Carpetas y carpetillas: papelería judicial


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          ¿Qué sería del teatro sin sus programas y sus carteles anunciadores? ¿Cómo prescindir de esos avisos en la taquilla que dicen “no hay entradas” o “función suspendida”? Y es que, por mucho que estemos en plena era tecnológico, y hoy casi todo se haga a través de Internet, hay cosas que perderían la magia sin la versión tradicional. Y sigue siendo imprescindible sentarse en el patio de butacas con un bonito programa impreso en colores para consultar.

                Por eso creo que hay alguien empeñado en que nosotros nunca perdamos la magia. Y de ahí que nos mantengan anclados al papel que, por más que hayan archivos informáticos, no desaparece. Y ya sé que desde las alturas nos han dicho eso de “el papel se va a acabar”, como el frotar del anuncio de detergente. Y ni lo uno ni lo otro. Las manchas de chocolate siguen empeñadas en quedarse en las camisetas como el papel sigue empeñado en quedarse en los juzgados. Y aquí no vale eso de “la mancha de mora con otra mora se quita”. Salvo que la magia dichosa haga aparecer la mora salvadora, que nunca se sabe.

                El caso es que si algo no ha cambiado desde que, por vez primera, mi toga y mis tacones se convirtieron en pareja inseparable, son las carpetas que sujetan los procedimientos y sus hermanas pequeñas, las carpetillas, en las que guardamos en las fiscalías lo más importante del procedimiento que necesitamos para ir a juicio. Y como no hay dos sin tres, pues a éstas les acompañan una legión de primos hermanos, dados en citaciones, notificaciones, edictos, requerimientos y papelillos varios. Y también unos primos lejanos, los carteles que, como si de una función se tratara, anuncian, convenientemente colocados con celo en la puerta, cosa tan necesarias como que el juicio se ha suspendido, que se celebrará en tal o cual sala, que hay que apagar el teléfono móvil, entrar por otra puerta porque la principal está rota, o cualquier otra cosa. Como una vista en los últimos días en las redes y que me tiene hablando sola: “cerrado por estrés térmico”. Alucinante. O, mejor dicho, carpetovetónico.

                Pero claro, como ya he dicho otras veces, nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal es un dinosaurio tan antiguo que probablemente su primera edición ya sea un incunable. Y para aquel entonces debía ser el colmo de la modernidad eso de atar con cuerda floja las piezas separadas. Que ya empiezan a ser eso, piezas de museo. Y en eso seguimos, y me temo que aún me quedan muchos estrenos que dedicarle.

                Pero no es solo la ley, no nos hagamos ilusiones. Porque bastaría cambiarla por otra, pensaría cualquiera. Pues va a ser que no. Porque su prima, la Ley de Enjuiciamiento Civil, ya es de este siglo y, aunque algo más modernilla sí que es, seguimos viendo las toneladas de papel campando por sus anchas en cualquier juzgado. Literalmente. Ocupando pasillos, sótanos, salas de vistas, despachos y cualquier otro sitio donde quede un centímetro cuadrado libre. O donde no quede ya, en una suerte de equilibrio que ni el mejor prestidigitador superaría. Se lo aseguro. Y si no lo creen, pasen y vean.

                Cada procedimiento da lugar a la apertura de una carpeta, generalmente de cartulina y de algún color aleatorio que suele –aunque no es preciso- identificar de facto a las que provienen de un mismo juzgado. Y dentro de éste, se distinguen también por colores según la clase de procedimiento o la fase del mismo. Un lenguaje de códigos aprendido perfectamente, que no en vano nos criamos con Epi y Blas, el Monstruo de las galletas y hasta Espinete, y que seguro repetirá la generación criada con los Teletubbies. Pues bien, dentro de esta carpeta, que va engordando de modo incontrolado como si hubiera asaltado una cadena entera de hamburgueserías, se van metiendo todas las copias de atestados, notificaciones, declaraciones, documentos y todo aquellos que pueda tener trascendencia en la causa, incluidos los poderes de los procuradores. Algunas, hasta varias veces, en una espiral de fotocopias sin fin capaces de cargarse buena parte de los árboles de la Selva Amazónica. Y cuando esa carpeta se hace grande, da a luz a una nueva, o a más, que acaban en hacerse clónicas por su volumen. Y allá van las carpetas, viajando de Herodes a Pilatos en sus distintos pases de juzgado a fiscalía y viceversa, viajando cómodamente instaladas en unos carritos de supermercado dignos de la mejor tecnología punta.

                Y además, como los huevos Kinder, a veces llevan sorpresa. Un sobre grapado en las actuaciones donde aparecen unas llaves, una cartera y hasta una navaja, que una se queda mirando sin saber si tocar o no, por si las moscas.

                Pero eso no es todo. Una vez entran en fiscalía, tenemos que abrir nuestra propia carpetilla, la hermanita pequeña de la carpeta, como decía. Y, por supuesto, volver a fotocopiar un montón de cosas para darle de comer y que ella también se ponga gordita. Y si se pasa, no hay problema, porque tenemos unas estupendas gomas para atarlas y que no se nos escape nada. Que estamos que lo tiramos, oiga. Aunque he de reconocer que hemos dado un gran paso, casi comparable con el de Amstrong al pisar la luna. Hemos pasado ya hace tiempo del tamaño cuartilla de antaño al tamaño folio, y del grosor de papel al de cartulina. Un gran paso para la justicia, sin duda alguna.

                Así que con este panorama, permítanme que mi toga, mis tacones y yo pongamos en duda eso de que se va a acabar el papel. Salvo, claro está, que nos lo anuncien debidamente con un cartel manuscrito a la puerta del Ministerio, con todos sus sello y firmas, y debidamente fijado con chinchetas.

                Mientras tanto, el aplauso es solo para quienes sufrimos, de un modo u otro, esa avalancha de papel. Porque me temo mucho que tardaremos en despedirnos de él.

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4 pensamientos en “Carpetas y carpetillas: papelería judicial

  1. ¡Me ha encantado! Los abogados también tenemos carpetas, subcarpetas, carpetillas, incluso sobres y forros de plástico que contienen todo tipo de cosas. Yo añado post-it, que me encantan y algunos expedientes tienen post-it por todos sitios.
    Hace poco, en un juzgado de primera instancia de Murcia, donde ya hacemos las presentaciones de escritos por Lexnet, oí como un juez le decía a una funcionaria: “me parece estupendo, pero la demanda y los documentos me los imprime usted, que yo lo lea bien”. No hay que añadir nada más, ¿verdad?

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