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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Juicios paralelos:  togas de pega


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Muchas veces se hace realidad el dicho de que la realidad supera a la ficción. Pero el verdadero problema surge cuando se hace difícil distinguir realidad de ficción, lo que es y lo que quieren hacernos ver que es, sea o no. Lo que la verdad esconde es, en ocasiones, mucho menos llamativo de lo que parece, y entonces sale eso de que la realidad no estropee un buen titular. O una buena Primera página.

Lo de los juicios paralelos -¿o quizás para lelos?- parece que existe desde que el mundo es mundo. Mucho antes incluso de que existieran los periódicos ya andaban los juglares dando sus propias versiones de los hechos. En realidad, si no existiera el boca-oreja, Romeo y Julieta no hubieran acabado como el Rosario de la aurora. Y no tenemos más que echar un vistazo a la historia de El Crimen de Cuenca para percatarnos de los perniciosos efectos de ver más allá de lo que hay. Una historia que, por cierto, motivó una reforma procesal histórica en su momento: la introducción del recurso extraordinario de revisión.

Y sin duda alguna, aquí sí que se lleva la palma nuestro escenario. Que hay que ver la de sitios donde les gusta imitarnos, reproducirnos y hasta suplantarnos. Mucho más allá de las series de ficcion con sus juicios de la Srta. Pepis, hay un universo entero de togas de pega que recorre prensa, radio y televisión en diversos formatos, desde pseudo programas de investigación hasta magazines con todológos diplomados que tan pronto opinan sobre la separación de la famosuela de turno como sobre la última sentencia del tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y, como diría una buena amiga, tan pichis.

Como adelantaba, esto de los juicios paralelos no es nuevo, ni mucho menos. Pero conforme se extiende el mundo de la globalización audiovisual las posibilidades del circo mediático se multiplican y  se convierte en un circo de infinitas pistas. El mayor espectáculo del mundo. Pasen y vean.

Si hay un asunto que marcó un antes y un después en todo esto, creo que fue la horrible tragedia de las niñas de Alcacer. Aunque hace tanto tiempo que ni siquiera me había convertido en una toguitaconada de pleno derecho, todavía se me ponen los pelos como escarpias al recordar aquello. El regodeo en el dolor de todo un pueblo por el tremebundo asesinato de unas adolescentes, con entrevistas a amigas y familiares incluídas, fue todo un máster de lo que no se debe hacer. Y lo que siguió a aquello, con programas diarios comentando la jugada como si fuera la moviola de fútbol, un doctorado cum laude. Tanto es así, que podríamos hablar de una alcacerización de los medios de comunicación cuando el morbo traspasa todos los límites admisibles.

Pero aunque por un momento pudo parecer que se aprendió la lección, fue solo un espejismo. Y cada vez que el asunto puede generar morbo, la tentación parece ser demasiado grande para que alguien no caiga en ella. Marta del Castillo, la niña Mari Luz, el asesinato y enterramiento en cal viva de dos mujeres en Cuenca o la desaparición de Diana Quer son hitos en los que todo el mundo se cree con derecho a opinar y hasta a sentar cátedra. Y, de paso, a pasarse la actuación judicial o las labores de investigación de las fuerzas y cuerpos de seguridad por el arco del triunfo. Tal cual.

El otro día veía en televisión cómo varios tertulianos y tertulianas se refocilaban ante aquello en lo que creyeron encontrar un filón: la muerte de una niña, presuntamente, a manos de su tío de una paliza. Las desavenencias entre los progenitores, la sorpresiva llegada del padre desde el extranjero y las acusaciones mutuas, micrófono mediante, dieron carnaza suficiente para comentar mucho más allá de lo que recomienda la prudencia. Máxime, cuando hay un asunto subiudice con una menor asesinada de por medio.

Y así sigue. Hasta el infinito y más allá. Y así parece que seguirá cada vez que la realidad nos dé un nuevo bofetón con unos de esos hechos que superan la ficción y hasta la imaginación del mejor de los guionistas. Y cuando pasan, oímos cosas en tertulias y debates que nos dejan de pasta de boniato. Como, sin ir más lejos, la que escuché hace poco de labios de una abogada reconvertida en tertuliana sabelotodo: “yo no respeto una sentencia de conformidad”. Y que me dejó con mi capacidad de asombro bajo mínimos, después de haber asistido a un enconado debate sobre una “prueba testimonial” que me ha hecho repasar la ley a ver si mi ejemplar está errado.

Pero tal vez lo peor de todo es saber que hay periodistas de toda seriedad y solvencia esperando una oportunidad para demostrar cómo hacer bien su trabajo, y también me consta que los hay peleándose con sus jefes, día sí y día también, por permanecer dentro de los límites de la ética aun a costa de perder un titular glorioso.

Aunque tampoco hay que matar al mensajero. Lo mejor que podríamos hacer cuando montan un circo de ese calado, es no comprar entradas. Apagar nuestros televisores y no dar pábulo a determinadas cosas. Que no todo vale. Y a veces conviene pararse a pensar y ponerse en la piel de los  afectados por el hecho para imaginar cómo se pueden llegar a sentir ante tanto aluvión de imágenes y de comentarios irresponsables. Obviamente, tenemos derecho a la información, pero no hay patente de corso para la deformación de un noticia hasta dejarla irreconocible

Así que hoy el aplauso es doble. De una parte, para quienes ejercen su labor en los medios con responsabilidad. De otra, para quienes se niegan a ser espectadores o cómplices de determinados circos. Porque, aunque no lo creamos, nos puede tocar a cualquiera.

Y, además, una ovación extra para la autora de la imagen que ilustra este estreno, Lucía Mompó Gisbert, realizada ex profeso para nuestro teatro,

 

#UnMarDeHistorias : Alivio


FB_IMG_1501276946184(imagen cortesía de @nandogerman)

Hoy el escenario de Con Mi Toga Y mis Tacones se viste de azul marino para contar una historia, una más de #UnMarDeHistorias que existen pero que nadie conoce hasta que no ven la luz

 

ALIVIO

                Cuando me juró que volveríamos a vernos, en medio de un mar de lágrimas, desató un tsunami en mi alma. Yo también se lo juré, una vez logré destensar un poco el nudo de mi garganta.

                Confieso que cuando nos obligaron a marcharnos de allí, sentí pena, pero también sentí alivio.  Y luego me sentí culpable de sentir alivio, y más pena por sentirme culpable de sentir alivio.

                Después de fundirnos en un abrazo interminable, le dí mi regalo. Quise que se quedara con algo mío, algo que apenas tenía valor económico pero que sabía que le encantaba. Mi camiseta de color verde chillón con aquel dibujo que tanto le gustaba estampado en el pecho. Se la puso, y me apretó la mano, repitiendo la frase que yo siempre le repetía:

– Recuerda que solo un mar nos separa

                No me costó demasiado adaptarme a mi nueva vida. Después de meses viviendo en el mismo centro del infierno, tratando de ayudar y viviendo cada nuevo día como un regalo, mi trabajo en la oficina de la organización humanitaria a la que pertenecía se me antojaba un paseo en barca. Aunque, a veces, recordaba aquel abrazo, y de nuevo sentía alivio, y culpa por sentir alivio.

                 Cada vez que nos llegaban imágenes de un nuevo rescate en el mar, o de un nuevo naufragio, y veía a toda aquella gente que se jugaba la vida cruzando el mar en una barca casi de juguete, rememoraba aquel tsunami que recorrió mi cuerpo y mi alma. Y aquella vez no fue una excepción.

                Cuando vi aquellas imágenes, una sacudida me recorrió todo el cuerpo. Entre los más de cincuenta cadáveres tendidos en la playa había uno que destacaba entre todos. Una criatura vestida con una camiseta verde chillón yacía de espaldas sobre la arena. El mar había escupido su cuerpo, como muchos otros, incapaz de seguir tragando tanta tragedia Y me dio un vuelco el corazón.

                Permanecí pegada a la pantalla mientras veía aquel vídeo, aunque solo centraba mi atención en el cuerpecito exánime vestido de verde. Las secuencias se sucedían ante mis ojos llenos de lágrimas hasta el instante en que la grabación pareció adquirir nueva vida. Un voluntario recogía en sus brazos a la criatura. No se veía su cara, pero se apreciaba a la perfección su pecho. Y pude ver con toda claridad la camiseta verde chillón. No tenía ningún estampado. No era la mía. Ni rastro del delfín que adornaba la que un día regalé al otro lado del mar, ese delfín que siempre había sido mi animal favorito y que se había convertido en un símbolo de nuestra amistad.

                Y entonces, sentí alivio. Y me sentí culpable por sentir alivio. Y sentí pena por sentirme culpable de sentir alivio.

Ego: ombliguismo en la balanza


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Si hay un mundo proclive a los egos desmesurados, ése es el mundo del espectáculo. No es difícil comprender que quien pasa de  la nada al todo, del anonimato a la fama, en un golpe de suerte, llegue a creerse todopoderoso, sobre todo si de un verdadero golpe de suerte se trata, con poco o nada de trabajo detrás. El mundo de la música, por ejemplo, está plagado de pseudo cantantes que fueron flor de un día y que, aunque sacaron un tema millonario, se fueron por donde llegaron, al anonimato más absoluto o a vivir de recuerdos, como esas Chicas Picantes que dejaron de picar en cuanto se apagó su estrella, salvo la que por el camino encontró el chollo vestido de futbolista. Pero, desde luego, no es fácil sustraerse a la admiración pública, y meterse de lleno en esa Hoguera de las vanidades que a veces acaba llevando hasta Las Amistades Peligrosas.

Como en nuestro teatro, salvo alguna estrella que otra, no es fácil llegar a ser un dios mediático, no alcanzamos esos niveles de poder reclamar flores azules en un camerino repleto de bombillas iridiscentes. Pero eso no quita para que haya quien, a su nivel, acabe creyéndose dios con pandereta y actuando en consecuencia. Y eso no es bueno, desde luego.

Como quiera que los bienes con los que jugamos son muy preciados y valiosos, sean de tipo económico, o sean tan preciosos como la libertad, es comprensible que en algún momento nos sintamos presas del pánico por la trascendencia que nuestras decisiones pueden tener en muchas vidas. Pero eso jamás puede nublarnos la visión. No somos nosotros, sino la importancia de la función a la que nos debemos, lo que es importante. Algo que no debíeramos perder de vista nunca.

Desde luego, desde el punto de vista teórico es claro y meridiano. Pero del dicho al hecho hay un buen trecho y hay que hacer malabarismos entre uno y otro extremo para no caer por uno u otro lado de la pendiente. Ser demasiado discretos puede llevarnos a un indeseable efecto de lejanía de la ciudadanía. Ser demasiado visibles a un innecesario afán de protagonismo. Y la naturalidad no siempre está al alcance de nuestra toga.

No hace falta irse a grandes manifestaciones. A veces, los pequeños detalles marcan la pauta. Recuerdo en mis primeros tiempos a un magistrado que decía muy serio que “no hay mejor jurisprudencia que la propia” en una frase que, aunque aludía a la necesidad de estudiar el caso concreto sin obsesionarse por cortaypegar  sentencias del Supremo a cascoporro, podría interpretarse de otro modo.

Pero el ombliguismo, esto es, creernos el centro del mundo, es algo en lo que todo el mundo cae alguna vez. Recuerdo que mi hija, siendo muy pequeña, me espetó un día muy seria que sabía cuál era la causa de la violencia de género. Ante tan crucial descubrimiento, no pude por menos que prestarle oídos atentos, y escuchar cómo me decía cargándose de razón que la causa era que los delincuentes querían fastidiarla el día que tenía exámenes para que llamaran a la guardia a su mamá y así no pudiera ayudarla con los estudios. Y se quedó tan convencida. Pero eso, que tiene cierta gracia cuando una tiene ocho años, deja de tenerla una vez se ha crecido lo suficiente. El mundo no gira a nuestro alrededor, aunque muchas veces lo parezca.

¿Cómo encontrar entonces el equilibrio entre hacerse ver y ser demasiado visible? He ahí el quid de la cuestión. Porque no se trata de la receta sencilla de esconderse detrás de la toga sin más, sino más bien permanecer junto a ella. Siempre es recomendable una cucharadita de humildad, pero no hay que confundirla con la falsa modestia. No tenemos que ser Butragueño en sus tiempos mozos comentando sus goles y repitiendo hasta la saciedad que era cosa del equipo.

Pero, como me he animado a hablar de recetas, me aventuraré a hacer de masterchef y elaborar una, esperando que el guiso salga rico, rico, y con fundamento. El primer ingrediente sería la sensatez, traducida en hablar de lo que se sabe. Es bueno que se nos oiga, pero no hablar de cualquier cosa, como si todo el derecho estuviera a nuestro alcance. Zapatero, a tus zapatos. Y si lo tuyo es el derecho civil, o el hipotecario, no arriesgues a teorizar sobre la alevosía, menos aún si la última vez que viste un supuesto era hace diez reformas del Código Penal.

El segundo ingrediente sería la prudencia. No hay que precipitarse a comentar lo primero que se lee sin pararse a contrastar o, cuanto menos, a pensar. Hacer realidad eso de ser esclavos de las palabras. Y, si no, recordar que la Maldita hemeroteca está ahí, a un solo golpe de click de cualquier internauta.

El tercero sería la ponderación. Es innecesario estar en el candelabro, como la famosa de turno, a cualquier precio. Si tenemos un mensaje que transmitir, hagámoslo, pero si pese a todo no interesa no vayamos provocando a tirios y troyanos para organizar un zapatoste en las redes. No siempre tener muchos seguidores, o muchos aplaudidores, es señal de estar en posesión de la verdad. Como decía un tío mío, más vale tener 1 cliente de a 1000 pesetas que 1000 clientes de a peseta.

Así que no hace falta ser el muerto en el entierro ni el niño en el bautizo. Aunque de vez en cuando una dosis de umbralismo no esté mal, hay una diferencia entre el hablar de mi libro si procede al autobombo gratuito. Como todo el mundo sabe, la sal potencia el sabor del guiso, pero su exceso lo hace incomestible. Y adiós a ser la nueva masterchef toguitaconada.

Por eso hoy el aplauso es para quienes hacen del dicho de “en el término medio está la virtud” una norma de vida. Ojala llegáramos a lograrlo todos los habitantes de Toguilandia.

Despedidas: memoria y olvido    


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Hay veces que al escenario no le queda más remedio que vestirse de luto. Por más que el espectáculo haya de continuar, sus protagonistas sufren pérdidas que les tocan en lo más hondo, y no pueden cerrar la puerta y seguir adelante sin más sin echar una mirada atrás pensando en lo que quedó en el camino. Lo que el viento se llevó pero, sobre todo, lo que no se pudo llevar, un haz de Sonrisas y lágrimas que quedan Por siempre jamás.

Así que por esta vez, esta toguitaconada no centrará tanto su atención en el imperio de las togas sino en lo que hay dentro de ellas, tan adentro que difícilmente dejamos que se descubra más que en contadas ocasiones. Y ésta es una de ellas.

Hace apenas unos días despedíamos a una persona a la que quise –y aun quiero, y seguiré queriendo-  mucho: mi tía Marina. Podría decir que era una segunda madre para mí, pero no lo diré, porque las madres no tienen número de escalafón como nuestras carreras. Y porque podría parecer que decir segunda era aludir a un recambio por si me fallara la primera. Y, por suerte, nada de eso. Tengo a una madre  a la que ya he dedicado más de un estreno, y también tuve otra, siempre a su lado. Soy afortunada. Como los petit suis, a mí me daban dos.

Quizá alguien se esté preguntando qué tendrá que ver todo esto con mi toga y mis tacones. Y, aunque podría hacer valer el comodín del publico y decir, como otras veces, que este es mi escenario y puedo elegir las funciones que represento, no haré uso de ello. Porque, ella, me creais o no, es parte responsable de que esta función exista y se represente dos veces por semana, sin faltar a las tablas. Y por eso tampoco he querido que falte hoy.

Decía que es en gran parte responsable. Y, probablemente, más de lo que ella, ni nadie imagine. Pero a ella le debo mis primeros tacones de lunares, precisamente los de la imagen que he rescatado para ilustrar esta función especial. Unos tacones a juego con el traje de gitana con el que me paseaba orgullosa por su querida Granada, y con los que aprendí a pisar bien fuerte desde mi más tierna infancia. Tenía buenas maestras.

No sé si llegó a saber de esa influencia en lo que, al correr del tiempo, se convertiría en este espacio mágico. Por desdicha, cuando este blog vio la luz por vez primera, hace ya tres años, la suya, la que la iluminó siempre, empezaba a apagarse, llevándose cada día un recuerdo nuevo de los que llenaban su memoria. Pero, por más que quiso llevarse el destino que le tocó en suerte, hubo algo que no consiguió arrebatarle ni arrebatarnos: su sonrisa. Mi tía fue olvidando muchas cosas, pero jamás olvidó sonreír. Hay cosas tan fuertes que ni la más cruel de las enfermedades puede llevarse consigo.

Con esa misma sonrisa la recuerdo paseando por Granada siendo yo una cría que hablaba por los codos. Tanto que no hace mucho tiempo, cuando después de muchos años, fui a esa ciudad a “hablar de lo mío”, como ella decía, aún me regaló una preciosa anécdota. La profesora de Derecho Penal que iba a moderar la mesa en la que yo intervenía, mientras estábamos comiendo, me dijo “yo te conozco de bebé”. Cuál no sería mi sorpresa teniendo en cuenta que, por aquel entonces, ni siquiera mis hijas eran ya “bebés”. Pero ella recordaba perfectamente cómo mi tía me paseaba por allí, y cómo presumía de mí cuando me llevaba a la piscina Neptuno y la gente hacía corro para oír parlotear sin parar a aquel mico que no levantaba un palmo del suelo que era entonces yo. Tal vez fue el principio de todo, y sea ella la responsable de que, tanto tiempo después, decidiera encauzar mi vida hacia una profesión y una afición que gira en torno a la comunicación con la gente.

También esa sonrisa me acompaña en todos los recuerdos agradables de mi vida, en todas las celebraciones, en ese momento mágico de aprobar las oposiciones y empezar una vida profesional en este escenario que también le pillaba muy cerca. No podía ser de otro modo, con un marido, mi tío Juan Antonio, considerado uno de los padres de la Medicina Legal, y una familia que anda alternando las togas y las batas de médico, los códigos con el bisturí. Es difícil recordar una comida familiar donde no saliera a colación un asunto complicado, un juicio, una anécdota, una autopsia, una sentencia o cualquier precepto legal. Y tan felices.

Ignoro si allá donde estés, junto con él, con mi padre, y con aquellos que se nos han ido, podréis leer estas palabras. Pero no dudo ni por un momento que os sentaréis a la mesa y no faltará una sentencia, un juicio, una autopsia o un asunto complicado. Y que allí estarás, pisando fuerte con tus tacones, tu melena y tus pendientes largos, como a mí me han gustado siempre. Y por supuesto, con tu sonrisa, la que nunca perdiste.

Hoy el aplauso es para tí. Y, contigo, para quienes se han ido, y para quienes seguimos en este escenario toguitaconado porque es lo que querríais. Porque la vida sigue, pero el recuerdo queda para siempre.

 

Plegarias: a la desesperada


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La referencia a santos, a la Virgen María y a toda la iconografía religiosa es moneda frecuente en los escenarios. Toda la retahíla de películas de Semana Santa, que repasan la Biblia de cabo a rabo, y cuarenta años en nuestro país con un estado confesional, dan para mucho. Tanto, que, independientemente de si se cree o no, Dios y todos los santos aparecen por doquier con imprecaciones a la desesperada, en frases de cualquier guión y hasta en títulos de cualquier película o serie. Dios mío, pero qué te hemos hecho o Señor dame paciencia. Y hasta para agradecer cualquier coa sacamos la religión de paseo, diciendo Gracias a Dios es viernes –aunque dejaron el título en su original anglosajón- o Y Dios creó a la mujer. Aunque a veces, visto lo visto, ganas dan de decir, como la tribu primitiva ante la botella de Coca-Cola, que Los dioses deben estar locos.

Que levante la mano quién no haya acudido alguna vez, aunque sea a la desesperada, a eso de “rezar lo que sepa” o a encomendarse a todos los santos, y hasta a decir “Jesús” si se estornuda. Y todavía se escucha, y hasta se lee, eso de “dios mediante”, “gracias a dios” o “si dios no lo remedia”. Tengo una buena amiga, atea declarada, que incluye con frecuencia en su vocabulario eso de “de toda la vida del Señor”, y otro que pese a no profesar religión alguna, exclama «por los clavos de Cristo» más de una vez. Y también despotricamos porque algo se encuentre «donde Cristo perdió el gorro» por más que no pueda imaginármelo con ducha prenda. Y, como Escarlata, a dios ponemos por testigo de muchas cosas, que a veces es imposible desentrañar el nudo entre tradición, cultura y religión, aunque se sea poco o nada religioso.

Y claro está, nuestro teatro no puede ser una excepción. Más bien al contrario. Con eso de “a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas”, pues todo vale, porque situaciones desesperadas hay para aburrir. Y aunque sea cierto lo de que solo nos acordemos de Santa Bárbara cuando llueve, lo que ocurre es que aquí llueve a raudales. Y no solo el agua que entra por las goteras de más de una sede judicial.

Pero las imprecaciones a santos y vírgenes no empiezan al ponerse la toga, sino mucho antes. ¿O acaso no nos afanamos, directamente o por la intercesión de madres y abuelas entregadas, a poner velitas y hasta hacer promesas para aprobar un examen? ¿O a llevarnos estampitas, medallas y relicarios varios para que nos echen una manita? Ya he contado algunas veces que yo me presenté en el examen escrito con un San Pancracio, con peana y perejil incluido, que me regaló una tía mía, la misma que luego me regaló mis primeras puñetas. Sin olvidar, por supuesto, otros amuletos paganos, como búhos, monedas o cualquier otro fetiche, en una curiosa amalgama entre lo religioso y lo profano. Y ello incluye todo un ritual de bolis de la suerte o prendas de ropa de la suerte, que tengo un compañero que casi pilla una pulmonía triple empeñado en ponerse su suéter de la suerte, un primaveral jersey de hilo, a pesar de que nos examinábamos en enero y en Zaragoza, con el mercurio bastantes grados por debajo de cero. Porque lo cortés no quita lo valiente.

Y las plegarias no acaban una vez entramos como miembros de pleno dercho en Toguilandia. Qué va. Aquí es literal más que en ningún otro ámbito lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”, en cualquiera de los lados de estrados en que nos encontremos. Y así, una encuentra cosas como la de la imagen que ilustra este post, que hallé circulando en redes sociales, en la que se incluye una rogativa a San Judas Tadeo para que Lexnet consiga llevar el escrito a buen fin. Eso sí, con sus precepetivas copias. Y no es para menos, viendo lo que ocurre. Que los profesionales pasan más tiempo peleando porque el escrito llegue que elaborándolo y estudiándolo. Las cosas que ocurren cuando se invierten los términos y en vez de poner la tecnología a nuestro servicio, somos nosotros quienes nos tenemos que poner al servicio de la tecnología.

Y es que es casi imposible esperar una sentencia, o el veredicto de un jurado, sin caer a la tentación de encomendarnos a todos los santos, alternándolas con el cruce de dedos tradicional. Aunque también hay quien se acuerda del demonio, y hasta cree haberlo visto reencarnado en algún lugar de la sala de vistas. Leyenda o no, que cada cual decida. Aunque no niego que más de una vez me viene a la cabeza eso de que el diablo, si se aburre, mata moscas con el rabo.

Lamentablemente, no cesan las situaciones para rezar a todo el santoral en nuestro teatro. Desde ahelando la creación de plazas y juzgados que nunca llega, la publicación del concurso resolviendo un traslado  ansiado, la resolución de un pleito en uno u otro sentido y mil cosas más. Algunas, mucho más prosaicas, como la del letrado desesperado con lexnet, o la llegada en el correo de determinada causa, que nos tiene en vilo y por fa por fa que no me entre el día antes de vacaciones que me da algo. Seguro que a más de una y más de uno le suena.

Aunque he de confesar que al santo al que tengo en gran estima es a San Cucufato. Que lo de perder algo y hacer el famoso nudo para encontrarlo me lo veo hecho y reconozco que con buenos resultados, sea por intercesión divina, por mera superstición o por efecto placebo. Son tantas las veces en que he mascullado eso de “San Cucufato, los cojones te ato y hasta que no aparezca lo que sea no te los desato” que el pobre debe tener una seria lesión en la parte afectada. Pero así y todo, sigue funcionándome. Y pobre de él y de la parte más delicada de su anatomía si me falla.

Lo peor de todo es que, visto lo visto, y como quiera que la experiencia es la madre de todas las ciencias, muchas veces llegamos a exclamar eso de Virgencita que me quede como estoy, como en el chiste, porque algunas soluciones no hacen otra cosa que desvestir a un santo para vestir otro. Una vez y otra.

Por último, vaya por delante el enrome respeto que esta toguitaconada tiene a quien cree, a quien no lo hace, y hasta a quien no lo tiene claro. Y que, como lo que abunda no daña, estoy segura de que una ayudita adicional de las alturas no puede hacernos daño.

Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para Santa Paciencia y su legión de seguidores. Voluntarios u obligados. A ver si alguna vez le dan un descanso a la pobre.

 

 

 

Trianiversario: la vida sigue igual


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Cumplir años siempre es un motivo de celebración. Lo hacen en el mundo del espectáculo cada vez que la ocasión lo propicia, y en nuestro teatro no íbamos a ser menos. En particular, en este pequeño escenario que, entre togas y tacones, ya cumple tres añitos.  Son ya 3 años, más de 300 estrenos y más de 225.000 visitas, nada menos. Y toca fiesta, aunque a veces el cuerpo no esté para celebraciones pero, aunque sea por un día, pelillos a la mar. Y entonemos nuestro himno: arriba las togas.

Pero, aún con las togas bien subidas, y los tacones bien calzados, nunca viene mal hacer un repasito a todo lo que se ha paseado por nuestras tablas en este tiempo. Y si la criatura realmente ha crecido y ha cambiado desde los pañales a la guardería, como corresponde.

A lo tonto a lo tanto, ya vamos por nuestro tercer cumple. Y como hicimos en el primero y en el segundo, vamos a colocarnos los gorritos virtuales, las guirnaldas y el matasuegras para celebrarlo como corresponde. Y veremos al final si recibimos regalos, o pasamos la mano por la pared, algo que ya se ha venido convirtiendo en costumbre tal como está el patio. Aunque no nos hagamos ilusiones que no pasaremos de bocatas de choped y unos refrescos de marca blanca. Y eso si llega.

En todo este tiempo hemos visto de todo. A los personajes, desde actores y actrices principales a los de reparto, a los escenarios, desde los exteriores a la trastienda y a todo tipo de argumentos, sentimientos, especialidades y circunstancias varias que se desarrollan en nuestro universo. Del asco a los abrazos, de los lazos personales a las frías sedes, hemos paseado con mi toga y mis tacones poniéndonos las gafas  que toquen en cada ocasión. Y compartiendo miles de vivencias, de anécdotas y hasta de esa continua sensación de cabreo con cada ocurrencia del legislador y cada una de las múltiples carencias nuestras de cada día.

Pero no seamos pesimistas, que hoy se supone que es día de fiesta, y pensemos si seguimos siendo Tal como éramos, si La vida sigue igual o si continuamos en nuestro eterno trayecto de Regreso al futuro.

  ¿Hemos avanzado en algo?. Pues tal vez sí, aunque mucho menos de los que deberíamos. En materia de igualdad seguimos peleando por ser cada vez más iguales, aunque en este tiempo hemos asistido al advenimiento de la primera mujer designada Fiscal General del estado –por más que con un mandato más bien corto-, y también la primera mujer magistrada de la Sala de lo penal del Tribunal Supremo. Seguimos, sin embargo, con esa triste estadística de una sola mujer presidenta de Tribunal Superior de Justicia entre 17 varones, así que un pasito de pulga cuando tendríamos que haber dado uno de gigante. Y, lamentablemente, la mayor y más dolorosa muestra de la desigualdad, la terrible violencia de género, sigue azotándonos día a día y, a pesar de que se redujo el pasado año la cifra de mujeres asesinadas, parece que este 2017 va camino de alcanzar cifras de los años más duros. Ojala no se cumplan las previsiones y el ritmo se paralice a la voz de ya. Pero, mientras tanto, el tan necesario pacto de estado sigue demorándose una vez y otra, sin que llegue a darse al tema la prioridad que merece. Ojala me equivoque aquí también, y se materialice de una vez.

También en este tiempo hemos visto evolucionar otros temas, como las odiadas tasas judiciales. Pasamos de una ley que las imponía a todo el mundo a, después de mucha lucha, que se derogaran para las personas físicas, mientras las ONG y las Pymes siguen sujetas a ellas, sin que parezca que tengan ninguna prisa por suprimirlas. Tal vez pase como ocurrió ya, que cuando entra a conocer el Tribunal Constitucional, ya había devenido ineficaz el recurso. Y es que no se pueden tardar cuatro años en decidir sobre nuestros derechos. Porque, como sabemos, justicia tardía no es justicia.

Y ahí si que no hemos avanzado ni un pelo. Más bien lo contrario. En todo este tiempo, no se han ampliado lo más mínimo las plazas de jueces y fiscales, ni se ha creado ni un solo juzgado, por mas que la litigiosidad haya seguido aumentando.

Tal vez para maquillarlo nos han obsequiado con un ramillete –o más bien un centro de mesa- de leyes que hacían necesario, en las postrimerías de la legislatura anterior –sin contar la fallida entre aquélla y la actual- un GPS para guiarse por el BOE. Unas leyes que, aunque no quitaban trabajo, presumían de ello. Cosas como la supresión de las faltas, el hecho de que no lleguen al juzgado las denuncias con autor desconocido y la tan denostada reducción de los plazos para instruir, que ahí siguen por más que todos los operadores jurídicos bramáramos contra ella. No han reducido el trabajo, pero si han disfrazado la estadística de modo que quienes las dictaron siguen sacando pecho como si con eso hubieran arreglado la Justicia.

Pero si algo nos ha angustiado, machacado y torturado en este tiempo es la tan cacareada digitalización, con el risible Papel 0 que ha supuesto un incremento del gasto en impresoras y papel, y ese engendro llamado Lexnet, que se aparece en las pesadillas de quienes vestimos toga con más frecuencia de la que debiera. Y aquí sí que la cosa sigue igual, nos digan lo que nos digan. O peor. Que aún me estoy riendo desde que leí que iban a Marruecos a explicar nuestro planazo. Lo que aún no sé es qué habrán hecho  los marroquíes para merecer eso. Igual pretenden instalar el servidor en la isla de Perejil, que seguro que tiene unas comunicaciones estupendas, que ríase usted de Sylicon Valley. Pero mejor no dar ideas, que nunca se sabe.

También hay que dedicar unas líneas a las sedes, que, como las plazas, siguen tal como estaban. O peor, porque lo que era viejo es tres años más viejo. Seguimos con sedes inaceptables, que no pasarían ni la más bienintencionada inspección, con sistemas de climatización que nos convierten en pingüinos o en habitantes del desierto del Sáhara según los casos, con cascotes, goteras y paredes que se sostienen de milagro y, lo peor de todo, con una carga de estrés que ha hecho lamentar más de una desgracia en edificios que, por descontado, carecen de desfibriladores ni de cosa que lo parezca.

Pero no todo va a ser triste y quejumbroso. Lo mejor de todo es que, entre tanta cochambre, todavía hay muchas personas que siguen dispuestas, como ahora, a celebrar un cumpleaños y hasta esbozar una sonrisa. Y a todas esas personas va hoy mi aplauso, miestras me siento ante mi tarta virtual a esperar mi regalo. Espero haberlo merecido.

Muchas gracias a quienes habeis estado durante estos tres años de toga y tacones. Y os espero por muchos más.

 

Convocatoria: misería y compañía


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Si una cosa esperan con ansia quienes aspiran a hacer realidad su sueño de ser artistas, es una oportunidad. Ese casting donde por fin sean valorarlos, esa casualidad gozosa de que un productor se fije en ellos, y hasta esa carambola que haga que por fin su talento emerja al exterior. Los artistas viven esperando el momento en que su talento pueda ser por fin exhibido, apreciado y valorado por el público. Como aquellos jóvenes bailarines desesperados por un papel en A chorus line, o los alevines de artistas de Fama y sus secuelas, como la española Un paso adelante.

Hemos dedicado muchos estrenos a los distintos personajes que intervienen en nuestro teatro. Y también a los que aspiran a hacerlo, y están esperando su momento. Los opositores  que no son otras cosa, como decíamos entonces, que aspirantes esperando el casting que les lleve al triunfo, a ese día en que puedan decir que Ha nacido una estrella en versión togada.

Pero, lamentablemente, los castings en nuestro teatro son más escasos y cicateros que en cualquier otro sitio, y a los pobres aspirantes no les dan opción ni siquiera a demostrar lo mucho que saben.

Porque es así. Resulta indignante que, en los tres años que llevamos con toga y tacones, y sumado alguno más, las convocatorias son lo que el dicho popular llamaría Misería y compañía. O sin compañía. Desde que llegó la dichosa crisis, cortaron el grifo de la creación de plazas y, por más que nos digan que hemos salido de ella, no será por este barrio, porque seguimos exactamente igual. Convocando 100 plazas por año, de las cuales un tercio aproximadamente son de fiscales y el resto de jueces. Una verdadera birria, que no da ni para cubrir las jubilaciones, bajas o cualquier otra circunstancia. Y, si alguien piensa que exagero, que haga el cálculo o mire el escalafón. Tomando el ejemplo de fiscales, y partiendo de que somos cerca de 2.500, a nadie se le escapa que 35 plazas por años no dan ni para pipas. Si me apuran, ni para las cascaras. Y, si a eso le sumamos que el supuesto plan estrella de esta legislatura era darnos la instrucción, la cosa da risa. Claro, siempre que una se tome al pie de la letra eso de reirse por no llorar, que la cosa no es para menos.

Y es que la tomadura de pelo es de las que hacen historia. Por un lado, ya nos han vendido ni sé las veces las famosas 300 plazas que nunca existieron, algo así como La Amenaza Fantasma de Lo que pudo haber sido y no fue. Y, aunque alguno se haya querido olvidar, no eran más que las que correspondían a los juzgados que crearon y nunca funcionaron, que motivaron que hubiera promociones de jueces vagando con sus togas como almas en el purgatorio, y llenando huecos aquí y allí cubriendo la función de los sustitutos, que también fueron eliminados de un plumazo y sin ninguna consideración ni a ellos ni a quienes estaban llamados a sustituir. En matemáticas puras, y aunque seamos de letras, chapuza + chapuza= chapuza al cuadrado.

Y encima, hay que oír que el mandamás de turno se llena la boca diciendo que han convocado más plazas de oposiciones que nunca, y que estamos divinamente. Pero, si la suerte va por barrios, a Toguilandia nunca le toca. Y eso repercute a mucha más gente de lo que pudiera parecer.

La inasumible cicatería a la hora de convocar plazas afecta, desde luego, a los opositores, que ven como todas la expectativas de vida se escapan por la ventana una vez más. Nadie que no lo haya pasado puede imaginar lo terrible que es ver que, cuando llega el momento, mucha gente preparada y con vocación se quedará en el camino. Y lo terrible que es también para su entorno, sus familias y hasta sus preparadores, que ven como se desperdicia talento, trabajo y vocación.

Pero, obviamente, no son solo ellos los afectados. También lo somos los profesionales, a los que nos acrecientan la carga de trabajo sin que venga savia nueva a repartirse el peso. Y viendo como cada vez se espacian más los señalamientos, porque ya no hay huecos en la agenda.

Aunque tal vez lo peor no sea eso. Lo peor es que, como siempre, a pagarlo, pocarropa. Esto es, el justiciable. Porque si no hay jueces, ni fiscales, ni Lajs suficientes, el servicio no se puede atender como toca, y lo que se frustran son los derechos de la ciudadanía, ni más ni menos. Y eso por no hablar de las soluciones que propugnan, que aunque quieran aparentarlo, no son McGyver dispuesto a evitar la ruina de un edificio con una horquilla del pelo y un chicle. De muestra, un botón, esos juzgados bis donde confinan a jueces recién estrenados a resolver el zipizape que han armado con las cláusulas suelo. Que se lo cuentes si no a doña Delfina, la del hostal, que ya se ha hecho famosa por compartir sede con ellos. Igual hasta saca un piquito alquilando habitaciones para los expedientes que se acumulan, o preparando un buen potaje de garbanzos para aliviar la espera.

Pero la cosa no es para tomarla broma, desde luego. Que tiene maldita la gracia el agravio comparativo con otros servicios públicos, siempre mejor dotados de medios, de personal y de sistemas. Y es que un Estado que pone medios para reclamarnos nuestras obligaciones y nos los escamotea para reclamar nuestros derechos es para hacérselo mirar. Y con gafas de aumento.

Pero es lo que hay.  Así que hoy mi aplauso para esos aguerridos opositores que, pese a todo, siguen adelante. Y por supuesto, los tomates, para los de siempre. Ya los lectores y lectoras se ocuparán de ponerles nombres. Y hasta apellidos.

 

Derechos laborales: casa del herrero..


derechos laborales

El mundo del espectáculo es, como hemos visto tantas veces, muy amigo de togas, vistas y juicios, sobre todo cuando hay crímenes de por medio. Pero también es amigo de las reivindicaciones de derechos, más grandes o más pequeñas, Invictus, Arde Mississipi, Erin Brokovich, Philadelphia, los trabajadores metidos a streapers de Full Monty o los huelguistas de Billy Elliot son algunos de los innumerables ejemplos de estas reivindicaciones que, al fin y a la postre, tienen que acabar siendo reconocidas por un tribunal o una ley.

En nuestro teatro también tenemos un escenario dispuesto para las reivindicaciones. O varios, como un circo de doble pista. Pero si hay una jurisdicción donde más se hable a diario de derechos que afectan a todas las personas, ésa es la social. Ahí se ventilan despidos, indemnizaciones y toda clase discriminación por infracción de derechos fundamentales. Aunque sea una jurisdicción ni tan mediática ni tan glamurosa como otras, da cabida a problemas diarios de mucha gente.

Pero, al margen de este pequeño homenaje a esa parte más discreta de nuestro teatro, hoy me disponía a hablar de otros derechos: los nuestros. Porque resulta curioso que seamos capaces de reponer a un trabajador en los suyos, desde cualquier de los lados del estrado, y que nos cueste tanto con los nuestros propios. Que bien dice el refrán eso de “en casa del herrero, cuchara de palo”. Y, al parecer, nosotros tenemos tantas cucharas de ésas como para hacer nuestro eso de que “si no quieres caldo, dos tazas” o “si quieres arroz, Catalina” . Por cierto, siempre pienso lo indigestada que debe estar la pobre Catalina de tanto arroz, sea con cuchara de palo o de acero.

Jueces, fiscales, Laj o forenses somos trabajadores, como también lo son los letrados y letradas y quienes ejercen la procuradoría, por más que no entremos en la definición que de trabajador da el Estatuto de los trabajadores. Y quizá por eso sea tan difícil hacer valer unos derechos que no se dan tan por supuestos como mucha gente parece creer.

En primer lugar, y en cuanto a toguipuñeteros afecta, somos unos seres normativamente raros. Funcionarios públicos en lo esencial, pero tampoco nos regimos por la ley de la función pública. Así que nos tratan según les convenga. Que suele ser, en esencia, mal. Y no exagero. Veamos si no.

Empezando por lo bueno, es cierto que cobramos un sueldo del Estado. Un sueldo al que ya dedicamos un estreno y aunque no es, ni con mucho, tan abultado como muchos imaginan, hay que reconocer que da para una vida más que digna., y que somos privilegiados respecto de otros colectivos que han pasado y pasan verdaderos apuros, y más con esto de la crisis. Otro cantar sería que fuera proporcional a la responsabilidad de la función, y más teniendo en cuenta el estricto régimen de incompatibilidades que nos aplican, pero no es éste el guión del estreno de hoy.

Pero hasta ahi llega lo bueno. Ese salario anda congelado, como buenos funcionarios que somos, de modo que vamos para atrás como los cangrejos, y creo que leí que andamos a niveles de hace diez años. Si a ello sumamos que no tenemos sindicatos para hacer valer estos derechos –la ley nos prohibe sindicarnos- y hay quien niega que tengamos derecho a huelga, nos coloca en una situación del castizo “ajo y agua” y poco más. Y, para rizar el rizo, pese a que nuestra regulación –la Ley Orgánica del Poder Judicial-, guste o no, es aplicable a jueces y fiscales, tampoco parecemos capaces de unirnos para reclamar lo que nos corresponde.Y así, vimos estos días que las cuatro asociaciones de jueces exigieron determinados derechos, que los fiscales hemos reclamado por otras vías con menos repercusión mediática, y hasta hubo sus bromas recordando que chupábamos rueda de la carrera hermana. Y como broma hay que tomarlo, aunque el fondo sea bien serio, y habría que hacerse mirar nuestra incapacidad de hacer cosas a consuno.

Y ojo, hablo de cosas tan básicas como los permisos a que teníamos derecho y nos quitaron al tiempo que a los funcionarios pero que no hemos recuperado con ellos. O la baja de paternidad ampliada, que no se nos reconoce como al resto de españolitos de a pie. Y en cuanto a los permisos, sigo preguntándome si era necesaria esa medida añadida a otras como la supresión de pagas extra o congelación del sueldo. Qué desconfianza más grande la del estado con sus propios trabajadores, presuponiendo que somos unos vagos y unos escaqueadores y castigándonos sin postre. A lo que hay que añadir derechos tan obvios como el descanso el día después de la guardia, que aun habiéndose reconocido por sentencia al juez que lo reclamó, no hay forma de que nos lo reconozcan como colectivo si no es a través de un rosario de reclamaciones individuales en las que, como si de una sala de Bingo se tratara, permanecemos atentos a nuestra pantalla a ver si el nñumero que sale es el nuestro y alguien canta línea o bingo. Los Bingueros versión toguitaconada, vaya. Por no hablar de nuestras propias condiciones de trabajo, que en muchos casos no pasarían ni la inspección más básica.

Y continuamos para bingo, que nuestra jubilación se difiere tanto que temo que cuando me llegue el momento andará por los noventa años. Tengo una compañera que siempre bromea imaginando empezar un juicio diciéndole a la juez: «tu fuiste a la guardería con mi nieto, ¿verdad?». Como si estuvieramos representando Toga de guardería.

Pero no me quedaré a este lado de estrados. También leía que los letrados no andan mucho mejor, con una retribución del turno de oficio, que cobran tarde y mal –si cobran- que se quedó estancada a nivel del 2011. Y una regulación –o mejor, desregulación- en materia de bajas por maternidad y paternidad que hace que tener un hijo sea una decisión de altas finanzas. Por eso, no me extraña nada ver más de una vez cosas como una letrada dando el pecho a su hijo en el juzgado de guardia entre detenido y detenido. Sin sala de lactancia, desde luego, teniendo que hacerse cortinilla con la toga para tener un poco de intimidad.

Pero lo de tener descendencia toga en ristre no es fácil. Recuerdo que, cuando hace casi muchos años nos trasladamos a la Ciudad de la Justicia de Valencia dijeron que habría guardería. Mi hija mayor era un bebé entonces, pero jamás pudo verla, como tampoco la vería su hemana, cuyo embarazo pasé ya allí integramente. Ni, si trabajaran allí, lo verán sus hijos ni sus hijas porque una ya es mayor de edad y otra está cerca de serlo y la prometida guardería ni está ni se espera.

También recuerdo las caras de susto cuando pretendí, junto con otra compañera, que me concedieran la media hora de lactancia, o bien las acumularan en horas a la baja. La respuesta fue que no tenía derecho porque mi horario era flexible. Lo cual, en Román paladino, quería decir que hiciera igual de flexible la hora de comer de mi bebé, así que o le daba biberón o pasaría muchas horas sin alimento como estuviera de guardia o se alargara un juicio. Y hoy las cosas no han mejorado mucho, por lo que me dicen mis compañeras. Eso sí, mis hijas no perecieron de inanición gracias a los biberones que les daban sus abuelas en esos trances.

Así que podemos hacer efectivos los derechos de los demás pero, cuando se trata de los nuestros, la cosa cambia. Quizá sea porque no somos tantos como para que electoralmente sea rentable hacernos caso, pero igual es que soy un poco mal pensada. Estamos viendo en estos días que nos venden como si fuera una concesión graciosa de papá Estado los catorce puntos que han redactado como mínimos las asociaciones de jueces, a algunos de los cuales me he referido y a otros, como la independencia judicial o los medios materiales, ya lo hice y volveré hacerlo.

Por todo esto hoy el aplauso va, sin duda, para quienes consiguen hacer su trabajo pese a todo y, sobre todo, para quienes no se cansan de reinvindicar lo que corresponde. Porque mira que es tarea ingrata predicar en el desierto.

Ficción: togas en pantalla


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Uno de los temas que más parece gustar al público es precisamente el nuestro. Juicios, jueces, fiscales, abogados, testigos y criminales son habitantes comunes del mundo del espectáculo, tanto en el teatro, como en el cine y en las series de televisión. Hemos crecido con Perry Mason, Ally Mc Beel, La ley de Los Angeles,  la Letrada de Canción Triste de Hill Street o, más adelante, la fiscal Chase o la forense de Bones, con permiso de la desternillante Juzgado de guardia. Todas ellas series anglosajonas, que se nutren –supongo- de su propia tradición. Y, por supuesto, nuestra tele no podía ser menos y también tiene sus referentes patrios, como Turno de Oficio o Anillos de oro, por citar algún ejemplo. Hasta ahí, todo en orden.

El problema viene cuando series o películas españolas y ambientadas en España pretenden reproducir un juicio y los hacen con los cánones yanquis, o salidos de la imaginación de algún guionista motivado. Que para qué asesorarse, si la gente lo va a ver igual. Y claro, de aquellos polvos estos lodos, y luego nos pasa lo que nos pasa, que nos encontramos al justiciable buscando la Biblia para prestar juramento, poniendo la mano en el pecho, levantándose cuando llega el Juez o acogiéndose a la Quinta Enmienda, como ya vimos en algunos de los estrenos dedicados a anécdotas

Pero ¿cómo no va a hacer eso el españolito o españolita de a pie viendo lo que ve en las pantallas amigas, o no tan amigas? Pensémoslo si no.

Hace apenas unos días se me ponían los ojos como platos viendo en una teleserie cómo el abogado, recién licenciado para más señas, lucía impertérrito una flamante toga con puñetas y galleta dorada. Y tan feliz, oiga. Y no contentos con eso, se encontraban todos sentados en estrados cuando alguien da una voz anunciando la llegada del juez, y se levantan como un resorte. Incluido el  fiscal “de verdad” y el abogado disfrazado de juez o fiscal –confieso que no me dio tiempo a ver la leyenda del escudo-  Y, como no tengo remedio, ví el capítulo siguiente, y aún estoy de pasta de boniato de ver el desarrollo del juicio: primero testigos -incluído uno que no estaba anunciado y aparece como golpe de efecto del abogado-, luego el acusado y de ahí directamente el “visto para sentencia” sin alegaciones ni informes, al que sigue una llamada a todos los presentes para dictar sentencia in voce en juicio por asesinato. Y ahí no acaba la cosa, que a punto de hablar el juez -autodenominado de primera instancia y que no necesita formar sala con nadie-, llega un  abogado con un sobre que supone la prueba exculpatoria fundamental, y que todos aceptan como si fuera lo más normal del mundo. Sres de Antena 3, Amar es para siempre, pero lo de documentarse lo han dejado para nunca.

Pero no es un caso único. Las series hacen su propia puesta en escena prescindiendo de cualquier parecido con nuestra realidad toguipuñetera. Y así, me cuenta un compañero que dejó de ver una serie espeluznado porque los interrogatorios de las imputadas los hacían de tres en tres, ante el Juez de Vigilancia y sin presencia de Letrado ni de nada que se le pareciera. Se ve que se tomaron lo de Vis a Vis como si fuera Tris a Tris. Eso sí, con una enorme afición por celebrar vistillas por todo, así, a bote pronto y en la misma prisión.

Y, sin ir más lejos, al mismo tiempo que en una cadena privada celebraban el pintoresco juicio descrito, en la pública, según me dicen, no se quedan atrás, y tienen en plantilla a un fiscal formando parte de una comisaria donde tiene silla –que no despacho- propio, al ladito de la mismisima casa de Acacias 38. Y que por supuesto, sigue las órdenes de los policías a pies juntillas. Se ve  que lo del fiscal recibiendo órdenes es algo que gusta, vengan de donde vengan.

Me acordé también de una reciente serie de televisión, protagonizada por una pareja de policías, uno muy guapo y otro no tanto, en que la juez andaba con ellos a todas horas investigando in situ como si fueran el trío de la bencina, y comandando un juzgado donde no había ni sombra de Laj ni de fiscal, que ya la señora juez se bastaba y se sobraba con sus queridos Olmos y Robles.

También me vino a la cabeza una exitosa serie de humor donde, tras un juicio cuanto menos peculiar, uno de los protagonistas es condenado a no abandonar el País Vasco. Supongo que será una versión moderna de las medidas cautelares, y que quizás cualquier día entre en el Código Penal con el nombre de orden de acercamiento. Visto lo visto, cualquier cosa es posible, pero el pobre se quedó varios capítulos sin poder viajar Ahí Abajo.

Y esto no es cosa de ahora. Ya fue muy discutida y denostada en su día la interpretación de la figura del juez sustituto y, sobre todo de las secretarias judiciales que se hacía en la segunda parte de Turno de Oficio, que bien se la podían haber ahorrado con el buen recuerdo que teníamos de la primera. Y también me recuerda alguien que en la serie Periodistas se celebraba un juicio donde fiscal y abogado se paseaban por la sala como habíamos visto hacer en Algunos Hombre buenos. Y la verdad, hasta me dan ganas de que sea real, porque siempre me ha apetecido darme esos paseos toga en ristre. Y, por lo que leo a algún compañero, no soy la única.

Otro filón son las series de vecinos. Allí se ventilan divorcios y cutosdias de menores sin que nadie haya visto a un  fiscal ni a nada que se le parezca. Porque yo lo valgo, oiga. Que aunque Aquí no haya quien viva, parece que La que se avecina es peor con fiscal de por medio. Acabáramos.

Y los ejemplos proliferan. Había un episodio con juicio por medio en que el Luisma, el hermano de Aida para más señas, iba a ser fulminantemente condenado hasta que se declaró en estrados a la denunciante, ante el jolgorio de la magistrada.

También proliferan las confusiones de nuestros papeles. En El Príncipe se armaron un lío entre el abogado y el fiscal en cuanto a su labor con un menor, como ocurría en otra serie, donde el fiscal recibía órdenes de a Policía Judicial, y por más que aquello se llamara, paradójicamente, Sé quien eres, lo que desde luego no sabían es Quién es Quién en Toguilandia.

Aunque eso nada tiene que ver con otro esperpento patrio. Un programa que no recuerdo cómo se llamaba –ha cambiado de nombre pero se ha ido repitiendo a lo largo de la historia- donde dos personas ventilaban sus contiendas ante un supuesto juez que- y esto era lo mejor- se retiraba a deliberar antes de dar su sentencia. Aun me estoy preguntando cómo deliberaría consigo mismo. Y además, pretendían darle una pátina de seriedad empleando para el papel a un magistrado jubilado al que, si la memoria no me falla, le prohibieron usar placa y puñetas.

Pero eso es lo que hay. Informarse cuesta poco, pero parece que también importa poco. Así que por eso el aplauso hoy se sale un poco de la sala de vistas, y se dirige a aquellos que son capaces de idear y rodar una escena sin faltar a la realidad. Porque el buen hacer debe tener premio.  Aunque esto, como en las mejores series, continuará…

Sentidos (V) : ver y mirar


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Hoy nuestro escenario cierra la serie dedicada a los sentidos  con el aparentemente más usado, la vista. Quizás por eso dice el refrán que “no hay prenda como la vista”, y suelen  repetirnos eso de que Santa Lucía nos la conserve. Aunque a veces, para lo que hay que ver, tal vez sería bueno darle un descanso a la Santa, y a nuestros dos ojos, la verdad.

Pero lo bien cierto es que hoy, más que nunca, en plena sociedad audiovisual, la vista es casi imprescindible, y carecer de ella o tenerla mermada crea dificultades casi insalvables. El cine, arte visual por encima de todo, nos ofrece muestras de toda su importancia, tanto del lado serio, como La Gran Belleza, como para titular con ironía aquello de No me chilles que no te veo, y, por supuesto, para tratar de En la ardiente oscuridad que ello puede suponer, a pesar de que con personajes como Mr. Magoo o Rompetechos lleguemos a tomarlo a broma

Y, por descontado, nuestro teatro la emplea como el más importante de sus instrumentos, incluso eclipsando al uso de otros sentidos que también tienen su trascendencia en él, como vimos al hablar del oído, el tacto el gusto o el olfato.

Es tanta su importancia, que es el único de los sentidos respecto del cual he leído un encarnizado debate sobre si el hecho de estar privado de él puede impedir acceder a determinados papeles de nuestro espectáculo, como ocurría con un opositor que aspiraba a ser juez, y que ignoro si a día de hoy lo ha conseguido o sigue en ello, pero que motivó una decisión del Consejo General del Poder Judicial a favor de que pudieran acceder a la carrera. Según leía el otro día, existen en el mundo casos de jueces invidentes –leí que dos, pero no tengo contrastado el dato- y no creo que haya problema alguno en ello, todavía más con un tecnología como la actual, que permite suplir esas carencias. En cualquier caso, mucho ánimo a quien pelee por ello.

No obstante, esto no es nuevo. Aunque difícil, puedo contar por propia experiencia que se puede ser ciego y seguir representando un papel importante en nuestro teatro. Así lo hizo mi padre, abogado, durante mucho tiempo, cuando una enfermedad le dejó privado de tan esencial sentido, aunque en su caso fue mi madre quien ponía los ojos por él, como ya conté en su día. Y, por supuesto, su esfuerzo, vocación y prodigiosa retentiva, que hacía que llegara a aprenderse folios enteros de los sumarios de memoria. Aun recuerdo andar por mi casa viendo encima de la mesa aquellos papelotes copiados con calco en papel cebolla.

Pero no hace falta marcharse tan lejos ni con recuerdos tan potentes. Seguro que quien es o haya sido opositor  ha sufrido la galopante subida de dioptrías conforme va pasando el tiempo que se pasa delante de los apuntes. Aunque en mi caso ya venía bastante cegatona de serie, conozco a personas con vista de lince que acabaron viendo menos que un gato de escayola, dicho sea con todo el respeto, por cortesía de los formatos imposibles con que las editoriales pretenden evitar las fotocopias, y las horas gastadas antes libros y folios y, ahora, ante una pantalla, en su caso.

La aplicación estricta del sentido de la vista ha dado para mucho en nuestro teatro, sobre todo en lo que a prueba testifical se refiere. No en vano hablamos a veces de testigos presenciales, o testigos oculares, por contagio de las series americanas. El caso es que la vista es la protagonista de pruebas tan esenciales como el reconocimiento en rueda, que ha aportado a nuestras toguitaconadas vidas más de una anécdota. Me contaban hace nada la de un acusado que, reconocido en rueda por su víctima, espetó furiosísimo que era imposible que le hubiera reconocido, porque cuando cometió el hecho llevaba el casco puesto. Ni que decir tiene que no fue tanto el sentido de la vista sino su bocaza lo que le llevó derechito a prisión. Y, cuando yo estaba en la Escuela Judicial, uno de los tutores nos contaba la historia de un reconocimiento en rueda de miembros viriles, porque según la víctima el del autor tenía determinado tatuaje. Ignoro si es leyenda o realidad, pero solo imaginarme la escena me basta para esbozar algo más que una sonrisa.

También recuerdo otra señora, que iba a actuar como testigo, que, requerida para prestar el preceptivo juramento o promesa de decir verdad, nos dijo cariacontecida que no podía, porque no había traído las gafas para ver la Biblia. De nuevo las películas y series americanas que salen a nuestro encuentro en los mementos más insospechados.

De todos modos, no es lo mismo mirar que ver. Se puede tener la agudeza visual de un águila real y dejar pasar detalles importantes, y se puede ser miope de solemnidad y no dejar escapar una. Porque no solo se trata de tener los ojos, sino de poner atención y ganas. Y hasta de ver más allá y hacerlo, en ocasiones, con las gafas adecuadas.

Por eso hoy el aplauso es, cómo no, para quienes no se conforman con mirar y saben ver. Porque las cosas muchas veces, no son lo que parecen.