Desacuerdos: voluntades divergentes


desacuerdo

Como todo el mundo sabe, cada cual es hijo de su padre y de su madre. Un dicho universal que, no por obvio deja de tener sus consecuencias. Cada quien tiene sus ideas, su posicionamientos y su manera de gestionarlo, más o menos flexible. Seguro que no es fácil tomar las decisiones correspondientes a la hora de decantarse por un intérprete en un casting, a la hora de escoger cuál de los guiones propuestos se va a convertir en película y hasta a la hora de ponerle título. Como, a la recíproca, tampoco es fácil para el eventual público decidir en cuál de todas las opciones de la cartelera gasta su tiempo y su dinero, sobre todo si se va con alguien y las preferencias no coinciden. Es necesario llegar a acuerdos, aunque  a veces ser Divergentes o Rebeldes sin causa -o con ella- también sea necesario. Y el cine está lleno de homenajes a estas personas que se escaparon de la norma por no estar de acuerdo con las injusticias, como Ghandi, Nelson Mandela y tantos otros y otras.

En nuestro teatro los acuerdos y desacuerdos son el pan nuestro de cada día. Tanto a un lado del escenario como a otro, las muestras y las consecuencias de la conjunción de voluntades o la falta de ellas tienen su fiel reflejo.

Sin ir más lejos, el Derecho Civil nos da continuas muestras del acuerdo de voluntades por antonomasia, el contrato, regido por algo tan importante como la autonomía de la voluntad. Y en esa parte tan delicada como es el Derecho de Familia  se hace más patente que nunca el dicho popular de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio.

Del lado de los delincuentes, también el acuerdo juega un papel importante. Ya sabemos eso del plan preconcebido o aprovechamiento de idéntica ocasión que caracterizan el delito continuado, y las agravaciones, pasadas o presentes, de cuadrilla –siempre me encantó el término-, auxilio de gente armada o abuso de superioridad, que hacen más reprochable la acción cuando la cometen varias personas conjuntamente.

Pero, de ese lado del banquillo, donde más se ve la importancia del acuerdo es las formas de participación. Más allá del autor material, esto es, el que empuña la pistola o toma para sí lo que no es suyo, las otras personas que participan también tiene su responsabilidad, aunque su manos estén en apariencia limpias. Cooperadores necesarios, cómplices, inductores o encubridores tiene su cuota de culpa, y por tanto, de pena, según toque en cada caso. Y aquí no dejan de ser curiosas las cosas que pasan. Con tal de escaquearse, he visto a amigos desde la infancia negarse como el mismísimo San Pedro, sin necesidad de que cante el gallo, y no tres sino trescientas veces si hace falta. Recuerdo a un muchacho habitual de los juzgados que,  cuando iba a ser detenido por participación en un robo, se empeñaba en decirnos que él no conocía de nada al otro detenido. Comprobada su identidad y filiación, resulto que a quien decía no conocer de nada era nada más y nada menos que  su propio hermano. Lo mejor es que cuando le advertimos oportunamente de que conocíamos esa circunstancia, diciéndole que cómo no iba a conocer a su propio hermano, el muchacho se despacho con un “anda,¿ y solo por eso tenía que conocerlo?”. Claro que, él no contaba con la visita de la madre de ambos que, apostada a la puerta del juzgado de guardia -haciendo ídem-, preguntaba a todo el mundo si iban a soltar a sus chicos, con lo buenos que eran y lo unida que está la familia. Faltaría más. Le faltó decir eso de que la familia que delinque unida, permanece unida.

En el plano opuesto, allá donde las togas tienen puñetas, también hay desacuerdos. Algo que se ve especialmente en las salas de Audiencias y Tribunales, donde tiene que existir mayoría para tomar una decisión. Incluso cuando hay mayoría pero no unanimidad, quien disiente está en su derecho de hacerlo constar expresamente mediante un voto particular. Algo que ocurre en muchas ocasiones, pese a lo que se cree y lo que se ha dicho respecto de un controvertido voto particular en un reciente y mediático asunto.

También cuando quienes deciden no tienen toga ni puñetas, como ocurre en los juicios por jurado , es necesario estar un mínimo acuerdo en cada uno de los puntos controvertidos para llegar a una decisión. Tanto es así que si no existe se ha de disolver en jurado y volver a la casilla de salida.

Antes de llegar a ese momento, con o sin jurado, hay otra oportunidad de acuerdo, en la que participan Fiscal, partes  acusadoras, si las hay, y el acusado. Es la conocida conformidad , un instrumento muy útil por más que en ocasiones se vea como un mercadillo. Por eso aprovecho para repetir que esto no es una película americana, y no podemos hacer esos cambalaches que vemos en algunos filmes. En nuestro Derecho, cualquier oferta de rebaja de pena ha de estar dentro de los límites de la ley. Y tampoco pueden entrar en juego otras cosas, como pretendía un acusado, que decía que se conformaba si convencíamos a su churri de que volviera con él. Pero la churri debía tener muy claro que no quería ni verle porque al final no hubo conformidad.

Por último, no podía poner el The End a este estreno sin hacer referencia a lo que ocurre con los desacuerdos en Fiscalía. A pesar de que mucha gente insiste en vernos como soldaditos disciplinados y obedientes, las cosas no son así. Cuando un o una fiscal disiente con el criterio de su superior, las cosas no se limitan a un “señor , si señor” con taconazo incluido, sino que hay un mecanismo legal previsto en nuestro Estatuto para dirimir este desacuerdo. Se convoca Junta de fiscales y se exponen las posturas, debiendo asumir el parecer de la junta. Últimamente, hemos podido ver varios ejemplos en asuntos de sobra conocidos.

No obstante, siempre es deseable llegar a un acuerdo o, al menos, agotar las vías para intentarlo. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes, con cintura y paciencia, ponen todo de su parte para alcanzarlos. Por más que cueste.

 

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