VÍCTIMAS: EL VALOR DEL DOLOR


victima

 

                Cada vez avanza más nuestro espectáculo. Los actores están preparados, y el público atento, y ha llegado el momento en que haga su entrada triunfal el protagonista absoluto, el bueno de la película. El papel quizás más complicado porque el intérprete no lo ha escogido: no ha estudiado para esto, no se ha presentado a casting alguno, y ni siquiera se hubiera imaginado nunca arriba de este escenario. En ocasiones, ni siquiera está físicamente, y, como en el algunas películas, tenemos que traer a la pantalla su presencia a través de flash backs, por medio del testimonio de otros, como hizo Hitchcock con Rebeca. Porque, desgraciadamente, la víctima en ocasiones ha dejado de existir, y es su historia la que constituye la trama principal de nuestra obra, el argumento de nuestra función.

                Nuestro intérprete, presente o ausente, ha de enfrentarse a un papel que no ha ensayado jamás, a una representación entre actores profesionales que han asistido miles de veces a espectáculos parecidos. Y sin ninguna experiencia, se enfrenta a un público que puede ser fiel o despiadado, en un estreno donde es él quien más se juega. Y sin preparación, ni ensayos generales. A pelo. Aunque no lo guste. Ahí es nada.

                Víctimas hay de muchas clases, tantas como delitos se cometen y como personas hay. Nadie reacciona igual ante un hecho, ni es capaz de contarlo con la misma convicción. Ni tampoco son iguales todos los delitos, aunque haber sido víctima de uno es siempre un hito en la vida de cada persona, tenga la entidad que tenga el delito en cuestión. Y eso es algo que los actores fijos de nuestra saga nunca debemos olvidar.

                A veces, para entenderlo, hay que ponerse en el papel del otro. Y quitarse la toga del cuerpo y de la mente para imaginar cómo nos encontraríamos en una situación así. En mi otra vida, ésa en que llevo los tacones pero no la toga, también he sido víctima, aunque por fortuna de nada grave. Aún así, mi yo ciudadana buscaba esa simpatía, esa sonrisa o esa comprensión que no siempre se transmite desde estrados. Y que no cuesta tanto, qué caramba. Así que practiquemos, que por algo hemos ganado nuestro papel en esta obra y no debemos defraudar a público ni crítica. Juro que estoy en ello.

                Pero parece que si hablamos de víctimas todo el mundo piense en hechos tremebundos, como asesinatos o violaciones. Y efectivamente, tan terribles delitos hacen que la víctima se granjee casi inmediatamente la empatía de todo el mundo, más aún si se trata de personas especialmente vulnerables, como ocurre con los menores. Pero no siempre es así, y a veces se somete a la víctima a un juicio sobre su persona que reduplica su sufrimiento. Y se hace gravitar la duda sobre su persona si la víctima entabló relaciones con su verdugo, si supuestamente provocaba con su ropa o sus ademanes, si su actitud era una u otra… Como si alguna cosa que ella hiciera pudiera justificar lo injustificable. Algo tremendo.

                Aunque, como decía, nuestra función no tiene siempre tintes de novela negra. Y, en ocasiones, bordea casi la comedia, o al menos, la tragicomedia. Peleas de vecinos en que se cruzan insultos por motivos aparentemente baladíes o riñas de bar o de familia donde las víctimas se sienten gravemente ofendidas aunque a veces no lo comprendamos, merecen todo nuestro respeto. Porque es justa la indignación de aquella a quien el vecino echa lejía en la colada, o de aquel que oye cómo mentan a su madre de un modo nada halagüeño, o del dueño de un kiosko que ve cómo se llevan sus golosinas sin pasar por caja, por poner algún ejemplo. Y también merecen nuestra empatía, y nuestro respeto. Y, por supuesto, nuestra comprensión Aunque sea el enésimo juicio de faltas por el mismo motivo y tengamos ganas de acabar de una vez.

                Así que la próxima vez que asistamos a un estreno en nuestro gran teatro, parémonos a pensar en ese protagonista que ha llegado hasta ahí sin buscarlo, y que se ve obligado a revivir su pequeño o gran drama contra su voluntad. O en ése que ya no puede revivirlo, aunque quisiera, y en sus seres queridos, conminados a asistir a una función que les recuerda su dolor y su pérdida. Y tratémosles como nos gustaría que nos trataran a nosotros. No revistamos de profesionalidad lo que pueden percibir como indiferencia. Porque nosotros tendremos más funciones y más papeles, pero para ellos ésa es la única representación, la función de su vida. Y hay que estar a la altura.

                Por todo eso, regalemos el más fuerte de los aplausos a todas esas víctimas. Para que su interpretación termine en un clamoroso éxito. Tal como merecen.

 

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2 pensamientos en “VÍCTIMAS: EL VALOR DEL DOLOR

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