Ejecución: últimas consecuencias


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                A veces, algunas obras son tan interesantes en su desarrollo que el final nos decepciona. Pero lo bien cierto es que, como no lo sabemos, permanecemos en la butaca hasta el fin, esperando esa bajada de telón o ese The End de las películas de toda la vida qe ahora se sustitutuyen por un mucho más moderno fundido en negro, secuencia de tomas falsas o cualquier otra genialidad que se le ocurra al director. Pero a nadie, o  casi nadie, se le ocurriría irse sin conocer cómo acaba la trama.

                Y algo así sucede en nuestra función, aunque a veces no sepamos verlo. Se pone mucho interés en el principio, en la denuncia inicial, en la detención, la aparición del cadáver o lo que sea, y, aunque el interés decaiga por el camino, se vuelve a centrar la atención en el momento culminante, en ese juicio donde, con las togas puestas y los tacones dispuestos, nos esforzamos en darlo todo, como dice cualquier concursante de reality show bien adiestrado. Y después, a esperar la sentencia, con sus recursos y todo, y esa parte que muchas veces pasa desapercibida: su ejecución. Y no conocerla es como marcharse del teatro antes de que el telón se haya cerrado, sin saber si nos perderemos un bis, una ovación de media hora al más puro estilo de Plácido Domingo, o los tomates que le tiraban a Ramoncín en aquella lejana época en que daba en llamarse El Rey del Pollo Frito –y que cualquiera que haya nacido de nos años a esta parte podrá encontrar en algún Youtube modo remember,más ahora cuando el personaje vuelve a esrar de moda por otros motivos-.

                Pero hete aquí que esta parte existe, y merece su estreno. Que nos lo digan si no a cualquiera de nosotros, los fiscales de trinchera, que vemos como día a día se puebla nuestra mesa hasta dejar de ser visible por unos tochos llamados ejecutorias, gordos como pocos y llenos de grapas y pegatinas de distinto pelaje y antigüedad. Tanta en ocasiones que necesitarían una prueba de Carbono 14 por lo menos. O que se le digan a esos jueces o magistrados de Juzgados de lo Penal y Audiencias, que ven cómo la familia de sus expedientes crece pero sus hijos más mayores nunca se acaban de emancipar, engordando cada vez más a base de incidencias y recursos varios. Y más todavía a esos jueces y secretarios a quienes les cayó la china de convertirse en juzgados exclusivos de ejecutorias, y a los fiscales que despachan esos juzgados.

                Nuestras ejecutorias son el pan nuestro de cada día. Porque para el común de los mortales la cosa puede parecer terminada cuando recae sentencia, o al menos cuando ésta adquiere firmeza. Pero de eso, nada. A partir de ahí empieza un rosario de actuaciones que han dado en llamarse ejecución, horrible vocablo que parece evocar el hecho de ser fusilado al amanecer y que en realidad no quiere decir otra cosa que hacer cumplir las resoluciones judiciales. Lo que dice la Constitución, ni más ni menos, y lo que parece de sentido común. Liquidaciones de condena, concesión o no de la suspensión de la ejecución, planes de trabajos en beneficio de la comunidad, o de programas formativos o medidas sustitutivas, cumplimiento o quebrantamiento de las penas o de las reglas de conducta, pago de las indemnizaciones y multas, insolvencias o embargos de bienes, son muchos de los avatares con que nos encontramos, y hacen que esos expedientes viajen de Fiscalía a Juzgados más que el baúl de la Piquer. Muchos de ellos, casi de mero trámite pero otros, como las temidas refundiciones de condena o algunos supuestos de revocación de suspensión, un verdadero galimatías que llega a volvernos locos.

                Decían los compañeros más veteranos que a las ejecutorias había que mirarlas desde el final. Si había suerte, un archivo provisional y hasta el próximo viaje. Si no, pués a seguir mirando. Pero ahora, de pronto, viene el BOE a rompernos los esquemas. Porque ignoro por qué razón, al precipitado legislador de 2015, en este ataque a lo Speedy González que ha sufrido, le ha dado por cargarse de un plumazo toda la parte relativa a suspensión y sustitución de la pena. Así, sin anestesia, y con un magro plazo de vacatio de 3 meses, esa vacatio legis que ya mereció su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2015/04/10/vacatio-legis-leyes-en-stand-by/). Y nosotros, pues hala, a estudiar, que no teníamos bastante.

                Como decía, ignoro qué razón ha llevado al legislador a retocar con suma urgencia esta parte del Código. Que no digo yo que fuera para echar cohetes, pero que andaba funcionando. Y no es que la mejore de un modo espectacular, la verdad. Fndamentalmente, le da la vuelta como un calcetín, pero sigue siendo una prenda de lana o algodón para cubrir los pies. Pero lo colma de requisitos, de reglas de conducta, de modalidades y de cambios y más cambios que aumentarán los viajes de los desdichados expedientes. Porque eso no lo cambia nadie, y siguen yendo de un lugar a otro en vez de quedarse quietecitos en el ciberespacio, que es donde deberían estar a estas alturas del siglo XXI. Y, en su exquisita dicción, varias llamadas a la adivinación judicial, con referencias casi literarias a la expectativas de la comisión futura de un delito o a la esperanza de su no comisión que se alejan bastante de aquello que nos enseñaron del carácter restrictivo de la interpretación del Derecho Penal.

                Y, puesto que no sé la causa de tanto cambio y tan precipitado en esta materia, me gustaría hacer un experimento, que tal vez sirva para otros casos. Una psicofonía en la sala donde se gesten las nuevas leyes, a ver si de una vez sé en qué están pensando cuando las escriben, avisando a los Cazafantasmas si es preciso. Pero hasta entonces, no nos queda otra que ponernos las pilas, que a revisar ejecutorias tocan. Es lo que hay.

                Así que, antes de que nos caigan encima y nos impidan hacer otra cosa, demos un fuerte aplauso a todos los que cuidan de que la función se represente hasta el final. Porque son ellos quienes logran que el final sea un buen final, el que todos esperamos.

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