Pretérito indefinido: #cuentosdeNavidad


bola navidad

– ¿Me ha entendido bien? ¿Tiene alguna duda?

No la tenía, desde luego ¿Cómo iba a tenerla, si me había repetido lo mismo varias veces? Lo que pasaba es que, mientras me hablaba, había fijado mi mirada en las bolas rojas del árbol de Navidad que había tras ella, y había viajado en el tiempo.

Me encontré de pronto en las navidades felices de mi infancia, cuando mi abuela encarnaba al mismísimo espíritu de la Navidad. Hasta el día en que dejaron de ser felices.

Fue un 8 de diciembre, el día de su santo. Ese día íbamos todos a su casa, y yo llegaba siempre ilusionada, con la seguridad de que mi abuela Concha habría adornado la casa con su arbolito de bolas rojas y doradas, su Belén de loza, y con todos los cuadros de la casa rodeados de espumillón brillante algo despeluchado. Hacía mantecados caseros y pasteles de boniato, y yo salivaba de pensarlo con solo subir aquellas escaleras.

Pero ese día no había nada. Ni arbolito, ni Belén, ni espumillón, ni un solo dulce. Cuando protesté, mi abuela puso una cara muy rara diciendo que se había olvidado. No fue el único olvido de esas navidades, y la cara rara se le quedó fijada de modo permanente. El día de Nochebuena se le quemó el pavo y mi madre y yo tuvimos que ir corriendo a comprar turrones porque tampoco había. Después de cenar, mi abuela rompió a llorar diciendo que no sabía qué le pasaba, y luego volvió a quedarse ausente diciendo cosas que yo no comprendía.

Pasadas las fiestas, supimos qué le pasaba. Le diagnosticaron el mal de Alzheimer y mi madre me explicó que era una enfermedad que barría los recuerdos, que tendría que ser paciente y cariñosa con ella. Entonces fui yo quien lloré.  Intuía que las navidades felices se habían acabado.

Así fue. Las siguientes navidades mi abuela apenas era una sombra de lo que fue. Se iba y volvía a un mundo imaginario, un mundo donde yo era su hermana y mi madre era su madre. De vez en cuando regresaba, y volvía a llamarme por mi nombre. Entonces yo todavía creía que aquello tendría remedio.

Un año más tarde, mi abuela ya no nos reconocía. Ni tan siquiera era capaz de hablar, salvo alguna frase incoherente. Ya no nos reconocía, aunque de vez en cuando me miraba con una sonrisa enigmática.

Esas Navidades decidí pedir a los Reyes un regalo especial. Les pedí que mi abuela, aunque fuera por un momento, recuperara la memoria y me reconociera.

El 6 de enero la mujer que cuidaba a mi abuela nos llamó con urgencia, diciendo que le pasaba algo. Cuando llegué, estaba sentada en su cama mirándome. Me llamó por mi nombre y pidió quedarse a solas conmigo. Solo fueron unos minutos, pero mi abuela Concha volvió al mundo y pude decirle cuánto la quería, y ella me dio un abrazo que todavía llevo pegado a mi piel. Al día siguiente, murió, con una enorme sonrisa pintada en la boca.

Volví del mundo de los recuerdos para contestar a aquella mujer que insistía en preguntarme si lo había entendido todo. Le contesté que sí, y que tenía prisa por marcharme, que era Navidad y tenía muchas cosas por hacer.

Aquella mujer se quedó con una expresión indescriptible en la cara. Probablemente, en toda su vida profesional como neuróloga, ninguna otra paciente a la que hubiera dado un diagnóstico tan terrible había reaccionado así.

Me acababa de decir que yo padecía Alzheimer.

Corrí a mi casa, dando gracias de que aún recordaba la dirección, y escribí una carta. Era una carta a los Reyes Magos, que dejé en la mesita de noche de mi hija para que se la entregara a mi nieta.

Mi carta está dirigida a “los reyes magos del futuro” y pide lo mismo para mí que pedí en su día para mi abuela. Unos minutos de memoria.

-Abuela, ¿y cuándo he de pedirlo?

-No te preocupes, lo sabrás cuando haga falta

En ese momento, la niña me abrazó muy fuerte. Y ese abrazo se me ha quedado pegado a la piel para siempre junto al de mi abuela Concha. Solo espero no olvidarlo nunca

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