Leyendas urbanas: mitos y juicios


JUICIO AMERICANO

                Los artistas tienen fama de ser gente supersticiosa y llena de manías. La mayoría se niegan a aparecer en un escenario vestidos de amarillo, ya que se dice que de ese color vestía Molière cuando falleció representando El enfermo imaginario, y hasta se preocupan si un ensayo general sale perfecto porque la tradición manda que cuando éste es un desastre es cuando el estreno será sublime, y viceversa. También hacen gala de su propio argot, así que no hay que desearles suerte sino “mierda” o, lo que es más raro, desearles que se rompan una pierna. Vaya usted a saber de dónde viene todo esto.

                En nuestro escenario tenemos menos manías –confesables, al menos-, pero las tenemos. Y también un lenguaje críptico y una jerga de difícil comprensión para los no iniciados. Y tenemos, cómo no, muchas leyendas urbanas que circulan por cafés, tertulias y platós de televisión y sientan cátedra acerca de nuestro trabajo sobre bulos que andan muy lejos de la realidad.

                Leía hace unos días en un periódico –Las Provincias, al César lo que es del César- un artículo titulado “20 bulos legales que habrás escuchado miles de veces”, y que recogía algunos de esos mitos, como la desheredación de un hijo, el divorcio por infidelidad, las condenas a 1000 años de prisión, el escándalo público o el ensañamiento en función del número de puñaladas, entre otros. Muy ciertos. Tanto, que al hilo de ello se me vinieron a la cabeza otros muchos, con la inestimable ayuda de muchos compañeros con sus comentarios en foros, que el tema tiene miga.

                Y es que nuestra puesta en escena no es la que la gente cree, porque nuestro escenario no es una serie americana de abogados. Por eso, aunque a veces nos gustaría, nadie se pone en pie cuando entramos en la sala, ni se escucha eso de “Preside el honorable juez  Don Fulanito”. Una pena, como también lo es que no nos dejen andar paseando de un extremo a otro de las salas de vistas, que ganas entran a veces, sobre todo, como me ha pasado en más de una ocasión, la silla donde me siento tiene un muelle salido y me tortura sin piedad. Tampoco hay Biblia para prestar juramento, ni hay que levantar la mano, aunque no son pocos los que la buscan con la mirada y alzan la mano como han visto en las películas. Y nada de jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, que aquí se jura o promete. Y algunos, las dos cosas, que no nos falte de nada. Y hasta alguna vez me han dicho eso de “que me muera ahora mismo si miento”, ante mi espanto, no vaya a ser que se cumpla y tengamos lío. Y, lo que ya es imparable es lo del mazo. Por más que todo el mundo lo crea, la tradición judicial española no usa mazo, sino campanilla, igual que no usa peluca. Las cosas como son-

                Tampoco andamos gritando a cada momento “Protesto, Señoría” por más que las ganas no nos falten, ni gritamos a testigos y acusados poniéndonos a un palmo de su cara para que confiesen, que nosotros estamos sentaditos y modositos. Además nunca, nunca, llama el juez a su presencia a defensas y acusaciones para que nos acerquemos a su mesa y nos diga cuatro cosas bien dichas. Y, aunque quite glamur e interés a nuestra función, he de reconocer que no hay testigos estrellas que aparezcan a mitad juicio llamados sorpresivamente por la defensa o que comparezcan de modo espontáneo espoleados por su conciencia. Aquí está todo previsto. Y, por cierto, tampoco hay un programa de protección de testigos que les proporcione una identidad falsa y una vida nueva a él ya su familia, porque aquí las cosas son de otra manera. Se omite su nombre, se coloca un parabán y asunto zanjado. Acabáramos.

                Pero los mitos no acaban ahí, no vayamos a creer. Por más que lo hayamos visto en las pantallas, no hay posibilidad ninguna de acogerse a la quinta enmienda, con lo bien que debe quedarse uno. Y el acusado puede mentir como un bellaco porque en España no existe eso que llaman delito de perjurio con lo que le amenazan constantemente en las películas.

                Y que no se me olvide. Ni existe ese policía de narcóticos que siempre acaba resolviéndolo todo, ni la ayudante del Fiscal del Distrito. Es más, aquí no hay fiscal del distrito, ni mucho menos uno que se empeñe en acusar a cascoporro con tal de llegar a gobernador del estado. Y de eso, la verdad, ni ganas. Y menos todavía, cuando pienso que no podría ir con mi toga y mis tacones, que las fiscales de las películas llevan tacones, pero nunca toga. Y eso si qe no. Como dice la canción “This is not America…”

                Y esto es solo en la forma. En cuanto al fondo, quedan muchas de esas leyendas urbanas por contar. Tantas, que me atrevo a anunciar una segunda parte de este estreno. Así que, parafraseando todas esas series de abogados, hoy acabamos la función como ellas. To be continued…

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6 pensamientos en “Leyendas urbanas: mitos y juicios

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