
No es la primera vez que hablo de madres e hijas, pero tampoco son una ni dos las películas que se dedican a las relaciones de madres e hijas, o a la figura de la madre. Todo sobre mi madre sería un buen ejemplo, pero también lo son Volver, La vida de mi madre, Matria o Los destellos. Y es que el tema da para mucho.
En nuestro teatro todo el mundo valoramos nuestra relación personal con nuestras madres y con nuestras hijas e hijos, pero también tiene su reflejo en la aplicación de las leyes. La agravante de parentesco, la violencia doméstica y también la de género -en particular la terrible violencia vicaria-, todas las relaciones nacidas del Derecho de familia o del Derecho de sucesiones y muchos casos más en otros campos del Derecho.
Ya dedicamos en su día sendos estrenos a las madres y a esas frases de Derecho casero que podrían hacernos construir un Código propio, con principios de Derecho natural que tenemos mucho más interiorizados de lo que pensamos.
En cualquiera de los casos, siempre había hablado de mi madre como uno de mis referentes, durante todo el tiempo en que pude disfrutar de ella -más de cien años-, pero ahora no me queda más remedio que echar mano de sus recuerdos, que no son pocos porque, por desgracia, ya no está físicamente conmigo, aunque siempre puedo seguir notando su presencia. Y hoy quería hablar de esa huella, así como de la que como madre pueda transmitir a mis hijas, como ella hizo conmigo.
Una de sus frases que más me ha marcado, es aquella que me decía cada vez que me instaba a insistir para conseguir las cosas. Cuando le decía que podrían pensar que era una pesada, ella siempre decía “hija mía, tú no eres pesada, eres tenaz”. Y reconozco que esa “tenacidad” la he transmitid a mis hijas hasta el punto de que, alguna vez, me ha rebotado en la cara. Así, cuando ellas me pedían algo, tanto de más pequeñas como hoy mismo, y lo repiten una y otra vez, ya me he encontrado con su contestación: mamá, ¿no me has enseñado que para conseguir algo hay que insistir hasta lograrlo? Pues eso.
Otra de sus más valiosas herencias, ha sido la gestión del tiempo. Son muchas las veces en que me han preguntado cómo me organizo para llegar a tantas cosas, hasta el punto de que, a petición popular, también dediqué un estreno a esta cuestión. Pero lo bien cierto es que el mérito es en gran parte de ella, que predicaba con el ejemplo. Ni una sola vez en mi vida vi a mi madre parada, ni haciendo una sola cosa. Cosía, leía, nos cuidaba, iba a todas partes y, en los últimos tiempos de mi padre, le acompañaba en su trabajo como abogado y le cuidaba en su enfermedad sin perder nunca la sonrisa. Una sonrisa que era su marca de fábrica y también me gustaría haber heredado.
Y, no es por presumir, pero creo que mis hijas también han bebido de estas mismas fuentes, y son capaces de luchar por lo que quieren y de trabajar por ello sin despeinarse. Solo les falta ensayar la sonrisa un poco más, pero tiempo al tiempo.
Mi madre me inculcó también, incluso sin ser consciente de ello, un profundo sentido de la justicia y de la igualdad. Ella no pudo vivir en una sociedad igualitaria para las mujeres, pero formó parte de esa generación que pelearon porque sus hijas no tuvieran que padecer las injusticias que ellas padecieron por el hecho de ser mujeres. Y ese es un legado tan importante que ni yo ni ningún de las hijas de esas madres nos podemos permitir que ese legado se diluya.
En estos tiempos en que están recobrando auge ciertas tendencias retrógradas que vuelven a cuestionar la igualdad de mujeres y hombres -negacionistas de la violencia de género, movimiento tradwife y nostálgicos de una pasado que nunca vivieron, sin ir más lejos- toca inculcar a nuestras hijas ese mismo sentimiento de justicia. Porque, cuando de igualdad se trata, todo lo que no sea avanzar es retroceder.
Así que, ahora que mi madre ya no está, permitidme que siga echando mano de su ejemplo para seguir adelante porque, aunque no seamos conscientes de ellos, los derechos humanos no solo existen en los tratados y las leyes, y el comportamiento de cada día es la mejor escuela.
Por eso me apetecía escribir este post y dedicarle mi aplauso a ella. Porque sin ella, nunca hubiera llegado hasta aquí. Ojalá un día mis hijas digan lo mismo de mí.