papá, y quienes de ningún modo porque trabajan mucho, como le dijeron a una compañera, o porque vuestras conversaciones son muy aburridas, como nos decían mis hijas. Pero cuidado, que cuando la niña de esta compañera le dijo que prefería ser ladrona para coger los dineritos, la hermana le advirtió que no lo hiciera porque su mamá le metería en la cárcel. No fue, sin embargo, el único. También otra compañera tuvo que escuchar de labios de su hijo de 5 años su vocación de ladrón en vez de fiscal aunque, en este caso, porque le parecía bastante más divertido. Y a lo mejor algo de razón tiene, el angelito.

                Lo bien cierto es que a veces les armamos un lío. Dice un compañero que su criatura no sabía muy bien lo que era su padre, que debía ser policía o médico porque trabajaba siempre en la guardia. Me cuenta otra compañera que, tras explicar pacientemente a sus niños que su trabajo como fiscal consistía en meter en la cárcel a los malos y en proteger a los niños, les preguntó si lo habían entendido. Aun se está riendo de su respuesta, ya que había hecho un mix y le dijo que los fiscales metían a los niños en la cárcel. Y tan contento.

                Sin duda, debemos tener cuidado con lo que les contamos, o nos podrá pasar lo que a una compañera, que se enteró que su hijo, muy fan de la policía, en una charla que le dieron en el colegio, afirmó con toda convicción que su madre trabajaba con los malos.

                Y es que las criaturas interpretan lo que ven a su manera. Ya  conté en las covidnécodtas que la niña de otra compi decía que ella no iba a hacer los deberes porque no era la niña de guardia, tras oír a su madre decir que ella no era la fiscal de guardia en ese momento. Ahora ya sabe un poco más y le pide a su madre que llame al juez para organizarse, no vaya ser que haya un malo malísimo detenido por coger algo del Ale Hop -lo peor de lo peor en su particular ranking delictivo- y les fastidie la tarde.

                A veces, no sabemos explicarnos bien, desde luego. Por eso la hija de 4 años de una compañera se quedó asombrada porque su madre le explicó que el malo del día había robado una casa. Después de preguntarle cómo lo hizo, con lo muchísimo que pesaría, ella misma se contestó. Con una grúa, claro. Blanco y en botella.

                No estaba sin embargo, tan blanco y en botella nuestro trabajo para el hijo de un colega que explicó en el colegio que su padre trabajaba en correos. Alertado por la tutora, que conocía que el padre era fiscal, preguntaron al niño quien, muy convencido, explicó que su padre llevaba muchos papeles y ponía muchos sellos. Y, desde luego, tenía toda la razón del mundo. Viva el Papel 0

                Pero nuestros retoños no solo se preocupan de nuestro trabajo. El coronavirus ha cambiado sus vidas tanto como las nuestras y sus reacciones han sido de lo más curiosas. Me cuenta una amiga abogada que su niño se le aparecía en pleno confinamiento al pie de su cama con sus zapatos en la mano, pidiéndole que le llevara al parque porque en ese momento, en plena noche, el virus estaría durmiendo. Su madre no pudo convencerle de que eso no era así exactamente, así que el niño acabó diciendo que se quería poner malo, así que fueran a la calle ya. Y, como no es tonto, cuando le riñen por portarse mal, le echa la culpa al virus, Y yo creo que voy a copiarlo, que como excusa no tiene rival.

                Desde luego esto del covid ha alterado incluso sus sueños y preocupaciones. La misma niña que no es la niña de guardia está muy agobiada pensando en cómo lo harán los Reyes y Papá Noel para llegar a las casas pese al virus y a las medidas restrictivas, y otro fiscalito junior se pregunta si no superarán el aforo los tres reyes y los habitantes de la casa. Y, además, a ver cómo lo apañan que no solo no son convivientes sino que además son personas de riesgo con las de años que tienen. Y así es, desde luego.

                Y a veces, por más que nos empeñemos en que son mayores para saber ciertas cosas, tiene sus propios tiempos. El sobrino de una compañera se encontró en una pintoresca situación cuando su padre decidió decirle que el ratoncito Pérez era él. El niño, ni corto ni perezoso, le miró asombrado y le dijo : Ualaaa ¿y cómo lo haces para ir a todas las casas?. A ver quién era el guapo de insistir con la verdad ahora.

                Porque los niños y las niñas saben muy bien lo que quieren. Que se lo digan si no a otra compañera que, harta de oir a su hija decir “yo quiero, yo quiero” una y otra vez , quiso contestarle diciéndole lo que quería ella. La niña le interrumpió, indignada, diciendo “estamos hablando de mí, no de ti”. Tal cual.

                Claro está que con esa actitud su madre no se enteraría de lo que pretendía saber otra fiscalita baby, cuando le preguntaba si tenía un enano en el estómago. Ante la sorpresa materna, la niña explicó que eso era como los que bailan flamenco, que se tiene o no se tiene. Y eso a los 6 años, que habrá que oírla cuando crezca.

                Para acabar, recordaré lo que dijo una niña valenciana a las cámaras de televisión, dándonos una lección de civismo acerca del uso de mascarillas. “Me ahogo un poquito, pero más vale ahogarse un poquito que morirse”. Ojala las personas adultas fuéramos tan consecuentes.

Por si acaso alguien no quiere hacerme caso, no dudaré en lo que hace la sobrina de otra compañera, de solo 6 meses que, apercibida de que cuando tose corren a cogerla, ahora finge una tos que ni un carretero después de fumar cuatro paquetes de caliqueños. Me la anoto como técnica de márquetin.

                Y esto es todo en Minitoguilandia, al menos de momento. El aplauso, sin duda, es para todos los niños y niñas cuyas palabras forman parte, aun sin saberlo, de este estreno, y para sus mamás y papás que me lo han querido contar.. Mil gracias

Por supuesto, no me olvido de la ovación extra para mi ilustradora de cabecera @madebycarol, que con sus pinceles todo lo mejora. Gracias otra vez

LECRIM. la entrañable viejecita


                Pocas cosas causan más ternura que una ancianita encantadora, aunque no siempre es oro todo lo que reluce. Las pantallas y los escenarios se han poblado en muchas ocasiones de todo tipo de viejecitas más o menos maravillosas. Las aparentemente inocentes protagonistas de Arsénico por compasión o la madre momificada del protagonista de Psicosis son cualquier cosa menos angelicales, desde luego. Sin embargo, hay heroínas entrañables como la Miss Marple de Agatha Christie o la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen. Aunque, si tuviera que elegir, dudaría entre la Abuelita Paz de los tebeos de mi infancia, la abuelita de Piolín a la que le parecía haber visto un lindo gatito, o La vieja del Visillo del programa de televisión. Me producen una mezcla de ternura y mala leche que seguro que comparte más de uno y de una.

En nuestro teatro tenemos varias ancianitas venerables. Y no me refiero a ninguna magistrada, abogada o fiscal entrada en años, que nadie me malinterprete. Me refiero a nuestras leyes. Varias de ellas son centenarias, como el Código Civil , la ley de enjuiciamiento criminal o la ley de indulto y, como pasa en todas partes, hay quien envejece mejor o peor. Por supuesto, también depende de las operaciones a que se haya sometido, y de la calidad del profesional de la cirugía que las haya efectuado, que todo cuenta. No siempre basta con el Botox y la silicona.

Pues bien, entre las venerables ancianitas más achacosas que tenemos, está la ley de enjuiciamiento criminal, Lecrim para los amigos. La pobre está cerca de cumplir 140 años, ahí es nada, y no la dejan jubilarse. Y mira que se lo han prometido veces, pero no hay manera. Le hacen una operación de chapa y pintura y a funcionar. Y claro, tiene tantas cicatrices de cada operación que a duras penas puede ser útil. Y no la culpo. A ver quién aguantaría 140 años y seguiría estando tan pichi. Excepción hecha, claro está, de Matusalén, pero ya quisiera verlo yo teniendo que solventar tantas cosas como ha de hacerlo la Lecrim.

El caso es que, en los últimos tiempos, se habla con lo que parece mucha fuerza de una posible jubilación de la ancianita y su sustitución por una nuevecita de cabo a rabo. Quienes llevamos tiempo transitando por Toguilandia sabemos que eso no es nuevo. Se lleva hablando de una nueva ley de enjuiciamiento criminal desde, al menos, que yo estudiaba en la Facultad y seguro que antes. De hecho, comentaba un querido compañero en twitter, dirigiéndose a quienes preparan la oposición, que no se preocupen que seguro que, como tantas veces ha pasado, no queda más que en un proyecto más. Y no seré yo quien le contradiga. Recuerdo que, mientras estaba en la Escuela Judicial, ya nos juraban en arameo que nos preparáramos, que a la fiscalía nos iba a caer encima la instrucción. Y aquí estoy, tas veintiocho años, con mi paraguas para protegerme de la llegada de la instrucción apolillado por falta de uso.

Lo que no podemos negar es que ese parece el principal escollo o, al menos, lo más llamativo. Tanto es así, que ya tuvimos un estreno dedicado a la instrucción, donde, como si estuviéramos en El señor de los anillos, la judicatura sigue clamando por la instrucción por su tesoooooro. Un tesoro envenenado, por otra parte, porque como eso de “darnos” -como si le perteneciera a alguien que graciosamente nos la cede- la instrucción, si al final prospera, no viene acompañado de un plan de cambios a medio plazo y unos medios materiales y personales a plazo inmediato, va a ser el más sonado de los fracasos. Y yo, aunque odio a los profetas, acabaré teniendo que decir ese “¿Lo ves?” que tanta rabia da. ¿O no?

Por supuesto, hay más cosas, pero creo que el cambio de sistema es el eje de una reforma que, como Santo Tomás, creeremos cuando la veamos en el BOE. Lo que es obvio es que una ley que ha pasado por varias monarquías, una república, una dictadura y hasta un par de pandemias merece un descanso. Ya podría venir algún juez a tumbarla, una expresión tan utilizada en los últimos tiempos en los medios de comunicación y que tanto enfada a Sus Señorías, y con razón. Se están convirtiendo en tumbadores profesionales capaces, el día menos pensado, de noquear al mismo Mohamed Alí en su buena época. Tiempo al tiempo.

Y es que, si lo pensamos, el esquema inicial ha ido cediendo tanto que el sumario ordinario, que era el procedimiento tipo, ha pasado a ser excepcional y extraordinario, el proceso más común que es el abreviado se regula como un proceso especial y, pese a su nombre, puede llegara tener tomos y tomos y nada breves. Y así con todo.

Así que, démosle un merecido descanso que ya toca. Pero dotemos al bebé que le sustituirá de un buen ajuar, o el pobre no podrá salir adelante o lo hará renqueando.

De momento, ahí va mi aplauso para ella, como homenaje por el tiempo que lleva acompañándonos. No vaya a ser que me equivoque y esta vez sea que sí.

25 N: Como Dios manda


Para conmemorar el Día para la erradicación de las Violencias contra las mujeres, este escenario abre el telón con un estreno especial, un cuento que fue seleccionado y publicado en la antología de Valencia Escribe “Cada Vez Más Iguales”

Ojala no hubiera que escribir más cuentos como este, o solo fueran cosa del pasado

COMO DIOS MANDA

-¿Puedo, madre? ¿Puedo?

– Mientras no se entere padre y no descuides tus obligaciones, haz lo que te venga en gana. Pero yo no quiero saber nada. ¿Está claro?

         Se fue a su cuarto dando saltos de alegría. Al final convenció a su madre, aunque le costó mucho. Pero mereció la pena. A partir de ese momento, podría ponerse en marcha para cumplir su sueño.

          Quería ser maestra. Le encantaba estudiar, y enseñar lo que había estudiado y, era, además, el modo perfecto de esquivar el futuro que le esperaba, ese futuro que habían diseñado para ella.

          Sus padres eran granjeros, como lo era casi el pueblo entero. No tenían más idea en la cabeza que la de que su hija les ayudara con las faenas de la casa hasta que la casaran con un buen hombre, y que el chico se hiciera cargo de la granja. Era una pena que el destino se hubiera burlado de ellos y les hubiera caído en suerte una chica lista y organizada y un chico que era un zoquete que pasaba las horas entre la calle y la taberna. Confiaban en que con el tiempo sentarían la cabeza aunque, si era difícil en el caso de él, en el de ella lo era todavía más. Pocas niñas sentían tan poca inclinación por las cosas de la casa.

         Fue la maestra del pueblo la que le dio la idea en el mismo momento en que sus padres decidieron que abandonara la escuela. Ella la prepararía en su casa para ser maestra. Era inteligente y aplicada y conseguiría sacarse el título, estaba segura.

          No se equivocó y, una vez consiguió el permiso de su madre –o que, al menos, hiciera la vista gorda- se aplicó como nunca había visto la maestra aplicarse a nadie.

          Cumplió su sueño. Pocos años después de aquella conversación con su madre, firmaba su contrato. Sería la maestra del pueblo vecino. Tendría su trabajo, su sueldo y su casa propia y, aunque las condiciones eran entre injustas y ridículas, las asumió con alegría. ¿Qué más le daba a ella llevar doble enagua, no andar con varones, no teñirse el pelo ni vestir de colores brillantes, ni toda esa sarta de tontadas? Era libre.

            Su padre, sin embargo, sintió que se la habían ido las cosas de madre. Cuando la niña se plantó con la maleta en una mano y el título en la otra, gritó que había dejado de ser su hija. Pero fue la madre quien pagó la osadía de su hija. Le dio tal paliza que casi no lo cuenta, aunque no le importó demasiado. Unos cuantos huesos rotos eran un precio asumible a cambio de la libertad de su hija.

            El no pensaba igual. Le avergonzaba que la niña anduviera por ahí como una cualquiera en vez de estar en la granja como Dios manda. Además, le vendría muy bien casarla con el panadero, que había enviudado. Así lograría un dinerito extra para salvar el desastre a que le habían llevado las deudas de su hijo.

            Cuando llegó aquel inspector y le pidió que le mostrara las instalaciones, ella no sospechó nada. Pero la sangre se le heló en las venas cuando vio lo que había en su cajón. No dudó ni un instante cómo había llegado hasta allí.

             La barra de labios que encontraron en su pupitre fue suficiente para su despido fulminante como maestra. Su contrato, fechado en el año 1923, le prohibía, entre otras muchas cosas, maquillarse. Era el fin.

             Regresó a casa de sus padres con la cabeza alta, pero no les miró a la cara. Su madre solo pudo pedirle perdón con una mirada triste de su ojo sano. Descubrió el plan cuando él recibió en paquete postal la barra de carmín, pero no pudo impedir que lo ejecutara.

               Apenas llevaba un día de vuelta cuando su padre la encontró en la cama con el cuchillo de la matanza clavado en el abdomen. A su alrededor, un charco de sangre tan roja como el carmín con el que se había pintado los labios por primera y última vez en su vida.

              Su venganza no acabó ahí. Su padre hubo de soportar un entierro clandestino fuera del cementerio, con el reproche y las lágrimas de su esposa como única compañía.

              Tuvo en su muerte la libertad que le negaron en su vida.  Las suicidas no pueden tener un sepelio como Dios manda.

Cambios: rebus sic stantibus


                El cambio es una constante en nuestras vidas. Tal vez por eso, las miradas al pasado tienen tanto éxito en cine y teatro, a pesar de que no siempre se pueda afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recuerda es el mismo títulos de una película ya clásica, y es que rememorar Tal como éramos siempre gusta, sobre todo si es para revivir nuestra particular Belle Epoque. También es bueno atreverse a Volver, aunque no siempre los recuerdos sean amables, pero es necesario para Volver a empezar. Y en ello estamos

                En nuestro teatro el pasado es un componente esencial  porque, al fin y al cabo, los argumentos siempre hacen referencia a un pretérito más o menos remoto, o más o menos inmediato. Se trata de colocar el cartel de The End a aquella historia que vivimos y que acaba en los pasillos de Toguilandia, sea para poner una pena al culpable de un hecho delictivo, para resarcir a una víctima, para regular los efectos de una ruptura matrimonial o para ventilar las vicisitudes de una herencia o los conflictos con una propiedad.

                Los tiempos que nos ha tocado vivir, y que hace nada nos hubieran parecido una película de ciencia ficción, han hecho que tengamos que adaptarnos a unos cambios que nunca hubiéramos imaginado. Si han venido a quedarse o no, el tiempo lo dirá. Aunque, mientras tanto, podemos hacer un ejercicio de adivinación, porque el futuro es tan incierto que toda previsión lógica puede saltar por los aires en cualquier momento.

                Entre las cosas de las que espero librarme lo mas pronto posible –siempre, claro está, que sea lícito hacerlo- están las mascarillas. Aun recuerdo cuando veíamos las imágenes de un Michael Jackson desteñido y enmascarillado y nos parecía algo totalmente irreal. Ahora, lo de las mascarillas es el pan nuestro de cada día y en cuanto al desteñido, no es de extrañar vislumbrar cierta palidez en nuestras caras, ya que pasamos una buena temporada entre las cuatro paredes de nuestra casa y ahora, aunque salgamos, no lo podemos hacer ni con la frecuencia ni con a alegría de antaño. Quién nos lo iba a decir hace nada.

                La cuestión es que lo de las mascarillas puede tener, incluso, su lado bueno, aunque a mí me costaba encontrarlo. Una compañera, contestando a una de esas preguntas con las que le doy la lata para nutrir estos estrenos, me decía que en algunas cosas echará de menos las mascarillas cuando desaparezcan de nuestras vidas, esperemos que más bien pronto que tarde. Decía que el tapabocas le sirve para poder comentar cosas por lo bajini con su juez y “adelantar faena” –hay que ver cómo le sacamos partido a cualquier cosa.- y que además permite disimular cuando a una le entra la risa con las numerosas anécdotas con las que bregamos día a día. Esta parte confieso que me gusta más, y que además la vivía ayer mismo cuando una testigo dijo con toda su intención, a la pregunta de si era cierto que vio determinada cosa, que ella, como Chus Lampreave, era testiga y no podía mentir. Así que, visto lo visto, nos resultó útil la mascarilla para ocultar el ataque de risa, hay que reconocerlo.

                También la mascarilla nos da una excusa perfecta para esas veces en que no hemos saludado a alguien o no queremos hacerlo. Y para cuando, cosa muy posible, no recuerdas a la persona y ella sí te recuerda a ti. A este respecto, haré una confesión: alguna vez me encontraba en los pasillos con abogadas o abogados que me abordaban hablándome de “nuestro asunto”, sin que yo recordara de qué se trataba. Ahora es más fácil escabullirte con un “no le reconocía con la mascarilla”. Incluso puede ser cierto, además.

                Sin embargo, hay algo a lo que es difícil encontrar el lado positivo, aunque también puede tenerlo. Se trata de las limitaciones a las reuniones sociales que, desde luego, incluyen esos cafetitos que con distancia y pocas personas, no saben igual, si es que se llegan a hacer. Pero, bien mirado, también nos pueden librar de algún compromiso indeseado, aunque yo he de confesar que cada día echo más en falta la vida social, incluso para cosas que antes no valoraba. No obstante, a mi café burbuja -las cuatro compañeras que tomamos juntas el primer café de la mañana- no lo cambio por nada

                Pero, aparte de la mascarilla y de las limitaciones en distancia y número de personas, si algo ha traído consigo el coronavirus y sus consecuencias es la pantallización de muchos ámbitos de nuestras vida, desde el profesional hasta el lúdico. Ya dedicamos un estreno a las pantallas a tutiplén y, mucho antes, al teletrabajo , pero es algo que, desde luego, ha venido a quedarse, si no en todo, en buena parte. Me dice una compañera que su gran cambio laboral ha sido el teletrabajo y que “de aborrecer el expediente digital ha pasado a adorarlo”. La verdad es que es curioso que hayamos necesitado nada menos que una pandemia mundial para dar este cambio, pero bienvenido sea si es para bien. Lo bien cierto es que ha solucionado muchas cosas que no podrían hacerse con las restricciones, y que es mucho más seguro para nuestra salud y la de los nuestros. Así que, si mejoraran los medios, ya seria lo más. A ver si toma nota quien corresponda y llega el día en que podamos celebrar sin que ningún “me se escucha, me se oye” enturbie el proceso, y sin tener que pasar más rato conectando que en el acto procesal en sí mismo. Prefiero pensar que todo se andará, aunque hay que recordar que hay muchos lugares donde la digitalización sigue sin existir. Yo, sin ir más lejos, sigo llevándome los expedientes a casa en mi maletita. O maletota, vaya.

                La otra cosa que ha cambiado radicalmente son los cursos, como me apunta otra compañera. Su parte positiva es que permite realizar más formación al no tener que depender del traslado varios días y, especialmente, permite tener contacto con muchos sitios y entidades a los que no se accede en persona con tanta facilidad., como puede ser el Consejo de Europa. Pero esta es a su vez una parte negativa, porque perdemos el contacto con compañeros y compañeras que, muchas veces, son lo mejor del curso, tanto en su vertiente profesional al compartir experiencias, como en la lúdica, que tampoco hay que desdeñarla. No solo de juicios vive el jurista.

                Así que cojamos lo bueno y desprendámonos lo mas pronto que las circunstancias permitan, de todo lo negativo que nos ha obsequiado esta pandemia. Y eso sí, tengamos mucho cuidado en que no sirva de excusa para cicatearnos medios, que no es que yo sea malpensada, pero tampoco podemos ir siempre con el lirio en la mano.

                El aplauso de hoy, por su parte, es obvio. Y se lo doy a esas compañeras y compañeros que con sus comentarios han ayudado, una vez más, a que abra el telón de este escenario. Mil gracias. Espero que pronto nos podamos ver en persona, aunque hayamos aprendido que también se pueden hacer las cosas de otro modo.