Muñecos de nieve: mi regalo


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Un año más, llega la Navidad. Y un año más, mi toga, mis tacones y yo queremos hacer un regalo en forma de relato a quienes cada martes y cada viernes -o alguno de ellos- leéis este blog.

Feliz Navidad

MUÑECOS DE NIEVE

(relato publicado en la antología Remos de plomo)

Llegamos al pueblo exhaustos. Hacía frío, el viaje era largo y pesado y los críos y mi madre lo acusaban en sus caras. Pero en ella había algo más. Mucho más. Era la viva estampa de la emoción contenida. Y no era raro. Era la primera vez que pisaba su pueblo desde aquel día que, siendo aún una niña, lo abandonó de noche, deprisa y corriendo, con solo lo puesto, huyendo de una guerra que no comprendía.

La casa estaba en pie. Su prima se había preocupado de mantenerla hasta el día que murió, dejándole en herencia un trozo de su infancia perdida enccerrada en aquellos muros de piedra.

A mis hijos, de diez y doce años, todo aquello les traía sin cuidado. Llegaron con la ilusión de vivir, por primera vez en su vida, un invierno con nieve. Y con la obsesión de hacer el muñeco más grande del mundo.

  • ¿Cuándo hacemos el muñeco de nieve?

Mi madre gritó que no con una voz desconocida. Una voz de pánico que nunca le había oído. Luego se desmayó, y llegué a creer que la perdía.

Al cabo de un buen rato, recostada en un sofá que todavía cubrían unas sábanas blancas, me lo contó todo.

No sabía cuánto tiempo hacía que había empezado la guerra. Pero tenían mucha hambre. La misma nieve que impedía que llegaran las tropas hasta allí, impedía también que llegara comida. Y lo poco que daba el campo se había helado. Su hermano Isidro, tres años mayor que ella, había salido, como todos los días, en busca de algo con que aplacar aquel agujero que tenían en el estómago.

Pero ese día no volvió la hora de siempre, ni después. Ya entrada la noche les avisaron que estaba prisionero en las dependencias del antiguo colegio, una improvisada prisión que montó el nuevo alcalde, el que se autonombró en cuanto el Alzamiento tuvo lugar.

Mi tío Isidro había cometido el terrible error de destrozar el muñeco de nieve que, enarbolando una bandera, estaba en la puerta del Ayuntamiento tratando de desafiar a la guerra para decir que era Navidad. En la única vez que pudo verle, le explicó que solo quería coger la zanahoria con que le habían construido la nariz.

Después de decirle aquello mientras unos guardias le conducían hasta un claro del bosque, no lo volvieron a ver vivo. Oyeron un estruendo, y supieron lo que había pasado.

Su hermano fue ejecutado, acusado de enfrentarse a la autoridad y de dañar bienes públicos. Todo por querer coger la zanahoria de un muñeco de nieve para dar de comer a su familia. Mi madre siempre pensó que el hecho de que aquel autonombrado alcalde fuera el rival de mi abuelo por un asunto de lindes de tierras tuvo mucho que ver, pero nunca pudieron probarlo. Y ni siquiera les dejaron ver el cadáver.

Había descubierto la razón por la que mi madre había odiado siempre las zanahorias, a las que decía tener alergia. Y ahora sabía también por qué odiaba los muñecos de nieve y, por extensión, cualquier decoración navideña.

Se lo conté a mis hijos. Adoraban a su abuela y sabía que serían capaces de renunciar a su capricho por no hacerle daño.

Al cabo de unos días, los niños nos llamaron. Nos querían dar una sorpresa. Nos llevaron a su padre, a su abuela y a mí hasta un claro del bosque. Habían construido, con sus manitas, un muñeco de nieve enorme, con la zanahoria más grande que nunca había visto por nariz. Al pie, un enorme cartel con letras doradas en el que ellos mismos habían escrito “en memoria de nuestro tío Isidro”

Mi madre lloró todo lo que no había llorado en su vida. A partir de entonces, no hubo invierno sin un muñeco de nieve llamado Isidro dando la bienvenida a nuestra casa.

 

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