CD´s: ¿tecnología punta?


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Si Don Hilarión viviera, estaría todo el día tirándose de los –escasos- pelos con eso de que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Porque si en los tiempos de La Verbena de la Paloma era así, si ahora viajara en el tiempo le daría un parraque al pobre hombre, que no habría ni Casta ni Susana bastantes para sujetarlo. Porque los medios tecnológicos avanzan a velocidades supersónicas y lo que es nuevo hoy, se queda obsoleto al cabo de unas horas.

El teatro y el cine, obviamente, no solo no han sido ajenos a estos avances, sino que han sido y son muchas veces la punta de lanza de los mismos. Del mudo al sonido, del blanco y negro al color, del modo tradicional a las 3 dimensiones, de los dibujos animados manuales a la animación por ordenador, pasando por toda clase de inventos que en su día parecían la bomba y hoy dan hasta risa, como cuando de pequeña veía aquellos carteles de “sensorround” o algo parecido. Por no hablar de los Efectos especiales, que ahora vemos algunos que eran lo más en su día y han quedado en algo simpático sin más.

Pero, si queremos evitar que a Don Hilarión le dé el tan temido pititango, le deberíamos llevar en su Viaje a través del tiempo, a darse un paseo por Toguilandia. Porque aquí las cosas de palacio van despacio, y la tecnología punta es menos punta que en resto del mundo.

Ya hemos dedicado otros estrenos a nuestros programas informáticos , a la videoconferencia , a los móviles, a los USB y a los variados elementos que no han sustituido al tradicional boli, carpetilla, ni al indispensable pósit. Y lo que nos queda, me temo.

Aunque todavía faltaba dedicar un estreno a un elemento que forma parte de nuestro toguitaconado quehacer diario, aunque en otra galaxia muy lejana ya casi ni se use. Hablo del CD, nuestra estrella de hoy. Una estrella que más de una vez, no obstante, acaba siendo estrellada.

Cuando empezaba en este mundo de togas y puñetas, todavía usábamos libros con compendios de jurisprudencia de los de toda la vida. Fue en mis primeros tiempos de ejercicio cuando alguna juez modernísima, me habló de las colecciones de jurisprudencia en CD Rom, la pera limonera, vaya, que teníamos que costearnos, como el ordenador y la impresora, con nuestro sueldo, porque en el planeta Justicia nadie parecía haber oído hablar de aquello. Recuerdo que cuando hablé a un compañero, bastante cercano a la jubilación, de esos CDs, me dijo “¿eso no son esos disquitos dorados en los que mis nietos oyen música”?. Pues sí, lo eran, igual que ahora forman parte de la decoración de muchos balcones como modernos espantapájaros. Aunque para frase insuperable, la de otro compañero, coetáneo del anterior: “¿y por donde entramos el casquete?” Sin comentarios

Pero, aunque tarde, los discos dorados aterrizaron un buen día, cual nave nodriza, en el planeta Justicia. Y durante un tiempo nos los mandaban con alguna colección de jurisprudencia. Y ojo, que nos siguen mandando alguno que otro como regalo de Navidad con algún mensaje institucional, con lo bien que nos vendría un jamón o una caja de polvorones, puestos a ser tradicionales y rumbosos. Pero nada, que no hay manera.

Y hete tú aquí que llegó el momento en que se institucionalizó lo de las grabaciones. Por fin se decidió que el secretario judicial –sí, entonces se llamaba así, y en masculino- dejara de ser un monje amanuense escribiendo con su boli bic todo lo que ocurría en el juicio y se grabara en un reluciente CD. Pero como nunca es completa la alegría en la casa del pobre, el problema llegaba a la hora de visionarlos. Durante bastante tiempo me encontré con la pintoresca circunstancia de que tenía la grabación del juicio, pero mi ordenador no tenía reproductor de CD. Y lo veía en casa, para pasmo de mis hijas que no acertaban a comprender cómo sus padres se entretenían con semejante rollo. Ahora he de reconocer que ya puedo verlos –y hasta oirlos, aunque no siempre-. Pero ahí no se acaban las cuitas. De hecho, ayer descubrí que mi portátil, más nuevo que el ordenador del despacho, no tiene reproductor ni grabador de CD, entiendo que porque ya es algo obsoleto fuera de nuestra galaxia puñetera. Pero habría que verme, dando vueltas al ordenador como una boba en busca del hueco para meter el disquito.

Fuera de bromas, el tema de la transcripción o no de las grabaciones ha dado mucho que hablar. Por supuesto, mientras la ley no cambie, es una faena extra para los LAJs. Pero, también por supuesto, tener que escuchar íntegras todas las grabaciones es un gasto excesivo de tiempo cuando en ocasiones solo nos interesa un minuto, una frase, o uno de los testigos, y no hay manera de encontrarlo si no se ve la grabación desde el principio. Y eso, si hablamos de juicios. Porque como hablemos de escuchas telefónicas, con la Iglesia hemos topado. Que tenerse que escuchar horas y horas de cháchara sobre si voy al super, me compro una camisa o el niño ha hecho los deberes, para dar con la frase adecuada, ésa en la que uno de los interlocutores le hace un pedido al otro, o el otro hace un  ofrecimiento al uno, tiene su aquél. Y ahí seguimos con el tira y afloja de si hay que transcribir o no, con un Tribunal Supremo que nos da una de cal y una de arena.

Pero eso no es todo. Tal vez lo más extravagante es cómo viajan esos CD que a veces constituyen una prueba esencial. La imagen que ilustra este estreno  -que debo, como la inspiración de este post a mi compi @nandogerman- es un buen ejemplo, y que conste que es la regla general, no la excepción. Grapados en sobres en mitad de las causas, recibiendo golpes cada vez que se da uno de los miles de traslados previstos en nuestras Leyes de Enjuiciamiento, sea en valija, en carrito del súper o en ambos. Y eso, si el sobre está cerrado. Porque tampoco es algo raro que vengan en una de esas funditas de plástico de donde se pueden caer con facilidad –a mi me ha llegado la funda de “contiene CD” foliada y vacía- o incluso dar el cambiazo, con o sin intención

He visto casos donde, puestos a escuchar el CD, esté estaba vacío, o no lo estaba pero era imposible su reproducción, o no tenía sonido. Y la cara de pez que se nos queda a todos, con nuestras togas puestas esperando la reproducción de la prueba clave y sin oír ni ver nada. Hasta una vez me contó una compañera que, cuando esperaban escuchar la discusión entre la pareja que daría con la resolución del pleito, se llenó la Sala con el sonido de Estopa cantando cómo por la raja de tu falda se dieron un piñazo con un Seat Panda. Nunca se supo quién dio el cambiazo o si, como aventuraba la testigo, su hija vería “el disquito” y grabó ahí “sus canciones”. Pero el juicio se quedó sin prueba. Vaya que sí. Y hubo que ir a lo de siempre, a lo que no falla. A que los protagonistas contaran sus versiones y valorar libremente la prueba como toda la vida.

Porque otra cuestión es ésa, la de cómo lo llevamos a juicio. Porque si se aparece de repente con una prueba documental en soporte CD, a ver cómo la examinamos en salas donde los medios brillan por su ausencia. Por más que brille el CD de marras.

Así que así seguimos. En un estado donde Don Hilarión no moriría de un infarto. Aunque, eso sí, podría escuchar el “dónde vas con mantón de manila” saliendo del disquito. Acabáramos.

Por eso hoy el aplauso es, una vez más, para quienes logran  salvar todos estos inconvenientes y hacen Justicia con los medios que tenemos. Que no es poca cosa.

 

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