Conciliación: asignatura pendiente


Dibujantes_Igualdad

                Aunque a veces no lo parezca, los artistas, como todos, también tienen una vida más allá de los focos y las bambalinas. Tienen padres, madres, hermanos, amigos, aficiones e incluso tienen hijos. Y esos hijos, también como todos, tienen sus necesidades, que van más allá de salir ideales de la muerte en la revista que toque, con cuadraditos en la cara o no. De algunos hemos seguido su vida y andanzas, y sabemos cuándo no querían comerse el pollo, o tenían ínfulas de modelo, de DJ, de cantante o hasta de presentadora de televisión, e incluso hemos visto cómo algunos descarriaban su camino y nos lo contaban previo paso por taquilla. De otros, con padres más discretos, apenas sabemos nada. Pero en cualquier caso, esos padres y madres han necesitado hacer encaje de bolillos para compaginar sus papeles en el espectáculo y su papel de madres o de padres. Aunque, en honor a la verdad, siempre más difícil para las madres, que a veces han tenido que ir a los rodajes con el rorro detrás y hasta darle el pecho entre toma y toma.

                Tampoco es fácil esto en nuestro gran teatro. También tenemos que hacer encaje de bolillos, y no precisamente para las puñetas de nuestra toga. Ser padre o madre es difícil siempre, pero cuando llega el tiempo en que los colegios echan el cierre y nosotros hemos de seguir dando representaciones, la cosa se pone casi heroica. Porque los delincuentes, sin ir más lejos, tienen la mala costumbre de hacer también su trabajo a cualquier hora, sea o no festivo, y ahí hemos de estar para recibirlos como se merecen. A pie de escenario.

                Algo hemos avanzado, no digo yo que no. Aunque seguimos representando un día tras otro eso de Mujeres al borde un ataque de nervios, ya casi pasó el tiempo de Papá está en viaje de negocios, aunque, en cuanto a hijos se refiere, Todo sobre mi madre siga siendo el estreno más visto. Lo de Papá canguro en muchos casos todavía queda más lejos de lo que nos gustaría. Aunque también ellos tienen, si se ponen, las mismas dificultades para conciliar, que aquí la cosa no es sencilla para nadie. A la espera estoy del próximo estreno de Tres togas y un biberón, que seguro que será un éxito de taquilla.

                Lo he contado otras veces. A mi primera hija casi la tuve en el camino en que mediaba entre la Audiencia y la Fiscalía, mientras, toga en ristre, corría sobre mis tacones para no llegar tarde a juicio. Llegué a pensar que nacería allí mismo, envuelta con mi toga, y no me quedaría otra que llamarle Raimunda, en honor al patrón de los juristas. Por suerte, fue una falsa alarma y tiene un bonito nombre. A la segunda la tuve nada más aterrizar desde Madrid, tras una reunión del Consejo Fiscal, y aún he de dar gracias que Iberia no sufriera retrasos ese día y naciera en tierra y no en pleno vuelo. Y por cierto, para responder a la pregunta qe todos me hacen cuando cuento esto, me dejaron volar con mi embarazo a cuestas, bajo mi responsabilidad. Que ahora más bien pienso que era irresponsabilidad, pero esa es otra historia. Pero ya se sabe que las mujeres aún no hemos superado esa especie de complejo que nos fuerza a convertirnos en Super Woman para que nadie piense que la maternidad nos impide hacer algo. Complejo que ya sería hora que nos sacudiéramos, dicho sea de paso.

                El caso es que los protagonistas de nuestro teatro lo tenemos difícil para eso de conciliar. Porque mal se concilia la reducción de jornada por lactancia, por ejemplo, si en el momento de salir se encuentra una sumida en mitad de un juicio, o haciendo una guardia. Sería de agradecer a los señores delincuentes que redujeran su horario a festivos y horas de oficina, pero, por más que se lo ruego, no tienen a bien hacerme caso. Aunque seguiré insistiendo, por si las moscas.

                Pero no todo se reduce a esos primeros tiempos de la vida de las criaturas. Van al colegio, hay que recogerlos, llevarles a extraescolares, ver sus funciones de fin de curso, llevarles al médico o atenderlos si están enfermos, y la cosa no siempre cuadra, Más bien casi nunca, si no fuera por esos benditos abuelos con que muchos contamos. Nuestra bala e la recámara, por suerte, que ya quisiera John Wayne balas así. Pensando en el ellos La Diligencia es mucho más que una película, porque su diligencia es nuestra salvación.

                Y si para nosotros es difícil, para aquellos de nuestros intérpretes que no cobran de la administración todavía lo es más, me consta. Y he visto abogadas o procuradoras corriendo como pollo sin cabeza para conseguir atender a sus retoños, porque ellas no gozan de esos cuatro mesecitos de maternidad que, aunque saben a poco, sí tenemos algunos –algunas, en la mayor parte de los casos-.

                Pero aún nos queda mucho camino por recorrer. Tanto hombres como mujeres. Porque la cosa no queda en las necesidades básicas. Y todos los días, cuando nos llevamos nuestros deberes a casa, en esa maletita de ruedas que ya mereció su propio estreno (Del attaché al trolley/), nos encontramos que hemos de ayudar a los niños con los suyos, y el tiempo no nos da de sí. Y menos aún para jugar con ellos, que no todo va a ser estudiar. Ni para ellos ni para nosotros.

                Así que hoy hay aplauso y abucheo a partes iguales. El aplauso, para todos y todas los que compaginamos vida togada con vida extratogada como si de una carrera de obstáculos se tratase. El abucheo, sin duda, para los que ponen tales obstáculos, y también para los que no hacen nada por quitarlos.

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4 pensamientos en “Conciliación: asignatura pendiente

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