Despachos: camerinos sin glamur


foto despacho                Todos hemos soñado alguna vez con un precioso camerino, de los de las estrellas más glamurosas, con sus bombillitas alrededor y todo. El tamaño del camerino, ese santuario donde los artistas se maquillan, se arreglan y reciben a sus admiradores, corre parejo a la categoría que van alcanzando sus ocupantes el mundo de la farándula. Cuando uno tiene su propio camerino, con un tamaño respetable, Ha nacido una estrella

                Pero ya sabemos que nuestra función tiene sus propias reglas, y nuestros camerinos, esos despachos donde pasamos más horas a veces que en nuestras propias casas, distan mucho del glamur del cine, y más todavía de lo que una se imaginaba cuando soñaba en su casa, sumergida en apuntes y leyes, que algún día aprobaría la oposición.

                Por supuesto, nada de espejos ni bombillitas de colores. Lo nuestro es una cosa seria y solemne y no podemos permitirnos tales cosas, faltaría más. Se supone que hemos de tener un despacho vetusto y formal y, a ser posible, con bandera y retrato real. En el caso de que cupiera, claro. Y de que tuviéramos despacho propio, por supuesto.

                Pero, como casi siempre, del dicho al hecho hay un buen trecho, y muchos de los despachos con los que nos dotan dejan bastante que desear. Por decirlo de un modo fino, vaya. Porque aparte de todas esas dependencias donde el techo se cae a pedazos, donde hay que saltar con pértiga entre los expedientes, o contorsionarse con la habilidad de una gimnasta para incrustarse entre la mesa y la silla, hay cosas peores, como no tener despacho propio. Y en eso los fiscales nos llevamos la palma. Porque existe una ley no escrita que dice que los fiscales somos capaces de concentrarnos y trabajar aunque coexistamos con varios compañeros más que, además, reciben como nosotros visitas, tienen alumnos en prácticas y demás cosas de esta vida. Y nuestros despachos se convierten en el camarote de los Hermanos Marx. Y dos huevos duros.

                Seguro que los que no frecuentan demasiado este mundillo no lo saben, hasta se sorprenden, pero la gran mayoría de los fiscales que habitamos nuestra justicia, los que militamos en las trincheras, carecemos de despacho propio. Se comparte con uno o más compañeros, sin que a nadie le sorprenda lo más mínimo. Y nos vemos en situaciones tan surrealistas como atender en los pasillos para no molestar al compañero, o pedirle que se salga y haga de okupa en el de otro, para poder atender a una visita.

                No obstante con el tiempo mejoramos, aunque sea poco. Yo, en mi primer destino, compartía mesa y teléfono con ocho compañeros, como si de una cena de las fiestas de Villarriba y Villabajo se tratara, aunque sin paella gigante ni una gota de Fairy para limpiarla. En mi segundo –y definitivo- destino se repitió lo mismo, aunque luego, con los cambios de sede y los trienios, la cosa fue a mejor. De ahí pasé a compartir despacho con cuatro compañeros más, pero ya tuve mi propia mesa, todo un lujo, y hasta un teléfono modelo troncomóvil. Y en el siguiente envite ya solo éramos dos, aunque perdimos con el cambio el derecho a luz natral y ventana. Ahora, tras más trienios de los que me gusta recordar, gozo del extraño lujo de despacho individual, algo que no es regla general entre mis colegas. Prefiero pensar que se debe a mi extraordinaria sociabilidad y a las características de mi trabajo –atiendo constantes visitas- que a lo insoportable que pueda llegar a resultar. Y prefiero seguir creyéndolo. Y, aunque mi cubículo disfruta de un microclima que supera en muchos casos los cuarenta grados, sé que no debería quejarme. Mesa, silla y ventana propias son verdadero objeto de deseo entre los fiscales. Porque muchos siguen sin tener nada de todo esto, lo crean o no. Si lo dudan, pasen y vean. La realidad siempre supera la ficción.

                No obstante, los responsables se preocupan de nosotros, vaya que sí. Y corrieron en pleno verano –juro que no es broma- a preguntarnos si queríamos bandera y cuadro del rey nuevo, que el antiguo se había quedado desfasado. Para el que lo tuviera, claro, lo que no es mi caso –guardadme el secreto, por si acaso-. Pero ya se puede imaginar cualquiera las reacciones que tuvieron que presenciar aquellos encargados de mantenimiento, que nos ofrecían cuadros y banderas cuando nos faltan bolígrafos, y grapadoras, y posits, y muchas otras cosas tan simples como una miajita de luz natural o una temperatura que no convierta a unos en pingüinos mientras otros parecen clientes de una sauna finlandesa. Pero la parafernalia que no falte.

                Pero esto es lo que hay, si nadie lo remedia. Y no parece que estén por la labor. Así que, mientras tanto, a gozar y padecer de nuestros camerinos, sean zulos o salones de baile. Porque son cachitos de nuestras vidas a los que uno acaba tomando cariño. Qué remedio.

                Y, aunque tenía pensado consultar con la pitonisa Lola para cuándo todos tendremos despachos dignos, casi que lo dejo. No me vaya a poner encima dos velas negras.

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7 pensamientos en “Despachos: camerinos sin glamur

  1. Bravo!!!
    Lujazo tener a una fiscal como tu, y no las dos petardas zens que tengo que aguantar yo.
    Mirando y mirando, ya adivino tu respuesta a los chicos de mantenieto….

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  2. Aclaró que el término “zumo” lo he empleado de un modo metafórico y sin ánimo de molestar. Comprendo que quienes hayan conocido un auténtico “zumo” puedan considerarlo algo frívolo. Si es así, pido disculpas. Solo pretendo emplear un lenguaje próximo al ciudadano. Gracias por anticipado por la comprensión

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  3. Me encanta tu narrativa divertida y sincera. Me parece increíble, a la par que necesario, que alguien de tu gremio se atreva a abrir un pedacito de su vida profesional; puesto que la gran mayoría de los ciudadanos visualizan a los jueces y fiscales como seres subidos en la pompa, totalmente desconectados con el mundo cotidiano, cuando no es asi en absoluto. Un día,en una cafetería de índole familiar me encontré a mi preparador (soy opositora a judicaturas) estando acompañada por mis amigas y se sorprendieron de verle allí y exhortaron: “qué campechano” como si fuera algo inusual y descabellado su estancia en aquel lugar. “Me lo imaginaba en su casa, fumándose un habano” Y mas cercano y humilde no puede ser el señor. La gente no entiende que quienes escogimos este camino es por vocación absoluta de ayudar al ciudadano, de ser el ultimo resguardo de sus derechos y libertades, y abogar por un mantenimiento del orden establecido, hasta donde podamos o nos dejen.
    Aprovecho la oportunidad para decirte (espero no le molestes que le tutee) que la felicito por lograr el que es mi sueño, y que eres una inspiración para muchos. Ojalá algún día, yo comparta despacho con 10 o con 20 compañeros. Un abrazo

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  4. Pingback: Cumpleaños: una año de toga y tacones | Con mi toga y mis tacones

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