FIN DE AÑO: ¿LA VIDA SIGUE IGUAL?


FIN DE AÑO

                Si uno de los argumentos frecuentes en el espectáculo es la Navidad, otro no menos frecuente es la Nochevieja, el Año Nuevo y todo lo que le rodea. Fiestas y propósitos para el año que empieza son un clásico de cada fin de año, y han constituido el leit motiv de muchas películas, desde las antológicas El Crepúsculo de los dioses o La Quimera del Oro hasta comedias como Tú y yo o Cuando Harry encontró a Sally, pasando por esa Nochevieja inolvidablemente trágica de El Padrino II. Las tablas de nuestro escenario no celebran función especial, como hacen muchos escenarios de todo el mundo -más allá por supuesto de la Sesión Continua que constituye la guardia- pero eso no quita de que la cuenta atrás que separa un año del siguiente no marque en gran medida nuestras representaciones.

                Y el clásico entre los clásicos es en nuestro ámbito El fin del mundo, un fenómeno que aquí se relativiza por cuanto que ocurre dos veces al año. Eso he dicho, dos veces: Navidad y verano. Seguro que cualquiera que represente alguno de nuestros papeles sabe de qué estoy hablando. Y es que llega el mes de diciembre o el de julio, e invade a todos un síndrome extraño: el mundo va a terminarse y a mí no puede pillarme con la mesa llena de expedientes. Y entonces, como si se trataran de cohetes a propulsión, empiezan a salir causas en distintas direcciones con el propósito, no sólo de ser resueltas, sino fundamentalmente, que salgan de la mesa en donde se encontraban. Pero ahí no acaba todo. Si en la vida ajena a nuestro espectáculo todos los caminos conducen a Roma, en los que atañe a nuestra función, todos los caminos conducen a Fiscalía. No bromeo. Existe la creencia de que hay una suerte de fuerzas magnéticas que atraen a los expedientes y los traen a nuestras dependencias. De hecho, he llegado a pensar que este fenómeno fue objeto de un programa de Cuarto Milenio que yo jamás ví. Pero el caso es que lo busco en Google y en Youtube y no hay manera.

                ¿Que por qué digo esto? Muy fácil. En cualquier momento pero, sobre todo, llegadas estas fechas de uno de los dos fines del mundo anuales, alguien aparece buscando un expediente que presuntamente se ha perdido. Como si fuera Indiana Jones en un remake titulado En busca de la causa perdida Y, vaya a donde vaya a preguntar, le acaban diciendo que está en Fiscalía. Pero por aquí no aparece. Parece ser que algún prestidigitador lo ha hecho desparecer y no sabe las palabras mágicas para hacerlo regresar. Menos mal que yo sí las conozco. Y hoy voy a revelarlas como si se tratara de uno de los misterios de Fátima. Se trata de poner una cara muy seria y decir, con voz firme :”búsquelo bien que yo no lo tengo, seguro que está en algún sitio”. Aunque por dentro me asalten las dudas de si me lo llevé a casa y se me quedó mezclado con los deberes de mis hijas o si me lo bajé a la guardia un día que no había detenidos. Es lo que las madres traducen por “las cosas no tienen patitas” o, como nos decían en el colegio “lo que no se comen los ratones aparece por los rincones”. Y el truco del almendruco está en mantenerse en el sitio hasta que de repente, al conjuro de las palabras mágicas, el expediente aparece como por ensalmo en cualquier lugar, y no necesariamente en fiscalía. Pero da igual, llevamos colgado el sambenito para siempre.

                Pero, expedientes X aparte, acabamos sobreviviendo a este fin del mundo año tras año. Aunque hayamos pasado unos días de infarto en que os Juzgados parecen competir por demostrar quién tiene la causa de mayor urgencia para despachar, llega el 1 de Enero y todo sigue igual, o casi. Los ordenadores siguen funcionando a la velocidad de una tortuga reumática, los papeles siguen creciendo a base de fotocopias y más fotocopias, las notificaciones no han superado los tiempos en que se hacían por diligencia -y me refiero a coches de caballos, no a resoluciones- y todos seguimos esperando que los Reyes Magos nos traigan los medios materiales y personales que nos hacen falta.

                Yo, por mi parte, sigo incluyendo en mi carta a los Reyes la varita mágica para solucionar los entuertos, pero aún no me la han traído. A ver si este año por fin se animan.

                Así que, tranquilos, celebraremos otro Fin de Año más sin que se acabe el mundo. Por eso, hoy pediré el aplauso para todos esos que, desde el papel que les ha tocado en nuestra función, consiguen que ésta siga representándose. Que no siempre es fácil.

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