Violencia contra la mujer: suma y sigue


JAULA DE ORO

De nuevo llega el día para la eliminación de la violencia contra la mujer, y de nuevo seguimos sumando nombre a la terrible Cifra de la Vergüenza.

Por eso nuestro teatro hoy ofrece una representación extra, en forma de relato. Sirva como homenaje a las que ya no están y como reflexión para las que todavía pueden salvarse. #PorEllas

 

Relato ganador del 1er premio de narrativa de la Fundación Hugo Zárate 2017

MIA

Desde la primera vez que la ví, decidí que tenía que ser mía. Su cara, su forma de moverse, su sonrisa y hasta el modo de arrugar la nariz cuando algo no le gustaba, me cautivaron. La quería para mí, solo para mí. Quería cuidarla, protegerla, mimarla y contemplarla. Quería tenerla.

No tardé en decírselo. Ni se me pasaba por la cabeza que pudiera rechazarme. Conmigo sería feliz. Solo conmigo. Y así se lo solté el primer día que, a la salida del instituto, se separó de ese grupo de amigas que siempre la rodeaban.

Como supuse, sucumbió de inmediato. Imagino que el gran ramo de rosas rojas con que le obsequié también ayudaría, así como mis palabras y sobre todo mis promesas de hacerla feliz. Estaba tan enamorado…

Todo fue maravilloso al principio. Yo solo quería estar con ella y ella sólo quería estar conmigo. O, al menos, eso me dio a entender. La recogía del instituto hasta la puerta de su casa, le llevaba la mochila, y luego no paraba de enviarle mensajes al móvil para que supiera lo que la quería. Y ella me contestaba con el mismo amor que yo ponía en cada una de mis palabras.

Cuando no estaba con ella, pensaba en ella. No permitiría que me pasara como a mis padres. No permitiría que ella se convirtiera nunca en esa mujer apagada que fue mi madre, esa mujer que no entendía lo enamorado que mi padre estaba de ella, que no correspondía a sus halagos, que nunca hablaba bien de él por más que él hubiera dedicado su vida a tenerla como una reina. Yo la haría feliz. Y ella sabría apreciarlo. Porque ella era diferente. O al menos, eso creí.

Pero un día todo comenzó a cambiar. Dejó de responder de inmediato a mis mensajes. A veces, ni siquiera los leía. Otras, tardaba mucho, a pesar de que yo había comprobado una y mil veces que habían sido enviados, leídos y recibidos. Quise quitarle importancia, pero me tenía obsesionado. No entendía que tuviera algo más importante que hacer que responderme. Intenté ser comprensivo y le pregunté sobre ello. Pero no me convencieron sus excusas. Me hablaba de exámenes, de trabajos y de otras cosas que requerían su atención. Y, por supuesto no la creí.

No me dejó otro remedio. Así que un día, mientras ella dejó su mochila en la silla del bar donde estábamos tomando algo, le cogí el teléfono móvil. La furia se apoderó de mí al comprobar que, durantes esos minutos en que no contestaba a mis mensajes de amor, se entretenía en charlas en su chat de amiguitas, ésas que siempre la rodeaban a la salida del instituto hasta que aparecí yo a salvarla. Pero, al seguir mirando, descubrí más. No solo era el chat. También tenía una conversación muy larga con un tal Pedro. Exactamente a la misma hora en que ella me dijo que estaba haciendo un trabajo.

Al salir del baño, no pude contenerme. Cogí su teléfono móvil, lo arrojé al suelo y lo pateé hasta que quedó destrozado. Ella lloraba, y me decía que no entendía nada. Pero no era cierto. Lloraba porque sabía que lo había fastidiado todo y que había traicionado nuestro amor. Y quiso irse, supongo que avergonzada.

Pese a todo, yo estaba enamorado y quería darle otra oportunidad. Y así se lo dije.  La cogí del brazo para que se sentara y me escuchase. Era lo único que pretendía, que permaneciera junto a mí. Como se empeñaba en marcharse, tuve que apretarla por los brazos. Estoy seguro de que no le hice daño, y, aunque al día siguiente tenía dos cardenales, eso fue porque su piel era tan fina que cualquier presión le dejaba marca. Lo sabía porque a mi madre le pasaba lo mismo.

Al final lo entendió, y no se movió de la silla hasta que yo le dejé hacerlo. Por fin comprendió que mi amor era exclusivo, y muy grande. Si estaba conmigo, nada malo podría pasarle. Para demostrárselo, le prometí comprarle un nuevo teléfono móvil, el último modelo. Seguro que mi padre me prestaba el dinero para hacerle el regalo. Mi padre era muy comprensivo y generoso, por más que mi madre y mi hermana parecían no apreciarlo. Nunca he podido entender por qué eran tan ariscas y desagradables con él. Pero a mí no me iba a pasar lo mismo.

Ese día ella estuvo esquiva conmigo. Y claro está, no podía enviarle mensajes porque no tenía móvil. Así que la llamé al teléfono fijo de su casa, y solo me contestó con monosílabos. Me dio bastante rabia, pero decidí ser magnánimo y fingir que no me daba cuenta. Seguro que al día siguiente, cuando le diera mi flamante regalo, se le olvidaba lo ocurrido con su teléfono.

Y, por supuesto, al día siguiente me planté en la puerta del instituto con un teléfono móvil último modelo, costeado en parte con mis ahorros y en parte por mi padre. Tuve que esperar bastante, porque aquellas fastidiosas amigas parecían no estar dispuestas a dejarla ni a sol ni a sombra. Menos mal que me acerqué y le pedí que fuera ella misma quien les dijera que se marchasen. Aunque ni así, cualquiera diria que eran sus guardianas. No entendían que no hacía falta guardarla de nada estando yo allí. Pero, aunque me costó mucho trabajo quedarme a solas con ella, al fin lo logré.

 Había fantaseado tanto con la cara que pondría cuando viera su nuevo teléfono, que me quedé bastante decepcionado con su reacción. Me dio las gracias con frialdad y fue enseguida a buscar los contactos que tenía almacenados. Al decirle que, obviamente, también la tarjeta era nueva, pareció contrariarse. Aunque cuando le expliqué que así ya no tendría todos aquellos fastidiosos grupos que nos quitaban tiempo de estar juntos, estoy seguro que lo entendió, por más que no dijo nada. Ahora nadie nos distraería. Sería como el principio de una nueva vida. Y para demostrárselo, le pedí que viniera a conocer a mis padres. Así sabría que yo iba en serio con ella, no como todos esos tipos que pululaban a su alrededor.

Preparé su visita con mucho cuidado. Mi madre estaba casi contenta y hasta mi hermana, que se había marchado de casa hacía un tiempo a vivir con el imbécil de su novio, dijo que acudiría a la cita. Ibamos a ser una familia feliz, y verían que chica tan estupenda tenía.

A ella le compré un vestido nuevo. No es que no me gustara su ropa, pero ya era hora de que se vistiera como yo prefería. Elegante y con estilo. Que dejara los short y los escotes para las tontas de sus amigas, que parecían andar como locas para cazar a un hombre. Ella ya tenía uno. Yo.

Aunque a ella no pareció convencerle demasiado, el vestido le quedaba estupendamente. Ya le dije que cambiaría su aspecto para que estuviera guapa para mí. Seguro que ganaba por el cambio. Y no podría quejarse. Aunque a mí no me gustaba nada el cabello rubio, podría llevar esas mechas en su pelo si ella quería. Ya cambiaría de opinión con el tiempo.

Pero la verdad es que, por más que hacía para hacerla feliz, ella parecía estar siempre amargada. Más de una vez tuve que zarandearla para que reaccionara y se diera cuenta de la preciosa pareja que hacíamos y de lo feliz que estaba dispuesto a hacerla. Y la cena con mis padres era toda una demostración de amor.

Lo pasamos bien. Aunque ella no quisiera reconocerlo, los chistes de mi padre le hicieron gracia, y hasta mi hermana le hizo un regalo, un libro. Aunque a mí no me gusta demasiado leer, sabía que a ella le entretenía, y me pareció bien. Hasta que descubrí lo que había hecho la zorra de mi hermana, claro.

Cuando la llevé a casa, le pedí que me enseñara el libro. Ella pareció resistirse, así que no me dejó otra opción que quitárselo. Se lo tuve que arrancar de las manos, porque estaba empeñada en no dejarme que lo viera. No le pegué, solo la empujé para que lo soltara. Si me lo hubiera dado voluntariamente, no hubiera pasado nada, pero ella empezó a lloriquear otra vez. Y cuando hacía eso me ponía muy nervioso.

Abrí el libro y lo ví. Mi hermana había dejado allí una nota con su número de teléfono y una frase “déjalo antes de que sea tarde”. Enfurecí. ¿Quién era mi hermana para meterse en nuestra vida? Pero fingí estar tranquilo y la dejé en casa quitándole importancia. Ya lo hablaríamos al día siguiente.

Entonces fue cuando me fui a buscar a mi hermana. No me había dejado otra salida. Aun estaba en casa, con mi madre. Me senté con ambas como si no hubiera pasado nada y, caundo mi madre fue hacia la cocina, le pedí explicaciones. Solo quería eso, explicaciones, pero ella no me las daba. Así que me vi obligado a reclamárselas por la fuerza. Tal vez me pasé con el bofetón, pero estaba demasiado furioso con ella para contenerme. Y, de pronto, tenía la cara llena de la sangre que salía de su boca. Le pedí perdón, porque tal vez me había excedido. Pero ella se lo había buscado. Cualquier hombre en mi lugar hubiera hecho lo mismo.

Decidí olvidar el incidente, y centrarme en mi amor por ella. Nadie parecía comprender lo que sentía, ni siquiera mi propia madre, que seguía enfadada conmigo por lo que pasó con mi hermana. Al menos mi padre le quitó importancia diciendo que eran peleas de hermanos. El sí que sabía cómo eran las cosas.

Y mientras tanto, ella parecía huir de mí. A saber qué le había metido en la cabeza la asquerosa de mi hermana, porque siempre parecía buscar cualquier excusa para irse de mi lado. Cuando no eran exámenes, eran sus padres, y cuando no, sus amigas. Esas amigas que yo no soportaba.

Y tenía razón para hacerlo. En realidad, ellas tuvieron la culpa de todo. Porque la convencieron para que se marchara con ellas de fiesta en vez de quedar conmigo, y me engañó diciendo que iba a estudiar. Pero como andaba con la mosca tras la oreja, la seguí, y pude descubirila traición. Conseguí llevármela de allí. Y no de los pelos, como contaron ellas. Simplemente le dije que se viniera, y la cogí de los brazos para acercarla junto a mí. Ella enseguida lo entendió. O eso creí yo.

Esa misma noche pasó lo inevitable. Yo le reprochaba, pidiéndole explicaciones, pero estaba dispuesto a perdonarla. Pero ella ni siquiera me dio una excusa. Solo me dijo que no quería verme más. A mí, que estaba dispuesto a darle todo lo que quisiera, que solo quería estar con ella siempre. Y se lo dije una y otra vez. Que era mía, y solo mía.

Pero ella estaba empeñada en provocarme. No pude hacer otra cosa para convencerla de que yo era lo que le convenía que arrinconarla contra la pared. Solo tenía que darme la razón, pero se resistía. Quería escapar de mis abrazos, y yo no podía vivir sin ella. Así que tuve que apretar más fuerte, y se golpeó contra la pared. No entiendo cómo se golpeó para quedar inconsciente, pero es lo que pasó. Y solo de pensar que podía haberle pasado algo, casi me muero ahí mismo. Si la pierdo, soy capaz de matarme, lo juro.

Tomé nota de todo lo que me decía. No muy lejos de allí, Clara, su novia, se debatía entre la vida y la muerte en la cama de un hospital. Y yo no pude pensar otra cosa que, por difícil que fuera el trabajo de los médicos que la atendían, el mío era mucho más complicado.

 Era la abogada de oficio de aquel chico y tenía que defenderlo en el juicio que celebraran contra él.

Acababa de cumplir los dieciocho años. Clara no llegó a cumplirlos nunca.

 

 

 

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4 pensamientos en “Violencia contra la mujer: suma y sigue

  1. Me ha gustado mucho esta historia, la entiendo a la perfección porque yo soy abogada, aunque yo normalmente trabajo del otro lado, entiendo la complicada situación a la que se enfrentan todos los abogados de oficio al tener que defender a alguien de quien saben, son inocentes. Sin embargo todos tenemos derecho a una defensa técnica, nunca sabremos cuando podemos estar necesitandola, y sin lugar a dudas existen buenisimos abogados que saben llevar su trabajo sin caer en actos inmorales ni mucho menos.

    Respecto de lo otro, es terrible. La violencia contra la mujer sigue sucediendo, todos los días, a todas horas. Si alguien no esta de acuerdo conmigo, bastaría con conocer el número de denuncias diarias que llegan de mujeres maltratadas, y eso solo tomando en cuenta a las que se animan a denunciar. Sin lugar a dudas es necesario que la prevención para la violencia de género siga sucediendo.

    Gracias por tu artículo Gis!!!

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  2. Pingback: Violencia contra la mujer: suma y sigue — Con mi toga y mis tacones | RacioZinando

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