Ego: ombliguismo en la balanza


mafalda ombligo

Si hay un mundo proclive a los egos desmesurados, ése es el mundo del espectáculo. No es difícil comprender que quien pasa de  la nada al todo, del anonimato a la fama, en un golpe de suerte, llegue a creerse todopoderoso, sobre todo si de un verdadero golpe de suerte se trata, con poco o nada de trabajo detrás. El mundo de la música, por ejemplo, está plagado de pseudo cantantes que fueron flor de un día y que, aunque sacaron un tema millonario, se fueron por donde llegaron, al anonimato más absoluto o a vivir de recuerdos, como esas Chicas Picantes que dejaron de picar en cuanto se apagó su estrella, salvo la que por el camino encontró el chollo vestido de futbolista. Pero, desde luego, no es fácil sustraerse a la admiración pública, y meterse de lleno en esa Hoguera de las vanidades que a veces acaba llevando hasta Las Amistades Peligrosas.

Como en nuestro teatro, salvo alguna estrella que otra, no es fácil llegar a ser un dios mediático, no alcanzamos esos niveles de poder reclamar flores azules en un camerino repleto de bombillas iridiscentes. Pero eso no quita para que haya quien, a su nivel, acabe creyéndose dios con pandereta y actuando en consecuencia. Y eso no es bueno, desde luego.

Como quiera que los bienes con los que jugamos son muy preciados y valiosos, sean de tipo económico, o sean tan preciosos como la libertad, es comprensible que en algún momento nos sintamos presas del pánico por la trascendencia que nuestras decisiones pueden tener en muchas vidas. Pero eso jamás puede nublarnos la visión. No somos nosotros, sino la importancia de la función a la que nos debemos, lo que es importante. Algo que no debíeramos perder de vista nunca.

Desde luego, desde el punto de vista teórico es claro y meridiano. Pero del dicho al hecho hay un buen trecho y hay que hacer malabarismos entre uno y otro extremo para no caer por uno u otro lado de la pendiente. Ser demasiado discretos puede llevarnos a un indeseable efecto de lejanía de la ciudadanía. Ser demasiado visibles a un innecesario afán de protagonismo. Y la naturalidad no siempre está al alcance de nuestra toga.

No hace falta irse a grandes manifestaciones. A veces, los pequeños detalles marcan la pauta. Recuerdo en mis primeros tiempos a un magistrado que decía muy serio que “no hay mejor jurisprudencia que la propia” en una frase que, aunque aludía a la necesidad de estudiar el caso concreto sin obsesionarse por cortaypegar  sentencias del Supremo a cascoporro, podría interpretarse de otro modo.

Pero el ombliguismo, esto es, creernos el centro del mundo, es algo en lo que todo el mundo cae alguna vez. Recuerdo que mi hija, siendo muy pequeña, me espetó un día muy seria que sabía cuál era la causa de la violencia de género. Ante tan crucial descubrimiento, no pude por menos que prestarle oídos atentos, y escuchar cómo me decía cargándose de razón que la causa era que los delincuentes querían fastidiarla el día que tenía exámenes para que llamaran a la guardia a su mamá y así no pudiera ayudarla con los estudios. Y se quedó tan convencida. Pero eso, que tiene cierta gracia cuando una tiene ocho años, deja de tenerla una vez se ha crecido lo suficiente. El mundo no gira a nuestro alrededor, aunque muchas veces lo parezca.

¿Cómo encontrar entonces el equilibrio entre hacerse ver y ser demasiado visible? He ahí el quid de la cuestión. Porque no se trata de la receta sencilla de esconderse detrás de la toga sin más, sino más bien permanecer junto a ella. Siempre es recomendable una cucharadita de humildad, pero no hay que confundirla con la falsa modestia. No tenemos que ser Butragueño en sus tiempos mozos comentando sus goles y repitiendo hasta la saciedad que era cosa del equipo.

Pero, como me he animado a hablar de recetas, me aventuraré a hacer de masterchef y elaborar una, esperando que el guiso salga rico, rico, y con fundamento. El primer ingrediente sería la sensatez, traducida en hablar de lo que se sabe. Es bueno que se nos oiga, pero no hablar de cualquier cosa, como si todo el derecho estuviera a nuestro alcance. Zapatero, a tus zapatos. Y si lo tuyo es el derecho civil, o el hipotecario, no arriesgues a teorizar sobre la alevosía, menos aún si la última vez que viste un supuesto era hace diez reformas del Código Penal.

El segundo ingrediente sería la prudencia. No hay que precipitarse a comentar lo primero que se lee sin pararse a contrastar o, cuanto menos, a pensar. Hacer realidad eso de ser esclavos de las palabras. Y, si no, recordar que la Maldita hemeroteca está ahí, a un solo golpe de click de cualquier internauta.

El tercero sería la ponderación. Es innecesario estar en el candelabro, como la famosa de turno, a cualquier precio. Si tenemos un mensaje que transmitir, hagámoslo, pero si pese a todo no interesa no vayamos provocando a tirios y troyanos para organizar un zapatoste en las redes. No siempre tener muchos seguidores, o muchos aplaudidores, es señal de estar en posesión de la verdad. Como decía un tío mío, más vale tener 1 cliente de a 1000 pesetas que 1000 clientes de a peseta.

Así que no hace falta ser el muerto en el entierro ni el niño en el bautizo. Aunque de vez en cuando una dosis de umbralismo no esté mal, hay una diferencia entre el hablar de mi libro si procede al autobombo gratuito. Como todo el mundo sabe, la sal potencia el sabor del guiso, pero su exceso lo hace incomestible. Y adiós a ser la nueva masterchef toguitaconada.

Por eso hoy el aplauso es para quienes hacen del dicho de “en el término medio está la virtud” una norma de vida. Ojala llegáramos a lograrlo todos los habitantes de Toguilandia.

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3 pensamientos en “Ego: ombliguismo en la balanza

  1. Excelente apunte. Como dicen en mi tierra “nin tanta mar, nin tanta terra”. Pero encontrar el término medio puede llevar una vida, menos para los políticos, que encuentran el “centro” a la primera, aunque sean de los extremos.

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