Cursos: más que turismo judicial


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Todos necesitamos reciclarnos, aprender y modernizarnos. Los artistas, por consolidados que estén en su fama y su prestigio, nunca pueden permitirse el lujo de dejar de aprender, o se arriesgan a quedar fuera de juego. Que se lo digan si no a la Estela Reinols de La que se avecina, reviviendo continuamente el día que Fernando Esteso tuvo una escena subidita de tono con ella, o a la Bim Bam Bum de Aida, ambas personajes de ficción pero que reproducen clichés reales.

Ni nuestro cine se puede quedar en el tiempo de Los Bingueros, ni nosotros tampoco. Por más que algunas de nuestras leyes daten de cuando los hermanos Lumière tenían la edad de la Primera Comunión. Por eso hay que informarse, formarse y, hasta si es preciso, reformarse, que no nos podemos quedar atrás.

Y para eso, sólo nos quedan dos cosas: estudiar en casa, que bastante difícil nos lo ponen con una reforma tras otra –o mientras, que muchas se solapan- y acudir a cursos, congresos, jornadas, seminarios, o lo que se presente.

Muchas veces se catalogan estas salidas de turismo judicial. Nos adjudican un curso, cogemos nuestra maletita, y nos vamos a la ciudad que sea. A aprender, se supone. Aunque tampoco está mal conocer la ciudad, convivir con los compañeros, y disfrutar de la gastronomía y de alguna copa, que no solo de leyes vive el jurista. Pero siempre se aprende algo, y de eso se trata, al fin y al cabo.

Aunque algo vamos modernizándonos, lo bien cierto es que nuestros cursos siguen el esquema tradicional. Ponenecias y mesas redondas, temas preferentemente jurídicos e intervenciones al final. Entre éstas, siempre me ha fascinado un clásico: el profesional de la tesis de la pregunta-ponencia, ese asistente al curso que interviene poseído por el espíritu del umbralismo y nos viene a hablar de su libro, haciendo una pregunta casi más larga qe la ponencia en sí y que no suele esperar respuesta. Pero, al margen de estas intervenciones, estos debates finales suelen ser my enriquecdores. Al menos, para percatarse que otros tienen los mismos problemas que una, que no es poca cosa.

Pero si hay un momento donde realmente se aprende, es el las actividades extraescolares de los cursos en cuestión. En comidas, cenas, cafés y copas, la gente suelta la lengua y, en petit comité, se explaya a gusto sobre sus cuitas. Con esas cosas que a veces, uno no se atreve a decir en público. Y es cuando descubrimos que no somos tan torpes como a veces nos creemos, que a los demás también les pasan esas cosas que pensamos que solo nos pasan a nosotros, y que otros tienen tantas dudas como una misma. Y que incluso, todos metemos la pata, lo cual es una terapia de grupo sin igual.

Pero no vamos solo a los cursos más o menos oficiales. También hay quien, de vez en cuando, se atreve a salir del entorno y acude a seminarios de la universidad, o de colegios de abogados, o de cualquier otra entidad donde pueda aprender algo. Y eso son cosas que deberíamos también potenciar, que la endogamia parece que a veces nos puede.

Y otra de las modalidades de este turismo de leyes y copas son los congresos de las asociaciones profesionales. Una buena ocasión para compartir inquietudes, conocimientos y problemas entre compañeros con muchas cosas en común.

Pero una de las mejores cosas de estas salidas en los últimos tiempos es la desvirtualización. Y es que, cada vez que hago mi maletita rumbo a un curso, consigo desvirtualizar a alguien a quien ya conocía de redes sociales o foros. O que me conocía a mí, sin que yo lo supiera. Y es impagable ese momento en que alguien se acerca y te pregunta: ¿tú… eres tú?. Y como yo soy soy yo, si nada lo remedia, nos saludamos y se produce la desvirtualización. Como una vez, hace no mucho, que una compañera de la carrera hermana a quien no tenía el gusto de conocer me dijo con una gran sonrisa “ah, tú eres la de la toga y los tacones”. Y con esa frase me contagió la sonrisa para el resto del día.

Así que demos hoy una ovación a esas oportunidades de salir, no vaya a ser que llegue una tijera cruel y nos los quite. A pesar de que a la vuelta nuestras mesa amenace hundirse con el peso de los expedientes y a pesar también de que estaría bien dar un repasito a la manera en que se hacen. Porque hay que informarse para formarse, y formarse para no deformarse.

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2 pensamientos en “Cursos: más que turismo judicial

  1. Pingback: Cumpleaños: una año de toga y tacones | Con mi toga y mis tacones

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