Toguinavidad: con mi toga y mi zambomba


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Lo decimos cada año cuando llegan estas fechas. La Navidad es terreno abonado para las artes escénicas. No hay Navidad sin el Cascanueces, sin echar unas lagrimitas viendo Qué bello es vivir o sin esbozar una almibarada sonrisa con Love Actually. Y eso solo por poner tres ejemplos de los más típicos. Y es que por más siesa que se sea, es difícil escaparse de la espiral de regalos, polvorones, panderetas y zambombas entre el sonido de los niños de San Ildefonso cantando la lotería y el de villancicos varios.

También en Toguilandia es Navidad. Nuestras sedes se adornan por unos días con espumillón y bolas de colores, pero no echamos el cierre. Como todos los servicios públicos, alguien tiene que quedarse cuidando el fuerte, porque los malos no descansan y el mundo sigue girando. Y nos unimos a bomberos, policías, hospitales y demás trabajando para que el resto del mundo pueda tener su Noche de paz.

Por eso, en esta ocasión alzaré el telón para estrenar Toga Actually, y contar como se vive la Navidad de Juzgados para adentro.

La cosa no empieza en Navidad, sino mucho antes. Cuando, con más o menos anticipación según los casos, se reparte el calendario de guardias, todo el mundo acaba dirigiendo su mirada a esos días rojos de diciembre y enero, y se oyen varias vocecillas maldiciendo su suerte. Me ha tocado guardia en Nochebuena, en Navidad, en Nochevieja o el día de Reyes. O varias a un tiempo, que en este sorteo hay muchos más agraciados que en Navidad y El Niño juntos. Creo poder afirmar sin temor a equivocarme que no conozco a ningún habitante de Toguilandia que no haya pasado una o más veces unas navidades en el Juzgado. Con más o menos trabajo, que esa es otra lotería, claro. Pero siempre acaba cayendo algo, sea el Gordo o la pedrea.

Después de muchos años con mi toga y mis tacones, no sabría decir qué es peor, si Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo o Reyes. Que cada cosa tiene su puntito.

La verdad es que la Nochebuena suele transcurrir en la guardia entre cruzar los dedos para acabar a una hora razonable, y que no pase nada que nos obligue a volver -o a permanecer- y, por qué no reconocerlo, algo de alivio pensando que serán otros quienes tendrán que ocuparse de poner la mesa y que no se queme el cordero, el pavo o el besugo. Alguna ventaja tendría que tener la cosa, aunque llegues a comértelo cuando esté frío y la familia esté ya dando buena cuenta de los polvorones. Reconozco que el único año en que llegué bastante tarde esa noche, lo hice cuando ya estaban dándole traca traca con la cucharilla a la botella de anís El Mono para acompañar los villancicos. Hace mucho tiempo de eso, pero recuerdo que tuve que asistir a un levantamiento de cadáver de un suicida. La Navidad puede ser muy triste para quienes no tienen a nadie.

Otro clásico de estas fiestas de Toguilandia para adentro son las alcoholemias. Los excesos se pagan y, como decía Steve Wonder, si bebes no conduzcas, porque además de un riesgo evidente para la circulación, puedes acabar yendo derechito al calabozo. A más de uno y de una hemos recibido el día de Navidad o el de Año Nuevo para celebrarlo con un juicio rápido por alcoholemia, algunos todavía con el gorrito de Papa Noel o el matasuegras. Y hasta con la corbata anudada en la cabeza, que no nos falte de na.

También en estas fechas no faltan las peleas varias, sea entre cuñados que se pasan de listillos, sean el en after celebrado en un bar. Aunque de las consecuencias más tristes son las surgidas a raíz de las entregas y recogidas de los menores entre padres separados y mal avenidos. Es muy triste, pero no falla. Siempre hay alguna denuncia por no haber entregado a los niños, o por haberlo hecho a destiempo. Algo a lo que, por más que pasen los años, no me acostumbro.

Tampoco me acostumbro a que cada año por estas fechas aumentan los casos de violencia de género. No sé si es la convivencia, la fiesta, el alcohol o de todo un poco, pero no hay Nochebuena que no se salde con varios de estos casos. De los más tristes que recuerdo, el de un hombre mayor, al que trajeron en pijama y del que ninguno de  los hijos se quería hacer cargo después de que su mujer decidiera que no aguantaba más y lo denunciara entre lágrimas mientras él continuaba bramando contra ella, amenazándola ante nuestras propias narices.

Por lo demás, lo de siempre corregido y aumentado, como los carteristas que hacen su agosto en diciembre alentados por la afluencia de personas haciendo las últimas compras. Nada nuevo bajo el sol.

Gajes del oficio, que la delincuencia no descansa en Navidad como no descansamos quienes, de uno u otro modo, vivimos de ella.

Por eso hoy, desde el Juzgado de guardia, mi aplauso para quienes trabajan para que el resto puedan descansar. Feliz Navidad, con la esperanza de llegar a tiempo a comerme el cocido (que este año, salvo que la cosa se tuerza, sí que sí)

 

 

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