Dianas: en el punto de mira


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Desde que Guillermo Tell lanzara su flecha contra la famosa manzana, muchos son los casos de personas que se ponen, voluntaria o involuntariamente, En el punto de mira. La persecución, el acoso y derribo o el plan para espiar a alguien, han dado para muchas obras de teatro, muchas páginas de libros y muchos metros de filme. Desde el Objetivo indiscreto de Hitchcock hasta las mil conjeturas sobre la bala que mató a JFK, el hecho de enfocar a alguien y convertirlo en el centro de atención es una constante.

Nuestro teatro, como siempre, no podía ser una excepción. Refiriéndonos, por supuesto, al punto de mira, real o imaginario, de cámaras y medios de comunicación que nos han convertido en una diana fácil para su hambre de noticias. O nos hemos dejado convertir, que no está del todo claro.

Desde que el mundo es mundo, y las togas son togas, hay quien afirma que no hay mejor juez que el juez discreto, al que nadie conoce, así como que éstos solo hablan por sus sentencias. La eterna cuestión entre permanecer en el anonimato  o salir a la luz. Y como siempre, en el medio está la virtud. Lo verdaderamente difícil es saber dónde está ese punto medio.

De un lado, cualquiera sabe de la existencia de los llamados jueces estrella, a esos que les gusta más un micrófono que a un tonto una tiza, y que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para hablar de cualquier cosa. A ellos, y más en los últimos tiempos, se unen los fiscales estrella, los letrados estrella y hasta los ministros estrella, me atrevería a decir. Si bien hay que poner un pero: no se puede tildar de estrella o reprochar el afán de protagonismo a todo aquel que salga en las noticias. La trascendencia pública de los asuntos que se tratan, su propio cargo, o cualquier otra circunstancia, puede arrojar al ruedo de los mass media a alguien que no lo busque. Y hay más de uno y más de dos que están hasta las narices de ver su foto en los periódicos.

Por el otro extremo, están quienes se niegan obstinadamente a proporcionar ningún tipo de información, en una cultura del cerrojazo que casa mal con estos tiempos. Ni calvo ni siete pelucas.

Pero, para complicarlo todo, hay más factores. La libertad de expresión y el derecho del ciudadano a recibir una información veraz, un derecho del máximo rango que no siempre se tiene en cuenta y que anda a tortas con otro derecho, el de la intimidad y la propia imagen. Pero, por supuesto, la ciudadanía tiene derecho a saber y nadie hay en mejor posición para informar que quien realmente conoce el tema, de lo contrario caeríamos en informaciones de todólogos y tertulianos varios. Y algunos de ellos, con el único mérito de haber sido la novia del ganador de Gran Hermano 28 o haber tenido un affaire con alguna personalidad del colorín.

Así que no se pueden poner puertas al campo. Ni se debe, vaya. Entre otras cosas, porque los Tribunales tienen su propia obligación de informar, para lo cual existen los Gabinetes y Portavoces  y el Ministerio Fiscal, se crea o no, tiene entre las funciones que le asigna nuestro Estatuto, la de “informar a la opinión pública”. Algo que, por cierto, se ve con admiración si lo hace el Fiscal de Marsella o el de París, pero no tanto cuando es el de aquí. Y empiezan las elucubraciones sobre esa línea que separa filtración de información oficial y que no todo el mundo sabe distinguir. O no quiere hacerlo.

Aquí están los mimbres. Pero la cesta no sale siempre como debiera, y, a veces, por más que se trencen sus urdimbres, es tanta el agua que se vierte que se acaba desbordando. Y se pasa de informar a buscar un culpable, de buscar información a convertir nuestras togas en un pim pam pum de feria.

¿Exagero? Tal vez, pero echemos un vistazo a lo que pasa. ¿Qué es lo primero que se averigua si una mujer es asesinada por su pareja? Si existía orden de alejamiento y, de no existir, por qué el juez no la concedió, o el fiscal no la pidió. ¿Qué ocurre si un preso comete un crimen en un permiso penitenciario? Otro tanto. Y más aún si sale a la luz un asunto de corrupción del que alguien supuestamente había advertido o que ya había sido puesto en conocimiento de alguna autoridad. Y, a partir de ahí, llueven conclusiones y comentarios, muchas veces hechos por gente que no ha leído ni una sola página del sumario ni tiene intención de hacerlo.

Y la bola va creciendo. Y la realidad no ayuda, para qué nos vamos a engañar.Todas las informaciones que salen a diestro y siniestro sobre nombramientos en las cúpulas de la Justicia, con una mezcla entre política y Justicia que a nadie favorece, no hacen sino avivar el fuego y, lo que es peor, hacer pagar a justos por pecadores. Y se acaba cuestionando a todo aquel que haga algo que no gusta, sea una alcoholemia o una trama corrupta. Y se suman las malditas generalizaciones, haciendo de la excepción regla general.

Es difícil vivir el día a día de nuestro escenario, con tragedias cotidianas que nada tienen que ver con políticos corruptos ni tramas mafiosas, cargando con el sambenito del desprestigio por cosas que nos son ajenas. Por más que la vida en los juzgados nada tenga que ver con intrigas palaciegas de las que nos vamos enterando, como todos, por la prensa.

A veces se nos olvida eso de que a noticia es que el hombre muerda al perro, y que por eso no interesa a nadie hablar del trabajo diario, oculto y con medios paupérrimos en que consisten la gran mayoría de las funciones que ofrecemos en nuestro gran teatro de la justicia.

Así que el aplauso no podía ser otro que el dedicado a los trabajadores de esa Justicia que pocas veces sale en los periódicos. Pero que resuelve los problemas de la ciudadanía, o al menos lo intenta. Que no es poco en los tiempos que corren.

 

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