Efecto mariposa: pequeñas grandes cosas


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Todo el mundo ha oído hablar del Efecto mariposa alguna vez, ese que dice que el aleteo de una sencilla mariposa puede ser suficiente para desencadenar grandes cosas, como sucedía en Cadena de favores, en que la simple idea de unir a las personas haciéndoles un favor daba lugar a cambios sorprendentes en sus vidas.

Yo no sé si lo que voy a contar es causa o consecuencia de ello, pero sí estoy segura que nos hará pensar en un pequeño gesto  que puede contribuir a hermosos resultados. Y lo haré contando la historia de Isabel, la niña que soñaba volar.

Era el final. Isabel había hecho todo cuanto había podido para enderezar el rumbo del avión y lograr aterrizar, pero las circunstancias eran demasiado adversas para lograrlo. Cuando notó cómo su cabeza se golpeaba contra algo duro, se convenció de que no lo había conseguido.

                En ese momento, como había oído tantas veces, vio cómo su vida transcurría ante sus ojos como en una película. Revivió aquel momento terrible en que descubrió el cuerpo de su madre en su portal, cosido a puñaladas, y cómo lloró de pena, de impotencia y de rabia al saber que era su propio padre quien la había asesinado.

                Su padre, aquel hombre que tan pronto parecía un santo como un demonio, no había aceptado la ruptura con ella, y la buscó cuando salía de uno de los múltiples trabajos con los que sacaba adelante a Isabel y sus hermanos, para poner fin a su vida del modo más cruel. Quebró sus alas para que no volara, y a punto estuvo de romper también las de Isabel, cuyo sueño desde niña era pilotar aviones.

                Su madre trabajaba duro para que pudiera estudiar, pero sin ella, con su padre en la cárcel, y sin nadie más en el mundo, Isabel sabía que su sueño nunca se haría realidad.

                Pero desde el cielo le llegó un regalo. O así lo sintió ella cuando alguien de una Fundación que financiaba becas para niños y niñas como ella, le dijo que podría seguir estudiando. Isabel pensó entonces que, si los ángeles tenían forma humana, ella acababa de ver uno.

                Siguieron desfilando ante ella los momentos importantes de su vida. Uno de los más especiales su graduación como piloto, la primera de su promoción. También se vio a sí misma la primera vez que tomó los mandos de un avión, con todo el cielo ante ella. Un cielo en el que siempre creía ver a su madre. Esa imagen fue la última que vio antes de que todo se hiciera oscuro

                Despertó en una camilla. La sacaban del avión. A su lado, una de las azafatas le daba las gracias con lágrimas en los ojos. Su pericia había conseguido realizar un aterrizaje casi imposible.

                Las doscientas cincuenta personas que viajaban en el avión salvaron la vida. Entre ellos había un grupo de niños y niñas de un colegio que habían ganado el viaje con un trabajo de clase, otro grupo de congresistas de Medicina nuclear de regreso tras haber logrado avances científicos importantes, varios jóvenes que iban a ver a sus familias después de ahorrar durante meses lo suficiente para el pasaje, y mucha más gente. La más pequeña, una bebé de apenas 9 meses que iba junto a su madre para, por fin, reunirse con su padre. Los más mayores, una pareja de ancianos de más de ochenta años que viajaban desde otro continente para conocer a sus nietos.

                Isabel los salvó, sin duda. Si no hubiera sido ella quien pilotaba el avión, y quien decidió jugárselo todo en una maniobra arriesgada, es probable que hubieran muerto. No en vano era la piloto mejor preparada de la promoción.

                Pero nada de eso hubiera ocurrido si un día a Isabel no le hubieran financiado los estudios con esa beca que ella creyó caída del cielo  y que le regaló sus alas, las alas con lasque volaba en su avión y fuera de él.

¿Por qué os cuento esta historia? Pues porque cualquiera podemos ser el día de mañana el padre o la madre de los niños de la excursión escolar, los abuelos que van a reunirse con su nieta o la familia de los jóvenes trabajadores en el extranjero. También podríamos padecer alguna de las enfermedades para las que encontraron remedio en el Congreso médico, o padecerlas un ser querido. Historias que acabarán con un final feliz  porque Isabel tuvo un día la  oportunidad de estudiar a pesar de que la vida le había golpeado con dureza.

Por eso hoy os invito a que ayudéis a las Isabeles del mundo. A esos niños y niñas  a los que la Violencia de género dejó sin madre y les cerró las puertas de muchas cosas. Desde la Fondo de  becas Soledad Cazorla, que debemos a una gran fiscal  que se nos fue, financian becas para la formación de jóvenes como Isabel. Y eso no es gratis, desde luego.

Tenemos una forma sencilla de contribuir, comprando un décimo -o más- de la lotería del Sorteo del Niño. Una pequeña contribución para una gran causa. Así que no hay excusa. Aunque no os guste jugar, haced una excepción. Y para quienes dicen que nunca les toca, esta vez si toca, aunque no toque. Porque hay muchas Isabeles esperando para salvar el mundo.

Por último, esta humilde toguitaconada os anima a comprar cualquiera de los décimos amadrinados. Pero confieso que si lo hacéis con el mío, me daréis una alegría extra. Y seguro que también a mi querida @madebycarol1, mi ilustradora de cabecera, que de nuevo me regala una imagen para ilustrar este post especial (Ojo: aunque veáis en la imagen la fecha del sorteo del pasado año, el número es el mismo este año).

No me dejo el aplauso. Lo daré a quienes contribuyáis. Espero poder hacerlo hasta que me sangren las manos.

Aquí os dejo el enlace para comprar los décimos. Un solo clic para hacer el mundo un poco mejor

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

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