Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Récords: Guinness en Toguilandia


                Ser el más o el menos de cada cosa siempre es algo que llama la atención. Sea el hombre más alto, la mujer más delgada, la paella más grande, el libro más largo o el trayecto nunca hecho antes, son un buen alimento para pantallas y escenarios. Aquellas personas con características tan especiales que eran objeto de exhibición pública del modo más cruel eran las protagonistas de la escalofriante La parada de los monstruos, aunque El gran showman dulcificaba la mirada a esa misma realidad. Por su parte, otras películas han inmortalizado gestas como la de Lindberg en El espíritu de San Luis o la de Amelia Earhart, la aviadora y pionera. Y, por supuesto, el mundo del deporte es campo abonado para récords, que tan bien reflejan cintas como Carros de fuego o El héroe de Berlín, dedicada a Jesse Owens.

En nuestro teatro, podríamos tener nuestro propio Libro Guiness, el famoso libro de los récords que registra cosas tan normales como estrambóticas. Siempre me ha llamado la atención esas ansias de algunas personas de figurar en el libro de marras con las gestas más extrañas, como ser el que más tiempo resiste saltando a la pata coja con la nariz tapada, o haciendo el pino mientras se canta la sintonía de Heidi en japonés. Pero en nuestro caso, son gestas mucho más de andar por casa. Aunque no estaría mal instituir premios para quien consiga andar sobre las manos con la toga puesta, creo que no es el momento adecuado. Aunque nunca se sabe, e igual servía para subir los ánimos.

No me consta, desde luego, ningún registro oficial de récords, y si lo hay extraoficial no tengo conocimiento, aunque me encantaría tenerlo. Mientras tanto, repasaré algunos que se me ocurren

¿Cuál sería el juicio más corto de la historia? Confieso que más de una vez he puesto el cronómetro por mera curiosidad cuando anticipaba que iba a tener un juicio exprés, pero de los de verdad. No se trata de juicios rápidos, ni abreviados urgentes de los que regula la ley sino de una concatenación de circunstancias que convierten el juicio en un suspiro. En mi caso, el más corto que he cronometrado fue de 33 segundos, que es lo que tardamos en ratificar los escritos de un juicio de familia celebrado en rebeldía.

Sin embargo, no me atrevo a aventurar cuál ha sido el más largo, ni el procedimiento que más tiempo ha durado. Sin duda, la existencia de macrojuicios por tramas económicas y de corrupción estarán rozando esos límites, pero también pueden ostentarlo algún proceso por grandes atentados terroristas o por operaciones del más alto nivel de redes de narcotráfico. Lo que sí puedo decir es que cuando en un juzgado o en una fiscalía entra un asunto de esta índole, revoluciona todo el ritmo normal de ese juzgado, de la fiscalía o del despacho de abogados que se vea en él. Personalmente, recuerdo la duración del juicio por el asesinato de las niñas de Alcácer que, aunque no fuera el más largo, puede ostentar el triste récord de ser uno de los más conocidos y dolorosos y, sin duda, el que fue objeto de la peor cobertura mediática de la historia.

También recuerdo otro que no sé si será un récord absoluto, pero sí es una marca difícil de superar, la del asunto con más cambio de jueces a lo largo de su instrucción, que fue el llamado “caso Fabra”, que duró once años, con 9 jueces y 4 fiscales a lo largo de la investigación. A este respecto, aprovecharé para destrozar una leyenda urbana que ha existido al respecto. Hubo quien quería ver una mano negra en el continuo cambio de jueces, pero esa circunstancia no es sino fruto de la mecánica de concursos y destinos en la carrera judicial. Si un juzgado es maldecido por la suerte con un asunto de esta índole, se convierte en un juzgado indeseado, que siempre queda vacante y del que quien se ha visto forzado a coger por no tener otra opción, huye como el gato escaldado del agua caliente. Y es comprensible, sin duda.

Al otro lado del espectro, otro de los ejemplos de juicios que duran y duran, pero al revés del anterior, es el juicio por el accidente del metro de Valencia, en el que recayó sentencia tras la friolera de 13 años desde que sucedió. En este caso, fue el empeño de las víctimas, que nunca se conformaron con un archivo -aunque fuera con indemnización- sin una investigación exhaustiva, lo que logró que se reabriera una vez y otra hasta conseguir esa resolución que anhelaban. Usaré la frase de la presidenta de la asociación que las representaba para resumir este larguísimo proceso. Solo querían justicia, no venganza. Así de simple y así de grande.

En el ámbito más pedestre, podríamos preguntarnos cuántos juicios pueden llegar a celebrarse en una sola sesión, por ejemplo. Mi récord personal está en 33 juicios penales, en una de esas mañanas en mi primer destino de las que salimos vivas de milagro. Pero lo conseguimos. Alguna otra vez he igualado el récord, tanto en una sesión de los extintos juicios de faltas, como en una de juicios civiles de familia, pero nunca he llegado a superarlo. Aunque, visto lo visto, no lo descarto. Eso sí, sin hacer trampas. Los señalamientos solo para conformidades no cuentan como juicio. Que al final todo se sabe.

Hay, sin embargo, otros récords que son mucho más tristes. Con mucha más frecuencia de la que quisiéramos vemos señalamientos a tantos años vista que son de récord, como de récord son los retrasos en una justicia que, si siempre ha estado desbordada, hoy está a punto del colapso, o directamente sumida en él. La covid19 ha empeorado lo que parecía difícilmente empeorable. Juicios laborales por despidos que, cuando se celebren, pueden coincidir con la jubilación del trabajador implicado

Aunque, si de algunos récords podemos presumir, son de los de despropósitos. Aquellos juzgados creados para conocer exclusivamente de cláusulas abusivas consiguieron, por su naturaleza, el triste récord de colapsarse casi antes de nacer y las decisiones como la de habilitar y deshabilitar agosto son de récord de antología del disparate.

Son mucho los posibles récords. Pero solo se trataba de ver algunos ejemplos. Me gustaría aderezarlos con algo así como la paella judicial más grande y sabrosa, pero, mientras llega, no conformaremos con dar el aplauso a todas esas personas cuya profesionalidad de récord hace posible lo imposible. Que haberlas, haylas.

Futuro: despejar la incógnita


                Desde que estamos en esta extraña situación de pandemia, pienso más que nunca en las películas de Ciencia ficción. Ni los marcianitos y las naves espaciales de La guerra de las galaxias, Star Trek, Mars Atack o Independece Day, ni las sesudas invitaciones a la reflexión de El día después, El planeta de los simios o Blade runner nos pusieron en antecedentes de algo así. Sí lo hicieron algunas ficciones médicas, como la casi profética Contagio que, pese a que tiene una década, algunos pretendieron colar como actual y que, al fin y a la postre, se ha venido en revender como la película que predijo el coronavirus. Y no digo yo que no, pero la cosa es que cuando acaba -no haré spoiler- tampoco nos resuelve esa duda sobre qué pasará cuando el bicho, por fin, desparezca.

Si algo caracteriza a nuestro teatro, es su nula capacidad de anticipación. Si hacemos viajes en el tiempo, siempre los son para adentrarnos en siglos anteriores, y nunca para intentar la aventura del futuro. Hasta la chica del anuncio de la lejía tiene más vista, que, después de tanto quejarme de que trajera del futuro una simple lejía, va a resultar que tenía razón, so tenemos en cuenta la importancia de la desinfección en nuestra época.

Ya dedicamos un estreno a los futuribles post pandemia, escrito en un momento en que pensábamos que el peor de nuestros problemas era el confinamiento, y que en cuanto acabara podríamos recuperar nuestra vida. La bofetada de realidad, como no podía ser de otro modo, fue épica, eso sí, disfrazada de eso que llaman la Nueva normalidad, que ni es nueva ni normal.

¿Por qué digo que la nueva normalidad no tiene nada de nueva ni de normal? ¿O sea, lo que vía latinajo llamaríamos contradictio in terminis? Vayamos por partes, y cuando caiga el telón, veremos si tenía razón.

En cuanto a la supuesta novedad de la medidas, y por más que a nuestras generaciones nos parezca algo extraordinario, el confinamiento era un método que ya se usaba en tiempos de La peste, así que nadie ha descubierto nada. También es verdad que, haciendo honor al dicho, más vale no cambiar aquello que funcione y, está claro que a falta de vacuna o tratamiento, es el método más efectivo. Porque no olvidemos que el resto de restricciones, como reducir el número de personas en las reuniones o restringir los horarios, no son sino hermanas pequeñas del primo de Zumosol que es el confinamiento, La otra medida estrella, la mascarilla, puede resultar muy novedosa, pero no hay más que ver fotos de la gripe del 18 para comprobar que, aunque eran más bien mascarotas que mascaritas, taparse nariz y boca ya era una opción. Y, por supuesto, la tercera pata del banco, la higiene, es recomendable siempre, especialmente cuando de enfermedades se trata. Por tanto, de nuevo nada, Más viejo que la tos, que diría mi madre.

Ahora veamos qué tiene de normal. ¿Es normal que las personas no nos relacionemos más que con una determinada distancia de por medio? ¿Qué los niños y niñas no se toquen al jugar? ¿Tiene algo de normal no poder jugar al “Tú la llevas”, al “Pilla, pilla” o a pídola, no poder practicar judo o bailar en parejas? ¿Es normal hablar enmascarados, no vernos la expresión de la boca y hasta no pintarnos los labios? ¿O acaso es normal no poder llenar teatros, estadios o salas de conferencia cuando el público lo desea? Nada de esto es normal y, si lo fuera, habría que desnormalizarlo enseguida. Y ese es el problema, que no se puede.

Por eso, más que nueva normalidad, se trata de una espera obligada, de un poner nuestras vidas en pause hasta que una normalidad nuevecita de verdad nos devuelva lo que nos quitó el bicho.

Ha pasado un tiempo razonable -ya medio año-, y seguimos en espera, como con tantas cosas ocurre últimamente. Y hay que procurar que esa espera sea, con las normas ineludibles a la nueva normalidad, lo más parecida a la vieja normalidad en todo aquello que perdimos. Que, en Toguilandia, se traduce fundamentalmente en retraso e incertidumbre. Casi nada,

A nadie se le escapa el colapso que el confinamiento supuso. Juicios y todo tipo de actos judiciales que quedaron postergados para cuando los tiempos lo permitan, que pensábamos que sería pronto. Pero, llegada la hora de la verdad, los tiempos no están para echar cohetes y las medidas de seguridad permiten llegar hasta donde lo permiten. Por eso, habrá que ir pensando qué hacer con esos macrojuicios , o, simplemente, juicios que, sin llegara a macros, tienen a muchos intervinientes y carecen de un espacio donde celebrarlos con las actuales normas de aforo y distancia. ¿Quedarán suspendidos per secula seculorum a la espera de una vacuna? ¿Nos veremos en supuestos de prescripción y correspondiente impunidad por esta causa? Pues no me gustaría responder que sí, aunque cuesta ver la luz al final del túnel.

Además, están todos los demás, los que podrían celebrarse pero que ven distanciarse su fecha. Si antes existía colapso, imaginen que será con la acumulación de lo no celebrado y de lo por celebrar. Porque, aunque tratemos de recuperar tiempo yendo de un juicio a otro como pollo sin cabeza, no se pude. Hay que poner bolsitas nuevas en los micrófonos a cada declaración, desinfectar cada vez y guardar unas distancias que no permiten que haya gente esperando en la puerta. Conclusión, que donde celebrábamos 15 juicios ahora hacemos 5. Y retraso más retraso es retraso al cuadrado, por más que yo sea de letras.

Por supuesto, como todo el mundo sabía menos quien tomó la decisión, lo de habilitar agosto, además de para hacer las cosas todavía más dificiles a profesionales de la abogacía y la procura, no sirvió de nada, Fueron unas no-vacaciones absolutamente inútiles

Ahora me pregunto qué pasará mañana. ¿Podremos celebrar los juicios de jurado, que pueden ir acumulándose a la espera de tiempos mejores, donde medios y espacio lo permitan? ¿Recuperaremos algún día el tiempo perdido, o seguiremos en su busca, como si fuéramos Proust mirando la magdalena?

Aunque sin necesidad de ir más, lejos, sigo preguntándome qué va a pasar cada vez que alguien presente síntomas, o dé positivo, y tengan que mandarnos a casa a todas las personas que compartimos juicio, guardia, declaración o café. ¿Se suspenderán nuevamente los juicios? ¿Irán tirando de sustituciones hasta que no quede uno en la lista? Pues eso. Y eso por no hablar de investigados o testigos, que a esos no hay quien les sustituya. Porque no me imagino yo a ninguna Señoría diciendo que no le ha venido el testigo del robo, pero tiene uno de un accidente de tráfico que igual me hace un apaño. Y es que, nos guste o no, poco apaño tiene lo que no tiene apaño. Como mucho, remiendo, y gracias.

Así que ahí seguimos, esperando. Y tratando de sobrevivir a la espera, en todos los sentidos, que no es poca cosa. Por eso, el aplauso es hoy para quienes cada día sobreviven con una sonrisa. Aunque cueste verla debajo de la mascarilla..

Palabrejas: ¿sustituibles o insustituibles?


                Ya lo hemos dicho más de una vez, cada profesión tiene sus tecnicismo, su argot y, en definitiva, su propio lenguaje. El cine y el teatro no son una excepción, tanto al emplear sus propios términos, como se hace en La noche americana o Primer plano, como al adoptar los propios de cualquier otro oficio, como el periodismo –Primera página-, la Justicia –Ausencia de malicia, Homicidio en primer grado-, la danza –A chorus line-, la medicina –Medidas extraordinarias, Una terapia peligrosa-, Música –Allegro ma non tropo– Cocina –Chef– y cualquier otro. De hecho, en muchos casos suponen la popularización de términos hasta entonces desconocidos para el gran público.

Si de algo tenemos para aburrir en nuestro teatro, es de palabrejas. Y conste que digo lo de “aburrir” con toda la intención, porque hay veces que nuestras conversiones aburren a las ovejas. Eso es, al menos, lo que dicen siempre mis hijas y, según una de ellas, la razón por la que nunca se planteó dedicarse a nuestra profesión. Qué le vamos a hacer.

Ya hemos abordado en otros estrenos el argot , la terminología,  hasta los latinajos, siempre con la duda de si nos pasamos o nos quedamos cortos. ¿Tenemos que hacer nuestros informes con profusión de citas, latinajos y palabras ampulosas, o hemos de descartarlas y sustituirlas por otras más corrientes? Como siempre, en el punto medio está la virtud, pero encontrar el punto medio entre la pedantería y la vulgaridad no es cosa fácil. Nada fácil

La verdad es que la vetustez de muchas de nuestras leyes no nos pone fácil la modernización. Por su causa o tal vez por su culpa, las casas se llaman fundos o predios, o bienes inmuebles, los animales se llamaban semovientes o los coches vehículos de motor. Todavía recuerdo las dificultades de explicar las diferencias entre lo que era una moto y un ciclomotor y por qué el ciclomotor, pese a ser un vehículo y tener motor, no era un vehículo de motor.

En otras ocasiones, son las propias leyes las que tienen interés en confundir. Ya hemos hablado alguna vez de que el investigado es la persona a la que aun no se ha investigado, y que precisamente se le investiga para saber si es investigado o no, o que cuando a alguien se le citaba como imputado no implicaba que en ese momento se le imputara nada, e incluso podía llegar a no imputársele nunca. Esas líneas rojas que se difuminan y serpentean y de las que hablamos alguna vez.

Además de palabras, también hay frases que empleamos con frecuencia y no siempre son necesarias. Es más, en ocasiones impiden que los árboles dejen ver el bosque. También en estos casos en difícil distinguir entre el formalismo necesario o la afectación sobreactuada, en la que todo el mundo en Toguilandia ha caído alguna vez. Y si no, que levante la mano quien no lo haya hecho. Un ejemplo claro es el de utilizar demasiadas veces la expresión “con la venia” que, en realidad, solo debería emplearse en Sala, y no en interrogatorios en la guardia, por ejemplo. Otro, es el empleo indiscriminado de títulos y tratamiento cada vez que abrimos la boca. Llamar veinte veces al Juez o jueza “señoría ilustrísima” hablar de su reconocido prestigio o su indiscutible sapiencia sobrepasa el límite de la cortesía y puede adentrarse peligrosamente en el del peloterismo puro y duro. Por su parte, las referencias a “insigne compañero”, “ilustre representante del Ministerio Fiscal” o parecidas, muchas veces tiene una pátina de ironía que transmiten exactamente lo contrario de lo que dicen.  También resulta un tanto petulante hablar del “compañero que me ha precedido en el uso de la palabra”. Y, desde luego, cuando alguien se refiere a los “estrictos términos de defensa” es como si estuviese pidiendo perdón por cargar la escopeta que va a disparar a continuación.

A veces ni siquiera somos conscientes del uso de nuestras palabrejas, y al final los no iniciados no se enteran de nada. Recuerdo a una amiga opositora –hoy médica forense- que me decía que le resultaban muy densos los temas Derecho que tenía que estudiar. A mí me llamó la atención, porque eran bastante generales y no les veía complicación alguna, al lado de todas las cosas dificilisimas que debe saber un profesional de la medicina. Me dijo que no entendía por qué incoábamos un procedimiento en vez de iniciarlo, por qué los testigos deponían en vez de contestar o por qué considerábamos documento a algo que no lo era, como una placa de matrícula.

Y es que si nos ponemos a pensar, hablamos raruno. Es muy extraño eso de pedirle a alguien que diga ser cierta tal o cual cosa en lugar de preguntar directamente, o pedir el recibimiento del pleito a prueba en vez de proponer pruebas sin más. Por  no hablar de esos latiguillos de “la documental por reproducida” y “las conclusiones a definitivas” que decimos casi sin pensar. Todavía recuerdo el día que me afirmé y ratifiqué en u informe que nunca  se había hecho porque, por error, no se había dado traslado al fiscal. Me dí cuenta enseguida, y como quiera que la tierra no me hizo caso y no se abrió a mis pies, hube de pedir disculpas. Como no podía ser de otro modo.

Más de una vez deberíamos pensar quienes son los destinatarios de nuestro trabajo, y obrar en consecuencia. Porque si la justicia emana del pueblo, es cuanto menos extraño que se exprese en términos que el pueblo no entiende. Pero, ojo, que la culpa no es solo nuestra. He oído más de una vez a clientes que aplaudían a su abogado por un informe brillantísimo en el que “no habían entendido nada, pero sonaba de maravilla”

Para acabar, reformularé un refrán, parafraseando el original, como fórmula a seguir. Las palabrejas, si proceden las usas y si no las dejas.

Por todo lo dicho, no me limitaré reproducir por vía de informe, y daré mi aplauso a quienes, como decíamos al principio, consiguen mantenerse en ese difícil equilibrio entre ser entendible pero no vulgar, y tener cultura pero no pedantería. Un verdadero lujo en nuestro escenario.

Mensajes subliminales: Don Federico


            A veces , cosas aparentemente inocentes esconden un mensaje peligroso. Algo de eso ocurre con los productos audiovisuales destinados a la infancia que, si no se explican en relación a su contexto, pueden perpetuar estereotipos de desigualdad. Princesas Disney como Cenicienta o Blancanieves, cuyo único objetivo en la vida era encontrar un príncipe con el que ser felices y comer perdices –qué manía con las perdices-, ideales de belleza o prototipos de familias tradicionales pueden trastocar la visión de las cosas. No perdamos de vista que tanto Blancanieves como Cenicienta no hacían otra cosa que fregar y lavar hasta que el príncipe las redime, perdices incluidas. Aunque, para ejemplos que dan que pensar, el de Siete novias para siete hermanos, que, en un bucólico marco de cantos y bailes, esconde el rapto de siete chicas contra su voluntad.

             No pretende cargarme toda la tradición cinematográfica de determinada época, pero sí plantear cómo verlas con las gafas violetas. Porque si no, sin darnos cuenta, eternizamos estos estereotipos

            Hoy nuestro teatro reestrena un relato que trata de abrir los ojos sobre eso. Ojala lo consiga. Y, si no, que haga que el público pase un buen rato, que no es poca cosa.

Don Federico

(Relato incluido en la Antología de Generación Bibliocafé “Juegos y Juguetes”)

Mamá, ¿me das dinero para una goma?

¿Una goma de borrar? Tienes muchas

No, boba. Una goma de saltar. ¿No sabes lo que es?

           Lo sabía. Vaya si lo sabía. Había pasado muchas horas de mi infancia saltando a la goma y, además, era la protagonista de una de las anécdotas que mi madre contaba a quien quisiera oírla, a pesar de mis airadas protestas. Me moría de la vergüenza cada vez que la contaba. Ahora, sin embargo, cuando hace meses que la perdí, me encantaría volver a escucharla. Me parecía oír su voz de hace muchos años

Hija, saluda a Don Federico. Es el nuevo vecino que se ha instalado en nuestro mismo rellano

           Salí corriendo, como una exhalación. Mi madre no entendía nada, pero se enfadó tanto que me requisó la goma, mi juego favorito. No podía imponerme peor castigo.

          Desde que descubrí aquel juego, se convirtió en mi pasión. Todas mis compañeras de clase jugaban, pero yo era una de las mejores. Me sabía de memoria todas las canciones a cuyo ritmo enredábamos y desenredábamos la goma a nuestras pantorrillas al tiempo que saltábamos. Mi goma, además, era de las mejores. La había conseguido de las sobras del costurero de mi madre, que era modista, y tenía una flexibilidad y una resistencia que no tenían las de mis compañeras. Mi popularidad había subido varios enteros desde que se había puesto de moda jugar a la goma. Y a mí, que siempre fui tímida y me sentía casi invisible,  eso me hacía muy feliz.

            Pero mi habilidad no había surgido por generación espontánea. Pasaba horas y horas saltando en la terraza del edificio donde vivíamos, con la goma colocada entre dos sillas y mi madre quejándose de que repitiera una y otra vez aquellas canciones machaconas

Don Melitón tenía tres gatos

Y los hacía saltar en un plato

– Hija, por dios. ¿No puedes saltar en silencio? Tengo a ese don Melitón clavado en la meninge

– Vale, mamá

             Reconozco que era una pesada de tomo y lomo. Al cabo de un rato se me había olvidado y había vuelto a la carga, para desesperación de mi progenitora.

Popeye el marino soy

Montado en un buque voy

Hija, por favor. Está bien ya

Ay, sí. Lo siento.. No vuelvo a cantar

             Mi madre, con su castigo, me había dejado sin todas aquellas horas de diversión y ensayo a tiempos iguales. Estaba enfadada. Corría el riesgo de perder mi privilegiado puesto en la clase, con lo que me había costado. Decidí suplicarle perdón, a ver si colaba. Mi madre, aunque presumía de implacable, en el fondo era una blanda

Mamá –puse mi mejor cara de niña buena- ¿Me perdonas? ¿puedo recuperar mi goma?

Claro que te perdona –respiré aliviada- Ahora, cuando venga Don Federico, le pides disculpas y sanseacabó. Mira, por ahí viene

           El aludido llegaba con una sartén en sus manos. Al verlo, no pude reprimir mi pánico y volví a salir corriendo. Temía haberme quedado sin goma para siempre, pero no podía evitarlo. Además, pensaba que debía apartar a mi madre de ese hombre como fuera

            Mi madre me siguió, enfadadísima. Llevaba una zapatilla en la mano, símbolo inequívoco que se avecinaba tormenta materno filial, y que yo llevaba todas las papeletas para que los rayos y truenos me cayeran encima sin remedio.

          De pronto, se paró en seco y prorrumpió en una carcajada. Era una carcajada enorme, escandalosa. Nunca había oído reírse así a mi madre

¿Era esto, hija? –me preguntó, si parar de reírse- ¿Esto?

    Por la ventana, se oía como unas niñas jugaban a la goma

Don Federico mató a su mujer

La hizo picadillo y la hizo a la sartén

             Asentí con la cabeza, mientras mi madre seguía carcajeándose. Me explicó que aquel Don Federico no tenía nada que ver con la canción, que era un hombre estupendo y la mar de amable. Cuando estaba casi convencida, la voz de las niñas que saltaban volvió a escucharse

 “La gente que pasaba

Olía a carne asada

Era la mujer

de Don Federico

           Me miró y no dijo nada más. Fue al armario de la cocina, y sacó mi goma del cajón. Había recuperado mi tesoro, aunque debía, a cambio, disculparme con Don Federico. Lo hice pero confieso que, durante mucho tiempo, seguí desconfiando de él

Mamá, mamá. ¿Me vas a comprar la goma, o no? Por fa, por fa

Está bien, te la compraré –le dije, tras regresar al presente- Pero con una condición

¿Cuál?

Nunca juegues a la goma al ritmo de la canción de Don Federico.

Películas: Derecho de cine


hechos reales

Ya lo hemos dicho muchas veces. Pocas cosas como los juicios, y todo lo que les rodea, para proporcionar temas al mundo del cine, las series de televisión, la literatura o el teatro. Hasta para algunas canciones, si nos descuidamos. Nada como un crimen sangriento, un juicio injusto o una cárcel terrible para garantizar un éxito seguro.  O las tres cosas a la vez, claro. No hace falta buscar De aquí a la eternidad porque El cielo puede esperar.

Desde siempre nuestro teatro ha sido fuente de inspiración para el mundo del arte. Y a la recíproca, en ocasiones parece que estemos representando una función, con todos nuestros formalismos, nuestro vestuario, nuestro lenguaje propio y todas esas cosas de las que hemos hablado más de una vez. Tenemos hasta nuestro propio telón, que pocas cosas se le parecen más que esos cortinajes de terciopelo con los que nos obsequian cada año las fotografías de la apertura del año judicial.

Confieso que entre todas esas pelis de juicios, tengo mi favorita, La costilla de Adán que, además, me trae estupendos recuerdos. A pesar de que el reparto de roles no era exactamente igual –él era juez y ella era abogada- siempre me han relacionado con ella, no sé si desde el momento en que aprobé la oposición o en el que formalicé mi unión con un miembro de la judicatura. Eso sí, hay algo que siempre me preguntan y he aclarado una y mil veces. Aquí nunca podríamos vernos en una situación así. Las normas sobre incompatibilidades que rigen en la carrera fiscal y en la judicial hacen imposible que semejante cosa ocurra . Y sí, aunque tendría su punto no pedir la venia a “mi señoría” o que él no me la diera, como dice la canción This is not America.

Pero empecemos por el principio, y veamos la de películas –y también series de televisión– con las que podemos encontrarnos en las distintas fases del proceso. La primera puntualización es que, como la mayoría son americanas, llevan a que el público en general tenga una visión distorsionada de nuestra vida judicial. Por eso se llevan las decepciones que se llevan cuando la gente no se levanta al grito de “preside el honorable juez X”, cuando no encuentran biblia donde jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o cuando el juez no llama al abogado y al fiscal para que se acerquen a su mesa. Aunque lo que más suele echar de menos quien ve por vez primera un juicio es lo de “protesto, Señoría” que, aunque posible, es altamente infrecuente y, desde luego, no se dice a gritos ni con réplica y contrarréplica. Aquí somos más de ese untuoso “que conste nuestra más respetuosa protesta a efectos de recurso”, como pidiendo perdón en vez de acordarse de toda la parentela de Su Señoría, por más que en el fuero interno se haga.

De reflejar la parte de las primeras diligencias se encargaban series como la desternillante Juzgado de guardia. Todavía  me acuerdo de aquel juez larguirucho que decía no llevar pantalones bajo la toga y, de hecho, hace no mucho rememoraba aquello al hilo de ese teletrabajo  que tantas anécdotas de ese tipo nos obsequió. La otra serie antológica era la de Canción triste de Hill Street, y aún recuerdo nuestros primeros repartos de trabajo con un compañero que siempre repetía, como en la serie, lo de “Tengan cuidado ahí fuera”. Aunque series de abogados hay muchas, desde la Ley de los Angeles a Ally Mc Beal, pasando por las españolas Anillos de oro o Turno de oficio a las más actuales Suits o The goog figth. O la española Hierro. Y, por supuesto, Ironside, la serie de los años 60 y 70 culpable de más de una vocación jurídica.

Pero lo que más vemos en pelis  es la fase de juicio, la más atractiva. Y  doblemente atractiva cuando hay un Jurado. ¿Quién no recuerda Doce hombres sin piedad, que ha ilustrado una y mil veces las deliberaciones de un jurado, o el discurso de Algunos hombres buenos, que se sigue utilizando en talleres de oratoria? ¿Y quien no evoca a la Marlene Dietrich de Testigo de cargo o al niño amish de Único Testigo cuando le llaman a testificar? Sin olvidar, por descontado, aquella lección de historia sobre los juicios de Nuremberg que recibimos en Vencedores o vencidos

El veredicto es otra de las partes importantes. Se puede ser Presunto inocente, o Culpable, se puede intentar una Coacción a un Jurado para obtener un Veredicto final, se haga con Ausencia de malicia, o cometiendo Delitos y Faltas, sean quienes sean los Acusados, con todas sus consecuencias. Aunque, como no solo de Derecho Penal vive el Derecho, también se puede ejercitar una Acción civil. O jugárselo a todo, como Erin Brokowicht. O tal vez todo esté escondido tras La Tapadera o dentro de La caja de música. Porque es muy difícil cometer el Crimen perfecto y más difícil aún defender a El cliente que niega haberlo cometido

Aunque en las películas, como en la vida judicial, las cosas no acaban en la sentencia. La ejecución de las penas da mucho de sí, sobre todo cuando de su cumplimiento se trata. Sea la Pena de muerte, El verdugo que ha de ejecutarla, la Cadena perpetua, o las desgracias del protagonista de Homicidio involuntario, la posibilidad de efectuar una Gran Evasión siempre aparece en lontananza, aunque sea algo tan difícil como la Fuga de Alcatraz o haya que jugársela a Evasión o victoria. Más aún cuando la Libertad condicional es improbable, o se ha decidido que el cumplimiento de la pena será Sin remisión posible

Serían muchas más las series y películas que reproducen nuestra Toguilandia, aunque no se parezcan tanto a nuestro teatro como mucha gente cree. Por eso aun recordaré dos más, de verdadera antología: Matar a un ruiseñor y Anatomía de un asesinato. Pero no podemos dejar de dar las gracias por todas las vocaciones jurídicas que salieron de ellas. Por eso, hoy el aplauso es para quienes lo consiguieron. Porque hacer lo que uno quiere puede estar muy cerca de tener una vida de cine.

Vacuna: la gran esperada


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Hoy nuestro escenario abre el telón para una función especial. Un relato relacionado con la pandemia, la igualdad, y lo que podía haber sido y no fue

Una vez más, la ilustración de @madebycarol pone el mejor marco posible a la historia

¿Apetece?

Pues aquí está. Luces, cámara, ¡acción!

 

Ucronía

-Doctora Albors ¿Cómo ha recibido este premio?

-Con alegría, claro. Aunque el premio a este descubrimiento ya lo había recibido antes.

-¿Qué quiere decir?

-El premio para una científica son los resultados que salvan la vida de las personas o la mejoran. Y, en este caso, saber que la vacuna ha evitado lo que hubiera llegado a ser una pandemia mundial, como dijo el director de la Organización Mundial de la Salud, es la mejor recompensa posible.

El año 2020 amenazaba con ser el peor que había vivido la humanidad desde hacía mucho tiempo. Una enfermedad desconocida había empezado a causar estragos en China y se temía que se extendiera hasta hacerse incontrolable.

Por fortuna, alguien se había adelantado a los tiempos y dio con algo que podía atajar lo que habían anunciado como una posible pandemia. Una científica española, que estaba trabajando en una vacuna contra la gripe, se percató de que su trabajo podía ser útil para esa neumonía extraña y enormemente virulenta.

No se equivocó, y consiguió una vacuna eficaz en un alto porcentaje de casos. Tanto, que hacía apenas unos días que se había anunciado que el riesgo de pandemia había sido abortado, por más que hubiera que ser prudentes.

Mientras se preparaba para la ceremonia, Amparo echó la vista atrás y recordó cómo empezó todo, casi por casualidad.

Ella siempre había tenido a su madre como modelo a seguir. Fue una científica muy importante en España e hizo descubrimientos relacionados con las enfermedades epidémicas de enorme importancia. Muy sonado fue en su día un estudio que partía del virus de la mal llamada gripe española de 1918, aunque al final no se le encontró aplicación práctica y acabó siendo abandonado

Muchos años después, su hija Amparo dio con aquello y decidió continuar con tan apasionante línea de investigación. La fortuna, la anticipación o el rigor científico hicieron que sus resultados fueran determinantes para combatir aquella epidemia de coronavirus que venía de China y que amenazaba en convertirse en algo terrible…

En esos momentos recordaba muy bien una conversación con su madre cuando todavía no había decidido hacia dónde dirigir sus pasos profesionales

-¿Sabes? –decía su madre- Casi no lo consigo

-¿Qué quieres decir?

-Mi padre se oponía a que estudiara una carrera. Y, según la ley, los padres decidían sobre sus hijas, tuvieran la edad que tuvieran. Salvo, claro está, que estuvieran casadas, en cuyo caso era el marido quien tomaba las decisiones

-Pero ¿podía impedir que estudiaras?

-Por supuesto. Podía hacerlo porque eran los hombres quienes manejaban por ley todo el dinero, aunque las mujeres lo hubieran heredado o ganado con su trabajo. Mi madre tenía unos ahorros, pero él no le iba a permitir usarlos para eso

-¿Y una beca?

-Hubiera pasado lo mismo a la hora de administrarla. Aunque, en ese tiempo, nadie le hubiera dado una beca a una mujer para estudios superiores

-¿Y entonces?

-Yo estaba casi resignada a mi suerte, aunque daba vueltas a como rebelarme contra ella. Pero alguien lo hizo antes que yo

-¿Quién?

-Lo has estudiado en Historia. ¿Recuerdas las Revueltas de la Libertad?

-Sí, claro. Fue el movimiento ciudadano que surgió en los años 50, que acabó con la dictadura de Franco, impuesta tras la Guerra Civil

-Con el triunfo de las Revueltas, se restableció la democracia y se derogaron todas esas leyes que impedían a las mujeres cosas como administrar sus bienes o viajar sin permiso de un hombre. Y también se acabaron las barreras para nuestro progreso académico. Así que logré mi beca y me matriculé. Ahí empezó todo.

Cuando Amparo recogió su premio en el escenario, se acordaba de aquella conversación con su madre, a quien dedicó el premio.

Ella, emocionada, la aplaudía desde el patio de butacas con todas sus fuerzas. A ella, y a quienes habían conseguido acabar con unas leyes injustas sin cuya derogación aquello ni hubiera sido posible.

Mereció la pena

Todología: más pseudoderecho


 

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No se puede saber de todo, desde luego. Pero no se puede presumir de lo que no se sabe, ni, mucho menos enmendar al la plana a quien conoce el tema. Actores y actrices no discuten al director de cómo hacer una escena ni a la diseñadora de vestuario de cómo vestirse. El riesgo es suyo, pero el Dolor y gloria también. Y cuando no sale bien, ya se sabe, hay que Volver a empezar. Porque, ya se sabe, zapatero a sus zapatos. Y quien no sabe de zapatos, que no se empeñe en pontificar sobre suelas y tacones.

Alrededor de nuestro teatro hay mucho zapatero amateur o, como he dicho más de una vez, todólogos. Son opinadores varios que, sin haber pisado una facultad ni leído un libro de Derecho y sin tener la más mínima intención de hacerlo, pretenden sentar cátedra sobre la vida judicial y sentar cátedra sobre ello. ¿Nos suena?

Seguro que sí. No es la primera vez que hablo de ellos, ya hubo un estreno sobre telejuristas pseudodelitos, pero de entonces a acá cada día suben los ejemplos. Si hubiera una Bolsa de este tipo de cosas, cotizaría al alza siempre. Y algunas cadenas de televisión tendrían enormes carteras de acciones, aunque ningún medio se salva. Por desgracia.

Hace nada leíamos en una conocida revista del corazón la noticia cuya imagen ilustra este estreno, digna de la mejor antología del disparate el periodismo tribunalero. En la crónica de la separación del torero le atribuyen un abogado tan estupendo que es juez y parte, y de ahí que el magistrado les represente a ambos. O sea, como Juan Palomo, y me lo guiso y yo me lo como. Probablemente por eso piensen que vaya a ser veloz, en tan solo unas semanas, gracias a ese batiburrillo entre conformidad y juicio rápido penal en vez de mutuo acuerdo civil. Pero el colmo de los colmos es esa explicación acerca de que el divorcio no vaya a lo contencioso administrativo. Dios mío, sería el primero que vería, pero esta toguitaconada nunca termina de asombrarse.

También hace unos pocos días saltaba a las redes un vídeo donde, a propósito de una manifestación anti-mascarillas, el sabihondo de turno gritaba “habeas corpus, habeas corpus” como si se tratara de El Exorcista diciendo “Satanás, sal de su cuerpo” y otro decía que lo explicara bien porque lo grababa todo y se haría viral. Y viral se hizo, pero no por que pretendían sino por todo lo contrario. Aquello que pensaban sesudo y contrastado era risible a todas luces para cualquiera que hubiera tenido un  Código en sus manos aunque ni siquiera lo hubiera abierto.

Y, como no hay dos sin tres, y en todas partes cuecen habas, no tardé en recoger otra perla de la todología jurídica. Ante la llegada de varios migrantes en cayuco a nuestras costas, la reportera, nada dicharachera por cierto, explicaba muy ufana que o se les daría asilo o se tramitaría su extradición inmediata. Así, sin contacto entre países, ni proceso ni autoridades judiciales ni nada de nada. Cuando la extradición, como sabemos, es un procedimiento diferente, que se tramita por la reclamación entre países de alguien que ha cometido un delito para ser juzgado o para cumplir la pena. Es evidente que se refería a repatriación, e incluso colaría lo de la expulsión, aunque no sea nada tan inmediato, pero nunca extradición. Ni deportación, por cierto, que no es terminología propia de nuestro derecho, a pesar de que en pelis como Matrimonio de conveniencia quedaba de lo mejor

Otro de los hits de la todología, llegaba no hace mucho con el nuevo delito de bolsicidio, esto es, tirar bolsa al mar.  Un tuitero de pro se quejaba de que tirar bolsas al mar fuera delito, pero no lo fuera tirar una vagón de tren. Lo dije y lo repito, lamento estropear el argumento pero tirar bolsas al mar es una cochinada y causa daño al medio ambiente pero, al menos de momento, no es delito.

Tampoco lo es el famoso delito contra la salud pública que parece haberse puesto de moda. Aunque lo dijera toda una señora política, saltarse el confinamiento no es delito contra la salud pública, como no lo es no llevar mascarilla o vulnerar la distancia –que no distanciamiento- física –que no social- establecida  por la ley. Porque, oh sorpresa, puede haber cosas prohibidas por la ley que no son delito. El verdadero delito contra la salud pública es, en la mayor parte de los casos, el tráfico de drogas y sustancias estupefacientes, aunque también hay otros como la adulteración de medicamentos. Es lo que hay.

Y luego están los clásicos, de los que tanta gente habla pero que no existen o ya dejaron de existir. Entre los primeros, me refiero al perjurio, propio del derecho americano y, por tanto, de las películas, pero no del nuestro. Entre los que dejaron de existir, aunque algunos  lo ignoren, está el escándalo público –el otro día un tuitero sentaba cátedra diciendo que lo habían cometido las activistas de Femen-, el desacato o el abandono de hogar, que, aunque existe como abandono de familia, no consiste en tomar las de Villadiego sin más sino que requiere muchas otras cosas.

Por ultimo, hay que recordar que aunque en el habla popular acostumbremos a hablar de que algo es de Juzgado de guardia, no puede denunciarse en el mismo cualquier cosa que nos parezca mal. Que el vecino ponga un toldo con una calavera cuando la junta de propietarios acordó que habían de ser todos de rayas verdes no es delito y el juzgado de guardia no puede hacer nada. Aunque le parezca un atentado al mal gusto. Como tampoco puede hacerlo si el vecino se dejó el grifo abierto o cualquier otra cosa. Dejemos la “demanda judicial” para la protagonista de La que se avecina y para sus amigas aficionadas al delito penal

Así que hoy, el aplauso es para quienes se informan antes de informar. Porque, aunque como diría una de esas misses que se lucen en el momento de las preguntas, todólogo es el que sabe de todo, más vale no arriesgarse. Como decía al principio, zapatero a tus zapatos

 

Domicilio: hogar, dulce hogar


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El hogar es el lugar donde se pasa gran parte del tiempo. Hay películas, obras de teatro o novelas que transcurren por completo dentro de una casa lo que, de paso, supone un ahorro importante de decorados, que todo cuenta y más en tiempos de crisis. Nuestra casa o el lugar donde vivimos se puede convertir en escenario de intriga o terror, como pasa en Los otros, Poltergeist o El resplandor, por citar algunas, y hasta ser la protagonista  que sirve de unión a personajes y acciones, como en el caso de La casa de los espíritus. Incluso puede volar, y si no que se lo digan al entrañable abuelito de Up. Y, por supuesto, es el marco de innumerables comedias y series televisivas, por más que repitan que Aquí no hay quien viva, tengan que estar A las 11 en casa, y la protagonicen Dos hombres y medio o Las chicas de oro, Los Simpson o los miembros de  Modern Family. Y es que nada como el Hogar, dulce hogar

El hogar, el domicilio, la vivienda o la casa, que a veces son sinónimos pero entre los cuales existen numerosos matices que son un mundo para juristas, es un gran protagonista en Toguilandia. Desde el siglo XIX, con la importancia de la propiedad privada, hasta la progresiva consolidación de los derechos sociales, el hecho de tener vivienda, o carecer de ella cobra especial importancia en nuestro teatro. Y lo hace, además, en diversos ámbitos del Derecho.

Durante este verano raro, raro, raro, me ha llamado la atención la profusión de atención informativa sobre un fenómeno que, aun siendo importante, no sé si lo es tanto como para ganar espacio en los noticiarios al coronavirus, la crisis y todas esas consecuencias que tanto están alterando nuestras vidas. Estoy hablando de lo que ha dado en llamarse okupación, con esa vistosa k que parece que da importancia a algunas cosas. Algo que, en Derecho Penal, se llama usurpación de inmuebles, aunque pueda entrar también en el campo de acción de otros delitos, como el allanamiento de morada.

En Derecho, el domicilio es algo tan importante que puede decidir la nacionalidad o la vecindad civil, que se pueden adquirir por residencia, determina qué ley es aplicable y qué juzgado en competente. Tanto es así que la ausencia del mismo durante largo tiempo da lugar a un procedimiento destinado a dar forma a esa desaparición de cara a los efectos jurídicos que pueda producir en cuestiones como las herencias. Esto, que parece propio de películas, es muy necesario cuando han existido conflictos bélicos o cualquier otro tipo de catástrofe, natural o no, que implique la desaparición de personas. Y no es cosa de ahora, hasta una cancioncilla infantil nos daba la pista: Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá.

En cualquier caso, aunque ahora parece no existir otra posibilidad jurídica que la usurpación de inmuebles que, además, nos venden como un problema tremendo e irresoluble cuando hay varias posibilidades de resolución en Derecho, la profanación del lugar donde vivimos da para mucho en Derecho penal. El robo en casa habitada es un supuesto agravado del robo con fuerza, la circunstancia de que la violencia de género o doméstica suceda en el domicilio de la víctima constituye un subtipo agravado como lo supone que una estafa se refiera a vivienda, además de que el allanamiento de morada es un delito en sí mismo. No podría ser de otra manera cuando la Constitución reconoce entre los derechos fundamentales la inviolabilidad del domicilio. Pero, no lo perdamos de vista, las distintas denominaciones tienen diferentes matices. En un solo párrafo me he referido a domicilio, morada, vivienda, inmueble y casa. Y si de Derecho Civil se tratara hablaríamos también de fundo y predio, que suenan más rimbombantes.

Como decía, no sé que intereses ocultos se esconden tras el interés informativo en la okupación, porque si una mira determinadas cadenas de televisión, parecería que en cuanto dejes un momento tu casa para ir al súper, se te va a llenar de una horda de gente a la que, además, no vamos a poder echar nunca. Por un lado, el fenómeno de los okupas suele circunscribirse –salvo alguna excepción, como siempre- a  casas o locales deshabitados y requiere algo más que irse un rato. Además, como en cualquier caso, se pueden tomar medidas por parte de la fuerzas y cuerpos de seguridad para reponer las cosas a su estado y para detener al delincuente in fraganti. ¿Alguien de verdad cree que si te vas a pasar un fin de semana va a entrar alguien en tu casa forzando la puerta,  a pesar del vecindario, y no va a haber modo de sacarlo de allí? Todo puede pasar pero, desde luego, no es lo común ni lo frecuente. Que se trata de Ricitos de Oro colándose en la casa de los Tres Ositos.

A mí, la verdad, me preocuparía más un posible robo en ausencia vacacional, mucho más factible y habitual, por eso me llama tanto la atención el empeño informativo en los okupas. Pero igual es cosa mía. Bueno y de mi amigo Toni, que sé que está tan mosqueado por el tema que cualquier día nos colapsa Twitter. Tranquilidad.

Tal vez lo que pasa es que con esta saturación de pantallas a la que nos llevó el confinamiento y con la que continuamos en la dichosa nueva normalidad, se ve de todo. Pero, por Dios, que nadie piense que si los supuestos ocupantes gritan eso de “habeas corpus, habeas corpus”  como he visto en algunos vídeos, van a lograr algo. Eso es un procedimiento judicial para acabar con detenciones ilegales, no un abracadabra jurídico. Lo siento por quien crea otra cosa, pero decir “Habeas corpus” –o corpus Cristi, o ave escorpio, que de todo hay- no es un  “Abrete sésamo” judicial. No se abren los juzgados de par en par como si hubiera llegado Alí Babá, con o sin Cuarenta ladrones

Y hasta aquí el estreno de hoy, que cada cual pude leer desde su casa, domicilio, vivienda, morada o desde cualquier otro sitio. El aplauso va hoy para quienes cada día se esfuerzan en explicar que en Derecho no es oro todo lo que reluce. Ni todo lo que sale en la tele.

 

Líneas rojas: límites escurridizos


linea roja

Los límites entre lo que se puede y lo que no se puede hacer siempre han sido terreno abonado para literatura y cine. Esa zona de riesgo, La delgada línea roja, con el color rojo como indicador de peligro, ha dado lugar a exitosos títulos. Porque el rojo siempre tiene su atractivo:  Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, Rojos o Las zapatillas rojas son alguno de los ejemplos. Aunque no solo este color tiene su simbolismo. A la trilogía que unió al Rojo, el Blanco y el Azul, podemos sumar otros títulos con Colores como Azul oscuro casi negro, El rayo verde, o El color púrpura . Y es que es frecuente flipar en colores.

  En nuestro teatro, más allá de los simbolismos de las negras togas y sus blancas puñetas, la imaginaria línea roja es el pan nuestro de cada día. La que separa la absolución de la condena, el delito del ilícito civil, lo punible de lo impune, la imputablidad de la falta de ella.

Pero las líneas rojas a las que quería dedicar este estreno son, probablemente, las más difíciles de dibujar, sobre todo a partir de ese fenómeno de judicialización de la política –con su otra cara de politización de la justicia- que hace que el pobre Montesquieu se revuelva en su tumba.

Como decía, cuando nuestra vida política empezó a trasladarse a las páginas de tribunales de los periódicos, los partidos comenzaron a hablar de aquello que llamaban líneas rojas, sobre todo cuando el interfecto pertenecía al partido rival y estaba incurso, en mayor o menor medida, en una causa judicial. Y es ahí donde está el quid de la cuestión, que sea en mayor o menor medida. En un momento dado empieza el baile de líneas rojas en boca de políticos sacando pecho, que dicen que en su partido nunca admitirían la candidatura o la permanencia en un cargo público de alguien que estuviera imputado.

Imputado o imputación pasan a ser la palabra mágica, aunque la prensa suele preferir el incorrecto término de “procesado” o “procesamiento”. Cualquiera que haya estudiado un poquito de Derecho procesal sabe que el procesamiento solo cabe para delitos castigados con penas superiores a nueve años –aunque se pida menos pena-, esto es delito graves como la violación. A estos delitos graves hay que restar otros, como los delitos contra la vida consumados –homicidios y asesinatos- que son competencia del tribunal del jurado. Así que ese procesamiento que para la prensa parece regla general es en realidad excepción.

El verdadero problema es de terminología. Cuando dicen procesado querían decir “imputado”. Pero como ni las leyes ni quienes las hacen ponen fáciles las cosas, rizaron el rizo inventando el término “investigado”. Y las líneas rojas empezaron a temblar como si de un terremoto jurídico político se tratara, sin escala Richter que lo mida.

Pero avancemos más en la explicación. Como decía, cuando la política y la Justicia se mezclan que ni la comixtión que estudiábamos en Derecho Civil, surge la frase lapidaria. Nadie que sea imputado podrá hacer lo que sea, se trate de tener un cargo público, de presentarse a las elecciones o de ser candidato para determinado puesto. Pero ¿qué es imputado? La verdad es que podría emular a Becquer y decir eso de “imputado eres tú”. Pero más de uno y una se enfadaría. Y con razón.

En el sumario era fácil distinguir las fases del proceso, y cuando existía el procesamiento y, por ende la calidad de procesado, ya existían unos indicios claros que permitían atribuir a una persona un hecho delictivo, sin perjuicio de lo que se resolviera en el juicio con aplicación del irrenunciable principio de presunción de inocencia.

Pero en el Procedimiento Abreviado, que, a pesar de regularse como un procedimiento especial es el más común de los procesos, no existe esta división nítida en fases. De ahí que se llame “Procedimiento Abreviado”, porque se abrevia en estos trámites, y no porque duren poco –los hay que duran varios años- Paradojas legislativas. Por ello se intenta encontrar un paralelismo para ese auto de procesamiento que marca el límite. Y ya está el lío armado.

¿Por qué digo esto? Pues porque, aunque en principio se equipara con el auto de incoación de procedimiento abreviado –vulgo, auto de PALO-, desde mucho antes la palabra “imputado” está gravitando en la causa. Y así ocurre cuando se decide citar a alguien como “imputado”. Podría pensarse a primera vista que eso implica ya ciertos indicios, y ahí debería estar la famosa linea roja, pero nos equivocamos. Se puede citar como imputado a alguien al principio del proceso simplemente para conocer su versión, y la calidad de imputado se le atribuye para dotarle de mayores derechos. Si se hiciera como testigo, no podría llevar abogado y estaría obligado a decir verdad, y si luego hubiera que decidir que fuera imputado, habría serios problemas de nulidad.

Lo explicaré con un ejemplo. Imaginemos que alguien me denuncia por haberle sustraído la cartera cuando estábamos tomando un café en el bar de la Ciudad de la Justicia. Me pueden citar inmediatamente como imputada, ante lo cual yo puedo demostrar, con documentos y testigos, que ese día estaba en Madrid en un curso. Así que se archivaría inmediatamente, y esa citación como imputada nunca hubiera supuesto nada.

El problema viene cuando el político de turno saca pecho y en cuanto existe una citación como imputado de su contrario, da por hecho que cuando el río suena agua lleva, o, lo que es lo mismo, cuando la citación como imputado suena, condena lleva. Pero Toguilandia no se rige por las normas de la naturaleza. Qué más quisiéramos.

Hubo quien inventó, como zona intermedia, el famoso auto de imputación, que en la ley no existe, pero que en casos como el de la infanta dio mucho juego porque permitió que entraran en acción recursos y contrarrecursos que posibilitaban que la pelota anduviera de un tejado a otro. Pero eso, repito, no está en la ley. Y, según lo que nos enseñaron, lo que no está en la ley no existe. O no debería, por buena que sea la idea.

Por si no hubiera suficiente, y visto que aquello podía perjudicar a tirios y troyanos, decidieron dar una paso más en la confusión más absoluta. Se cambia el término imputado por el de investigado. Y se llega a un resultado tan absurdo como que hay un investigado antes de que haya una investigación, que pude concluir por no considerar investigado a quien se investigó o viceversa. O sea, que se le cita como investigado para investigarlo. El mundo al revés. Así que la línea roja acaba pasando de ser recta y definida a ser curva, sinuosa y difuminada, e incluso puede aparecer y desparecer como el mismísimo Guadiana.

Y si con esto no fuera suficiente, también tenemos las Diligencias de Investigación de Fiscalía. Que ya se llamaban así, pero respecto de las que la confusión de términos con el de investigado no hace más que marear la perdiz. Las Diligencias de Fiscalía son una posibilidad de investigación por parte de la fiscalía anterior al juzgado, algo así como una mini instrucción previa, aunque no necesaria. Cuando se recibe una denuncia, sea como sea , se incoan esas diligencias aunque sea para archivarlas. Pero ese momento puede ser aprovechado para el político de turno, el periodista ávido de titulares o ambos, diciendo “Fiscalía investiga a X” Y, repito, por contradictorio que parezca, abrir unas Diligencias de Investigación no siempre supone investigar.

Imaginemos el mismo ejemplo de la denuncia por robar la cartera en la cafetería. Fiscalía incoaría diligencias de investigación que archivaría de inmediato porque consta que yo estaba en Madrid en un curso. Pero como algún maldiciente viera esa incoación, diría lo de “Fiscalia investigará…” y ya está el lío armado. Y lo más triste es que más de una vez se ponen denuncias en Fiscalía, a sabiendas de su nulo recorrido, para provocar ese titular.

No es fácil de entender, desde luego, pero no nos podemos dejar llevar por el sensacionalismo. Ni dejar que se manipule a la opinión pública, se trate de quien se trate el afectado, y sea cual sea su color, si de colores se trata. Por eso el aplauso es hoy para quienes ponen todo el cuidado para que esto no ocurra. Aunque no siempre lo consiga

Oportunidad: igualdad hoy y siempre


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Cuando era niña, frecuentaba los cines de verano, como la mayoría de mi generación. Ahora han desaparecido, como aquel Cinema Paradiso de la película aunque, al igual que la película, intentan reeditarse en versiones renovadas.

En nuestro escenario también hay funciones de verano. Pero, más que comedias amables, prefiero estrenos que hagan pensar. Como el relato de hoy, una oportunidad perdida para ser cada vez más iguales

 

La oportunidad 

                  Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas noticias.

                   No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero, como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre –o sea, el mío- por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello, pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario, cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo.

                  Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido imperdonable.

                  Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre perfecta.

                  En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya hablaría con ella más tarde. Y, cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo juntas.

                  Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio, Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola “puta”, “zorra” y cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo, cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio deportivo.

                  Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho de creer. La pareja que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la oportunidad anhelada, precisamente ésa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el patio del colegio.

                  Andrea nunca nos contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y Antonio, el de deportes, eran la pareja ideal.

                  Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, y que habían llegado a motivar llamadas de los vecinos a la policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La policía acudió una vez más al domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden.

                  Mientras tanto yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a vídeo juegos. Le tenían  que hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo a culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara de momento de ir a trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte.

                  La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las dejamos el día anterior.

                  Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo mi teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le pudiera decir.

                  A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para que me empolvaran la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían delante.

                  Entonces sucedió. No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos, y mi cerebro se negaba a leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no reconocía como propia, grité más que dije: “el malnacido de Antonio, el deportes, ha asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos seamos todos, por nuestra complicidad”

                  Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del guión, que rezaba: “Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero sentimental, no se han esclarecido las causas”.

                  Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que llamaron “causas objetivas” aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo.

                  Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente las desigualdades entre hombres y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo y en el que Andrea se sentó una sola vez.

                  Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes. Como si Antonio, el de deportes, no hubiera tenido nada que ver en ello. Ni nuestro silencio cómplice tampoco