Sabiduría popular: refranes y justicia


refranes sancho

Todos conocemos la llamada sabiduría popular, plasmada en refranes que, con intención o sin ella, todos usamos. Lo hacen a diario en los escenarios, desde los tiempos de El lazarillo de Tormes o Don Quijote, que en boca de Sancho Panza daba un buen repaso al refranero, y lo siguen haciendo ahora. ¿Quién no ha dicho alguna vez eso de “Con la Iglesia hemos topado”?

Varios son los dichos populares que se refieren a nuestra función, y, la verdad, no la dejan muy bien parada. Eso de “pleitos tengas y los ganes”, “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” o “juicios pasen, más no por mi casa”, son lugares comunes que vemos repetidos una vez y otra. Otros, como eso de “a la Justicia y a la Inqisición, chitón”, o “Buena es la justicia, si no la doblara la malicia” parecen pensadas para otra época, aunque a veces, no tan lejana como quisiéramos.

Hasta la tan traída y llevada lentitud de la justicia tiene su trasunto en eso de que “la justicia cojea, pero llega” o “la justicia tarda, pero llega”. Pero, al fin y al cabo, se le da su importancia, que no en balde se afirma eso de que “la justicia y la razón, las más recias armas son” y la más radical de “la justicia tolerante es cómplice del maleante”.

Y la verdad es que hasta partes concretas de nuestra función parecen venir directas de la sabiduría popular. ¿O es que no se refiere al Registro Civil eso de “Boda y mortaja, del cielo bajan”? Y hasta algunos de nuestros más frecuentes protagonistas merecen su propio dicho, que todos hemos oído –y hasta usado- eso de “cree el ladrón que todos son de su condición”, o el “Injuria, que algo queda”. Hasta la reincidencia tiene su versión popular en aquello de “tanto va el cantarico a la fuente, que al final se rompe”

Pero, como decía, ¿quién no ha caído en eso de usar un refrán para reforzar su actuación en un juicio? ¿Acaso no hemos dicho –o pensado- a la hora de pactar una conformidad, lo de “más vale pájaro en mano que ciento volando”, y lo reforzamos con un “el que avisa, no es traidor”? ¿O cuando alguien se niega a declarar lo de “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”? ¿O no hemos esgrimido nuestra puntualidad con lo de “a quien madruga, Dios le ayuda”? ¿O, para contrarrestar la ajena, lo de “no por mucho madrugar amanece más temprano”? . Aunque claro, ahí tenemos el “más vale llegar a tiempo que rondar cien años”, que viene a ser algo así como la versión doméstica de la ecuanimidad.

Y alguna vez he oído mascullar a algún abogado en la oreja de su cliente, al que recomienda acogerse a su derecho a no declarar, eso de que “en boca cerrada, no entran moscas” o “quien mucho habla, mucho yerra”. Y, desde luego, algunos usan a machamartillo eso de que “la mejor defensa es un buen ataque” porque ya se sabe “en el amor y en la guerra, toda vale”, que es la versión popular del famoso “dicho sea en estrictos términos de defensa”, usado como frase previa a poner fino al fiscal que se tiene enfrente, o a la acusación particular o incluso al juez, si se tercia.

Y, por supuesto, quien quiere hacer valer su veteranía frente a la bisoñez del contrario, les espeta eso de que “más sabe el diablo por viejo que por diablo “ o lo de “todos hemos sido cocineros antes que frailes”. Y, ante el ímpetu de algún profesional, algún listillo le suelta eso de “quien mucho corre, pronto para”.

Y, cuando llega la sentencia, y condena a quien queríamos que condenase, no respiramos con ese “a todo cerdo le llega su San Martín” o “al final todo se sabe”. Y por qué no reconocerlo, acabado el asunto, bien viene un “pájaro que vuela, a la cazuela”. Y, cuando sorprendemos al testigo o al imputado en una contradicción, lo de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo” o “las mentiras tienen las patas cortas”. Porque “por la boca mere el pez”, vaya que sí.

En ocasiones, nuestra intuición se guía por eso de que “cuando el río suena, agua lleva” o aquello de “injuria, que algo queda” y acabamos llegando al meollo de la cuestión. O no.

También sirven para esos angustiosos momentos, que todos pasamos auguna vez, en que una causa parece haberse perdido. Siempre hay alguien apelando a la calma diciendo que “lo que no se comen los ratones aparece por los rincones”. Claro que, en alguna triste ocasión, ante sedes en estado lamentable, eran más los ratones que los rincones. Y ya se sabe que “De perdidos, al río”

Y es que no lo podemos evitar. Nuestro Sancho Panza interior sale en algún momento reconviniendo a ese Quijote que todos llevamos dentro. Porque a veces, conseguir llegar hasta el final de algunos asuntos nos recuerda a sus molinos de viento.

Por eso, hoy también hay aplauso, y ovación. Para todos aquellos que, desde la sensatez y la cordura, consiguen que los molinos de viento cedan. Que no es fácil, pero a veces se logra. Y lo bien cierto es que ese momento en que una, con la sentencia que le da la razón, se viene arriba de sus tacones y, ondeando la toga, se dice “Quien ríe el último, ríe mejor”, no tiene precio. Y si no, ya se sabe, “al mal tiempo, buena cara”, que “no hay mal que cien años dure”.

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