Gafas: vida en colores


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Ya dijo Campoamor eso de “En este mundo traidor nada es verdad o es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Unos versos que todo el mundo conoce y todo el mundo aplica. Y es que las cosas cambian según las gafas que uno se ponga para mirar la realidad.

Las gafas dan mucho más juego del que a primera vista –nunca mejor dicho- pudiera parecer. Y en el mundo del espectáculo han dado también para mucho. Que se lo digan si no a Manolito Gafotas o a Mister Magoo. O hasta a una miope y encantadora Marilyn de Los caballeros las prefieren rubias. O la escena antológica de Thelma y Louise, con sus gafas de sol y su pañuelo al cuello dispuestas a todo.

También en nuestro teatro las lentes nos dan mucho juego. Particularmente a mí, que como bien sabe quien me conozca, jamás salgo de casa sin unas buenas gafas de sol ancladas en mi cabeza, para deseperación de una buena amiga que me riñe cada vez que me ve con ellas. Eso sí, a juego con la ropa, a ser posible. Y ellas acompañan a mi toga y mis tacones por donde quiera que voy. De hecho, alguna anécdota han suscitado en la sala de vistas, como ya conté un una ocasión. Tal vez ese amor mío por las gafas de sol viene de la época en que veía menos que un gato de escayola –circunstancia hábilmente corregida por un cirujano-, pero lo cierto es que ya forman parte de mí. Y sí, también tienen cristales de colores.

Pero la cuestión va mucho más allá de las gafas como soporte físico. Se trata de la mirada que una use en cada ocasión, en cada momento. Y no siempre es fácil ponerse las gafas adecuadas.

Lo más manido es referise a eso de ver las cosas de color de rosa. Una alusión al optimismo, a ver la parte buena de las cosas. Ponerse las gafas rosas es estar dispuesta a interpretar cualquier cosa que pase desde una perspectiva positiva. Nada fácil, y menos en nuestro teatro. Pero a veces es conveniente hacer ese ejercicio para no desesperarse. ¿Qué no va el ascensor? Pues se da las gracias a mantenimiento por ayudarnos a ponernos en forma. ¿Qué no funciona el ordenador? Pues agradecidisima porque cuiden de que no olvide la escritura manual. ¿Que se suspende un juicio? Pues encantada de la vida porque tendré oportunidad de estudiármelo de nuevo. ¿Que las temperaturas superan los 40 grados por fallos de la climatización? Pues es una suerte el disponer de sauna gratis. ¿Qué, por el contrario, nos quedamos congelados como pingüinos?. Pues menuda fortuna la nuestra, con lo bueno que es el frío para la circulación y para la piel. ¿Qué no funciona Lexnet? Pues así nos daremos un paseíto para llevar los autos, que la espalda sufre de tanto sedentarismo. Y así, hasta el infinito y más allá. Por más que muchas veces, los cristales rosas acaben por ahumarse o entren ganas de lanzarlos por la ventana.

En el otro extremo, tenemos las gafas negras. Las que hacen verlo todo de la peor manera posible. Esas que hacen que quien ha ganado un recurso se lamente porque se ha puesto el listón muy alto, o que se asusten ante una guardia tranquila porque seguro que al día siguiente es horrorosa. Las que llevamos todos cada vez que anuncian la enésima reforma procesal, porque eso de “virgencita, que me quede como estoy” se va a acabar convirtiendo en un mantra. Esas mismas gafas son las que llevan quienes, cuando consiguen conectarse en el ordenador, miran a todos lados pensando que de un momento a otro se autodestruirá como los mensajes del Super Agente 86, zapatófono incluido. Pero, la verdad, visto lo visto, en nuestro teatro se hace muy difícil a veces quitarse las gafas oscuras y tratar de ver la vida en colores.

Primas hermanas de las anteriores, están las gafas grises. Esas que dan una versión plomiza y rutinaria de todo cuanto ocurre. Y de la que hay que huir a toda costa, por más que a veces entre burocracia y trámites absurdos acabe a una acabándosele la paciencia e instalando la rutina en su trabajo. Vade retro, Satanás.

Pero hay otro tipo de gafas más hermosas. A mí me gustan mucho las de colores, las que emulan el arco iris de la bandera del orgullo gay y que constituyen todo un símbolo de tolerancia y libertad. Ojala nos las consiguiéramos colocar todos los días.

Y para último me he dejado mis gafas preferidas. Las gafas lilas , o violetas, o moradas. Esas que hay que ponerse para dotar a la vida, y a la Justicia, de una perspectiva de género de la que andamos tan necesitados. Con ellas se han puesto sentencias que nos acercan a ese objetivo de ser cada vez más iguales que tantas personas perseguimos. Como ésas tan recientes que aplican la agravante de género a asesinatos cometidos en ese ámbito, o la que reconoce el derecho a una pensión a una víctima de violencia de género. Y con ellas puestas, conseguiríamos que la paridad en los más altos tribunales y órganos fuera una realidad y no solo una quimera. Así que a ver si, aunque sea poco a poco, se va logrando que se incorpore una par de ellas a cada toga, con tacones o sin ellos.

Así que hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, huyen de esas gafas negras y grises y se las ponen del tono adecuado. Porque, por más que cueste, vale la pena. Y todo se ve mucho mejor

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