Naturalidad: el difícil equilibrio


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Desde siempre, no recomiendan comportarnos con naturalidad. Eso es fácil si a una no la conoce nadie más allá de amigos y conocidos y residentes en su ciudad, como decían en el Un, Dos, Tres, Responda otra vez de mi infancia. Pero cuando se alcanza cierto grado de fama, de notoriedad o de conocimiento público, del tipo que sea, la cosa se pone más difícil.

Ello es especialmente patente en el mundo del espectáculo y sus aledaños, donde basta con salir unos minutos en televisión para que la gente te pare por la calle, quiera hacerse un selfie o, sencillamente, te mire raro. Y no es cosa sencilla aguantar el tirón, por más que lluevan los consejos, unos bienintencionados y otros no tanto. Pero encontrarse de la noche a la mañana con miles de fans, de followers o de admiradores debe ser algo alucinante -o espeluznante, como diría Iker Jiménez-. Imaginemos por un momento cómo se debe sentir un adolescente como Justin Bieber que pasa de los vídeos colgados en youtube a la fama mundial, histeria colectiva incluida. Pero, como nos han dicho siempre, lo difícil en muchos casos no es llegar, sino mantenerse. Y la naturalidad es la clave. Tratar de que esa fama, o lo que sea, no haga cambiar a la persona ni a su vida, al menos, no más de lo imprescindible. Y quizás ahí esté el problema: dónde empieza y acaba eso de “lo imprescindible” y dónde empieza y acaba Lo imposible.

En nuestro teatro, dada la materia, no somos de grandes estrellas ni fans enloquecidos. Aunque también hay su puntito de togas mediáticas, que ya tuvieron su estreno. Pero en su justa medida, también hay que encajar los cambios y la profesión con una naturalidad que a veces hay que conseguir haciendo más equilibrios que un funambulista.

En primer lugar, está lo que yo llamo el Síndrome de la Panadería. Aplicable a cualquiera de nuestros protagonistas, pero especialmente a quienes entramos en el mundo toguitaconado por oposición, por el brusco cambio que supone pasar de la nada absoluta al todo en un nanosegundo. En nuestro particular Apolo XII después de muchos “Houston, tenemos un problema”. Con una palabra –o una cifra- colgada en un tablón –aquí no hay digitalización que valga- se pasa de considerarse el ser con menos derechos del mundo a ser un ser humano normal. ¿Exagero? Tal vez. Pero pensemos qué supone pasar de no tener derecho al descanso, ni a vacaciones, ni a un salario, ni libertad de expresión –cualquiera se atreve a quejarse- a ingresar de repente en el mundo de las personas con un trabajo y vida propia, a poder costearse las lentejas, tumbarse en un sofá sin sentirse culpable y no medir los años como el tiempo que media entre una convocatoria y otra, ni las semanas como los días que hay entre una visita al preparador y la siguiente. Si me apuran, un cambio más grande que el de Justin Bieber.

Pero eso solo es el principio. Porque a partir de ahí una es otra persona para muchos. Le miran de otro modo, le llaman señoría, y los bancos corren a hacerle ofertas porque una nómina fija es una panal de rica miel donde acuden las moscas como en la fábula de Samaniego. Y es difícil. Precisamente es ahí donde entra el síndrome en cuestión. Una es alguien cuando su madre ya puede presumir en la panadería de hija –y bien que hace, vaya, que también ha sufrido lo suyo-. A propósito de esa “rivalidad” entre carreras hermanas, la de juez y de fiscal, recuerdo que el tema de la panadería era casi un mito. Siempre ha parecido que viste más tener un hijo o hija juez que fiscal, que parece que eso de juez viste mucho y manda más que el fiscal. Aunque poco a poco tratemos de cambiar las conceptos. Pero eso, que para las madres está muy bien, sobre todo en ese primer momento, no puede cegarnos. No se puede andar por ahí presumiendo de juez, de fiscal, de laj, de abogado o de lo que se sea, sin que venga a cuento. Ni para conseguir un trato distinto ni simplemente para impresionar. La toga se quita cuando se sale del juzgado. Aunque a veces sea inevitable que quede enganchada en el cerebro.

Y, en el otro extremo, tenemos el exceso de celo y miramiento por ocultar una profesión que en nada debe avergonzarnos. Lo que yo llamo la prueba del taxi. Cuando una se sube en un taxi y el taxista, por darle conversación, le pregunta por su profesión, hay quien se esconde tras un neutro “soy funcionario”. Y tampoco es eso. Deberíamos asumir que somos jueces, fiscales, abogados o lo que sea con la misma naturalidad que diríamos que se es tornero fresador o cajera del súper, que nada hay que esconder. De lo contrario, podemos caer en lo contrario a lo pretendido: el solo hecho de ocultarlo puede parecer que nos consideramos tan especiales que no podemos ni contarlo. Y qué narices, ni somos el Agente 007 ni Anacleto agente secreto. Aunque no sé en qué términos toguitaconados podríamos decir esos de “Bond, James Bond” . Se admiten sugerencias.

Para completar el círculo, tenemos la leyenda del Economato, la opción entre permanecer en el anonimato o darse a conocer con la verdadera identidad en redes sociales, cuyo nombre le he tomado prestado de @AngryJuez –de nuevo, gracias-, que en su bio de twitter tiene ese frase antológica de Gomaespuma “prefiero permanecer en el economato”. Una opción como otra cualquiera, aunque la mía vaya más por dar la cara abiertamente. Cualquiera que sea la elección, lo que hay que tener claro en todo momento es que en las redes ni se ponen sentencias ni se hacen escritos de acusación o defensa. Y que todos volamos en igualdad de condiciones. Lo que, además, es muy sano y, en mi opinión, positivo. Está muy bien que la sociedad nos vea como gente normal y no como unos señores vestidos de negro encerrados en su fortaleza inexpugnable. Pero para gustos, hay colores. Negro incluido.

Así que hoy el aplauso va para quienes, sean lo que sean y lleguen a donde lleguen, consiguen mantener ese difícil equilibrio entre la presencia y la sobreexposición innecesaria. Un ejercicio digno de El mayor espectáculo del mundo.

Y añado una ovación extra, a @MartaSocana por prestarme su encantadora imagen de avatar.

NOTA TOGUITACONADA: estas reflexiones -o lo que sean- nacen de la invitación a la mesa redonda dedicada a Justicia y Sociedad en un curso para jueces, especialmente en su primer destino, organizado por Jueces para la Democracia. Gracias también a ellos por contar conmigo.

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