Dinero: poderoso caballero


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Desde que el mundo es mundo, el llamado vil metal mueve montañas. Muchas, en el caso del mundo del espectáculo. A cualquiera nos vienen a la cabeza las cifras de infarto que pueden llegar a cobrar actores archifamosos o cantantes que se han convertido en ídolos de masas. Cantidades por actuación, concierto o película que ni somos capaces de escribir so pena del mareo que nos produzca la sucesión de ceros. Aunque eso sólo es la punta del iceberg. Al lado de esos grandes millonarios, existen miles de artistas que se conforman con conseguir vivir de ello, muchos de ellos sin lograrlo. Quién no ha oído esa frase tan típica de actrices que pretenden abrirse paso: “eres actriz, ¿y dónde trabajas de camarera?”, como la protagonista de la recién estrenada Ciudad de las Estrellas. Así que cuando sale cualquier cosa no les queda otra que aquello de Toma el dinero y corre…Y luego habrá quien se extraña de haya quien sea capaz de todo Por un millón de dólares. Como la protagonista de Una proposición indecente, luchando entre ceder a la proposición y olvidar la conciencia, o hacer caso a la conciencia y olvidar el tan necesario dinero.

También el dinero es parte importante en nuestro teatro. Protagonista absoluto, en algunas de sus funciones. Porque, por más que la parte más visible del derecho penal de toda la vida sea ésa que yo llamo “de sangre, vísceras y sexo”, cada vez son más los delitos relacionados con el dinero. Y, por supuesto, los delincuentes capaces de hacer Todo por la pasta. Delincuencia generalmente de guante blanco, de la que no se mancha de sangre nunca, o solo cuando sea absolutamente indispensable. Los llamados delitos económicos y todos aquellos que se relacionan con esa práctica repugnante llamada corrupción y que consiste en quitarnos el dinero a todos.

No son nada fáciles estos delito –a mi me resultan francamente difíciles-. Al lado de las estafas de toda la vida, como la de Lina Morgan en La tonta del bote, ha surgido todo un catálogo de delincuencia de alto standing para la que muchas veces no estamos preparados. Y no porque no tengamos ganas, ni formación, sino porque, como siempre, no tenemos medios. Ni materiales ni personales. Hablamos de ingeniería financiera, de tramas corruptas, y de todo tipo de entramados destinados a ganar dinero sucio, a los cuales nos enfrentamos desde la Justicia como David a Goliat, con nuestro tirachinas. Y no solo me refiero a jueces, a fiscales y al personal de los juzgados. También a esos abogados de oficio a los que les cae en suerte un asunto de este calado a precio de saldo. Y ahora, encima con la espada de Damocles de los famosos seis meses de instrucción, por más prorrogables que sean. Tanto que a veces, en vez de informar una causa como compleja, entran ganas de declararla acomplejada.

Y también habrá quien diga que exagero. Pero a modo de ejemplo diré que muchas veces no somos capaces de leer los informes de organismos como la Agencia Tributaria porque no tenemos equipo informático compatible con los soportes en los que los envían. Y otro tanto ocurre con las búsquedas en casos de pornografia infantil u otos delitos relacionados con las tecnologías. De hecho, cuando algunos les regalaron un pen driver como prueba de ingreso en la modernidad, aún daban saltos de alegría.

Pero todavía hemos estado peor. Por eso lo de los saltos de alegría. Recuerdo una época no muy lejana en que no teníamos acceso a Internet desde el despacho. Nadie. Incluídos los fiscales de delitos tecnológicos que no podían tener acceso al cuerpo del delito. O sí, desde sus casas, pagado de su bolsillo y teniendo que descargarlo en su propio equipo. Y luego, pasa lo que pasa.

Aunque, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Ni, desde luego, de asuntos en que se ventilan millones. La mayoría de las demandas en España son por lo que algunos privilegiados considerarían calderilla y para los afectados supone media vida. Reclamaciones de cantidad por servicios realizados y no cobrados, reparaciones de daños de accidentes de coche, entrega de cosas defectuosas, indemnizaciones que no llegan, mercancías que no se pagan o alquileres que no se cobran. Miles de pequeñas cosas que pueden poner contra las cuerdas a una familia y a las que no siempre se da la importancia que para el justiciable tiene. El derecho de las pequeñas cosas, que no por pequeñas requieren menor esfuerzo.

Pero en ocasiones no es hasta que no hay pronunciamientos que vienen de muy arriba cuando somos conscientes de su importancia. O mejor dicho, cuando le da importancia quien debiera habérsela dado. Como ocurrió en su día –y sigue- con las preferentes o sucede ahora con las cláusulas suelo. Cuánto esfuerzo hecho en cosas que quizás pudieron haberse evitado. Aún recuerdo con tristeza la muerte por infarto de una mujer en la misma puerta del juzgado donde se iba a ventilar su asunto de preferentes. Se fue al otro mundo sin saber que la Justicia le iba a dar la razón. Magro consuelo.

Por eso hoy mi aplauso va repartido a partes iguales. Para todos los que con su profesionalidad hacen grande ese derecho de las pequeñas cosas, y por el justiciable, que es quien lo vive en sus carnes. Por ese gran Derecho de las pequeñas cosas y quienes lo hacen posible.

 

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