Fronteras: derecho transnacional


mafalda

El lenguaje del arte no tiene fronteras. Un dicho que nos han repetido hasta la saciedad, y que tiene mucho de cierto. Los artistas viajan, hacen bolos y giras y sus obras, todavía más. Hoy podemos estar viendo la misma película o el mismo concierto desde miles de puntos distantes a miles de kilómetros. Pero no es cosa de ahora, en La Niña de Tus Ojos la protagonista y su troupe viajaban hasta la Alemania nazi para rodar una película, y la modesta protagonista de Ay Carmela andaba de la Ceca a la Meca trasladando su rudimentaria función de una a otra trinchera.Y salvaban las fronteras como buenamente podían

Nosotros también tenemos parte de nuestro espectáculo allende nuestras fronteras. De ello se encarga especialmente un órgano específico, la Audiencia Nacional, aun con las trabas que la última reforma de la justicia universal puso por medio. Y también hay una especialidad propia para los ciudadanos de otra nacionalidad, la extranjería, que ya tuvo su propio estreno.

Pero las relaciones con otros países, con otros derechos y con ordenamientos supranacionales salpican aquí y allá nuestra actuación en los juzgados de los partidos judiciales de cada día, haciéndonos dar un respingo cada vez que aparecen. Porque, en la aldea global hacia la que nos dirigimos, nuestra Justicia sigue siendo más aldea que global. Es lo que hay. Aun estamos en los tiempos del Vente pa España, Pepe.

¿Quién no se ha encontrado con una comisión rogatoria que le ha complicado la existencia en procedimiento aparentemente sencillo? ¿Quién no se ha acordado de la parentela del imputado –perdón, investigado- o del testigo que se largó al extranjero? Porque si cambiar de partido judicial a veces complica las cosas, cambiar de país, y aun más de continente, eterniza el tiempo. Tanto es así, que nuestra flamante reforma de la ley de enjuiciamiento criminal lo contempla como una de las causas para declarar la complejidad  y poder prorrogar el plazo de instrucción

Y ojo, la cosa no termina en cuando la comisión rogatoria vuelve, sino cómo lo hace. Una abre el sobre, casi como si fuera un sobre sorpresa de los que nos regalaban en la infancia, y cruza los dedos para que esté todo hecho, y en forma. Y, más veces de las que quisiera recordar, se encuentra con que no consta instrucción de derechos, presencia de abogado o cualquier otra cosa que en nuestro derecho vaya a desembocar en una nulidad más que segura. Y vuelta a empezar.

Luego está el tema de la traducción. Los intérpretes  son un bien que a veces escasea –cortesía de quien debe proporcionar los medios- y hemos llegado a situaciones tan absurdas como que nos digan que van a tardar ocho meses en traducir un texto del inglés, por más que a veces el órgano instructor, el ministerio fiscal o cualquiera de las partes sabrían hacerlo perfectamente e incluso están en posesión del título que así lo acredita. Problema que se multiplica hasta el infinito como el idioma sea alguno de los que escasean los traductores más que la lluvia en el Sahara.

Hay situaciones especialmente estresantes. Recuerdo con angustia cuando en un día festivo llega un requisitoriado por la Audiencia Nacional para extradición. Lo primero que piensa una es en la mala suerte que tiene de que ese tipo haya aparecido justo en ese pueblito que pertenece a su partido judicial y en día tan señalado. Por supuesto, no hay manera de saber nada de la causa, porque no hay programa informática que lo permita y los métodos tradicionales –teléfono o fax- necesitan de una persona al otro lado y no la hay en días de fiesta –fuera de la guardia, claro- Y toca hacer poco menos que un auto de fe o un ejercicio de adivinación para decidir sobre la libertad o prisión del individuo. Un verdadero problema que he visto repetirse en más de un caso.

Y mientras tanto, en un universo muy lejano, me contaba hace nada un compi que vio un procedimiento mercantil contra una importantísima empresa donde constaba que Reino Unido había tardado en ejecutar la resolución cinco días. Más o menos, lo que tardan en llegar los expedientes desde mi despacho de fiscalía al juzgado que despacho, un par de plantas más arriba. Verdad verdadera.

Para rizar el rizo, cuando a alguien se le ocurre eso de plantear una cuestión prejudicial europea o acudir a esas instancias para hacer valer un derecho. Es como si le hubiera salido un cuerno verde en medio de la frente, lo aseguro. Incluso a veces, juraría que lo he llegado a ver.

Así que parece que en Justicia seguimos en los tiempos del landismo –dicho sea con todo el respeto a Alfredo Landa-, mirando hacia lo que queda allende los Pirineos como él miraba a las suecas en Benidorm.

Por eso hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, no se rinden, y saltan las fronteras geográficas para que la Justicia no tenga fronteras. Aunque a nuestro derecho aún le quede la marca de la boina tatuada a fuego.

 

 

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