CALABOZOS: LO QUE NO SE VE


calabozos

                En todos los grandes teatros del mundo tienen sus sótanos, sus lugares secretos, como aquellos por los que vagaba El Fantasma de la Ópera arrastrando su amor y su desgracia. Ignoro si en los nuestros habrá algún espectro arrastrando su toga por las noches, aunque no me extrañaría. Pero sí tenemos nuestra parte oculta, eso que no se ve y que, por eso, también tiene cierto tinte de misterio.

                En todos los Juzgados debe de haber uno o varios calabozos, el lugar donde están los detenidos a la espera de su puesta a disposición de la autoridad judicial. En mejores o peores condiciones, grandes o pequeños, en los sótanos o a pie de calle, son esa parte de nuestro teatro que no se ve a simple vista pero es indispensable. Cuando alguien piensa en ellos, sobre todo si no es demasiado cercano a nuestro mundo, puede tener la idea de esas películas del Oeste donde el sheriff guardaba las llaves mientras hablaba con varios de los que allí había, tras la reja. Nada más lejos de la realidad. No hay sheriff sentado en su mesa con los pies sobre ella y una humeante taza de café. O no al menos que yo sepa, vaya.

                Pero los detenidos deben permanecer en algún sitio mientras, como decía, esperan a comparecer ante el juez y el fiscal. Y lo deben hacer en las mejores condiciones posibles, que no en balde no estamos en el salvaje Oeste, por más que nuestra ley procesal date casi de esa época. Pero eso no quita para que esas dependencias tengan siempre un aura de misterio y algo más que sobrecoge. O igual es cosa mía.

                A lo largo de mi vida profesional los he visto de varios modos. En pueblos y ciudades, dependiendo de los medios del juzgado. Pero con un lugar común: esa sensación distinta cuando entramos a tomar declaración o a realizar cualquier otra diligencia, como un escalofrío. Y más aún en esos locutorios –donde los hay- que sí que recuerdan a alguna que otra película.

                Pero los calabozos, al menos en “mi” Ciudad de la Justicia, tienen una característica especial. Yo siempre he sospechado que en el camino al sótano donde están los calabozos hay un enorme agujero negro del espacio que se traga a los Letrados. No lo digo en broma. Hay una especie de Triángulo de las Bermudas judicial donde se pierde la noción del tiempo y que se traga a los abogados. Sólo así me explico ese curioso fenómeno por el cual, cuando uno de ellos dice que baja a hablar con su cliente y “vuelve enseguida” tarda una eternidad. Algunos hasta se pierden. Y cuenta la leyenda que alguno no ha regresado todavía, aunque espero a que Iker Jiménez venga a confirmarlo.

                Por eso, cuando nos dicen que van a bajar “un momento” a calabozos, se nos salen los ojos de las órbitas –otro fenómeno paranormal a estudiar- y les pedimos, cuando no les suplicamos, que hablen arriba, en las propias dependencias del juzgado. Eso sí, nos salimos para preservar la intimidad y reserva de la entrevista abogado-cliente. Con el tiempo que necesiten. O casi.

                Porque reconozco que a veces perdemos la paciencia, y mientras andamos por los pasillos esperando a que acaben y mirando de reojo el resto de las causas que permanecen en cola, perfectamente alineadas en las mesas de los funcionarios, vamos echando algunas miraditas entreabriendo la puerta –eso sí, sin escuchar nada, lo juro- que tal vez hagan lo propio con la paciencia del letrado en cuestión. Es inevitable. Las prisas de la guardia no casan siempre todo lo que debieran con la tranquilidad necesaria para estos menesteres.

                En los calabozos, además, pasan a veces cosas curiosas. Gritos, reacciones y conversaciones que a veces podrían aportar mucho a la causa. Pero no todo vale, por supuesto. Y de ahí la última doctrina acerca de la no utilización de conversaciones grabadas en los mismos. El fin no justifica los medios en un estado de Derecho, algo que siempre hay que tener presente.

                Así que ya saben, cuidado con ese agujero negro. Como esto no es Canción Triste de Hill Street, cambiaremos la frase por la de “tengan cuidado ahí dentro”. Y mientras, brindaremos la ovación de hoy a los que ejercen gran parte de su trabajo entre esos muros desconocidos para muchos. Porque es un trabajo necesario y no siempre bien reconocido.

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3 pensamientos en “CALABOZOS: LO QUE NO SE VE

  1. Madre mía, me he reído tanto con este artículo, jajaja. Los calabozos del Palacio de Justicia de Murcia son patéticos, pero sabes seguro dónde están, los de la nueva Ciudad de la Justicia son muy cuquis, pero es un lío bajar a ellos si no lo haces desde el juzgado de guardia, juro que un día me perdí y aparecí en unos pasillos de colores, que resultaron ser los archivos de los juzgados, cada uno pintado de un color distinto (y bien chillón), fue la risa, aunque me asusté un poco, supongo que los vigilantes estarían arriba en la garita meándose de risa a mi costa.

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