Bodas de plata: tal como éramos


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Cantaba en su día Gardel, a ritmo de tango, aquello de Veinte años no es nada, y no le faltaba razón. Ignoro por qué motivo no haría un remake con Veinticinco, aunque la rima fácil no hace aconsejable ese título, desde luego. Tal vez esa sea la causa por la que el vigésimo quinto aniversario de cualquier cosa, matrimoniada o no, haya adoptado el nombre mucho más poético de Bodas de Plata, que, aunque suene un poco antiguo, se mantiene. Posiblemente porque lo de “Unión de hecho de plata” no queda nada fino. Dónde va a parar, desde luego.

El mundo de la farándula es muy dado a celebraciones de este tipo, pero no son los únicos. También nuestro teatro gusta de celebrar, de vez en cuando, estos acontecimientos. Y, aunque tengamos fama de serios y aburridos, nunca viene mal una cana al aire y venirse arriba dándolo todo al grito de “¡togas fuera!”

Y este año nos ha tocado a quienes formamos la XXXVI promoción de la carrera fiscal, esto es, la mía. Una generación de fiscales Nacida el 4 de Julio, como ya conté en su día, porque ese fue precisamente el día en que nuestra vida quedó dividida en un antes y un después de aprobar la oposición. Un buen momento para echar la vista atrás y recordar pensando en Tal como éramos, o para cantar, como Presuntos Implicados que fuimos, aquello de Cómo hemos cambiado.

Eran tiempos felices. En España nos convertimos en el centro del mundo con los Juegos Olímpicos y la Expo de Sevilla, pero en nuestras casas el acontecimiento fue, sin duda, nuestro ingreso, por fin, en la carrera fiscal, después de años de encierro entre apuntes y códigos. Que se vistiera quien quisiera con los colores de la Selección o la bata de cola, que nada como lo que a a partir de ese día sería nuestro uniforme de trabajo: la toga.

Por de pronto, no dieron los primeros premios de esa apuesta. Un sueldo que, por magro que fuera, era el primero que cobrábamos algunos, y un premio extra, como en el Un Dos Tres de nuestra infancia: el viaje. Eso sí, anticipándonos que en esto de la Justicia nunca se han atado los perros con longanizas, nada de gastos pagados ni del Caribe. A buscar alojamiento a Madrid para un par de meses que recuerdo como parte de los mejores momentos que he vivido.

Lo que entonces se llamaba la Escuela Judicial –hoy Centro de Estudios Jurídicos- era la excusa perfecta para desquitarse de tanto sufrimiento. Se acabaron las horas de confinamiento en bata y pantuflas para sacar de paseo los tacones –o los mocasines, o las deportivas, o lo que tocara- y recuperar el tiempo perdido. Confieso, ahora que ha prescrito, que en mi vida he dormido menos y he salido más. Y que no fui la única que viví aquello como una vuelta a la adolescencia, a salir en pandilla, a darlo todo hasta que el cuerpo aguante, al ritmo de Amigos para siempre o el Tractor Amarillo, canciones que todavía me hacen esbozar una sonrisa de nostalgia cada vez que las oigo. Pese a que, si recuerdo las hombreras, los cardados imposibles y las pintas que nos gastábamos, ya no sé si reír o llorar.

Dicen que en la Escuela Judicial no se aprendía nada, o casi nada. Pero yo discrepo.Lo cierto es que mucho Derecho no aprendimos, que ya llevábamos el disco duro lleno y no nos cabía más memoria, pero sí otras cosas. Yo, por ejemplo, aprendí cosas tan útiles como bailar sevillanas, jugar a póker, hice un máster en las comidas y bebidas de otras Comunidades Autónomas y me hice una verdadera especialista en fingir atención en clase cuando no había dormido nada, en sobrellevar con dignidad una resaca o en encontrar el único garito abierto a determinadas horas en Madrid. Para que luego digan. Aunque aprendí otra cosa que no he olvidado nunca: el valor del compañerismo.

Aquello pasó volando y, antes de que nos diéramos cuenta, nos estampamos de bruces con la realidad. Tras unas prácticas no demasiado largas, nos mandaron a nuestros destinos con la cartera vacía y la ilusión intacta. Tres cuartos de hora me costó poner mi primer “Visto”, de algo tan complicado como un sobreseimiento por falta de autor, mientras mis dos compañeras de destino, tan bisoñas como yo, hacían lo mismo, en un despacho compartido por más de cinco personas que era top ten en la época.

En todos estos años, hemos visto de todo. Y casi sin darnos cuenta ni ser conscientes de ello, hemos conseguido las condenas de muchos delincuentes, hemos ayudado a que víctimas de violencia de género, de agresiones sexuales o de otros delitos salgan adelante, hemos contribuído a que muchos menores no caigan rodando por el precipicio que podía haber sido su vida, hemos aportado nuestro granito de arena para parar la corrupción, para salvar el medio ambiente, para frenar los delitos de odio o para luchar contra el terrorismo o el crimen organizado, hemos salvaguardado los derechos de las personas con discapacidad y evitado abusos a quienes son más vulnerables, nos hemos erigido en paladines del interés del menor en cuestiones de familia, hemos impedido que se vulneren derechos fundamentales de trabajadores y de la ciudadanía en general y, en definitiva, hemos defendido la ley sin más arma ni armadura que nuestras togas y nuestras ganas.

Y hemos hecho todo eso desde todos los frentes posibles, desde todos los campos de batalla y cubriendo todos los flancos. Unos, desde las trincheras, otros, desde los despachos. Más arriba o más abajo, con medallas o sin ellas.

Ahora los cardados se han venido abajo, las cabezas se han cubierto de canas o se han descubierto por completo y ya nadie escucha el Amigos para siempre como no sea en alguna sesión remember. Pero el espíritu ahí sigue, aunque más de una vez haya amenazado con irse por la ventana del despacho –si es que se tiene la fortuna de que tenga ventana, claro- Seguimos utilizando los bolis bic, los tipex y el cuño de antaño, pero ahora con un toque de modernidad, Fortuny y ordenador mediante. Y, aunque usamos nuestros propios teléfonos móviles en vez de aquellos terroríficos buscas para recibir el aviso, seguimos yendo a nuestras guardias como entonces.

Ojala no perdamos nunca la ilusión por el trabajo, por más que nos lo pongan difícil, ni la ilusión por reunirnos como amigos.

Así que aquí tenéis mi aplauso, compañeros y compañeras de la XXXVI promoción. Por muchos más años.

Aunque eso sí, no podía poner el The End a este estreno sin dar una ovación muy especial. La que se merece Jorge, que no solo es el número uno de nuestra promoción por sus conocimientos, sino sobre todo por su calidad humana. A él le debemos esta cita, la anterior, y este regalo de transportarnos, por una sola noche, en quienes fuimos. Y en devolvernos a la realidad diaria con las pilas cargadas por otros cinco años. Hasta entonces.

 

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