Más latinajos: no metamos la pata


              El latín fue la lengua de algunos de las primeras representaciones de que se tiene memoria, en los circos romanos -seguro que Ben Hur y Espartaco hablaban latín- y también de una de las escenificaciones más representadas, la de la misa, que habla latín para todo el mundo hasta el Concilio Vaticano II. Y aunque el cine llegó cuando el latín ya era una lengua muerta, siempre hay películas que nos recuerdan la importancia de saber latín. Yo siempre me acuerdo de Fernando Fernán Gómez, en Stico, aquella película en que un catedrático de Derecho Romano se ofrece como esclavo para subvenir sus necesidades. Mucho que pensar, sea en latín o en cualquier otra lengua.

              En nuestro teatro, el latín hubo un tiempo que lo fue todo. Y como venimos de donde venimos, no podemos dejar de vivir en un mundo poblado de latinajos, que ni siempre se emplean bien ni siempre vienen a cuento. Ya nos preguntábamos en otro estreno si sería erudición o pedantería, y la pregunta sigue en el aire. Pero valía la pena retomar el tema con algunos ejemplos más.

              Confieso que la idea de este post me vino por tuit de una compañera y amiga tuitera que me dejó, como ella misma dice en su entrada, que si me pinchan no sangro. De hecho, he tomado prestada la imagen, pero es que la cosa no era para menos. Y es que habla de una relación “iuxo more”, un vocablo inexistente tanto en latín como en castellano y que imagino que quería referirse a la famosa convivencia more uxorio que estudiábamos como uno de los requisitos del matrimonio. Y me pueden decir que vale, que quien sea no sabía decirlo en latín, y eso no es para tanto, que no hay que ser sabihondo. Y de acuerdo, pero si no lo sabía, por qué no dijo relaciones de pareja, o pareja de hecho, o cualquier otra expresión castellana en vez de usar un supuesto latinajo inventado. Pues eso. Como dice la copla, Manolete, si no sabes torear por qué te metes.

              No es el único caso. Al contrario, he visto muchos a lo largo de mi vida toguitaconada, incluso he hablado de ellos otras veces. Bien conocido es el caso de la expresión “motu proprio” que muy poca gente usa bien y que acaba convirtiéndose en un “de mi propio motu” y hasta ”de mi propia moto” como he leído alguna vez. Verdad verdadera.

              Otro clásico es el procedimiento de habeas corpus, cuyo nombre es tan sufrido que casi ha pasado a conocerse por el nombre que le dan quienes poco o nada saben de Derecho, corpus cristi. Así, con ese nombre he visto escritos de presos o detenidos solicitando su libertad. Pero no es el único nombre. También he leído alguna vez que solicitaban un “ave scorpio”. Y tuve que leerlo varias veces para saber de qué se trataba.

              Otra de las transformaciones del latín, o de vocablos que proceden del latín, que más me ha gustado, es la que le escuché una vez a una señora en un juicio de faltas por insultos -entonces eran delito- que se quejaba muy indignada porque su vecina había puesto a su marido como ficha de dominó. Me costó unos segundos adivinar a qué se refería, pero cuando descubrí que lo que quería decir era “como chupa de dómine” tuve que hacer un esfuerzo para reprimir la carcajada. Y sí, el vecino había puesto al hombre de vuelta y media, algo que sí tiene que ver con las chupas de dómine -el dicho viene de una vestidura bastante descuidada que llevaban, mira tú por dónde los preceptores de latín- y no con las fichas de ese juego de mesa tan frecuente en los casinos de los pueblos. Por supuesto, mejor que esta señora no sepa que existen en Derecho las adquisiciones a non domino, porque a buen seguro le da un pampurrio. O un simposium, como me dijeron una vez antes de que casi me ahogara de risa.

              Por supuesto, no me olvido de otra de mis expresiones favoritas, una vez “traducida”. Me refiero a decir algo “grosso modo” y que alguna vez me han cambiado por un “a Mato Groso” que casi me hace caer de la silla.

              Pero hay más. Hay quien se empeña en usar el latinajo venga o no venga a cuento, lo conozca o no, y tan pronto te dice “en primera facie” -por “prima facie”- como te compara “a priori” con “a tardori” y se queda más a gusto que un arbusto.

              Otra de las frases que gustan mucho pero no siempre  se usan como se deben es el famoso “habemus papam”. Está bien que se trasponga a otros ámbitos de la vida, y que se utilice para cuando, tras un tiempo, se ha tomado una decisión y se da a conocer, como ocurre con los veredictos de un jurado o la sentencia de un juicio complicado. Pero decir que “habemus papa” -comiéndose la m generalmente-cuando nos sirven la comida o nos invitan a un cumpleaños es sacar las cosas de quicio. Y otro tanto cabe decir de la famosa “fumata blanca”, cuyo origen también viene de la elección de los Papas, pero que hay quien usa para todo. Incluso una vez, para referirse a que los okupas del piso de abajo del testigo fumaban marihuana, me dijo que estaban todo el día “con la fumata blanca”. Tal cual.

              Así que, aunque los ejemplos sean muchos, ahí lo dejo, sin descartar volver otro día al tema. El aplauso es, por supuesto, para la instigadora de este post con el regalo que me mandó por twitter y que es la imagen que lo ilustra. Aunque, tal vez, lo que debiéramos darle es un aplausum. ¿O no?         

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