Extranjería: el corazón en un puño


mafalda razas

                El teatro, y el arte en general, es un mundo vivo, abierto, tolerante, donde todos tienen sitio. Las tablas suelen dar cabida a artistas procedentes de cualquier punto del orbe, y la diferencia es muchas veces un valor añadido. Incluso la propia actividad artística es un buen salvoconducto para aquellos que necesitan salir de una situación adversa, como los bailarines de Noches de Sol o El último bailarín de Mao. Y hasta los choques raciales encuentran su punto entre la crítica social y el humor, en cintas tan deliciosas de ver como Adivina quién viene esta noche o la más reciente Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?. Pero la vida real no siempre es tan amable, como muchas veces nos recuerdan también muchas otras obras desde los escenarios.

                Desde nuestras tablas, vivimos esto con frecuencia. Es raro el día en que en los listados del Juzgado de Guardia no encontramos uno o varios nombres indudablemente extranjeros. Imputados, testigos, víctimas o denunciantes de diferentes delitos, y personas que son traídas por esas razones que llamamos de “extranjería”, que no son otra cosa que procedimientos administrativos por carecer de los ansiados papeles, o por no tener estos en regla. Cuestión nada despreciable, que da lugar a la correspondiente especialidad entre los Letrados y también a la existencia de una sección propia en la fiscalía.

                Por desgracia, el término “inmigrante” –o “migrante”- suele traernos a la cabeza imágenes de dolor, de sufrimiento, de pasarlas canutas para venir y muchas veces también para permanecer. Aunque el concepto abarca a todos aquéllos que no son de nuestro propio país, no parece incluirse en él a aquéllos que tienen una existencia más o menos regalada, como ocurre, por ejemplo, con estrellas del fútbol, por más que también sean extranjeros. No suelen ser éstos los que se asoman por nuestros escenarios.

                Muchas veces no nos hacemos cargo de lo que para estas personas supone la vida, una continua lucha, una cultura distinta, un idioma desconocido, y unas condiciones más que difíciles. Ni siquiera hace falta irse a supuestos de diferencia de lengua para encontrar un gran choque de culturas. Aún recuerdo a una mujer de un país de habla hispana que explicaba consternada que su marido la había violado a pesar de que ella le explicó varias veces que “aquí no pasaba como en su tierra, y eso no lo podía hacer”.

                Y eso no es todo. Falta de información, desarraigo, sufrimiento y ese eterno miedo que gravita como una espada de Damocles sobre muchas cabezas. Personas que se resisten a denunciar su situación por pavor a la propia mafia que las trajo hasta aquí, con la que arrastran una supuesta deuda que las encadena casi de por vida, u otras que temen que denunciar cualquier delito hará aflorar su situación y serán fulminantemente deportadas, como ven en muchas películas.

                Todavía recuerdo, con los pelos como escarpias, a una chica que consiguió escapar del club de alterne donde la obligaban a permanecer tras haberla traído a España, que se negaba obstinadamente a identificar a sus captores. Y a otra que contaba que el que prometió casarse con ella le obligaba a someterse todo tipo de prácticas sexuales porque le decía que con ese dinero la había comprado y podía hacer con ella lo que le viniera en gana. Tal como lo cuento.

                Y todos hemos oído cómo y en qué condiciones llegan muchas de estas personas. Hacinadas en contenedores, en los bajos de un camión, en embarcaciones inmundas. Y eso, claro, las que llegan, que ya sabemos por desgracia cuántas no llegan a conseguirlo.

                Una vez, un inmigrante, que ya había sido expulsado varias veces y había vuelto, nos decía que lo volvería a intentar. Asumía que su propia vida era su único patrimonio y que pensaba arriesgarla cuantas veces fuera. Tal cual.

                Y, ante todas estas cosas, debemos bebernos una buena ración de humanidad. Y no olvidar nunca lo difícil, dificilísimo que para muchos es llegar y sigue siendo permanecer. Y tratar de hacerlo más fácil, cada uno en la medida que pueda. Aunque, en honor a la verdad, las leyes y los medios no sean los que quisiéramos.

                Así que hoy el aplauso es para ellos. Para todos los que luchan por llegar, y para quienes les ayudan a permanecer. Eso sí, sin olvidar los minutos de silencio que hagan falta por quienes no lo lograron.

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3 pensamientos en “Extranjería: el corazón en un puño

  1. Yo llevo muchos asuntos de Extranjería, por turno de oficio y privados. Tengo un cliente ghanés, que es un amor de hombre, todo educación, que me contó que su hermano se quedó en el desierto del Sáhara, mientras lo atravesaban, porque no pudo seguir a la caravana. Los tratan como si fueran esclavos, les sacan el dinero que no tienen, todo por un futuro mejor.

    Otro cliente tuvo la desgracia de tener un accidente de trabajo y le dieron una incapacidad parcial y una pensión. Con los 32.000 euros y pico se ha vuelto a Ghana y ahora es propietario de su casa, de un coche y de un negocio de compraventa.

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