TESTIGOS: UN MOMENTO ESTELAR


 testigo

                Una tras otras, se vienen sucediendo las representaciones en nuestro gran teatro sin que hasta el momento haya aparecido uno de los personajes más esperados. Y ése no es otro que el testigo, ese special guest star de las series de mi infancia que hacían que todas las miradas se centraran por un momento, en su sola presencia, esperando su fundamental contribución al desenlace. Seguro que todos recordamos la aparición de una inolvidable Marlene Dietrich en Testigo de cargo, o a Harrison Ford desplegando todos sus encantos para lograr el testimonio del niño que presenció el crimen en Único testigo. Así de importante es nuestro protagonista

              Por suerte o por desgracia, las apariciones de los testigos en nuestro teatro no son tan glamurosas ni tan espectaculares como las de las películas americanas. Pero eso no les resta importancia, ni mucho menos. De ellos depende muchas veces cómo quedemos de satisfechos con la representación cuando caiga el telón o aparezca ese clásico cartel de The End cada vez menos frecuente.

                 El testigo es una persona ajena, por regla general, a este mundo, que se ve involucrada en un hecho que va a ser objeto de juicio. Puede coincidir o no con la propia víctima del delito, o con el perjudicado del hecho de que se trate, lo que le coloca en situaciones totalmente distintas. Pero como a la víctima ya le dediqué su propio post, voy a centrarme en el testigo que no ostente esta condición, y que se erige en una pieza esencial en el argumento de nuestra obra.

               En principio, a todo el mundo ajeno a nuestro gran teatro de la justicia, salvo alguna excepción, le hace poca gracia lo de testificar. Eso de meterse en líos, en donde no nos llaman, forma parte del acervo popular, refranero incluído –“juicios pasen, más no por mi casa”-. Pero hay que recordar que es un deber, y que dejar de comparecer es constitutivo de delito, como es también faltar a la verdad en la declaración que se haga ante el Juzgado. Tal vez por eso, lo que la gente tiende a evitar es verse envuelta en esas situaciones que le llevarán de cabeza a declarar ante un juez. Y así, todos hemos visto cómo algunas personas huyen como alma que lleva el diablo si ven un tirón en la calle, una pelea en un bar o un accidente de tráfico. Por si acaso.

            Y no hay que culparlos totalmente. Es cierto que a veces el sistema no se lo pone fácil, y cuando el colaborador ciudadano se encuentra con un par de horas de espera o varias suspensiones, se le quitan las ganas de colaborar para siempre, y con razón. Por eso, hay que evitarles todas las molestias e inconvenientes añadidos que sea posible. Y ser amable, que eso cuesta poco y puede cambiar radicalmente la percepción del ciudadano de su experiencia ante los tribunales. Yo siempre les agradezco su presencia, por más que ésta sea obligatoria, y su disposición a contribuir con la justicia. Y conozco muchos jueces que les llaman personalmente a explicarles por qué se ha producido una suspensión –y disculparse por ello- o qe la conformidad del acusado ha hecho innecesario su testimonio. Una buena práctica que convierte muchas veces en sonrisa el gesto de enfado del afectado.

               El abanico de testigos es variado, como variadas son las causas por las causas que dan lugar a un juicio. Desde la simple falta en que el testigo veía como la aviesa vecina echaba a hurtadillas la lejía sobre la ropa tendida de la sufrida propietaria del piso de abajo, hasta el que presencia un asesinato, desde quien ve la pelea en un bar donde se estaba tomando tranquilamente una cerveza, hasta quien da cobijo a una mujer maltratada, desde quien está al lado del espabilado que se lleva la compra sin pagar, hasta quien conoce quién se llevó el dinero de la empresa, o dejó de declarar a Hacienda. Todos son importantes, pero a nadie escapa que su testimonio no tendrá los mismos efectos.

               A veces olvidamos que los testigos pueden tener miedo. Y que el miedo es libre, y no somos quienes para juzgarlo. Por eso, hay que ser exquisitos en proporcionarles aquello que haga disminuir sus temores. Explicarles lo que haga falta, poner un biombo que impida su contacto visual con el acusado, evitar que se encuentre por los pasillos con la familia o los amigos del imputado y, en los casos en que sea preciso, aplicar toda la protección policial necesaria o conferirle el estatus de testigo protegido conforme prevé la ley al efecto.

             Y también olvidamos a veces que los testigos no entienden nuestra jerga, ni nuestra puesta en escena. Todos nos hemos encontrado con testigos que buscan la Biblia para prestar juramento, que se ponen la mano en el pecho, o que juran, y prometen, y por esta que son cruces. Y, aunque en ocasiones, ello da lugar a anécdotas simpáticas, lo cierto es que no se lo ponemos fácil con preguntas como esa de “si tienen interés directo o indirecto en la causa”, o con la advertencia genérica de los “apercibimientos legales de ser reo de falso testimonio en causa criminal”. Háblemosles claro, y nos entenderán, que tampoco cuesta tanto.

             Así que, la próxima vez que un testigo haga su aparición estelar en nuestra función, tratémosles como su condición de estrella se merece. A buen seguro que ellos lo agradecerán, y que contribuiremos a mejorar la calidad del espectáculo.

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9 pensamientos en “TESTIGOS: UN MOMENTO ESTELAR

  1. El juez pregunta a la testigo: ¿”tiene usted amistad íntima o enemistad manifiesta con el acusado”? Ella se indigna y contesta: “¡oiga, mi vida privada es sólo mía!”.
    No pude preguntarle nada a la dama sin atacarme de risa…

    Preciosa entrada, Susana

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  2. Audiencia Provincial de Lugo años 60, comparece la testigo, prostituta muy conocida en la ciudad y un Magistrado le pregunta: “Profesión?” Contesta: “puta, como su señoría bien sabe…” REAL COMO LA VIDA MISMA

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