USB: mi tesoro


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Todos sabemos lo que es un libreto. O deberíamos, aunque a las nuevas generaciones acabará por olvidárseles todo aquello que no se vea en la pantalla de un móvil. También hemos visto en muchas películas la gruesa carpeta que lleva el director del espectáculo donde guarda los más apreciados secretos de la obra. Qué no hubieran dado los angustiados protagonistas de A Chorus Line por tener acceso a esa carpeta donde apuntaban quiénes eran los Elegidos para la Gloria. Y todavía más si pudieran cambiar lo escrito en ella a su conveniencia. Y es que hay papeles que son tesoros.
También nosotros tenemos tesoros en nuestro teatro. Papelotes con fotocopias de sentencias, de libros, de revistas jurídicas o del BOE que hasta hace no demasiado se apretaban en estanterías y saltaban a los maletines y de ahí a la sala de vistas cuando hacía falta. Y que hace algo menos de tiempo encontraron una caja mágica donde meterse, más mágica incluso que la Caja de Pandora donde ésta metió los vientos, pero con un efecto tan fuerte cuando consigue abrirse. Si lo hace, claro, que de vez en cuando el hado maligno de las ondas nos gasta una broma pesada y la bloquea.
Pero la cuestión es que un buen día descubrimos aquellos cacharros diminutos donde cabían un montón de documentos, más pequeña que un paquete de tabaco. Eso que se llama lápiz de memoria y algunos llaman pendriver –el anglicismo parece más fino- o sus diminutivos pen o lapicito, mechero y hasta chismito, que es la que a mí más me gusta. Y que en principio eran lisos, serios y hasta feos, pero ahora son de lo más cuqui, con todas las formas imaginables, desde latas de cerveza a pelotas de tenis, desde una simpática toguitaconada –cómo no- hasta un Elvis Presley con su pantalón campana –otro de mis favoritos- e incluso El Fary apatrullando la ciudad.
Y, como no podía ser de otro modo, nos pareció de maravilla. Como siempre, con algunos años de retraso, pero bienvenidos seamos al siglo XX, que el XXI ya llegará. Y es evidente lo que supuso en su día poder transportar documentos, jurisprudencia o leyes sin necesidad de llevarlos físicamente de un lado a otro. Eran los tiempos en que todavía creíamos que el papel 0 no tardaría en llegar y el lápiz de memoria era poco menos que el cohete que nos llevaría a ello. Pero como siempre ocurre el Justicia al cohete le faltaban piezas, gasolina y hasta piloto. Y así no hay quien llegue a la Luna. Ni a la vuelta de la esquina siquiera.
Por eso, aún en un tiempo en que la nube y los sistemas de almacenamiento on line pueden desplazar al entrañable chismito, nosotros seguimos necesitándolo. Más que el aire hoy en día, que obligan a letrados y procuradores a andar con uno para esas notificaciones que iban a ser el no va más de la modernidad.
Y que no nos falten. Que pocas cosas hay más angustiosas en nuestra función que descubrir que un lápiz de memoria ha desparecido o se ha quedado pillado. Y no porque una tenga cariño a la fiscalita toguitaconada, al Elvis Presley o al Fary en cuestión –que también- sino porque ha perdido el recurso, la sentencia, el dictamen o el escrito de calificación que le costó varios días y que necesitaba como comer. Y de la que, por supuesto, olvidó hacer copia, jurando que por una vez no pasaría nada. Y a Dios pongo por testigo que Pánico en el túnel es un juego de niños al lado de esto.
La cosa es que aunque creamos que es un sistema superado, nada de eso. Sé de buena tinta que una comunidad autónoma acaba de proporcionar uno a cada fiscal como muestra cumbre de la modernización, y del mismo cariz son las declaraciones de algún que otro fiscal jefe respecto a los medios con los que luchamos contra la corrupción, el cibercrimen o el blanqueo de dinero en paraísos fiscales. Ay, si Julio Verne levantara la cabeza..
Así que vamos al aplauso. Directamente salido de mi propio chismito, y dirigido a todos sus compañeros, tengan forma de aburrido rectángulo o emulen a los protagonistas de la Guerra de las Galaxias, a Marilyn o los mismísimos Beatles. Y, por supuesto, a sus sufridos dueños. Por hacer magia jurídica con tan poco.

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