Conformidad: ¿En un Mercado Persa?


mercado persa (1)

Todos sabemos que ponerse de acuerdo es bueno. Que, en principio, es mejor pactar y llegar a una solución que enfrentarse y no llegar a ningún sitio. Aquí y en la China. Y bien que lo han vivido una vez tras otra en los escenarios, donde a veces, hay tanto ego por metro cuadrado que es casi imposible ceder a las exigencias de todos. Quién encabeza el cartel, cuándo es el estreno, los temas que se pueden tocar y los que no… No hace tanto que los guionistas y directores hacían verdaderos esfuerzos de prestidigitación para torear a la censura y conseguir sacar adelante el estreno como sea. Aunque la cosa quedara tan absurda que, como en la versión que en España se vio de Mogambo, el amante se convirtiera en casto hermano que, al fin ya la postre, acababa arrojando la sombra de un incesto mucho más inmoral que aquello que se trataba de evitar. Ay, aquel “contumaz regodeo de la concupiscencia” que repetía una y otra vez Agustín González en La Corte del Faraón

Y en nuestra función, cómo no, también tenemos nuestros acuerdos, nuestros pactos, nuestras transacciones. Tanto, que hasta el refranero nos ha concedido un lugar, al decir aquello que “más vale un mal acuerdo que un buen juicio”, o “pleitos pasen, más no por mi casa”. Y hasta cuentan que hay una maldición gitana que reza “juicios tengas, y los ganes”. Que, por cierto, nadie me ha echado nunca… Algo que da idea de lo importante que es en nuestras tablas llegar a una solución.

Más o menos abiertos, o encubiertos, los acuerdos existen en todas las ramas del Derecho. Más claros en el Derecho Civil, donde, al tener disponibilidad las partes, pueden accionar o retirar su acción cuando tengan a bien, con las excepciones que procedan. Incluso en aquellos casos, como ocurre en Familia, donde el interés público hace que las posibilidades de disposición de las partes sean más limitadas, existen procedimientos al efecto, como el tan usado divorcio de mutuo acuerdo.

Y también ocurre en otras jurisdicciones, como la Social, donde los pactos a la puerta de la sala de vistas son el pan nuestro de cada día. Y es que el refranero tiene mucha razón.

Pero donde muchas veces se discute más esta posibilidad de acuerdos es en la jurisdicción penal. La naturaleza pública de los derechos que se ventilan hace que el tema vaya mucho más allá del mero interés de las partes, y aquí los Fiscales alcanzamos un protagonismo indiscutible. Somos las estrellas de esas funciones, aunque nuestro co-protagonista, el Letrado contrario, tiene también un importantísimo papel. Y esperemos que no resultemos estrelladas. Y para eso, es fundamental que no perdamos de vista que, aunque aparezcamos con tintes de estrella, el verdadero protagonista es el acusado, y él tiene la última palabra. Y que también son importantes el resto de actores, aunque a veces lo olvidemos.

He de reconocer que el espíritu de este estreno no me vino por ciencia infusa. La experiencia de un buen amigo Notario como testigo de un juicio espoleó mis ganas. Y pensé que había cosas que explicar.

El estaba indignado, y con razón, porque, tras estar citado como testigo -aunque era además perjudicado-, acudió al juicio, esperó lo que tocaba en la puerta y, en un momento dado, le dijeron que podía irse, que el juicio había acabado sin que fuera necesario su testimonio, y sin que nadie le explicara qué había pasado. La cosa era sencilla de explicar, por lo habitual. Una conformidad entre acusación y defensa, y asunto concluido. El acusado reconoce los hechos y acepta la pena que, convenientemente rebajada, se le propone.

Así las cosas, puede parecer mal. Pero, bien explicada, resulta que tiene más ventajas que inconvenientes. El Fiscal ofrece una pena rebajada si el acusado reconoce los hechos, y ahorramos tiempo y dinero del contribuyente. Pero en el bien entendido caso que esa rebaja nunca puede salirse de los límites legales, que esto no es, aunque pueda parecerlo, el Mercado Persa que da título al estreno. Y tampoco es una película americana, de ésas en las que el fiscal del distrito ofrece cambiar la acusación de asesinato a homicidio involuntario o como quiera que ellos lo llamen.

Pero hay unos mínimos a los que debemos atender. Entre ellos, explicar a los testigos, y más si son perjudicados, qué es lo que ha pasado, por qué no han entrado, qué perspectiva tienen de cobrar en su caso y, por descontado, darles las gracias por haber comparecido. Cuestión de pura educación. Es cierto que a veces es muy difícil dedicar parte del tiempo que no tenemos -sobre todo si hay otros diez juicios esperando- a explicar todo esto. Pero ese tiempo sale a cuenta. Para conseguir, por ejemplo, que mi amigo el Notario lo comprenda y no se vaya echando pestes de todos nosotros.

Y también para alejar una idea que algunos parecen insinuar de vez en cuando. Que somos una panda de vagos y que conformamos con lo que sea con tal de ahorrarnos la faena. Y eso sí es mentira. Si se tiene en cuenta que nosotros, los fiscales, vamos con el juicio preparado -salvo que tengamos una bola de cristal-, poco ahorramos con no celebrar el juicio. Y otro tanto cabe decir del abogado. Porque el trabajo ya lo habíamos hecho antes.

Así que hoy sí que hay aplauso. Para todos los que no solo hacen bien su trabajo sino que son capaces de mostrar el cómo y el por qué. Para que nadie vuelva a pensar en nuestras conformidades como un Mercado Persa donde todo vale con tal de irse a casa un rato antes.

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Un pensamiento en “Conformidad: ¿En un Mercado Persa?

  1. Es cierto que se suele dar esa imagen, Señoría, sobre todo a efectos del justiciable, que muchas veces no alcanza a comprender el desastre para sus intereses que supondría ir a juicio, y cuya explicación nos cuesta a los abogados casi más esfuerzo que el propio acto del juicio.

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