Virus: prevención o miedo


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Todo el mundo ha visto películas o series de televisión sobre epidemias, enfermedades y contagios, un buen tema que da mucho de sí. Películas como Contagio o Ebola o series como La peste ponen en imágenes algo tan atávico como inevitable: el pánico colectivo que estas cosas suscitan, tan contagioso o más que la enfermedad misma. Tan presente en todo tipo de géneros que hasta el atormentado vampiro protagonista de la saga de Crepúsculo había fallecido, a principio de siglo, de la mal llamada gripe española, que no tenía más vinculación con nuestro país que la nacionalidad de los diarios que hablaban de ella, que ya entonces existía la manipulación de la información.

En estos días es inevitable hablar del coronavirus, o Covid19, del que lo único que podemos decir es, como Sócrates, que solo sabemos que no sabemos nada. Vivimos, eso sí, un sobresalto permanente del que cada día –y hasta cada hora- hay un nuevo capítulo, como si de un folletín por entregas se tratara. Y, como en los culebrones, el guión se va improvisando y transmitiéndolo por el pinganillo. Solo que, en este caso, en vez de los amores y desamores de Alberto Washington Fernando con Luzmila Gwendoline de la Anunciación, se trata de nuestra salud.

Como no podía ser de otra manera, el coronavirus ya ha tenido su incidencia en Toguilandia. Y lo que te rondaré, morena, que parece que esto no ha hecho más que empezar.

Hace unos días, leía que un juzgado de Madrid suspendía sus actuaciones momentáneamente por una sospecha de contagio y hace nada, aquí mismito, en la Ciudad de la Justicia de Valencia se paralizaba la puesta a disposición de detenidos porque algo hizo pensar que uno de los que había en calabozos podría tener el virus, así que se paralizó esa actividad hasta que, al cabo de cinco horas, los análisis confirmaron que se trataba de una falsa alarma. Por suerte, y de momento, claro. A modo de anécdota –o no- diré que las detenidas sí que pasaban, ya que están separados los hombres de las mujeres y no había habido contacto, que se supiera.

La historias que corrieron al respecto fueron muchas y variadas. La verdad es que ignoro por qué se disparó la alarma de que uno de los detenidos pudiera padecer a enfermedad, pero pronto empezaron los rumores de que era un listillo que pensaba que con pronunciar la palabra “coronavirus” se le iban a abrir las puertas de la libertad cual si se tratará de Alí Babá gritando Abrete Sésamo. Una vez más, claro, su gozo en un pozo.

Me acordaba yo entonces de mis tiempos de Facultad, donde cada dos por tres teníamos avisos de bomba que hacían que nos desalojaran y montaran todo el dispositivo para concluir que, también en este caso, había sido una falsa alarma. La mayoría de veces coincidían con exámenes, lo que hacía pensar que alguien no se sabía la lección y quería lograr un aplazamiento del examen por el sindicato de las prisas. Y ojo, que hasta había profesores que se empeñaban en hacer igualmente la prueba “bajo su responsabilidad”. No triunfaron porque, por más responsabilidad que asumieran, como fuera verdad, la cosa no tendría remedio.

  El propio código penal contemplaba como delito el aviso falso de bomba, aunque la reforma de 2015 cambió el precepto para ampliarlo en el sentido de abarcar cualquier falso aviso que movilice los servicios sanitarios o de emergencias. Igual es que el legislador poseía el mismo poder que Los Simpson o Astérix y Obelix para predecir el futuro, y ya sabía la que se nos vendría encima un lustro después. De nuevo, Iker Jiménez encontraría tema para su Nave del Misterio –que no del Ministerio, y menos aun Fiscal- en Toguilandia.

También me he acordado de aquel precepto del contagio intencionado de enfermedades, que parecía muy moderno en los primeros tiempos del SIDA, y que ahora está ahí como congeladito el pobre. Igual se reactiva ahora para quienes nos peguen un estornudo en plena cara o para que denuncien a cascoporro los hipocrondríacos que se crean víctimas de un complot. Tiempo al tiempo.

Todavía no han empezado a notarse algunos efectos –o no los he notado yo, al menos- que no tardarán, sean verdad o mentira. En nada podrían empezar a provocar problemas las citaciones y notificaciones, y testigos o acusados citados no llegar porque les han impedido cruzar determinada frontera o les han retenido en cualquier sitio en una cuarentena que, hasta hace poco, nos parecía propio de las novelas de Robin Cook y no de nuestra realidad diaria. Y, por supuesto, la picaresca podría entrar en acción y, aunque no estuvieran en ese caso, acogerse a ello, que hecha la ley hecha la trampa. Como las tarjetitas de los padres que llevábamos al colegio diciendo eso de “mi hija Susanita no asistió ayer porque estaba malita” y que en más de un caso se hubieran calificado como falsedad en documento si se hubieran denunciado. Hay una leyenda urbana de un niño al que pillaron cuando falleció su quinta abuela, porque los profesores le llevaban la cuenta, pero no sé cuanto hay de realidad en ello. En todo caso, seguro que en la jusrisdicción de menores han visto más de una de esas.

Pero, volviendo al coronavirus dichoso, acaban de cancelar las clases en colegios, institutos y facultades de algunos lugares, Madrid nada menos entre ellos. Así que habrá que entender que otra incidencia en Toguilandia, la de los cursos de formación inicial o continua que, como conté en su día, son algo más que turismo judicial. Y no quiero ser susceptible, pero quienes tenían alergia a aprender eso de la perspectiva de género ya tienen una excusa nueva como la cosa se alargue. Aunque igual son cosas mías y está toda la judicatura como loca esperándolos. Ojala así fuera.

Así que así seguimos, minuto-resultado, como si de un acontecimiento deportivo se tratara. Tal vez se exagere, o tal vez nos quedemos cortos, solo el tiempo lo dirá. O quizás la cosa no haya hecho más que empezar. Pero no puedo evitar acordarme de la que nos liaron con la gripe A, con la que hicieron su agosto los fabricantes de gel desinfectante, y luego no fue nada. Pero, como dice el refrán, mejor prevenir que curar. Eso sí, si hay algo seguro, es que en unos años algún miembro de la familia Alcántara se contagiará de COVid19 en el Cuéntame del futuro, que siempre les pasa todo, y que dedicarán muchos minutos en el Donde estabas entonces dedicado a este año. Y si no, al tiempo. Que voy a competir a pitonisa con Los Simpsons.

Y hasta aquí, coronavirus mediante, el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar, de una parte, a los y las profesionales que se enfrentan cada día a estas cosas y de otra, a quienes con la sensatez por bandera, evitan el pánico, sin olvidarme de quienes emplean el sentido del humor porque siempre he admirado mucho a la gente que saca chistes de cualquier cosa en un nanosegundo. Porque, aunque la cosa no sea para tomarla a broma, una broma sin mala intención nunca hizo daño a nadie.

Y, por supuesto, no me olvido de la ovación para @madebycarol, autora, una vez más, de la ilustración de este estreno

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