Decir adiós: lo más difícil


 lazo negro

El teatro es, como todos sabemos, como la vida misma, y nada más difícil que decir adiós a un amigo, a un compañero. Más aún si ese compañero -compañera, en este caso- es un referente y un modelo a seguir, además de alguien a quien se tiene un profundo afecto.

Y eso ha pasado hoy en nuestra función. Se nos ha ido una de sus más grandes estrellas, sin darnos tiempo a despedirse, sin haberse alejado nunca de las tablas de nuestro escenario. Como aquel Murió con las botas puestas.

Hoy nos ha dejado, sin avisar, Soledad Cazorla, Fiscal de Sala Delegada de Violencia sobre la Mujer. Y como este es mi espacio y soy dueña y señora de él, no quiero quedarme en ese puesto de voz en off que a veces asumo. Porque ha dolido mucho y todavía duele.Y lo que nos queda.

Soledad era Fiscal de Sala Delgada de Violencia Sobre la Mujer, ahí es nada. Uno de esos papeles que ya hicieron su estreno en nuestro teatro. Pero no me resisto a dedicarle uno solo para ella, porque lo merecía, y lo merece.

Nadie que se dedique a esto de la lucha contra la Violencia de Género ignoraba quien era ella. Una mujer luchadora, incansable y valiente, siempre dispuesta a dar la cara, siempre dispuesta a hablar, a compartir y a ayudar. Pero una fiscal que no cedía ni un ápice en el objetivo de proteger a las víctimas y de pelear contra el maltrato. Sin perder la cercanía ni la humanidad, como las grandes.

La recuerdo dando charlas, impartiendo instrucciones. Pero también la recuerdo bromeando, en persona o por whatsapp, cenando o comiendo en cursos, y hasta de compras. Recuerdo que me llamaba niña-fiscal, haciéndome un doble halago, por el guiño de confianza y porque, la verdad, cuando una va cumpliendo años esas cosas se agradecen. Como esos piropos de los que hablamos varias veces.

En los últimos tiempos, me hizo el inmenso honor de prologarme un libro, que aún está en imprenta. Se lo leyó enterito, y ahora se me escapa una sonrisa al acordarme de su llamada, el día de San José, mientras yo andaba entre petardos y peinetas falleras, para hacerme un montón de sugerencias como propina del prólogo en cuestión. Ahora ese prólogo se ha convertido en una verdadera joya, un último regalo.

Tenía la ilusión de convencerla para que viniera a Valencia a presentarlo. Y ya casi la había convencido, pero ahora no podrá ser. Habré de conformarme con dedicarle ese libro que ella mejoró.

Adiós, compañera. Te has marchado, pero lo que nos has dejado queda aquí para siempre. Aunque ya se te echa de menos. Porque, como dice la canción “algo se muere en el alma…”

Así que hoy, va por ella ese grandísimo aplauso. Hasta rompernos las manos.

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2 pensamientos en “Decir adiós: lo más difícil

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