Anonimato: discreción o escondite


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Como nos decía la profesora de Fama, la fama cuesta… Y se supone que hay que pagar un precio por ella, el famoso Precio de la fama. Y es que aunque el espectáculo es un mundo donde, por naturaleza, se vive cara al público, no todos sus protagonistas gustan de compartir su vida privada con aquellos que comparten su trabajo. No debe ser cómodo no poder ir a un restaurante o a una playa sin que aparezca alguien dispuesto a pedir un autógrafo –algo anticuado- o un selfie, interrumpiendo a cada instante o estar constantemente perseguido por un enjambre de paparazzis por si fotografían algo digno de una Primera Plana. Hay a quien le gusta y quien lo detesta, y quienes simplemente se resignan a ello como parte del peaje a pagar por su profesión.

También hay quien, en busca de la máxima discreción posible, se parapeta en su intimidad como puede. Seguro que si viéramos a Martirio por la calle sin peineta y sus sempiternas gafas de sol, no la reconoceríamos, salvo que nos cantara eso del Chandal y los Tacones, arreglá pero informal. Y puede que tampoco reconociéramos a Alaska, sobre todo a la de los primeros tiempos, si se paseara con un vaquero, una camiseta y la cara lavada, y menos aún a su flamante esposo. Aunque quizás nunca paseen de esa guisa, que ya sabemos que ella defiende desde siempre eso de A quién le importa y él aquello de que Me da igual, me encanta….

En nuestro teatro, más allá de alguna que otra toga mediática , nadie nos reconoce a nuestro paso, una vez despojada de toga y tacones. Pero sí hay quien tiene mas o menos celo o discreción a la hora de darse a conocer fuera de estrados.

Hace apenas unos días, alguien de nuestro ámbito, celoso de su intimidad bajo el pseudónimo de Teniente Kaffe con el que escribe y se mueve en redes sociales, hacía referencia a otro no menos insigne tuitero oculto tras un nick, @AngryJuez. Hacía alusión a la genial frase de GomaEspuma que habla de mantenerse en el economato y que Angry tiene por bandera en su bio de twiter. Y a su propia opción de papapetarse tras el conocido personaje de la película Algunos Hombres Buenos. Por supuesto, todo el respeto del mundo a ambos –a los que admiro- y a su elección, tan válida como cualquier otra.

Personalmente, he escogido mostrarme a cara descubierta, con sus ventajas y sus inconvenientes, que de todo hay. Y aparte de ser “la de la toga y los tacones”, navego con mi bloggera barca virtual remando con mis cuentas de redes en nombre propio. Tratando, eso sí, de respetar unos límites, que quizás no tienen los que utilizan un pseudónimo. Como decía, ventajas e inconvenientes.

Pero más allá de cómo se comporte cada cual en redes sociales, hay otra vida más allá de Internet. La que vivimos cada día al ir al supermercado, coger el autobús, o tomemos una cerveza -¿o más?- en una terraza. Y en esa otra vida hay de todo. Yo soy partidaria de la naturalidad. Tengo a gala que, en realidad, no soy Fiscal, sino que trabajo de Fiscal, y soy otras muchas cosas en la vida. Pero es indudable que la circunstancia de ser o trabajar de fiscal también es parte de ella. Y, como siempre, en el punto medio está la virtud. El problema es encontrar ese punto medio.

En un extremo, sé de algún que otro compañero o compañera –en sentido amplio, no referido solo a fiscales- que llevan la toga puesta en el cerebro hasta para dormir. Incluso dudaría si la usan de pijama o tienen una bata de guatiné con puñetas. Me contaron de uno que en una tienda de muebles se identificó como fiscal al ir a ver una mesa. Ignoro si es una leyenda urbana, pero aún le doy vueltas a qué tendrá que ver una cosa con otra, y a qué santo venía esa afirmación. Y también es frecuente bromear con eso de “sacar el carnet” si hay algún incidente, aunque en honor a la verdad diré que nadie que yo conozca lo hace llegado el momento. Entre otras cosas, porque si nos pillan podría rozar el delito o hasta entrar de lleno en él.

En el otro extremo, compañeros que ocultan a cualquier precio en qué trabajan. Una buena vara de medir es lo que ocurre en un taxi. Se le da la dirección del juzgado y el taxista, si es cotilla o quiere dar conversación, pregunta si trabajamos allí. Hay quienes que dicen lacónicamente que son funcionarios, y dejan poco posibilidad al diálogo. Yo, como creo que ser fiscal no es más ni menos que ser tornero fresador, vendedora de fruta o dependiente de grandes almacenes, digo que soy fiscal tan ricamente. Aunque es cierto que en el pecado llevo la penitencia, y más de un chorreo me he llevado por ser tan “natural”. Como el taxista haya tenido una mala experiencia con la Justicia, me ha caído la del pulpo. Gajes del oficio.

Creo que, aún respetando a quienes prefieren no desvelar su profesión, hay que desacralizar esto de la Justicia. Que somos personas normales, por más que a veces no lo parezcamos. Y un exceso de mutismo puede interpretarse como algo cercano a la superioridad. Con la excepción, por supuesto, de quienes por su especial destino o por las circunstancias propias del momento –como ocurría en los tiempos más duros del terrorismo etarra- deban guardar todo el sigilo posible.

Se ha criticado en algunos ámbitos a un conocido juez por publicar sus resoluciones en twitter, donde interactúa con su nombre y apellidos. Cada cual que piense lo que quiera pero no sé cómo alguien no se plantea en qué Justicia nos movemos si las notificaciones tardan una vida y cualquiera pide publicarlas a un solo click. Quizás el debate debería girar en torno a otro tema: ¿por qué si hay medios tecnológicos para publicar de inmediato algo seguimos anclados en eso tan viejuno de citaciones, faxes, telegramas y papelitos rosas de acuse de recibo?. Pero posiblemente eso no interesa, y así seguiremos, mientras nos venden la moto del papel 0 que es como la niña de la curva: todos hablan de él pero nadie lo ha visto.

Así que hoy el aplauso va ir en varias direcciones. Dedicado a quienes consiguen lograr en equilibrio entre discreción y oscurantismo, entre naturalidad y afán de notoriedad. Cada palo que aguante su vela. Ser juez o jueza, fiscal, laj, letrado o letrada o cualquier otra profesión jurídica – o no jurídica- es importante, pero ser buena gente lo es mucho más. Y eso se puede ser desde el anonimato o desde la publicidad

 

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3 pensamientos en “Anonimato: discreción o escondite

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